enero 18, 2025

Pepinos y gatos

En un receso coital, Ravel ha escrito un aria con dos mininos follando. El aria de los maullidos, sonríe D’Aulnoy desde el catre. No miento. Soy un narrador fiable. Véase L’enfant et les sortilèges, final del primer acto. Sidonie-Gabrielle Colette, estabas como un cencerro. C’est toi, chat? Que tu es grand et terrible! Tu parles aussi, sans doute? Pues no. Solo maullaban. Ni una palabra inteligible. Nada! El que sí hablaba, y tanto que hablaba, era el de las botas varoniles, el de aquella categórica desvergüenza y un florete de 40 cm, aprox, suficiente para hacer un siete en el hígado a quien osara señalar sus marrullerías. Nadie me puede impedir que sugiera la travesura de calzar borceguíes a las invenciones líricas de Colette y Ravel, que el aria no tendrá letra, oye, pero qué gritos, qué gemidos. En escena pueden mantenerse más o menos recatados, según el director, pero la música les delata. Temo pues que sea tarde, aun desde mi posición privilegiada de pantocrator, para colar en la orgía algún gato de Samaniego, o tal vez fustigar al primo de Cheshire, o rescatar quizá para la ficción ciertos michines de carne y hueso, por su interés netamente intelectual, claro, a saber, Flanelle y Adorno, merecedores de una contranovela rosa completa. En fin, litegatura. Nuestro felino lenguaraz ha ido con los años dejando de visitar a su señor en las tierras del marquesado, pero asiste puntual a las sesiones con su logopeda por un problemilla de ceceo. Ya está otra vez Madame d’Aulnoy leyendo La Fontaine. Desde tiempos de Rodilardo no se vio mayor sofisticación. Lo cierto es que para medrar hay que apuntar alto, aunque siempre con cautela. Los asuntos de amorío, mal enfocados, son un lastre durante el ascenso social. El gato con botas debería haber elegido como compañera una mujer que fuese en realidad una gatita blanca hechizada, pero prefirió entrarle a una gatita blanca hechizada que en realidad era una mujer. Subyacía en el inconsciente del macho la voluntad utópica de convertirse en un ser humano, algo imperdonable bajo la severa protección del marqués, aristócrata de férrea moral y único gallo del gallinero de Carabás. Gato y gata empezaron a salir por los tejados de Montmartre. Cazaron ratones en las ruinas de la Piscina Molitor. Robaron pollos asados de una rôtisserie a tres calles de la tumba de Baudelaire. Él le regaló a ella unos botines Jimmy Choo de cuero de vaca pirenaica, con aderezos de perlas peregrinas y remates de paladio que pusieron París a sus pies. Perdón, París a sus patas. Fueron felices y comieron perdices. Para cuando la gata volvió a ser mujer, roto por decapitación el conjuro, la pareja había tenido ya dos camadas y media de hombres-gato que sembraban el terror a ambos lados del Sena. La única inmortalidad es la de la especie, en términos evolutivos. Los atemorizados ciudadanos tomaron por entonces la costumbre de colgar ristras de pepinos en los balcón para ahuyentar a las bestias. La reacción de Carabás no se hizo esperar y le puso el cascabel al gato. El pobre pensó que aquella marca de vergüenza era lo peor que le había pasado nunca, hasta que llegó el hambre. Aún vaga por el Quai de Conti como morrongo en pena, flaco, sembrado de calvas tiñosas y con las garras y los dientes cayéndosele a trozos. Ya viene el gato con botas por el Pont des Arts, se avisan unos a otros los ratones, ya sube hacia la Conciergerie. A un tris ha estado varias veces de rellenar de piedras las botas y tirarse con ellas al río. 

No hay comentarios:

CIRCUS

  Chicos blancos haciendo vudú en el club de fumadores. Gente encarnada. Contactos gay. Hostales con dos camas por defecto. Hago planes par...