marzo 07, 2026

La cura narrativa

¿Cómo se consigue que te den el alta médica en un manicomio? La medicina farmacológica ha avanzado tanto que han creado una pastillita adecuada y personalizada para cada paciente. Las sintetizan de colores para recordar la que te toca y también para estimular su consumo. Están equipados con todo tipo de artilugios de entretenimiento. Pantallas planísimas y de tamaños colosales. No hace tanto vinieron a modificar una pared para añadirle treinta y cinco centímetros más. Si no, la pantalla nueva no cabía. La realidad virtual es increíble. Algunos pacientes creen mejorar su salud mental hasta tal punto que pueden negar su locura con total normalidad y confianza.

El manicomio es contención, cómoda contención. Un ansiolítico y todo se verá más “claro”. Un antidepresivo y creerás que tus nervios vuelven a estabilizarse porque ya no sientes esas ganas irrefrenables de destrozarlo todo usando tu cráneo de martillo, confiando en que si no se rompe el mundo, al menos, tu cerebro sí se apague y deje de mandar señales de emergencia a través del sistema nervioso. Hoy me he tomado una pastillita roja que no es la habitual, suelen recomendarme una azul. Lo comenté con los compañeros y su respuesta fue que usan diminutivos porque así genera un regreso a la infancia que funciona como un paliativo natural en el paciente.

Quizá, si tuviera que decir algo malo acerca del manicomio diría que los “doctores” son el único elemento disruptivo. Ellos piensan que están bien, es más, consideran que su perspectiva acerca de la realidad, la verdad y la salud es la correcta y la usan para medir. Es por ello, principalmente, que todos sin excepción estamos completamente e irremediablemente condenados a la locura más absoluta. No es posible sanar, no así, no aquí. Así que hice lo mío. Comí rápido sin perder tiempo, esquivé a los “doctores” con cualquier excusa peregrina que se me ocurriese. La mayor ventaja de estar loco es que mientras mantengas un comportamiento pacífico ignoran prácticamente todo lo que digas o hagas, es decir, no eres juzgado porque tu juicio ya terminó y dictaminaron locura permanente con estabilidad para el trabajo bajo los efectos de antipsicóticos recetados. Así que aprovecho mi ventaja, me escabullo entre los enfermos, camino por la sala y salgo por la puerta. Noto el viento colándose por debajo de mi bata medio abierta. Prefiero no atarla nunca y dejar que puedan verme el trasero. Dicen los “doctores” que es por una desviación sexual basada en el exhibicionismo, pero yo sé la verdad, y es más sencilla, aprovecho mi ventaja, me relajo, asumo el animal que se esconde más allá de la ilusión de raciocinio humano con el que tanto insistimos en identificarnos aunque luego nuestros actos siempre, siempre, siempre, tiendan a lo irracional, a lo emocional, a la brutalidad. Excepto cuando practico lo único que me equilibra de verdad. El motivo por el cual me escabullo entre los locos. Me voy directamente a la biblioteca, el único lugar donde hay paz. Y libros. Solo es ocupada, en ocasiones, por una pareja de enfermeros que tienen una filia rara con los libros. Una vez tuve que esconderme debajo de la mesa mientras hacía lo mío y me sorprendieron. Entraron los enfermeros besándose apasionadamente. Cogieron un libro, lo abrieron y empezaron a leer en voz alta. Luego uno se arrodilló ante el otro que continuó leyendo con el libro entre las manos. Entonces el arrodillado le bajó los pantalones al lector y ya podéis imaginar lo que continuó. Hasta aquí parecería sexo laboral normal. Todo lo normal que puede ser tener sexo en el trabajo. Pero cuando el lector mete su miembro entre las páginas y lo agita arriba y abajo hasta que mancha las palabras y la cara de su compañero es cuando yo pienso: ¿Es esto normal? ¿Puede que en realidad sí lo sea y por eso el manicomio es lo único que de verdad existe? Eso explica el porque, cuando salimos, todas las personas visten con la misma bata de manicomio. Casi todos de “doctor”, claro. Pero yo sé que la mayoría han robado esa bata. O la han falseado incluso. Y sé que el “doctor” está loco, más que cualquier paciente. Al menos nosotros tenemos la particularidad de saber, más o menos, como somos, como se expresa nuestra locura. Ya llegamos a lo importante. Y es eso mismo: la locura la-lo-cu-ra. En mi caso lo que lo cura es la escritura... Me siento en una incómoda silla en el interior de la biblioteca, el lugar más tranquilo del manicomio, probablemente el único a no ser que vengan a divertirse los enfermeros. Abro mi cuaderno. Lo conseguí en una papelería. La dependienta vestía una bata como la mía, también desabrochada y pude ver un gran lunar en su nalga derecha cuando se agachó para recoger el cuaderno que iba a comprar. Se le cayó, yo sé por qué, y la razón es por mi expresión facial. Genera una descomposición química en el cerebro: o sientes una subida de serotonina por la bondad que desprendo o por lo contrario, la subida es de adrenalina provocada por el miedo a que pueda contagiarte algo. Un tipo de locura desconocida por los pacientes comunes, los que no saben que están locos y viven sin diagnosticarse ni tan siquiera conocerse a sí mismos. Creo que la dependienta es de las primeras porque me ha sonreído. Sabe que le he visto el lunar y le ha gustado mi mirada tan cálida. Noto en sus ojos la serotonina circulando. Le devolví la sonrisa, claro. Así que abro mi cuaderno y saco mi bolígrafo del bolsillo que yo mismo confeccioné en mi bata de paciente y comienzo mi ritual curativo. Escribo: La escritura es arte. El arte es curar lo incurable. El arte es amor.


¿Cómo se consigue que te den el alta médica en un manicomio? Escribiendo una narrativa liberadora...

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