Esta vez te lo voy a hacer suave, tanto que ni se pueda decir que ha sucedido.
Te hablo del asco profundo, el dolor de estómago y la magia. Tú sólo puedes remover más y más rápido tu café con leite. Muy en el fondo de tus pupilas puedo intuir las explosiones de varios megatones. Estoy contento por el encuentro de tu intelecto incapaz de salir de "la caja" y mi esquizofrenia. Estoy contento por compartir cafés, tapas de tortilla, humos y gafas de sol.
Dos cabezas, demasiadas pedradas. Dos cabezas y demasiadas pedradas. Demasiadas pedradas. Te dicen que seas empático; siempre que lo seas de niño o estés frente a una obra de ficción. El ejercicio de apestar voluntariamente. Me encierro a enumerar las heridas que nos dejaron aquellas tardes que compartimos sitio en cualquier terraza de cualquier cafetería. Hay árboles al este de nuestra mesa, esto va a doler, y apuro mi engrudo negro-euforia. Masa me decía que no se entendían la mayoría de mis mierdas, que parecían escritas desde mi ombligo, y sólo para mis pulmones. Yo le contestaba que me parecía bien [así me enseñó a afrontar las opiniones el abuelo].
¿Recuerdas cuando te llamaba CASA? Eres casa, te decía mientras lo hacíamos. No hay gran diferencia entre una casa y una cárcel, en serio, no la hay. Aquí dentro somos demasiadas formas de ver el asunto, demasiadas crisis proféticas y un ingreso por Urgencias Psiquiátricas de menos. Aquí dentro, cuando se abren las compuertas, no hay programa de predicción de mecánicas de fluidos que pueda prever por dónde coño irá el asunto. Sucede. Puede que sean los restos del naufragio en el que nos vimos envueltos en Madrid centro. Lo bueno de todo aquello es que me gané la gratitud de un indigente, le di un par de cigarrillos, me sonrió, llevaba los brazos descubiertos y empapados en gasolina. Eso era antes, ¿año 2008?, en aquellos días de escribir mientras una crisis me encerraba en mi habitación durante tres días completos, y terminaban con el paroxismo de un par de párrafos decentes frente a al ventana, el horror y la locura desaparecían después de consumir Zyprexa durante dos meses.
Hay un vaso de limonada sin azúcar bajo la cama, bebo un poco cuando la echo en falta, me fuerzo a obedecer, a creer, a respirar, que el tabaco mata, pero lo hace tan jodidamente despacio que de ahí que sea un desperdicio de dinero. La verdadera putada es..., lo verdaderamente jodido... ES. Quiero decir que nos rodea, desde que el estado nos secuestra y lo llama ciudadanía. Desde que el resto es más subnormal que tú hasta las cejas de Risperidona.
Imagino a Mark Fisher pensando: mira, que os follen. Y lo piensa justo antes de hacerlo. No sé, es como si la pedagogía te empujara al suicidio sí o sí.
Organízate y lucha. Hay días en los que ni siquiera soy capaz de calzarme. Organízate. Deslízate. Piensa. Que no te cojan.
Levanto la vista y veo todas estas palabras. Ni putísima idea de qué ha pasado. ¿Acaso tú planeas tus fantasías antes de masturbarte? Yo tampoco.
Una paja triste, de nada.
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