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marzo 28, 2025

Pato pisado y poni pisador

 El viejo Apuleyo, gran amigo, quiere organizar un ciclo sobre Shyamalan en el cineclub. Me ha invitado a participar, no sé en calidad de qué. Será para principios del año que viene, porque antes tiene programados Godard (sep), Jeunet (oct), Wilenski (nov) y el especial de Navidad sobre las bandas sonoras de Zimmer. En el cineclub hay film+charla cada jueves, normalmente cuatro metrajes que pueden ser cinco, según el mes. La concurrencia casi siempre es la misma, con ligeras variantes. Perrault y otros nueve o diez se van intercambiando. Nadie va a hacerse rico con la entrada. Además hay constantes problemas con madame d’Aulnoy, que suele armar bronca si aparece por la sala. Hace poco, cuando Cocteau, le montó un pollo a Walt Disney que lo dejó como la madre de Bambi. Apuleyo tuvo que dar por terminada la tertulia antes de hora. El núcleo duro del grupo cree que la mala baba que se gasta madame es porque sus éxitos en vida fueron irregulares y está muy resentida. De nuevo una conclusión patriarcal. Al hilo del suceso, sugerí que el resentimiento de la crítica hacia la obra puede ser una buena manera de enfocar el ciclo de Shyamalan, porque el tipo no merecía el trato que le dieron tras sus primeros triunfos. No hay que ser Menéndez Pidal para saber que a Apuleyo le fascinan los cuentos y que ha preparado una selección muy cuentista. Arrancará con The happening, me explica, el jardín de las hadas con extra de cabreo; después pretende proyectar The village, remedo de Caperucita y plato fuerte de la serie; también quería meter The visit en la tercera semana, que es Hänsel y Gretel, ahí no hay dudas; y cerraría con Old, una historia de encantamiento de nuevo cuño, pero atravesada de tropos feéricos. Estuvo barajando programar Knock at the cabin, desechada por evangelizante, o incluso colar Trap y estar a la última aunque no haya tenido tiempo aún de digerirla. Narrativamente Shyamalan cruza cientos de fronteras y eso le interesa más que las valoraciones posteriores. Nos interesa, de hecho. Tomábamos gintonics un viernes por la tarde en una terraza de Charlestone, del lado del Ashley, mientras charlábamos de literatura y cine. Yo me había declarado neutral años atrás en la guerra intestina entre los cuentos franceses y los cuentos germanos, si bien la estética del perdedor me obligaba a saltarme continuamente mi imparcialidad y tomar partido por el acervo débil. La cultura germana ha copado la tradición narrativa europea dejando a las fábulas gabachas en palpable desventaja. Otro gran trabajo de la crítica. Así que me pongo a la defensiva cuando Apuleyo, que me está beteando sobre la marcha una novela a priori afrancesada como esta, alega que mi texto se parece un poco a Los músicos de Bremen. Tenemos el asno de oro, las perras negras, el gato con botas y la lora Alejandra, pero el penúltimo señuelo musical no lo vimos venir. Nuestros oídos quieren atender a lo que cuentan los animales. A veces se trata de las alboradas de un gallo, un pato, un loro, pero también son galgos y podencos contándose sus gestas de caza, gatetes empingorotados recitando Virgilio y burros, mulas y palafrenes tratando de explicar la expansión acelerada del Universo primitivo a sus dueños y sus mozos de cuadra, y la reina de tal zoológico parlante podría haber sido María Antonieta, la mismísima Monica Vitti o la madre de Pulgarcito, pero acabaría siendo sin remedio Clotilde Barallobre de no ser porque el personaje ya estaba pillado, fíjense hasta donde llega la capacidad de análisis del gran Apuleyo. El inconsciente creativo, con música o sin música, se activa si los conejos se comen a los perros, actúa poniendo cascabeles a los camellos y jorobas a los gatos, funciona cuando una muchacha argentina despluma y decapita aves cantoras en alguna cocina clandestina entre Bremen y Ausburgo, aderezándolas con manteca y cosiéndolas con lino blanco. ¿Cuándo me ha supuesto un problema reciclar personajes ajenos? La música es el mapa, se dejó claro desde el principio, para avanzar a través de una historia de usurpación de la realidad, de incongruencias cuánticas, de ladrones, fantasmas y violencia, de lo que sea que esto vaya a morir, necesariamente de forma difusa y enigmática, entre volátiles ocurrencias dispuestas al montón, como si fuesen ideas asentadas en largos y sesudos párrafos, con la esperanza de que el lector encuentre por fin algo que no había leído antes. Justo a nuestro lado, en otra mesa de la terraza, me distrae una reunión de tardoadolescentes frikis. Conversan tan alto sobre Tolkien que me cuesta seguir el palique de mi amigo. Épica antigua, ironizo, no tanto por la edad, sino por la deformación católica, que en mi cabeza, sin embargo, se organiza de manera mucho menos solemne: en escena, Frodo Bolsón juguetea con el anillo y toma la decisión de tragárselo para mentir a todos y no tener que fundirlo en sus fuegos prístinos mientras Sam retiene a Gollum con un sermón emasculante sobre cuántos patos por hora hornean en cierta posada de Bree, cuánta manteca utilizan en el proceso y cuántos será capaz de comerse un hobbit estándar de una sentada. Et ustus fortiter. La entrada del ciclo vale seis euros, dice Apuleyo al tercer gintonic, estoy pensando subirla a seis cincuenta. Regreso de mi ensoñación. Barato, le aseguro, sigue siendo una ganga para lo mucho que se disfruta en este tipo de coloquios. El anciano recuerda que hace dos años, por ejemplo, montó uno muy sonado sobre la Revolución Francesa (se proyectaron obras de Delannoy, Jacquot, Coppola Jr., Ridley Scott) y fue espectacular el jugo que le sacaron los asistentes a tantos hombros reconciliados y tanta sangre. Sin embargo, cada jueves noche aparecía d’Aulnoy con una lista jacobina y sentenciaba a los presentes por cualquier motivo. Ya en esos días Apuleyo trató de razonar con ella, para que no espantara a la clientela, y ella le espetó ¿tenés algo que reprocharme?, y Apuleyo le insinuó que Laideronnette no es precisamente Elsa de Brabante, y ella se enfadó más todavía porque iba perdiendo todas las guerras. Desde la desembocadura del Ashley nos llega un olor intenso a podredumbre que se estrella contra la terraza con un ruido fofo. Un pie gigante se posa violentamente encima de la tarde cosida con hilo blanco. Tengo que ir un día a alguna sesión, antes de lo de Shyamalan, me refiero. Claro, vente el jueves que quieras, no te cobraré entrada. Los de la mesa de al lado siguen hablando ahora de los Nazgul, chiflados que antaño fueron hombres y hoy son música, melancólico alimento para los que vivimos de amor. A los nazgul nos gusta convertir asnos en ponis, perras en endecasílabos, gatos resbalando en tejados a dos aguas y lo que más rabia nos da, en general, es que las aves se coman nuestras migas de pan. Si por mí fuese, reflexiona Apuleyo, los únicos pájaros que deberían existir son los que están en escabeche. Música, animales y comida. Bien podría ser esta la conclusión si hubiese sido alguna vez el planteamiento. Te animas con Godard?, vamos a poner Pierrot le fou. Puede, pero me da miedo cruzarme otra vez con d’Aulnoy, en un capítulo le recriminé su tendencia al drama y se puso hecha una furia. Tranquilo, tengo portero nuevo, un tal Guillermo Carnero, que es una puta esfinge, la señora baronesa no entrará por esa puerta. Sonrío mirando al Ashley unos segundos. Pienso en la incoherencia del personaje, dulce Chloé raveliana y colérica madame cerval al mismo tiempo. Cuando se tope con Carnero, vive les barricades!, van a saltar chispas. Cavilo también sobre lo que me he desvivido estos dos años de escritura, sobre los proyectos que se desbaratan para que uno de ellos subsista y sobre la literatura como única ontología posible. No puedes entender a Shyamalan sin Lady in the water, aventuro, merece estar en el programa. Al oírme, los chicos de la mesa de al lado han guardado un silencio espantado, como si el heredero de Isildur hubiera cometido sacrilegio. La joven del agua?, balbucea incómodo Apuleyo. Sí, eso he dicho, también es un cuento, hasta la protagonista se llama Cuento. Y una mierda, me interrumpe enfadado, una mierda así de grande, ensanchando el espacio entre sus manos. Hasta los estetas más puros tienen prejuicios. El resentimiento hacia la obra siempre es algo que hacen los demás. Y pedimos de inmediato la cuenta, que se hace tarde. 

marzo 15, 2025

Prólogo, monólogo, odontólogo

Planteamiento, nudo, desenlace. El objetivo es romper este esquema. Se puede hacer, pero dependerá del psicoanalista. Una novela desmenuzándose a sí misma es un dragón feo. Todo texto tiende a ser Laideronnette, hombre elefante, la sustancia, una progresiva aceptación de la fealdad, aunque juren los estetas que el arte pretenda lo contrario. La direccionalidad patriarcal —el clásico empotramiento— obliga al receptor a entender la historia como el anuncio del matacucarachas. Los personajes nacen, crecen, se reproducen y mueren. Se preguntan algunas cosillas por el camino, cosillas que un buen autor tratará de no responder, pero lo que es el puente/flecha/marcomental está ahí y debemos cruzarlo\dispararla\asumirlo. Se puede romper. No invertir, ni desordenar. Digo volar, digo descuartizar. Un prólogo, monólogo, odontólogo. La novela sin héroe, sin lanza, sin conflicto, decía Santa Úrsula. La novela horizontal. Así que voy a cambiar casi todo lo que tenía previsto para el desenlace. Capítulo 93 de 100. Cambiar, a saber, la muerte Judas de Perrault, la muerte Auschwitz de Alejandra, la muerte Aida de Ravel y d’Aulnoy, la muerte a elegir del lector pasivo, la muerte Bonnie and Clyde de Vitti y Antonioni, la muerte y resurrección de Barba Azul y Báthory y, por último, la pequeña muerte de Laideronnette. En mi descargo señalaré que pensaba dejar vivo, al menos, a Guillermo Carnero. Tío, tú no eras un escritor-mapa, se queja mi paredro, con el trabajo estructurado de antemano? Sonaba de fondo Daphnis y Chloé, y al amanecer de la segunda suite, llegaron los pájaros y se comieron las balizas de regreso a la novela. Cuando Pulgarcito se pierde en el bosque, sueña con potajes. Este Ulises de pacotilla actúa nada más que como metáfora de las grandes épicas y, en consecuencia, de los grandes fracasos. Ajustaos la dentadura, que se enfría. El ama de llaves sospecha que Perrault guarda un cadáver en el sótano. Hemos dicho varias veces que esta mujer de imbécil tiene lo justo. Algo se cuece. El escritor baja allí y se esfuma durante horas. Desde que se enamoró de Barba Azul ella se ha vuelto muy suspicaz. Ya no se deja direccionar por el patriarcado en rincones random de la casa, aquí te pillo, y usaría cualquier excusa para denunciar a su violador y salir del infierno del vasallaje doméstico. Barba Azul, macho ultraempático y sóror con amplia experiencia en LO QUE NO HAY QUE HACER, la está ayudando muchísimo con la exploración. Se cuela por la ventana de la vivienda de su creador en busca de pistas que confirmen delitos de sangre o cualquier otra falta que dispense ante las autoridades a su amante de la servidumbre sin detrimento para su reputación. Hay que probar todas las puertas. Como siempre, el cogollo consiste en encontrar al loro de Humboldt, aunque la húngara y su novio aún no lo saben. Aparte de esta trama apenas principal, voy a dejar un reguero de microfábulas, esbozos y menciones activas. Marcel Duchamp y Marcel Proust fueron tanteados en los episodios 2 y 3, y defenestrados de inmediato sin piedad. Es lícito que sean renombrados ahora que no nos quedan dientes. Walter Elias Disney, buzo de lavabos, ha quedado como un idiota. Su colaboración se limitó a ser un negativo, una herramienta inútil si no vas a positivar. Añadí también aquella pieza aislada para Shéherezade, otra sobre Cartouche, Pinocho, Coltrane, Wilenski, además del carro de broches cinematográficos. En cuanto al tetrarca de Galilea diré que por aquel entonces estaba leyendo a Flaubert, Tres cuentos. Tampoco es excusa. Se colaron algunos violinistas cuando lo de Tzigane, mero aderezo para insuflar vida a mi extraño Ravel frugivorista. En fin, por difuso que se presente, es imposible no otorgar comienzo a una historia, pero sencillísimo escamotearos el final. La literatura funciona como una endodoncia. Al tacto, Barba Azul y Báthory han encontrado una fisura en una de las paredes del sótano de Perrault, apenas un rasguño. Tardarán semanas en descifrar el mecanismo de apertura. Tras la puerta secreta aparece ante ellos un túnel lóbrego, como boca desdentada, y al otro extremo, un resplandor de mazmorra, que ambos conocen bien, y unos lamentos animales. Se miran el uno al otro con alegría, porque la vida sigue y les sonríe. 

marzo 08, 2025

Paraísos terrestres

 Que Génesis viene de genital, o viceversa, es algo que siempre me ha rondado por la cabeza. Acababan de inaugurar el órgano nuevo en el Washington Irving. A las niñas nos hacían entonar a diario himnos que remedaban escenas grandilocuentes de Milton, oponían al pecado original, convenientemente revestido de lujuria, un sinfín de paraísos recobrables y nos generaban confusiones sicalípticas. Por eso más tarde, en clase de dibujo, mirábamos trabajar por las ventanas a los jardineros del parque contiguo y fantaseábamos en grupo obscenidades agrarias con mangos de azada. Esa saturación edénica ocupó mi preadolescencia y antes de que se me hincharan las tetas ya sabía que la expulsión en sí era la única razón de ser de cualquier paraíso. Sospecho que es nuestra voluntad de trascendencia la que trasplanta árboles de la ciencia en vergeles equivocados. Ahora que soy vieja y pago los aranceles del exceso juvenil, confesaré mi intención y deseo de ser expulsada del Elíseo a lo grande por un ángel jardinero como aquellos de mi infancia, musculado, sudoroso, bien dotado de cintura para abajo, porque una está mayor, pero también ávida de nuevos pastos y cultivos. Si me deja satisfecha durante el desahucio, regalaré al ángel ejecutor mi última obra, un gran lienzo previsto en acrílicos rosa, asquerosamente redentor, porque he pintado antes de Pollock, durante Pollock y después de Pollock y quiero que quede constancia en el otro barrio. Diréis que soy casquivana cuando jamás lo pensasteis ni por un segundo de él. El patriarcado del arte nunca descansa. Mi jardín personal fue lidiar con una carrera propia al mismo tiempo que acarreaba además con la suya como quien se debate entre el bien y el mal. Para él se crearon el cielo y la tierra y todo fue fácil. A mí me dejó encerrada por dentro en el Edén y fui su Eva cornuda que va a tener que encargarse sola de las labores del campo. Parecerá ingenuo, pero ni cuando murió asimilé lo que significaba socialmente que me la pegase con todas aquellas florecillas pizpiretas, fascinadas por la gloria del legendario action painter, qué grosería de apelativo. Se hacían pasar por amigas, traían cocaína y apple pies con demasiada mantequilla, intrigaban como condesas en una corte europea. Pollock, a escondidas, les aplicaba algo más que simple deontología de experto florista, tanto que le daba igual aire libre que invernadero, dalia que peonía, goteo que aspersión, mientras a mí las raíces se me iban muriendo hasta quedar marchita. El dios era demasiado humano. Y yo, el hazmerreír, lo sabía, cada secreto y cada escándalo, pero las criaturas de intramuros nunca asumimos que la divinidad es inevitablemente tóxica. Quise incluso por un momento haber chocado con él en aquel coche y que la insignificancia y la tierra sagradas nos sepultasen a ambos. Ese instante ha sido el peor de mi vida, el pensamiento en que he estado más lejos de mí misma. Tras el entierro fui una viuda ejemplar, a las biografías me remito. Defendí con uñas y dientes la memoria de mi marido de los latifundistas, las serpientes y el olvido. Logré que otras flores de especies más sofisticadas vinieran a comerme el coño. Tuve que arar Manhattan entero, sin duda no fue sencillo, y sembrar el mito del artista impulsivo para obtener una cosecha que se contaría por millones de dólares para cuando mataron a Kennedy. El MoMA y el Metropolitan me cortejaban en mi propio huerto. Sin mí solo se acordarían del legado del héroe cuatro nostálgicos del dripping. De nada, Jackson. De nada. Si la rosa no es de quien la planta, sino de quien la cuida, me pregunto si tu obra no es ahora mía. Convendrá que los críticos reflexionen del derecho de pernada en el arte, cuándo la obra es del autor o es del público o no es de nadie, que lo único digno de atesorar es el talento, y ni siquiera eso. Descalza de teorías he hollado siempre mi parcela, menos pomposa que Adán, por supuesto, aunque mucho más pragmática. No se me caen los anillos y tal vez por eso las heridas de mis manos siguen abiertas. Dicen los fantasmas que ahora su hobby ya no es tanto la floricultura, que también, sino dejar ciegos a los osos. Por su culpa hay miles de osos ciegos en el paraíso. Pues que le aproveche. Ni le perdono ni le dejo de perdonar. El ángel ejecutor que me espera en la cancela del jardín calza un falo flamígero de 7 cm de diámetro en la base. Un mango de azada del que Pollock diría con desprecio que no sirve para pintar. Pues así me iré del Edén, sin derramarle una lágrima.

marzo 01, 2025

Pitufos en la sombra

  Nuestras sombras son azules. Papá Perrault acaba su desayuno raspando un yogur griego con la cuchara, amontonando los restos viscosos pegados a las paredes del recipiente, rescatando en total menos de un tercio de suculenta cucharada. Deberíamos haber utilizado a Rossini como sátiro gastronómico, que en asuntos liricoculinarios hubiese dado mucho más juego que el francés. Nuestras sombras son azules. La luz del amanecer irrumpe apenas entre los espesos cortinajes. Ravel lleva un rato despierto. Besa con extrema delicadeza el cuello de madame d’Aulnoy hasta excitarla, sin despertar, visiblemente. A saber qué estará soñando. Ambos han perdido la cuenta abusiva del amor, por lo que el compositor ha decidido que hoy toca, por fin, abandonar la cama y pisar la calle. Qué calle? Cualquier calle. Nuestras sombras son azules. En la taberna me espera la cerveza, se relame Papá Perrault, la blanca, roja, tostada cerveza. Nuestras sombras son azules. El sol naciente, al principio, ciega a Ravel por unos segundos. Le alarga muchísimo la sombra. Nota la radiación en una piel que se estaba volviendo transparente, un sofoco tibio muy distinto del que le produce el cuerpo suntuoso de Madame d’Aulnoy, si bien estrechamente relacionado. Nuestras sombras son azules. Perrault baja al portal y solo tiene que girar la esquina de su calle para alcanzar la taberna. Qué calle? Cualquier calle. Con enorme sorpresa, encuentra que la taberna está aún cerrada. Es más pronto de lo que suponía. Calcula sus posibilidades. Esperar allí o ir al norte, hacia el Sena, donde habrá alguna abierta desde esas horas. Será por tabernas, blancas rojas tostadas non stop tabernas parisinas. La noche ha sido caliente, la primavera huele a escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines, aquello que en sus tiempos olía a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas se ha vuelto melindroso. Trescientos años son determinantes para reblandecer cualquier ciudad, vecinos incluidos. Nuestras sombras son azules. Ravel vaga rumbo al Sena en pos de una frutería madrugadora que le venda por el camino un par de kilos de manzanas de cuento para ir a comérselas con piel, rabo y semillas frente al edificio de la Bolsa. Su afición por las manzanas se confunde con su afición por las manzanas. Nuestras sombras son azules. Cerca de la Academia, Perrault encuentra un café abierto. Entra y pide cerveza. Se la bebe de un trago y pide otra. Se la bebe de un trago, pide otra. Se la bebe de un trago, otra. Lo que tú censuras como alcoholismo, lo califica él de protocolo base. Nuestras sombras son azules. Ravel cruza el río por el Pont des Arts. Después de zamparse las manzanas tiene retortijones. Una copita de digestivo le iría bien. Entra en un café cualquiera y quiere la providencia que se tope con un señor que cae al suelo tras el choque, bastante curda. Pero qué cojones haces tú aquí?, dice Ravel desde arriba. A ti qué te parece, Maurice?, anda, ayúdame a levantarme. Papá Perrault pesa una barbaridad y cuesta izarlo, casi tanto como luego mantenerlo en pie. La última persona del mundo a la que Ravel quería encontrarse. A ver cómo le explica lo de d’Aulnoy. Son las nueve de la mañana, Charles, y ya estás borrachísimo. Es porque estoy triste, bebo así desde que no vienes a verme. Eso será, dice irónico el músico. Claro que es eso, mantiene Perrault. He estado ocupado, Charles. Ocupado? Sí, estoy escribiendo una ópera. Y quién te ha hecho el libreto?, pensaba que cuando fueras a escribir una ópera contarías conmigo para el texto. Charles, tú ya estás muerto, sería un engorro trabajar contigo. Es verdad, nuestras sombras son azules. Ravel sujeta a Perrault y pasean por el Quai de Conti, a ver si le da el aire rabioso del Sena y se despeja. Sus sombras, algo más cortas que antes, reproducen los pasos inestables. El libreto es de Colette, explica el compositor, y va de un niño malote al que objetos de fantasía le van dando lecciones de vida y sustos de muerte. Una cursilada, vamos, reprocha Perrault. No más que Riquete el del Copete. También es verdad, contesta el viejo, pero en mis tiempos los textos olían a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas, nada de escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines. Los tiempos han cambiado, dice Ravel, hubo dos grandes guerras europeas, de la segunda me han hablado, nuestras sombras son azules, pero la primera me la chupe conduciendo camiones que llevaban munición al frente y volvían con heridos. Pues te veo feliz, a pesar de la experiencia bélica, observa Perrault. Estoy como siempre. No, como siempre no, me juego un barril de cerveza a que te estás tirando a tu libretista. A quién, a Colette? Sí, te estás tirando a Colette. No, hombre, nuestras sombras son azules, pero mira, como estás muerto desde hace siglos te voy a decir la verdad, aunque te enfades. Por qué me iba a enfadar? Porque a la que me estoy tirando es a Madame d’Aulnoy y, si te soy sincero, te da mil patadas como escritora. A quién te estás tirando? A Madame d’Aulnoy. Nuestras sombras son azules, amigo mío, ríe a carcajadas, pero tus gustos sexuales son incoloros. Tú te tiras a tu ama de llaves, a la húngara, y nadie te juzga. Cómo sabes eso? Contactos con el narrador. Siempre supe que llegarías lejos, Maurice. Poco a poco, cruzando el río, han llegado a la Île de la Cité y se han sentado a descansar bajo la estatua de Carlomagno. Sus sombras se acortan como por desgaste. Entonces, Charles, no estás enfadado? No, por qué razón debería estarlo? Por tu enemistad manifiesta con d’Aulnoy. Esa enemistad está en tu cabeza, Maurice. En todo caso estará en la del narrador, digo. Nuestras sombras son azules y te puedes follar a quien quieras, faltaría más, nuestra relación no se verá afectada por nuestras respectivas braguetas, yo hago lo mismo por mi parte, aunque reconozco que últimamente estoy mosca con la húngara. No me digas. Sí, creo que me la está pegando. Con quién? Con uno de mis propios personajes, eso sí que me cabrea. No será Pulgarcito! No creo, por dios, aún es un niño, nuestras sombras son azules. Entonces cuál? Pues ni idea todavía. Y en qué lo has notado? Eso se sabe, Maurice, el catre exótico de antaño se ha vuelto tan melindroso como la ciudad. Trescientos años no pasan en balde, viejo. Ella lo niega, pero le he dado un ultimátum: va a tener que dejar a su amante, sea quien sea, si no quiere perder el trabajo de ama de llaves, en París hay amas de llaves a full, millones de amas de llaves. Aún así sospecho que has sido un poco duro, Charles, no tienes derecho de pernada sobre la servidumbre. Te recuerdo que vivo en el siglo XVII, diría que algo sí tengo. Vaya, es verdad, nuestras sombras son azules. Son azules. Azules. Caminan hacia el Hôtel de Ville. Parece que Papá Perrault está algo más despierto. Ravel, intrigado, insiste en el asunto de la húngara. Y de qué personajes sospechas? Pues de todos los príncipes, por supuesto, esos los primeros, pero también del lobo, del padre ausente de Cenicienta y hasta del gato con botas. Y Barba Azul? No creo, de todos es sabido que es un asesino en serie de mujeres, la húngara no es idiota. Entonces yo apostaría que te la pega con el padre de Cenicienta. Tú crees, Maurice? Claro, por eso está desaparecido del cuento. Lógico. Muy lógico. Suben lentamente hacia el Pompidou, dejando que el azar les indique el camino. Aún faltan un par de horas para que el mediodía devore sus sombras. Desde la oficina de correos se les ve cada vez más pequeños en la distancia. Con los ojos entrecerrados podréis llegar a advertir que han entrado, cómo no, en una taberna de la Rue de Beaubourg. Nuestras sombras son azules, Charles. Eso pienso yo, Maurice, eso mismo pienso yo. 

febrero 22, 2025

Perlocucionario

 Usurpemos por una página el altar de los lingüistas teóricos: los actos del habla son tres, como los del teatro decimonónico. Exposición, desarrollo, reexposición. Más o menos. El acto locutivo es la enunciación en sí, los temas propuestos. La carga que comporta detonará las acciones y justificará las omisiones. El acto ilocutivo es la intención del emisor que enuncia, sea explícita o tácita. Se comporta como el meollo de la cuestión, su sustento sistémico. Siempre se vuelve complejo discernir por qué uno manifiesta ciertas intimidades, a quién engaña si no es a sí mismo, qué se pretende obtener de los demás. Simplemente se piensa, se dice y listo. Por último, el acto perlocutivo, el más interesante, corresponde con la cristalización del enunciado en el receptor, la conversión de las palabras en una respuesta forzada de algún modo por la locución inicial. Y telón. Así acaba cada trocito de cháchara y así empieza el siguiente. Una cadena de sistemas emergentes con sus actos y sus agentes y sus discursos. Tras pronunciar o recibir palabras ya no eres el mismo. Todo va cambiando a golpe de verbos. Me pregunto si alguna de las oraciones de mi libelo te ha hecho levantarte a abrir la nevera, dar un brinco, sentir alegría o quedarte perplejo. Pensarás que esto no te ha cambiado la vida, por qué habría de hacerlo. En principio es solo un pastiche textual que huye de eventuales clasificaciones. Pero estamos en el último round y debes tomar decisiones de lector intrépido. Figuras, conceptos, carne, algas, antiguos, modernos. Es hora de quitarte el reloj, dejar la mente en blanco un instante y leer el siguiente capítulo. Te adelanto que Ravel y Papá Perrault crearán allí su propia sucesión obstinada de enunciados deliberados y acciones consecuentes. La comunicación es, a todas luces, predecible. Ahora bien, ojo, bastará una única novela-comedia-sonata para que de repente no seas quien eras antes. No importa lo que yo digo, sino lo que tú recibes. 

febrero 18, 2025

Printemps, Ivonne

 La Bella durmiente canta una de Fourdrain mientras alguien le prepara otro pico de morfina. Anochece en Niza cuando amanece en Capri. Incluso en el Folies Bergère, la mezcla habitual con coca disipa a veces las neblinas de opio que celan la realidad de los cuentos de hadas. Aún faltan décadas para despertar y ya gasta unas venas como túneles alpinos y un tabique nasal que ríete tú de la Gran Muralla. El príncipe encantador la dejó en la estacada, o quizás será al revés y mucho más adelante. Hay algunas reseñas elocuentes al respecto bajando por las páginas de sociedad, para quien quiera hurgar en los pormenores. Los personajes telaraña como ella atraen hacia la muerte a las polillas. La mayoría son machos de tinte moreno y opulentas cabelleras que no sobreviven al letargo. En una de esas partidas de Quién es Quién descubrimos con regocijo que su nuevo amante no lleva gafas, usa sombrero y vino de ultramar. Desde que se fue, nunca más volvió, seguiré sus pasos, etc. Para que no haya dudas, el sueño estaba compuesto como una torre formada por capas sin fin que se alzaran y perdieran en el infinito. No puedo explicarme mejor. Un atrapasueños de este calibre igual te roba el tacto triste y sólido de tu madre muerta que te sisa una premonición difusa de la Arcadia olduvayense venidera. Crecían sobre el asfalto grandes prados de adormidera ondulante, ordeñados con la primera luna de otoño por miríadas de oompa-loompas. Así es la Bella durmiente, un desagüe de alcaloides y vanidades, un vórtice de enaguas y malhumor. No esperes encontrar más que insomnio en kilómetros a la redonda. 

febrero 10, 2025

Pot-pourri

 La niña Laideronette levanta las manitas huesudas. No lleva batuta ni falta que le hace. El público de la función se reduce a Ravel y d’Aulnoy, que asisten al concierto en cueros desde la recurrente cama con dosel. Aun así se respira el ambiente de los grandes estrenos. Algunos ruidos, cuchicheos y toses son arrastrados por una corriente de silencio. La expectación se va apelmazando mientras llega el momento de empezar. Integrado por no menos de cuarenta pagodas, el orfeón se dispone a lo largo de la alcoba un poco al buen tuntún, en filas escalonadas que van desde el suelo hasta lo alto de un escabel, elevándose sobre cajas de zapatos y banquetas de diferentes tamaños. Pueden parecer ridículos, pero quien haya asistido a los ensayos sabe de lo que son capaces. Un gesto enérgico de la niña inicia por fin el concierto y entonces, sin más, lo que era feo se vuelve hermoso. Laideronette nació, dice el coro, como nace este canto, calculadamente bella, princesita sonaja, bebé arcoiris, dientecito de ajo. Pronto, la maldad del hada Magotine mudó sus dones naturales y la castigó con una quirúrgica fealdad. Las vocecillas punzantes de las sopragodinas nos van revelando los detalles de la historia. Por debajo, una especie de discantus masculino salmodia un áspero frontispicio que sirve de sustrato armónico. Parece que son las manos de la niña fea las que irradian cada nota. D’Aulnoy y Ravel están emocionados. Su hijita adoptiva se está haciendo mayor. Por los poros juveniles resuena una rabia lúcida que derruye tabiques y techo como Jericó bajo un estrépito de trompetas. Años después, sigue el coro, quiso el destino que Laideronette se cruzase con un príncipe atrapado en una serpiente. La malvada Magotine le había hechizado como a ella. El amor ciego entre ambos va a ser la redención que les devuelva a su forma original. En medio de los escombros de la habitación crece rápida la hierba. El dosel de la cama se ramifica, abulta su tronco y, verdeando contra el cielo abierto, hace derramarse frutos rojos hasta donde alcanza la vista. El gorgojeo animal del orfeón pagoda ha esparcido la dulcísima esencia del paraíso y el selecto público son ahora Adán y Eva, padres en contorsión de la voluntad inventiva y el apetito pecaminoso. La crónica de Laideronette es la crónica del pueblo de los pagodas, que cuidaron de ella cuando su condena la obligó a tocar fondo, y también, por extensión, la de quienes les volvieron célebres mediante sus obras. Ravel y d’Aulnoy se felicitan por ello con caricias y besos, desnudos bajo el manzano, mientras la cantata continúa por excelsos derroteros, nos arrastra al infierno en su caída, suspira aislada dentro de sus propios paréntesis y saca pecho para triunfar en su ascenso. El príncipe serpiente se ha unido a la bacanal y besa a Laideronette enroscado en su cintura. La manzana de Eva alcanza la boca de Adán, que lame con la punta de su memoria aquellos murmullos ribeteados de asombro pentatónico. Comen todos del fruto porque comerlo es crear y crear es persistir en los vientres estériles del recuerdo y provocar emociones fuertes a las cabezas tiernas. Hacia el final, los nuevos habitantes del Edén acoplan sus jadeos a la respiración circular de los pagodas cantores, justo cuando la niña Laideronette se va a correr por primera vez en la boca del príncipe serpiente. Suenan bajo su agitada dirección los últimos tres acordes de novena, seis gemidos descendentes y el viento perpetuo pasando entre las doce ramas del Árbol de la Ciencia. Algunos ángeles miran desde lo alto de la tapia del jardín y se preguntan curiosos cuánto durará aquel locus amoenus. A continuación transcribimos algunas reflexiones de d’Aulnoy: Siempre he concebido la poesía como un complicado suflé. Todo debe estar perfectamente medido, batido, aireado y dispuesto para que suba en el horno y quede arriba. La novela, por contra, es como un potaje. Los ingredientes van en crudo al puchero, lo que tengamos a mano, nabos, legumbres mezcladas, manos de cerdo, acelgas, sin trabajar, sin miramiento, porque será el fuego del lector intrépido el que cargue la olla podrida de sustancia nutricia. No sé qué es feo o hermoso, ni dónde se deshace la sinceridad o en qué espuma flotan lo soez y lo vano, pero comprendo que mi voluntad es hacer que el canto de los pagodas derruya tu resistencia al paraíso y te arrastre hasta él. A continuación transcribimos asimismo algunos pensamientos de Ravel: Bajo el brillo de una breve sonatina hay un diabólico mecanismo de traviesa relojería en el que no cabe una nota que no esté dispuesta a alimentar con luz a las demás. Al otro lado se encuentra el sumidero generativo de la ópera, un caldero monumental donde los temas musicales se ponen al servicio del libreto, yuxtapuestos, seriados, con orquestaciones de oficio, una masa que solo podrá germinar de manera consistente atravesando oídos hambrientos. Ambas comprenden a su modo nirvana y sansara, formulan por igual belleza y desproporción. Recuerda que Apolo se sienta junto a Baco en la mesa de los dioses y desde tu posición de famélico mortal nunca puedes saber cuál de ellos está devorando el potaje y cuál degustando el suflé.

febrero 01, 2025

Para unos amigos

La maldad es la bondad inconsciente de sí misma, dice con solemnidad el leñador al molinero, una afirmación, amigo mío, que merecería un desarrollo, sin duda, si no fuera porque los desarrollos no tienen cabida aquí precisamente porque aquí no tienen cabida los desarrollos. Suman aún catorce hijos entre ambos, mitad abandonados en el bosque, mitad desnutridos. Niños de sobra. El cielo de nubes de olla exprés se refleja, a través de los árboles, en los ojos tristes de los que se quedan. Además, responde displicente el molinero, conviene hacer notar que una gastronomía avanzada es indistinguible de la antropofagia, porque dime tú una cultura que no haya puesto en venta a sus retoños. Rebuscado, pero reconfortante, conviene el leñador, aquí paz y después gloria. Comprobamos una vez más que no hay dilemas morales para el indigente gastronómico. No hay digestión postraumática que valga. La culpa, si es que eso existe, se diluye en el tocino. Empachados como estamos de estéticas alimenticias y otras ornitologías, nos ceñiremos al examen culinario de una xilografía concreta de Doré, L’ogre le reçut aussi civilement que le peut un ogre, Hetzel, París, 1862, en la que deja claro que el rey comió esa noche bebés asados. Qué rey? Cualquier rey. El rey de la selva. El rey de amarillo. Elvis. Arturo. Luis XVI. Qué si no habrían de servir en un banquete de ogros? Acelgas? Entre las reses y los carneros condimentados con amplitud, junto al vino abundante decantado en un hermoso cristal veneciano, se erigen amontonados sobre una bandeja enorme cuatro enfants mi-cuits a los que solo les falta la manzana fuji en la boca. Que Ravel me perdone. El rey fue engañado una vez más y por extensión lo fueron las tragaderas de sus súbditos. Ah, ça ira, ça ira, ça ira! Debéis saber que el Ojáncanu había reservado mesa para cuatro en un tres estrellas michelin de Barcelona, a sabiendas de que se quedarían con hambre. Deseaba sofisticar su pantanosa existencia y empezaría por cuidar la dieta. Lo de la higiene, para más adelante. Al enterarse sus amigos, le advirtieron que nada de lo que fueran a comer allí se habría criado en libertad, ni podría albergar los sabores de antaño. En verdad, dijo el gigante Fafner, estamos orgullosos de tu nueva urbanidad y aceptaremos tu invitación, pero en otro sitio, queridísimo Ojáncanu, no malgastes tu oro en fruslerías tostadas a soplete y algas esferificadas. Para regresar a aquellas pitanzas horneadas de nuestra memoria, aseguró Bigfoot, te recomiendo reservar en el Club Polidor, donde te permiten llevar tu propia comida. Mucho más económico y suculento, sentenció Shrek, vayamos ahora mismo al bosque a hacer la compra. Adiós cordero de soja texturizada. Au revoir concentrados de cangurillo de corral. Ciao tartar gelificado de tiburón vaca con crema de paraguayo. Nada es lo que nos aseguran que parece. Su gozo civilizatorio en un pozo. Así no hay forma de materializar, qué futilidad, la nutrición del alma, con la ilusión que le hacía. Días después, el grupo de amigos aterriza en L.A. para disfrutar de su cena en el Polidor. Llevan cada uno una bolsa. Al entrar, varias mesas de vampiros se vuelven a mirarlos. Los ogros son como elefantes en cacharrería. Allí en el oeste se les conoce como tuercesecuoyas. El maître albino les da el alto nada más verlos. Tenían ustedes reserva? Por supuesto, a mi nombre. El maître le mira de arriba a abajo. Y usted quién es? El Ojáncanu. Tarda mucho en revisar la agenda, siempre con la nariz mirando al techo. Hay algún problema?, pregunta Fafner. Esos sacos se mueven, monsieurs. Son cuatro niños medio asfixiados, señala Bigfoot, los traemos listos para el bourguignon. Por eso lo llaman la tierna infancia, exclama Shrek. El maître cede por fin. Qué buena elección, monsieurs, acompáñenme. Y se ríen todos a carcajadas de camino a su mesa.

enero 25, 2025

Pura y viva luz de rubíes

El día que la pintora Lee Krasner se cruza con el fantasma de Gershwin en mitad de su zozobra existencial, no sabe si preguntar otra vez por Pollock o seguir adelante con su planazo autodestructivo de atiborrarse a pastillas y bourbon hasta caer desmayada lo más cerca posible del amanecer. Las luces en los bosques nocturnos siempre aparecen cuando se está absolutamente perdido. Bajo una tormenta, presa de la desesperación, ante la certeza de la muerte. A veces esas luces inesperadas llevan a la salvación y otras veces de cabeza a la casa del ogro, divergencia que las invalida como deus ex machina. Son una moneda al aire en el imaginario del autor. Primer premio en el sorteo de Navidad argumental. Como los vómitos de la niña que vomitaba al azar flores y joyas, que igual podían ser rubíes que podían ser geranios. El fantasma de Gershwin brilla con luz propia. Una luz de un color sin apenas nombre, bruma traslúcida, plomo fulgente, tornasol en progresión. Para visualizarlo hay que imaginar un resplandor de teatros de Broadway a través de la niebla. Se le ha aparecido canturreando Someone to watch over me, pero no por vanidad, sino para templar los nervios de su primera misión fantasmal. Krasner se encoge de hombros y se agarra al ectoplasma como a un saco relleno de gelatina. Pregunta por Pollock, directa, como suele. El fantasma de Gershwin tartamudea que justo venía a eso, de parte de Bartók, el pobre tenía cosas que hacer y no ha podido aparecerse, el trabajo de fantasma es muy esclavo, a todas horas de aquí para allá solucionando asuntos sin resolver en vida, guiando fiambres recientes a los puentes, asustando al personal. Su largo discurso dará aún varios rodeos evasivos, zapateará por cañaverales, incluso sonreirá tenso. Mi hermano era el de las palabras, jejeje. Algo me está ocultando, reflexiona Krasner y le pone tal cara de no tener el chichi para farolillos que a Gershwin no le queda otra que contar de una vez lo que venía a contar. Bartók y él han localizado a su marido, pero ha surgido un imprevisto: Pollock no quiere verla. Cómo te quedas?! El músico se suelta por fin y canta de corrido las circunstancias de la búsqueda. Les costó dios y ayuda dar con el espíritu del pintor en el más allá, se rumoreaba que yacía borracho día sí, día también en algún lugar de Carolina y ni cogía el teléfono. Cuando lo encontraron en un suburbio de Charleston, le dijeron que Krasner lo andaba buscando, pero el artista aseguró no conocerla de nada. Espera, Gershwin, cómo que en Charlestone?, allí no es donde transcurre Porgy & Bess?, y desde cuándo los muertos tienen teléfono?, te lo estás inventando o qué? Acuciado por el pánico, el fantasma toma las de Villadiego y desaparece. Aquí hay loro encerrado, confirma Krasner. Dirás gato encerrado. Eso, gato. Quince minutos después, en segunda convocatoria, conseguirá que se presenten los dos hijos de puta, esta vez juntos, Bartók y Gershwin, para darle más explicaciones. Como Gershwin sigue acongojado por lo de antes, Bartók toma la iniciativa para jurar y perjurar que lo que va a decir es la solemne verdad: Pollock se ha liado al otro lado con el fantasma de Caperucita. Asegura que no quiere saber nada de amores antiguos, que su matrimonio es agua pasada. Por lo visto se olvidó de Lee Krasner nada más palmar. Ella se ha quedado blanca, como un tubo fluorescente. La conmoción es monumental. Se la comió un lobo, recita con la voz opaca, el fantasma debe estar hecho unos zorros, joder, un espíritu masticado, tragado, digerido y defecado por un chucho salvaje. La marimorena gore que debéis tener putomontada en el purgatorio, una que ni la Báthory en tiempos. Y eso sin contar que la cría debía tener, qué?, diez años? Pollock no era un faro moral, grita Krasner, pero nunca pensé que el muy cerdo llegaría tan lejos. Está que echa chispas. En un arranque de ira arrasa bastidores, caballetes y espátulas. No queda en pie ni el flexo que usa para pintar de noche. Ahora es un taller recién bombardeado. Bueno, el cuento no es como nos lo contaron, explica Bartók con calma, lo cierto es que Caperucita tenía veintiséis primaveras, un cuerpo de escándalo y mucho esprai antivioladores no homologado, por si acaso, un material desarrollado por cárteles feministas berlineses en los noventa. Tampoco se la comió el lobo. Ni siquiera era un lobo. Todo mal. Era un oso grizzly que salía atolondrado de detrás de unos matorrales y recibió la descarga de esprai adulterado en los ojos. Caperucita murió ocho pasos después al caer huyendo por un barranco. El oso quedó ciego al instante. Ahora Pollock ha aprendido de su novia a dejar ciegos a los osos. No bebe, ni fuma, tampoco se droga. Pinta un cuadro y el oso pierde la vista. Es un hombre nuevo. Su novia?, cómo que su novia?, aún es mi marido!, estalla Krasner. Bartók reduce con suavidad a la pintora en shock y la lleva hasta la cocina. Te queda café? Haremos café. Mientras hay café, hay esperanza. Voy a explicarte cómo funcionan las cosas en el otro barrio. Cada vez hay más osos ciegos en los bosques. Eso es un problemón para los ecosistemas. Los osos ciegos mueren de hambre y está el terreno lleno de cadáveres. Sin depredadores, los herbívoros arrasan la vegetación. Ha cambiado incluso el curso del Leteo. La proliferación descontrolada de salmones tampoco ayuda. Los osos que quedan se han vuelto exclusivamente ictícolas. Yo les hago bailar, que es algo inofensivo, y ellos, ya ves, en fin. Mientras tanto en el salón, Gershwin canturrea I’ll build a stairway to paradise y se bebe cada una de las botellas de bourbon a medias que encuentra. Para ser su primera misión en la tierra de los vivos no ha ido tan mal. 

enero 18, 2025

Pepinos y gatos

En un receso coital, Ravel ha escrito un aria con dos mininos follando. El aria de los maullidos, sonríe D’Aulnoy desde el catre. No miento. Soy un narrador fiable. Véase L’enfant et les sortilèges, final del primer acto. Sidonie-Gabrielle Colette, estabas como un cencerro. C’est toi, chat? Que tu es grand et terrible! Tu parles aussi, sans doute? Pues no. Solo maullaban. Ni una palabra inteligible. Nada! El que sí hablaba, y tanto que hablaba, era el de las botas varoniles, el de aquella categórica desvergüenza y un florete de 40 cm, aprox, suficiente para hacer un siete en el hígado a quien osara señalar sus marrullerías. Nadie me puede impedir que sugiera la travesura de calzar borceguíes a las invenciones líricas de Colette y Ravel, que el aria no tendrá letra, oye, pero qué gritos, qué gemidos. En escena pueden mantenerse más o menos recatados, según el director, pero la música les delata. Temo pues que sea tarde, aun desde mi posición privilegiada de pantocrator, para colar en la orgía algún gato de Samaniego, o tal vez fustigar al primo de Cheshire, o rescatar quizá para la ficción ciertos michines de carne y hueso, por su interés netamente intelectual, claro, a saber, Flanelle y Adorno, merecedores de una contranovela rosa completa. En fin, litegatura. Nuestro felino lenguaraz ha ido con los años dejando de visitar a su señor en las tierras del marquesado, pero asiste puntual a las sesiones con su logopeda por un problemilla de ceceo. Ya está otra vez Madame d’Aulnoy leyendo La Fontaine. Desde tiempos de Rodilardo no se vio mayor sofisticación. Lo cierto es que para medrar hay que apuntar alto, aunque siempre con cautela. Los asuntos de amorío, mal enfocados, son un lastre durante el ascenso social. El gato con botas debería haber elegido como compañera una mujer que fuese en realidad una gatita blanca hechizada, pero prefirió entrarle a una gatita blanca hechizada que en realidad era una mujer. Subyacía en el inconsciente del macho la voluntad utópica de convertirse en un ser humano, algo imperdonable bajo la severa protección del marqués, aristócrata de férrea moral y único gallo del gallinero de Carabás. Gato y gata empezaron a salir por los tejados de Montmartre. Cazaron ratones en las ruinas de la Piscina Molitor. Robaron pollos asados de una rôtisserie a tres calles de la tumba de Baudelaire. Él le regaló a ella unos botines Jimmy Choo de cuero de vaca pirenaica, con aderezos de perlas peregrinas y remates de paladio que pusieron París a sus pies. Perdón, París a sus patas. Fueron felices y comieron perdices. Para cuando la gata volvió a ser mujer, roto por decapitación el conjuro, la pareja había tenido ya dos camadas y media de hombres-gato que sembraban el terror a ambos lados del Sena. La única inmortalidad es la de la especie, en términos evolutivos. Los atemorizados ciudadanos tomaron por entonces la costumbre de colgar ristras de pepinos en los balcón para ahuyentar a las bestias. La reacción de Carabás no se hizo esperar y le puso el cascabel al gato. El pobre pensó que aquella marca de vergüenza era lo peor que le había pasado nunca, hasta que llegó el hambre. Aún vaga por el Quai de Conti como morrongo en pena, flaco, sembrado de calvas tiñosas y con las garras y los dientes cayéndosele a trozos. Ya viene el gato con botas por el Pont des Arts, se avisan unos a otros los ratones, ya sube hacia la Conciergerie. A un tris ha estado varias veces de rellenar de piedras las botas y tirarse con ellas al río. 

enero 11, 2025

Paroniquio

El viejo Perrault se frota las manos para calentarlas. Sabañones colorados del tamaño de un morcón le están amargando el invierno. Hace demasiado frío en el aviario subterráneo. Su partenaire, la lora Alejandra, yace hecha un boliche, por entero plumas y lamentos, como un samara entregado a las privaciones. Perrault trata siempre de moderarse, pero la pajarraca no suelta la imaginación si no hay tormento de un día para otro, así que se estruja los sesos para encontrar suplicios que desanuden la creatividad, como aquel mentor que, por su bien, pone deberes extra a un discípulo aventajado. Han escrito Riquete el del Copete y se nota desde el título que el ave venía ya muy tocada de lo de ayer. Qué despropósito. Escribe: para moderar el contento de la madre, el hada declaró que la princesita no tendría ningún ingenio y sería tan estúpida como bella. Escribe: La belleza es una ventaja tan grande que debería bastar por sí sola. Escribe: tráeme esa marmita. Escribe: su hermana menor no se alegró, porque no tenía otra ventaja que la inteligencia y a su lado ahora parecía una mona rosada. Esa otra hermana, la fea/lista, para qué sirve en la narración?, para qué consumir tal recurso, una fémina copia de Riquete, sin un príncipe guapo pero imbécil que la complemente?, de qué modo esperaba escapar la otra hermana, la mayor, a su compromiso?, si se supone que ya era lista, por qué no lo parece? y no os da mucha tirria el propio Riquete, tan pagado y seguro de sí mismo? Una obra imperfecta, que Alejandra va a tener que mejorar. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan. Creo no haber explicado aún que Perrault le arrancó las uñas. A eso me refería con lo de ayer. Las dos patas. Con unos alicates. Doy fe de narrador fidedigno que la lora quedó absolutamente exhausta. Más que vencida, fue aniquilada. Y atentos que aún hay más. Esta noche, dispuesto a mejorar el Riquete mañana sin falta, va el muy hijo de puta y le calza al bicho unos brodequins de hierro chiquititos, obra de relojeros, muy cuidados de factura, con un tornillo mariposa para ajustarlos como es debido y un candadito de los de diario adolescente, instrumento en su conjunto que amenaza con dejar al animal parlante con los dedos y el tarso convertidos en muñones. Luego abre la puerta secreta, con el legajo de apuntes a reestructurar bajo el brazo, y alcanza a zancadas la superficie. Mañana se te dará mejor, yaca estúpida. La taberna espera al gran Charles Perrault, ahíta de cerveza. Alejandra se acerca de inmediato arrastrándose como puede hasta el bebedero. Le duelen tanto las garras dentro de aquellas botas infernales que está segura de quedarse sin patas. Bebe el agua sucia y al menos la garganta deja de mortificarla. Si los loros hubieran creado un dios propio tendría el aspecto, tal vez, de un grifo majestuoso, un Buda emplumado provisto de pico y membranas nictantes, y sería cosa de rezarle con esperanza, no se fuese a enfadar. Pero como los pájaros son impíos, en su mayoría de especies, va a tener que consolarse de algún otro modo a sí misma. Somos nosotros los simios quienes otorgamos alegorías místicas a las aves, la paloma del Espíritu Santo, el loro de Flaubert, el ave fénix, la doncella cisne y no pienso hacer otra lista como en el capítulo anterior. Patas de yaco con zapatitos tres números más pequeños que te dejan las extremidades como un moco de ogro. Esa es la imagen. Mocos de ogro sin circulación sanguínea. Atrofia. Dolor intenso y continuo. Empeoramiento de las lesiones periungulares. Mil veces se ha propuesto Alejandra narrar historias geniales nada más ver llegar al hombre al subterráneo, para evitar las torturas, pero no hay manera: sin dolor no hay literatura y Papá Perrault lo sabe y va al grano, ejecutando lo que ha bautizado con pompa Operaciones de Tormento Constante. Nada de dolores agudos al momento, no, eso no funciona, invalida la inspiración. Son bastante más efectivos los suplicios menores, aunque de largo recorrido. Así nacieron Pulgarcito, El gato con botas y La Bella durmiente, con un día de sed, un cilicio también chiquitito allí donde la fíbula y el tibiotarso se unen al fémur y una zorra suelta toda la noche en el aviario, respectivamente. Así, bajo castigos de dolor lento, se escribieron Grisélidis, Barba Azul y Los deseos ridículos. La lora alimenta su purgatorio con historias nuevas, impelida por el suplicio perenne, durante las 24-48 horas que tarda el simio en volver, y cuando llega solo tiene que recitar aquello que largo y tendido estuvo estructurando, con la esperanza, otra vez, de que acaben sus tribulaciones físicas y el secuestrador la libere. El corte de uñas, por desgracia, fue demasiado. No pudo pensar las horas siguientes más que en morirse, en cómo morirse allí dentro, provocar a Perrault con el silencio para que la estampase contra las baldosas, estamparse ella misma contra los barrotes. Así ha nacido la trama de Riquete, como un extenuante despropósito. Qué coño voy a crear nada a poco literario, llora Alejandra, con las garras arrancadas. Cómo bajo estos grillos de Satanás estrujándome las llagas habrá cuento para mañana. Siempre me acuerdo de Barnett Newman cuando escribo sobre ornitología, pero igual no es ahora un buen momento para analizar lo aviar de su obra. El animalillo gris come unas pipas sin sal de un comedero asqueroso. Ha perdido su astriflamante cola roja pluma por pluma. Mustia, triste y dolorida, es solo un despojo alado con muy pocas ganas de contar nada. Nos da tanta lástima que no sabemos si intervenir, como documentalistas de la BBC que salvan contra natura pingüinos en la Antártida y cachorros de león en el Serengeti. O como Bruce Willis en Lucky Number Slevin, padre adoptivo del año. O Siddhartha renunciando al ascetismo, la cuerda demasiado tensa se romperá. El pingüino, el padre y la cuerda. Qué cuerda? La cuerda que se tensa demasiado y revienta, grazna Alejandra con un hilillo de graznido. Nos estás pidiendo socorro? Quieta ahí, pequeña Buda. Quieres modificar el guion y eso a Bertolucci igual no le hace ni pizca de gracia.  

enero 06, 2025

Pata de cabra

La magia blanca. El mal de ojo. Las calles del faubourg húmedas de niebla. Bocage. Las circunstancias de la huida. La risa frenética de Scarbo. La buenaventura que leía Madame Léonie. André. Los ojos del macho cabrío. La Pachamama, Parvati y Venus Murcia. El sortilegio de los atajos. Giovani’s. La soledad del camino que se emprende. Los grimorios prohibidos. Los aprendices de brujo. Guinoiseau. La piedra filosofal. Los hechizos de refuerzo. Las posadas mugrientas. Au talon d’argent. El Leteo con su nube de barcazas. La frontera y la venganza. Las varitas y sus poderes. Keltermann Passage. El azufre y el mercurio. Las meigas y sorginas. El polvo de hadas, tan parecido a la ceniza. Rennwerk. Los escaparates. El pentáculo escondido en las manzanas. El tarot. Sigrun Woehr. La fusta. El idealismo mágico. El uróboros. Hartlmaier. Los hombres-lobo convenientemente encadenados. La rabia sólida que endurece las uñas clavándolas en la propia carne. Las pociones que todos hemos hecho de chiquillos. Absatz. Los sapos y culebras. Las flautas y los carrillones. Los amuletos de protección que fallaron. Mia. El bosque oscuro y el sendero estrecho. Las cruces y los ajos. Las ampollas. Kürmayr. Los estantes llenos de PLV. El sufrimiento acumulado. Los dibujos en los posos del café. Denkstein. La vela prendida en la ventana. El cestillo y el tranchete. El milagro del cuero bien tratado. Catherine Mulier. El bien, el mal y lo de en medio. Las escobas. Los harapos. Marco. La definitiva desnudez. El periplo horizontal. Los pequeños Cárpatos. Soňa. Las bestias y criaturas. Los mitos de la sangre. La otra magia. Čachtický Hrad, detská obuv.

diciembre 29, 2024

Puente

Había que seguir, o recomenzar o terminar, Gershwin trata de recordar dónde había leído eso, en alguna novela, en alguna revista para pirados, en algún salmo responsorial, algo como que tras palmar hay tres opciones, A seguir B recomenzar C terminar, y se rasca fuerte la herida de la cabeza, observando acalorado su propio cuerpo yacente, muerto hace seis minutos en el Hospital Cedros del Líbano, Beverly Hills, a consecuencia de una intervención fallida del doctor Naffziger, o Panfiguer, o Mazinger, qué más dará el nombre del neurocirujano que te ha mandado al otro barrio con tanta música aún que escribir y tanto Broadway todavía que dar, con lo que a él le gusta fantasear melodías y darles swing swing swing swing, but let’s call the whole thing off que ahora ya no hay remedio, una vez seco, fiambre, con una bata verde lo bastante ajustada como para dejar ver que estaba difunto, finado, con el cráneo abierto y cerrado seguidamente para salvar nada en absoluto y un enjambre de enfermeras zumbando alrededor porque A seguir B recomenzar C terminar, qué dilema, George, qué dilema seguir con el tránsito, recomenzar por palingenesia, o terminar, terminar qué?, terminar aquí lo que empezaste en vida un momento. Aquí dónde? Un momento. Entonces estoy muerto. Doce minutos, más o menos, es lo que se tarda de media en darse cuenta. No es fácil asimilarlo. Hay un silencio que espanta. Se descolgaron los grandes calores. No se oyen las enfermeras, los aparatos, los lamentos de otros enfermos, pero juraría que ha escuchado un silbidito detrás de él, está muerto y alguien a su espalda le llama con un silbidito blandengue y desinflado, fuioo, fuioo, y le da mucho yuyu girarse, encontrarse cara a cara con Dios, que no sabe silbar, o con un ángel, casi peor encontrarse con un ángel, pensadlo por un momento, es como un juicio, como una ceremonia, toga brillante, alas de acero, espadón flamígero, un ángel aterrador que insiste ahora con un psss, psss para nada angelical, un psss, psss muy mortal, rítmico, percutivo, austrohúngaro, es raro, tan raro estar muerto, su cuerpo con el cráneo abierto como un táper, enfermeras silenciosas pululando y alguien, alguien. Gershwin, acojonado, cierra un instante los ojos. Respira muy hondo. Y por fin se gira. Ni Dios, ni ángel. Qué alivio. Frente a él solo está el fantasma de Bartók, con una gabardina larga, comiéndose un perrito manhatto. Es increíble lo flojo que silbo. Me dijo Ditta que habías muerto. Sí, primo, te estaba esperando. Bartók saca otro perrito manhatto de la gabardina y se lo ofrece a Gershwin. Hacía meses que no me zampaba uno de estos. Desde que te fuiste a Hollywood, colega. Hace aparecer también una botella de palinka. Es como un food truck. Dos tragos más tarde están ya improvisando canciones con sus voces de ultratumba y dando ectopalmadas en sus muslos manos codos como en los juegos de niños de la callelle veinticuatrotro que da gusto verlos. Un, dos, tres, toca la pared. Oye, Gershwin, explica Bartók, habrá un puente y tendrás que elegir A cruzar B tirarte C no cruzar. El candidato canturrea Summertime, siente calor, está nervioso porque querría dormirse y no despertar, que eso espera uno de la muerte y no este test de oposiciones al más allá, que si tránsito, que si espíritu en pena, complejísimo todo, descartemos definitivamente la palingenesia, no sea que nos toque bacilo de Koch. Decídete, Gershwin, que aquí en el intermundo hay mucho trabajo, los médiums a veces nos piden favores a los fantasmas, dan quehacer, eso sí, podremos improvisar a menudo juntos al piano y beber palinka, wow, Béla, me darás clases de armonía?, claro, colega, las que quieras, y también te enseñaré a hacer bailar a los osos, muy parecido a lo que hacías en Broadway, y por toda la eternidad si Dios quiere. Sin embargo, a Gershwin el sudor le entraba en los ojos y pregunta con gravedad qué hay al otro lado del puente. Nadie de los que no cruzó lo sabe, puede que la inconsciencia definitiva, aka un dios, alias la nada, vaya usted a saber, amigo, nadie vuelve, yo elegí no cruzar, dice Bartók, y estoy contento, si no fuese absurdo te diría que me siento vivo. Me has convencido. Hacen sendas zapatetas en el éter, cantan un americano en París a voz en grito como estibadores beodos de Gennevilliers, no va a estar tan mal esto de morirse. Total, que todavía no había puente y Gershwin ya ha elegido ser fantasma, como Béla Bartók. 

diciembre 26, 2024

Pírrica danza

D’Aulnoy y Ravel se están fumando en la cama unos canutos milesios. Material afgano. Hablan de Laideronnette: je te doue d’être parfaite en laideur, escribe madame. Se ríen. La crueldad de esta sentencia es como la ceniza del cannabis desbordando el cenicero. Segundos después llaman a la puerta. Los pagodas entran en tropel a servir el desayuno mientras canturrean y bailotean. Eso se les da de fábula. También atienden con solvencia los asuntos domésticos: cocinan, limpian letrinas, llevan la contabilidad, cortan a tijera los setos… Pero en otras facetas dejan mucho que desear. Como guerreros, por ejemplo. Si la malvada Magotine decidiera atacar sus fronteras, el país se disolvería como el humo del peta a través del dosel. Los pagodas salen de la alcoba tras preparar el banquete matutino y los amantes, al olor de las viandas, sienten hambre. Se levantan desnudos y desnudos se sientan a la mesa: legumbres secas, hormigas fritas, souliers de fer. Un ágape delicioso por obra y gracia del THC. Al tacto erizado de sus propias pieles regresan de urgencia a la cama. Siguen hambrientos, obvio. D’Aulnoy mordisquea las aristas del cuello de Ravel. Ravel parte con sus manos la cadera opulenta de D’Aulnoy. D’Aulnoy amasa como un panadero los testículos de Ravel. Ravel paladea, lengua en ristre, la vagina y alrededores de D’Aulnoy. A lo largo de pasillos y en estancias contiguas suenan chants d’hyménée en las voces blancas de las pagodinas y los pagodas responden con gestos obscenos y chanzas carnales. Cómo está el servicio. La clase esclava también folla, como es natural, aunque sus orgías suenan inevitablemente a porcelana rota. Le bon esprit de la gente pagodine se funda entre cascotes, pobreza, hydropesie de rire y lujuria. D’Aulnoy, por el contrario, jadea agarrada a los barrotes de la cama y se escuchan coros majestuosos que Ravel anota mentalmente. El est bon, il est sage! Su polla francesa asciende como una escala lidia dando puntos de sutura al deseo de madame. Il a pansé la plaie! La penetración resulta satisfactoria a pesar del cannabis. Al poco, ambos se duermen sudorosos, apelmazados, aún hambrientos. Para el arrullo, los pagodas han preparado una danza ancestral, preámbulo de la contienda bélica. Golpean palos viejos y escudos de latón al ritmo de la música. Los amantes yacen, colocados. Pronto, al despertar, habrá otra impúdica batalla. L’Amour ne voulut plus les abandonner. 

diciembre 15, 2024

Promesas

El interés de Lee Krasner por el espiritismo pictórico empezó en un tugurio de París asistiendo a un episodio hipnótico del mismísimo Charles Perrault. El viejo escritor, algo borracho, garrapateaba hojas en blanco tratando de transcribir las voces de su cabeza. Mientras tanto, Krasner tomaba notas con sanguina del suceso. Impactó de tal forma en ella que se sugestionó ante la posibilidad de contactar, desde el plano estético, con intelectuales muertos. Hablar a los espíritus iba a ser el leitmotiv de su vida. Decidida a instruirse, estudió Teosofía a distancia en el célebre Círculo Espiritista de Ponte Vedra, Florida, y lo simultaneó con su formación académica a las órdenes de Hofmann. Tenía la intuición de que, pintando de cierta manera, se podía acceder a dimensiones desconocidas y comunicarse con los entes que las habitan. Asistió a infinidad de sesiones con médiums internacionales y tuvo sus primeras experiencias espíritas a través de los pinceles. En una de aquellas veladas random, oficiada en una galería al sudeste de Central Park, conoció a Jackson Pollock, se enamoró de él y se puso a su sombra. Al principio siguió tratando de contactar con los espíritus, pero tras la boda se preguntó seriamente de qué servía relacionarse con genios muertos si tenía a su alcance a un genio vivo. Esta fue su primera crisis. Descuidó los estudios esotéricos y abandonó el registro de sus propias experiencias, solo para alcoholizarse a diario con su marido y dar forma juntos al expresionismo americano. Pollock, descreído, insistía en que aquello de pintar con los muertos era una engañifa. Ella acabó vacilando hasta casi convencerse. Sin embargo, años después, cuando Pollock murió en el accidente, las antiguas dudas de Krasner desaparecieron con él. Había un nuevo objetivo: contactar con el fantasma de su marido. La querencia innata hacia lo mistérico regresó a su pecho vacío como un vendaval colorista. Fundó un centro de parapsicología en Ponchatoula, Louisiana, bajo la tapadera de un taller de bellas artes comunal, y perfeccionó el método para trascender mediante el óleo. Llegaban pintores adeptos de todo el país a sus sesiones para aprender a contactar con pinceladas. No obstante, cada vez que intentaba llamar a Pollock, garrapateando como Perrault en grandes lienzos, aparecía el espíritu de Goebbels y le cortaba el rollo. Se ponía muy terco rezongando del arte degenerado. Aun así, Krasner nunca desfallecía. Probó centenares de trucos, bloqueos, engaños y exorcismos, y allá que volvía el ministro de propaganda, haciéndole una especie de contraghosting. Tras mucho empeño y sin dar con el fantasma deseado, tuvo su segunda crisis, la más importante. Repasaba algunos apuntes de juventud cuando descubrió en ellos ciertos detalles que demostraban la incapacidad mediúmnica de Charles Perrault, origen de su propia extravagancia. Pollock tenía razón, su proceso creativo no era un constructo estético, sino mera superchería. Un fraude. La madre de la palingenesia abstracta sintió que desaparecía el suelo que pisaba y el grueso de su creación se despeñaba por la grieta. Estuvo en dique seco una temporada, bebiendo más de la cuenta y pintando con apatía. La paradoja es que cuanto más hundida estás en el problema, más cerca estás de la solución. Al pintar desde la mengua de fe, diluyendo la comunicación a pinceladas con el más allá, empezó a levantar, sin apenas advertirlo, un corpus pictórico sólido y palmario. Para su sorpresa firmó en aquellos días sus mejores cuadros. Conquistó rápidamente Nueva York y París con exposiciones individuales, la crítica se rindió a sus pies y dejó de ser, bueno, más o menos, la mujer espiritista de Pollock. La pintura convencional, a qué negarlo, se le daba mejor que la hermética. Un residuo de ocultismo pictórico, que se resistía a abandonarla, fue cultivado en la intimidad como una suerte de luto. Sería mucho después, a principios de los setenta, cuando ocurrió algo al margen de su descreída voluntad. Krasner trabajaba distraída en un mandala enorme de 2’10x3’40, con predominio de verdes y morados, cuando se le avino un trance imprevisto y fue a contactar con el sagrado fantasma de Bartók. Ya sabéis lo que nos encandilan en esta novela los disparates dialogados: Hola, Lee, qué estás pintando?, dijo el fantasma. Ah, hola, un cuadro. Sí, eso ya lo veo, pero qué representa? La himposibilidad de trascendencia comunicativa hinterdimensional, contestó Krasner. Vaya, qué hinteresante. Oye, tú no eres Joseph Goebbels. No, le hemos dado una paliza entre todos y tardará en venir. Y entonces quién eres? Soy Béla Bartók, el músico. Anda, el del Concierto para orquesta? Sí, ese. A veces me lo pongo en el tocadiscos, es muy sugerente para pintar. Gracias, Lee, reconozco que me salió un obrón. Oye, Béla, te voy preguntar lo que os pregunto siempre a los fantasmas. Venga, dispara. Has visto a mi marido allí, al otro lado? A quién? A Jackson Pollock. Uhm, el nombre no me suena, cómo era? Calvo, corpulento, fumaba mucho y pintaba con palitos. Buf, no sé, con esos datos podría ser cualquiera. Me harías el favor de buscarlo? Claro, faltaría más, hay que apoyar a las grupis. Ya no se dice grupis, Béla, se dice fans. Fans? Sí. Ok, intentaré averiguar lo que pueda y ya te digo. Me lo prometes? Te lo prometo. Avísame cuando tengas algo y te convoco. Y cómo te aviso? Pues no sé, mueve sillas, enciende y apaga las luces, posee un cuerpo, lo que hacéis los fantasmas para que os hagan casito. Yo no hago nunca nada de eso. Y qué haces entonces? Hago bailar a los osos. Vaya, no sé si eso… No tienes un oso, Lee? A ver, Béla, así de repente, como que no, pero debo tener un monito al fondo del armario, de cuando era niña. Una marioneta, como Pinocho? No, no, de peluche, blanquito, como el mono Amedio. Ok, ok, creo que servirá. 

noviembre 30, 2024

Periplo del [meta]héroe

 Monomito abajo solo hay sombríos intrarquetipos. Lo descubrí una mañana sin sol pero también sin nubes, una de esas mañanas anodinas como los matorrales de los bosques, la mañana en que dije mierda. Eché a andar apabullado por épicas seculares de excéntricos semidioses. No es real, no es real, me repetía. La realidad era mucho más prosaica e insuficiente. Estaba harto de salvar a mis semejantes y que cada gesto heroico no fuese sino una gota de agua fría en el océano caliente. En mis oídos resonaba la noticia de otras tantas redenciones insignificantes aplastadas bajo cúmulos de catástrofes. Era como intentar cazar un huracán, surcar los sueños, hacer bailar a las estrellas. Y me fui. Me fui sin más. Abandoné esperanza y coraje y me sentí renacido. El sacrificio que arrastraba se revirtió, para sorpresa de nadie, como quien desabrocha una cremallera o esgrime un insulto. Frente a la acción temeraria y el designio aciago de los hados, el héroe nunca es héroe hacia fuera, sino hacia dentro. La heroicidad solo pugna por quedarse en el pecho. El viejo sabio que fui se convirtió en joven inmaduro en lo más hondo de la fosa y estaba bien que así fuera. Tal vez la inocencia general pudiese salvar el mundo donde los tratados, las proezas y la ciencia habían fracasado. La epifanía patas arriba, el triunfo del ocultamiento. Aquel héroe talludo es hoy una esfinge campestre, una inacción catalizadora, un contemplarse el ombligo. Maté al padre, abracé mis impulsos, rechacé la disciplina. Cada día al revés hasta reiniciar el mundo. Y otra de esas mañanas áridas, invertido por completo el periplo, alcancé en efecto el umbral, pero desde el otro lado, y lo atravesé y volví a casa, a mi puta casa, a mi amniótica casa. Ahora eran otros los héroes inútiles y yo una nada caliente en la extinción. Si no hay aventura no hay interés, dicen con decisión los próceres. Y yo digo: salvar a la humanidad es mucho más fácil que distraer al reloj. Nadie puede ser héroe para nadie sin ser antes villano de sí mismo. 

noviembre 23, 2024

Pido gracia para este pasaje

La idea fue de la Bella durmiente, aunque tampoco está claro. Lo raro es que a casi nadie le pareciese estúpida. A toro pasado resulta fácil darse cuenta de que lo de las caretas no hablaría demasiado bien de nosotros, porque hasta el tonto del ogro intuía que había una amplia componente de acoso laboral en lo que hacíamos, y aún así lo hicimos. Supongo que la perspectiva de perder de vista a Cenicienta nos alegró el día por encima de nuestras esperanzas. Ocurrió muy rápido. Pulgarcito apenas podía contener la risa. Y no es que la muchacha fuese mala gente, ni siquiera caía mal a la mayoría del equipo. Solo había ido a dar con la horma de su zapato y, puestos a elegir bando, el mundillo eligió team rueca, por supuesto, qué íbamos a hacer. El oropel atrae más que la ceniza. Ahora bien, una cosa es alegrarse de su marcha por lo bajini y otra muy distinta participar en aquella encerrona distópica, aquel carnaval psicótico, no sé cómo llamarlo, al que Cenicienta acudió confiada como ternera al matadero. En realidad no había nada que celebrar, los personajes entran y salen de las fantasías continuamente. Hoy eres un cuento barroco y mañana un remake del último enfant terrible del cine independiente. Ya cansa tanto zapatito de cristal y tanta calabaza maravillosa. Decidió por sí misma dejar esta novela, así que a princesa que huye, puente de plata. Fue la Bella durmiente, como digo, la que organizó la verbena homenaje, dolida, manifestó con pompa, por no haber tratado a la muchacha con más cortesía. Sería una fiesta sorpresa, habría caviar ruso y barra libre de Hendrick’s con pepino, que no se respire miseria. La plantilla al completo se apuntó, por supuesto. El gato con botas fue el encargado del cátering y Grisélida, hacendosa, de la decoración. Hasta ahí, todo correcto. Nos pareció que la Bella pretendía enmendar a última hora lo mal que se portó siempre con la sucia mosquita muerta. ¿Qué más nos daba a nosotros el motivo si lo que había montado era una techno rave hasta el amanecer? Una hora antes ya estábamos listos para sorprender a la homenajeada, corrían el champán, la perdiz escabechada y las manzanas fuji, pero no fue hasta menos cinco cuando la Bella durmiente repartió las caretas. En nuestra defensa diremos que no hubo tiempo material para calcular las consecuencias. Simplemente nos pareció divertido e inocente ir disfrazados de Cenicienta, pero como el que se pone una máscara de Guy Fawkes, eh, sin segunda intención ni nada. Entre los que con dos gintonics de más ya no distinguían las caras de cartón de las reales y los que guardaron silencio por inquina, nadie supo prever la tremenda hostia que íbamos a darle a una muchacha que venía con tan severas carencias afectivas de serie. Si hubo alguno sensato que se negó a cubrirse la jeta fue presionado por la manada y acabó por sucumbir a regañadientes. A las doce en punto, con la primera campanada, llegó la invitada principal. Imaginaos el número cuando abrió la puerta, su cara de espanto cuando se vio reflejada en nuestros rostros miméticos. Cientos de Cenicientas silenciosas miraban cómo la auténtica Cenicienta, aterrada, rompía a llorar, echaba a correr por donde había venido y abandonaba esta novela para siempre jamás con la última campanada. Todos vimos claramente cómo perdía un zapato de cristal en su huida. La Bella durmiente se quitó la careta y lo recogió. Tuvo los santos ovarios de asegurar que la idea se la había dado Caperucita, la única que no estaba allí para defenderse, qué casualidad, y que este rollo de las caretas siempre le pareció una maldad sin paliativos, un bulling arquetípico, una tortura despiadada, y que no entendía, nos señaló con el zapato, que nadie, ninguno de nosotros la hubiera avisado de que aquello era una idea estúpida. 

noviembre 16, 2024

Personalidades en desorden

Vitti y Antonioni están tomando Tom Collins en un antro swinger de Niza, cerca del puerto. Fuman. Se sientan tête-à-tête en la semioscuridad y se besan apasionadamente sin descanso. En la barra hay una pareja que tal vez. La voz áspera de Vitti mezcla el italiano y el francés con soltura. Su sonrisa nunca deja de ser cáustica, como si supiera que a su alrededor cada elemento de la realidad es tan falso como en el cine. Fuma. A Antonioni aún no le hemos visto las manos, a saber dónde andarán. Es un tipo en apariencia serio, casi diríamos de figura triste, un espíritu definitivamente ausente. Sin embargo, se muestra afable en el trato y ameno en la conversación. Algo no concuerda. Fuman. Apuesto a que ninguno de los dos lleva ropa interior. Alehop! La puerta se abre y con el olor marino entra una pareja que viene de muy lejos. Él es un tipo grande, fuertote, barbudo. Su fisonomía se explicaría si un bisonte se volviese humano sin volverse humano del todo. A pesar del pelo mira con fervor a la mujer que le acompaña. Ella es una joven pálida que un día, por lo que sea, dejó de sonreír. Tiene rasgos del este, cabello tirando a claro, ojos un tanto oblicuos. Es menuda, pero camina con altivez nobiliaria. Fuman. Los dos. Se sientan en una mesa y piden vino. Son mucho más interesantes que la pareja de la barra. Será la novedad. Vitti y Antonioni cruzan unas palabras, se les van los ojos, terminan sus copas. Parecen turistas húngaros. Y eso por qué, Monica? Te digo que son húngaros. Fuma. Ella es perfecta, parece de porcelana, la has visto? Perfecta. Perfecta. Y él, te gusta? No es guapo. Fuma. No, no es guapo, pero tiene un no sé qué. Atracción húngara, ríe Antonioni. Zitto, scemo. El bisonte y la chica han empezado a sentirse observados. Se vigilan los cuatro de reojo. Vitti y Antonioni actúan como críos compulsivos. Attendete, amici! que la pareja de la barra está a punto de abalanzarse. Decisión tomada. Se cuelan por delante y saludan. Sois húngaros?, pregunta Vitti sentándose frente a ellos, tenéis que ser húngaros. Deja el tabaco en pleno centro de la mesa. Pues yo preferiría que no, dice riendo Antonioni, he apostado una botella de champán del caro. Michelangelo! La otra pareja se ha quedado un poco pasmada, ha sido una entrada triunfal, pasan unos segundos hasta que reaccionan. Yo soy de París, lo siento, dice el barbas, pero ella… Lo sabía!, estalla Vitti, graciosísima. Consigue que el hielo se rompa. Sí, bueno, empieza a contar la joven con una voz dulce, marcado acento del este, mi aldea siempre fue húngara, muy cerca de Bratislava, pero ahora creo que pertenece a Eslovaquia. Hace siglos que no voy. Maravilloso, voy pidiendo el champán. No venís mucho por aquí? No, dice el bisonte, es la primera vez que hacemos esto. Esto? Sí, lo del intercambio, me refería, nos da un poco de vergüenza. Ah, non parliamone più! Ahora estáis con nosotros, os ayudaremos. Yo soy Monica Vitti y este estirado es Antonioni. El director de cine? El mismo. Y tú eres la actriz. Ecco! Io sono! Besa al bisonte en la boca. Reparte tabaco. Te vimos en Desierto rojo. La chica besa a Antonioni en la mejilla afeitada. Hay cierta confusión de posiciones y bocas que desanuda la tensión. Buena peli. Sí, buena peli. Gracias. Pues cuando os digamos quienes somos nosotros lo vais a flipar aún más. Podríamos adivinarlo, dijo Antonioni divertido. Llega el champán. Brindan. Beben. Fuman. Venga, a ver… tú eres parisino… Auguste Rodin! No, y bebes, Vitti. Espera, interviene Antonioni, lo intento yo y si pierdo, bebemos los dos. A ver, a ver… París, eh?… Charles Aznavour! Risas. Joder, no, yo llevo barba. Bebéis. Beben. Me toca, dice la húngara, quién soy yo? Antonioni le coge la mano. Como queriendo leer en las líneas. A ver, a ver… Zsa Zsa Gabor! No, no. Te toca, Monica. Ah! Zsi Zsi Emperatrice! Estalla en una gran carcajada. Todos estallan. Qué ocurrencia! Beben, fuman y se tocan. Dadnos una pista. Bueno, diría que soy un personaje de ficción, asegura el barbas. Non mi dire! Vitti y Antonioni dan unos grititos de entusiasmo. A ver, a ver… Antonioni tuerce el gesto, piensa, piensa y resuelve: Grenouille! No me jodas! En serio? Ese era lampiño. No se te ocurre nada más? Antonioni levanta los hombros y pone cara de póquer. Vitti detiene las voces con las manos. Se concentra. No puedes ser el capitán Nemo. Frío, frío, asiente el bisonte. Tampoco creo que seas Jean Valjean. Frío. Eres Des Grieux? Uhm, te vas acercando en el tiempo. Se miden y brota, de repente, la complicidad. Antonioni y la húngara se han dado cuenta y sonríen, celosos. Más atrás? París, París… No tienes cara de ser un bufón de Molière, ni un príncipe de d'Aulnoy… Caliente, caliente… Nadie respira. Monica Vitti se ilumina: Eres el puto Barba Azul!!!, exclama triunfante. Se deja caer como una avalancha sobre el gran bisonte y casi se caen de espaldas con silla y todo. Se rehacen entre risas y caricias y, con la copa en la mano, Vitti brinda por los cuentos de viejas, por las esposas asesinadas, por el amor interracial. Beben, ríen y fuman sin medida. Te toca adivinar, Michelangelo, pide la única que sigue sin nombre. La muchacha parece que sonríe, como si se hubiese quitado una máscara o un peso de encima. Sí, sí, voy. Eres real o imaginaria?, pregunta el cineasta. Real, dice ella impaciente, tan real que hace algo más de cuatro siglos maté a 630 mujeres y niñas para bañarme en su sangre. La nuez de Antonioni sube y baja raspándole la garganta. Esa no la vieron venir. Hay, claro, un silencio embarazoso. Vitti se adelanta: Eres… la condesa… sangrienta… la Báthory… eres… la… Ambos se echan hacia atrás asustados. No hay brindis. La condesa se angustia. Ahora ya lo sabéis. No vi que os preocupase hace un minuto que mi acompañante se haya cargado a todas sus mujeres. Ya, pero tú fuiste real, Isabelita, mataste de verdad a esas niñas. Y qué?, responde por ella Barba Azul, cuántos como yo de reprobables existieron en la realidad y qué tardaréis vosotros en ser personajes de alguna novelette? Pensaba que habíamos derribado las últimas fronteras amatorias. Esto, sí, claro, pero es que tu chica mató físicamente a media Hungría, arguye Antonioni, y lo tuyo, barbas, se lo inventó un loro. Has dicho loro? He dicho loco. Loco. Caen como pesos muertos sobre las sillas. Pensaba que erais personas tolerantes, los dos, dice Barba Azul con serenidad; será prejuicio también, pero supusimos que las gentes del cine eran más abiertas. He de deciros que ya me he reformado, se excusa Báthory, ambos lo hemos hecho. Pagamos por nuestros crímenes. Ya no matamos gente. Antonioni y Vitti se miran un instante y asienten. Piden perdón y vuelven a acercarse a la mesa. Beben y fuman, aunque ya no ríen. La conversación se apaga. Se ha roto la magia y no saben si volverá. Si volviese habría personalidades en desorden, una gran encrucijada de amores exacerbados, sexo duro interdimensional, a saber qué más ocurrencias. Si por el contrario no volviese la magia, se despedirían, apenados. Barba Azul y Báthory caminarían hacia el puerto de Niza preguntándose si deberán también, en las escapadas de fin de semana, ocultar sus identidades para evitar el rechazo. Son gente normal, que trabaja, ama y se divierte, no delincuentes. Antes sí, de lo peorcito, es cierto. Pero ya no matan ni moscas, ya penaron sus crímenes. Él es autónomo y ella cuida a personas mayores. Pagan sus impuestos, saludan siempre a sus vecinos, tienen, como los demás, sus pequeños vicios. No se merecían esto. Por su parte, Vitti y Antonioni se quedarían charlando un rato en el bar. Conociéndolos, igual no le daban muchas vueltas al asunto y se tiraban a la pareja de la barra sin demasiado miramiento. Más tarde comerían pizza en la trattoria de algún conocido. Me dirás, lector, qué hacemos. Orgía o despedida? Vaya elección dejo en tus manos. Los cuatro elementos, Vitti, Barba Azul, Antonioni y Báthory miran al lector desde el antro swinger de Niza, cerca del puerto. Fuman. El deseo sigue ahí, junto a los prejuicios. Tal vez necesiten follar. Tal vez necesiten tiempo, fumarse tres paquetes, bailar un minueto. Tal vez, qué hacemos. Los dejamos ahí congelados para siempre. Qué no hacemos. Cuestionamos qué es ficción y qué es realidad. Rompemos otra vez el hielo. Acaso Antonioni y Vitti no son ficción ahora. Qué. Es el recuerdo una ficción. Lo es la Historia. Lo somos nosotros. Qué hacemos, lector, qué. 

noviembre 02, 2024

Poesía triunfante

Al cabo de esta novelette está la poesía. El jueguecito del lenguaje y las ideas. La gran palabra. No quisiera que llegases al final y te encontrases un muro prosaico de rictus semánticos y tropos recurrentes. La apuesta es la más alta que puedo permitirme y no pienso perder la sonrisa cuando tires este libro por la ventana. Varios niños lo verán caer desde el parque y correrán a ver qué es. Leerán allí mismo sus primeras líneas [Hay que probar todas las puertas, se le revolvió el puto Barba Azul, con cajas destempladas] ateridos de preadolescencia, sumidos en lo prohibido. El más temerario se lo llevará escondido, para que sus padres no lo vean. De chavales nos tapaban la boca con diez cañones por banda, puede que con la sombra errante de Caín, incluso con ¡Paraíso perdido! Perdido por buscarte etc. Y estaba bien, pero no era del todo gran palabra. Si la manzana era el mundo, la rueca actuaba como órbita. Ya sé que es raro que manzana y rueca estén curvilíneamente relacionadas y que por esa razón crezcamos. Alcanzamos la juventud entre la fortuna y el suplicio. Con una vitalidad envenenada empezamos a caer y a fallar siempre en la caída. Tu ventana sigue abierta, lector. Abajo, por tu calle, camina una joven camarera con los pies destrozados, que vuelve a casa después de once largas horas de trabajo. Nuestro libro le caerá cerca y pensará que ha sido una suerte que no le cayese directamente en la cabeza. Lo recogerá, hojeará y seguirá andando con él bajo el brazo. A esa edad aparece la mano de Emmanuéle lo estuviera desabotonando, con la frente a la altura de tu plinto y si no te conozco, no he vivido. Muy resumido, porque ser joven es descender a los infiernos, perderse en los suburbios, buscar jardines feéricos. Y transcurre rapidísimo, che. La verdad sólida del poema tiene la virtud de hacerte perder la noción del espacio, del tiempo, del amor y de la música. Pronto pasará un señor en bicicleta, verá otro libro estrellarse contra la nieve embarrada, parará, mirará arriba sorprendido, lo pondrá en la cesta de la bici, volverá a mirar y seguirá su camino. A partir de ahí no hay que contradecir a los dioses, porque sabes de sobra que es una forma como otra cualquiera de asumirlos. La gran palabra ya estará dicha mil veces. Llegarán a deshora nuestras voces, tarde, siempre tarde, aunque míranos, aquí andamos, palabreando tanto y tanto y sin poder dejar de hacerlo. Barnett Newman dijo algo sobre los pájaros y no vamos, de facto, a desautorizarlo. Una señora con bufanda camina despacio. Da un puntapié a su libro caído sobre la acera, le cuesta una vida agacharse a recogerlo, pero le da ánimos llegar pronto a la residencia, habrá caldo, unas pastillas, con suerte dos o tres horas de lectura curiosa todavía, a su edad cuesta dormir, antes de caer rendida en la cama helada. Al cabo de esta novelette, de este arrabal de años y letras, debería hallarse, triunfante, insisto, la poesía, que es la menor de las ficciones y por ello la más justificada. Cuando la realidad da asco (marketing, plástico, fascio) y la ficción apesta (reguetón, memes, premios planote), dime tú cómo lo arreglamos si no es mediante una compacta poética de aliento. Al borde mismo de la fosa de las Marianas se escucha el lamento de Carnero, alto, húmedo y claro, clamando como el Bautista en el desierto: Hoy que la triste nave está al partir, con su espectacular monotonía, disposición convencional y materia vigente: ilustraciones que es sabio intercalar esa carcasa ocre es Helena. Incluso entrecortada, yuxtapuesta y sin sentido se aprecia con nitidez la gran palabra. La inmensa palabra. La enormísima palabra. Y yo me pregunto, os pregunto, quién cojones está escuchando allá abajo. Volvamos al principio. Al cabo de esta novelette estáis tú y mi sonrisa prosaica rictus tropo jueguecito. Por lo que sea, has decidido no tirarnos por la ventana y los niños, la camarera, el ciclista y la anciana se irán a la cama sin leer. Mañana alguien te preguntará que de qué iba este libro y tú dirás que no sabes explicarlo. 

octubre 26, 2024

Psittacus erithacus

 No os lo había contado hasta ahora, pero ya no puedo retrasarlo más. Como autor omnisciente que soy, he de deciros que Papá Perrault tenía un yaco africano encerrado en los sótanos de su caserón de París. No parece gran cosa a priori. Lo que cuentan de los loros, lo de la longevidad, lo de Humboldt y eso, es mayormente fantasía. Cualquiera puede tener un periquito canturreando en el balcón mientras escribe Barba Azul. No me refería a eso, sino a algo más gordo. Muy gordo. Esta vez va en serio. Lo digo. Allá va: Era el loro el que le dictaba al viejo Perrault los cuentos. ¿Cómo os quedáis, eh? El gato con botas lo redactó un pájaro. Y Cenicienta. Y Pulgarcito y lo demás. No un pájaro cualquiera, sino el loro más especial que existió jamás en Francia. Nadie, ni Ravel ni el ama de llaves, llegó a descubrir el secreto. Que Ravel, visitante esporádico y un poco a por uvas, no se enterase, diréis vale, pero es difícil tragarse que el ama de llaves haya bajado al sótano sin descubrir el paradero del animal, con rescate nocturno y entrega épica en refugio de aves. Pensaba que a estas alturas vuestra suspensión de incredulidad sería ya del tamaño de Córcega. Desde el sótano, amigos, es evidente, partía un túnel oculto por una puerta secreta, y más allá del túnel había un aviario subterráneo, insonorizado, terrorífico y tocho como la pirámide del Louvre. Por eso los gritos de auxilio del yaco no llegaban a oídos entrometidos. Solo Perrault conocía el acceso y solo él bajaba de noche a sonsacar al loro, mediante trozos de piña, papaya y paraguayo, las palabras exactas que todos conocéis de los libros, transcritas al dictado. Al principio el animal se resistía, pero el hambre aguza el ingenio. Y si la cosa al final se complicaba, Perrault ponía a trabajar sus instrumentos de tortura: largas agujas de coser, hierros candentes, ruedas de carro y comadrejas glotonas. Luego, con el legajo a rebosar, se iba a beber cerveza a una taberna y hacía como que escribía. El loro cautivo, que resultó ser una lora, se llamaba Alejandra. 

La cura narrativa

¿Cómo se consigue que te den el alta médica en un manicomio? La medicina farmacológica ha avanzado tanto que han creado una pastillita adec...