enero 25, 2025

Pura y viva luz de rubíes

El día que la pintora Lee Krasner se cruza con el fantasma de Gershwin en mitad de su zozobra existencial, no sabe si preguntar otra vez por Pollock o seguir adelante con su planazo autodestructivo de atiborrarse a pastillas y bourbon hasta caer desmayada lo más cerca posible del amanecer. Las luces en los bosques nocturnos siempre aparecen cuando se está absolutamente perdido. Bajo una tormenta, presa de la desesperación, ante la certeza de la muerte. A veces esas luces inesperadas llevan a la salvación y otras veces de cabeza a la casa del ogro, divergencia que las invalida como deus ex machina. Son una moneda al aire en el imaginario del autor. Primer premio en el sorteo de Navidad argumental. Como los vómitos de la niña que vomitaba al azar flores y joyas, que igual podían ser rubíes que podían ser geranios. El fantasma de Gershwin brilla con luz propia. Una luz de un color sin apenas nombre, bruma traslúcida, plomo fulgente, tornasol en progresión. Para visualizarlo hay que imaginar un resplandor de teatros de Broadway a través de la niebla. Se le ha aparecido canturreando Someone to watch over me, pero no por vanidad, sino para templar los nervios de su primera misión fantasmal. Krasner se encoge de hombros y se agarra al ectoplasma como a un saco relleno de gelatina. Pregunta por Pollock, directa, como suele. El fantasma de Gershwin tartamudea que justo venía a eso, de parte de Bartók, el pobre tenía cosas que hacer y no ha podido aparecerse, el trabajo de fantasma es muy esclavo, a todas horas de aquí para allá solucionando asuntos sin resolver en vida, guiando fiambres recientes a los puentes, asustando al personal. Su largo discurso dará aún varios rodeos evasivos, zapateará por cañaverales, incluso sonreirá tenso. Mi hermano era el de las palabras, jejeje. Algo me está ocultando, reflexiona Krasner y le pone tal cara de no tener el chichi para farolillos que a Gershwin no le queda otra que contar de una vez lo que venía a contar. Bartók y él han localizado a su marido, pero ha surgido un imprevisto: Pollock no quiere verla. Cómo te quedas?! El músico se suelta por fin y canta de corrido las circunstancias de la búsqueda. Les costó dios y ayuda dar con el espíritu del pintor en el más allá, se rumoreaba que yacía borracho día sí, día también en algún lugar de Carolina y ni cogía el teléfono. Cuando lo encontraron en un suburbio de Charleston, le dijeron que Krasner lo andaba buscando, pero el artista aseguró no conocerla de nada. Espera, Gershwin, cómo que en Charlestone?, allí no es donde transcurre Porgy & Bess?, y desde cuándo los muertos tienen teléfono?, te lo estás inventando o qué? Acuciado por el pánico, el fantasma toma las de Villadiego y desaparece. Aquí hay loro encerrado, confirma Krasner. Dirás gato encerrado. Eso, gato. Quince minutos después, en segunda convocatoria, conseguirá que se presenten los dos hijos de puta, esta vez juntos, Bartók y Gershwin, para darle más explicaciones. Como Gershwin sigue acongojado por lo de antes, Bartók toma la iniciativa para jurar y perjurar que lo que va a decir es la solemne verdad: Pollock se ha liado al otro lado con el fantasma de Caperucita. Asegura que no quiere saber nada de amores antiguos, que su matrimonio es agua pasada. Por lo visto se olvidó de Lee Krasner nada más palmar. Ella se ha quedado blanca, como un tubo fluorescente. La conmoción es monumental. Se la comió un lobo, recita con la voz opaca, el fantasma debe estar hecho unos zorros, joder, un espíritu masticado, tragado, digerido y defecado por un chucho salvaje. La marimorena gore que debéis tener putomontada en el purgatorio, una que ni la Báthory en tiempos. Y eso sin contar que la cría debía tener, qué?, diez años? Pollock no era un faro moral, grita Krasner, pero nunca pensé que el muy cerdo llegaría tan lejos. Está que echa chispas. En un arranque de ira arrasa bastidores, caballetes y espátulas. No queda en pie ni el flexo que usa para pintar de noche. Ahora es un taller recién bombardeado. Bueno, el cuento no es como nos lo contaron, explica Bartók con calma, lo cierto es que Caperucita tenía veintiséis primaveras, un cuerpo de escándalo y mucho esprai antivioladores no homologado, por si acaso, un material desarrollado por cárteles feministas berlineses en los noventa. Tampoco se la comió el lobo. Ni siquiera era un lobo. Todo mal. Era un oso grizzly que salía atolondrado de detrás de unos matorrales y recibió la descarga de esprai adulterado en los ojos. Caperucita murió ocho pasos después al caer huyendo por un barranco. El oso quedó ciego al instante. Ahora Pollock ha aprendido de su novia a dejar ciegos a los osos. No bebe, ni fuma, tampoco se droga. Pinta un cuadro y el oso pierde la vista. Es un hombre nuevo. Su novia?, cómo que su novia?, aún es mi marido!, estalla Krasner. Bartók reduce con suavidad a la pintora en shock y la lleva hasta la cocina. Te queda café? Haremos café. Mientras hay café, hay esperanza. Voy a explicarte cómo funcionan las cosas en el otro barrio. Cada vez hay más osos ciegos en los bosques. Eso es un problemón para los ecosistemas. Los osos ciegos mueren de hambre y está el terreno lleno de cadáveres. Sin depredadores, los herbívoros arrasan la vegetación. Ha cambiado incluso el curso del Leteo. La proliferación descontrolada de salmones tampoco ayuda. Los osos que quedan se han vuelto exclusivamente ictícolas. Yo les hago bailar, que es algo inofensivo, y ellos, ya ves, en fin. Mientras tanto en el salón, Gershwin canturrea I’ll build a stairway to paradise y se bebe cada una de las botellas de bourbon a medias que encuentra. Para ser su primera misión en la tierra de los vivos no ha ido tan mal. 

No hay comentarios:

CIRCUS

  Chicos blancos haciendo vudú en el club de fumadores. Gente encarnada. Contactos gay. Hostales con dos camas por defecto. Hago planes par...