Había que seguir, o recomenzar o terminar, Gershwin trata de recordar dónde había leído eso, en alguna novela, en alguna revista para pirados, en algún salmo responsorial, algo como que tras palmar hay tres opciones, A seguir B recomenzar C terminar, y se rasca fuerte la herida de la cabeza, observando acalorado su propio cuerpo yacente, muerto hace seis minutos en el Hospital Cedros del Líbano, Beverly Hills, a consecuencia de una intervención fallida del doctor Naffziger, o Panfiguer, o Mazinger, qué más dará el nombre del neurocirujano que te ha mandado al otro barrio con tanta música aún que escribir y tanto Broadway todavía que dar, con lo que a él le gusta fantasear melodías y darles swing swing swing swing, but let’s call the whole thing off que ahora ya no hay remedio, una vez seco, fiambre, con una bata verde lo bastante ajustada como para dejar ver que estaba difunto, finado, con el cráneo abierto y cerrado seguidamente para salvar nada en absoluto y un enjambre de enfermeras zumbando alrededor porque A seguir B recomenzar C terminar, qué dilema, George, qué dilema seguir con el tránsito, recomenzar por palingenesia, o terminar, terminar qué?, terminar aquí lo que empezaste en vida un momento. Aquí dónde? Un momento. Entonces estoy muerto. Doce minutos, más o menos, es lo que se tarda de media en darse cuenta. No es fácil asimilarlo. Hay un silencio que espanta. Se descolgaron los grandes calores. No se oyen las enfermeras, los aparatos, los lamentos de otros enfermos, pero juraría que ha escuchado un silbidito detrás de él, está muerto y alguien a su espalda le llama con un silbidito blandengue y desinflado, fuioo, fuioo, y le da mucho yuyu girarse, encontrarse cara a cara con Dios, que no sabe silbar, o con un ángel, casi peor encontrarse con un ángel, pensadlo por un momento, es como un juicio, como una ceremonia, toga brillante, alas de acero, espadón flamígero, un ángel aterrador que insiste ahora con un psss, psss para nada angelical, un psss, psss muy mortal, rítmico, percutivo, austrohúngaro, es raro, tan raro estar muerto, su cuerpo con el cráneo abierto como un táper, enfermeras silenciosas pululando y alguien, alguien. Gershwin, acojonado, cierra un instante los ojos. Respira muy hondo. Y por fin se gira. Ni Dios, ni ángel. Qué alivio. Frente a él solo está el fantasma de Bartók, con una gabardina larga, comiéndose un perrito manhatto. Es increíble lo flojo que silbo. Me dijo Ditta que habías muerto. Sí, primo, te estaba esperando. Bartók saca otro perrito manhatto de la gabardina y se lo ofrece a Gershwin. Hacía meses que no me zampaba uno de estos. Desde que te fuiste a Hollywood, colega. Hace aparecer también una botella de palinka. Es como un food truck. Dos tragos más tarde están ya improvisando canciones con sus voces de ultratumba y dando ectopalmadas en sus muslos manos codos como en los juegos de niños de la callelle veinticuatrotro que da gusto verlos. Un, dos, tres, toca la pared. Oye, Gershwin, explica Bartók, habrá un puente y tendrás que elegir A cruzar B tirarte C no cruzar. El candidato canturrea Summertime, siente calor, está nervioso porque querría dormirse y no despertar, que eso espera uno de la muerte y no este test de oposiciones al más allá, que si tránsito, que si espíritu en pena, complejísimo todo, descartemos definitivamente la palingenesia, no sea que nos toque bacilo de Koch. Decídete, Gershwin, que aquí en el intermundo hay mucho trabajo, los médiums a veces nos piden favores a los fantasmas, dan quehacer, eso sí, podremos improvisar a menudo juntos al piano y beber palinka, wow, Béla, me darás clases de armonía?, claro, colega, las que quieras, y también te enseñaré a hacer bailar a los osos, muy parecido a lo que hacías en Broadway, y por toda la eternidad si Dios quiere. Sin embargo, a Gershwin el sudor le entraba en los ojos y pregunta con gravedad qué hay al otro lado del puente. Nadie de los que no cruzó lo sabe, puede que la inconsciencia definitiva, aka un dios, alias la nada, vaya usted a saber, amigo, nadie vuelve, yo elegí no cruzar, dice Bartók, y estoy contento, si no fuese absurdo te diría que me siento vivo. Me has convencido. Hacen sendas zapatetas en el éter, cantan un americano en París a voz en grito como estibadores beodos de Gennevilliers, no va a estar tan mal esto de morirse. Total, que todavía no había puente y Gershwin ya ha elegido ser fantasma, como Béla Bartók.
diciembre 29, 2024
diciembre 26, 2024
Pírrica danza
D’Aulnoy y Ravel se están fumando en la cama unos canutos milesios. Material afgano. Hablan de Laideronnette: je te doue d’être parfaite en laideur, escribe madame. Se ríen. La crueldad de esta sentencia es como la ceniza del cannabis desbordando el cenicero. Segundos después llaman a la puerta. Los pagodas entran en tropel a servir el desayuno mientras canturrean y bailotean. Eso se les da de fábula. También atienden con solvencia los asuntos domésticos: cocinan, limpian letrinas, llevan la contabilidad, cortan a tijera los setos… Pero en otras facetas dejan mucho que desear. Como guerreros, por ejemplo. Si la malvada Magotine decidiera atacar sus fronteras, el país se disolvería como el humo del peta a través del dosel. Los pagodas salen de la alcoba tras preparar el banquete matutino y los amantes, al olor de las viandas, sienten hambre. Se levantan desnudos y desnudos se sientan a la mesa: legumbres secas, hormigas fritas, souliers de fer. Un ágape delicioso por obra y gracia del THC. Al tacto erizado de sus propias pieles regresan de urgencia a la cama. Siguen hambrientos, obvio. D’Aulnoy mordisquea las aristas del cuello de Ravel. Ravel parte con sus manos la cadera opulenta de D’Aulnoy. D’Aulnoy amasa como un panadero los testículos de Ravel. Ravel paladea, lengua en ristre, la vagina y alrededores de D’Aulnoy. A lo largo de pasillos y en estancias contiguas suenan chants d’hyménée en las voces blancas de las pagodinas y los pagodas responden con gestos obscenos y chanzas carnales. Cómo está el servicio. La clase esclava también folla, como es natural, aunque sus orgías suenan inevitablemente a porcelana rota. Le bon esprit de la gente pagodine se funda entre cascotes, pobreza, hydropesie de rire y lujuria. D’Aulnoy, por el contrario, jadea agarrada a los barrotes de la cama y se escuchan coros majestuosos que Ravel anota mentalmente. El est bon, il est sage! Su polla francesa asciende como una escala lidia dando puntos de sutura al deseo de madame. Il a pansé la plaie! La penetración resulta satisfactoria a pesar del cannabis. Al poco, ambos se duermen sudorosos, apelmazados, aún hambrientos. Para el arrullo, los pagodas han preparado una danza ancestral, preámbulo de la contienda bélica. Golpean palos viejos y escudos de latón al ritmo de la música. Los amantes yacen, colocados. Pronto, al despertar, habrá otra impúdica batalla. L’Amour ne voulut plus les abandonner.
diciembre 15, 2024
Promesas
El interés de Lee Krasner por el espiritismo pictórico empezó en un tugurio de París asistiendo a un episodio hipnótico del mismísimo Charles Perrault. El viejo escritor, algo borracho, garrapateaba hojas en blanco tratando de transcribir las voces de su cabeza. Mientras tanto, Krasner tomaba notas con sanguina del suceso. Impactó de tal forma en ella que se sugestionó ante la posibilidad de contactar, desde el plano estético, con intelectuales muertos. Hablar a los espíritus iba a ser el leitmotiv de su vida. Decidida a instruirse, estudió Teosofía a distancia en el célebre Círculo Espiritista de Ponte Vedra, Florida, y lo simultaneó con su formación académica a las órdenes de Hofmann. Tenía la intuición de que, pintando de cierta manera, se podía acceder a dimensiones desconocidas y comunicarse con los entes que las habitan. Asistió a infinidad de sesiones con médiums internacionales y tuvo sus primeras experiencias espíritas a través de los pinceles. En una de aquellas veladas random, oficiada en una galería al sudeste de Central Park, conoció a Jackson Pollock, se enamoró de él y se puso a su sombra. Al principio siguió tratando de contactar con los espíritus, pero tras la boda se preguntó seriamente de qué servía relacionarse con genios muertos si tenía a su alcance a un genio vivo. Esta fue su primera crisis. Descuidó los estudios esotéricos y abandonó el registro de sus propias experiencias, solo para alcoholizarse a diario con su marido y dar forma juntos al expresionismo americano. Pollock, descreído, insistía en que aquello de pintar con los muertos era una engañifa. Ella acabó vacilando hasta casi convencerse. Sin embargo, años después, cuando Pollock murió en el accidente, las antiguas dudas de Krasner desaparecieron con él. Había un nuevo objetivo: contactar con el fantasma de su marido. La querencia innata hacia lo mistérico regresó a su pecho vacío como un vendaval colorista. Fundó un centro de parapsicología en Ponchatoula, Louisiana, bajo la tapadera de un taller de bellas artes comunal, y perfeccionó el método para trascender mediante el óleo. Llegaban pintores adeptos de todo el país a sus sesiones para aprender a contactar con pinceladas. No obstante, cada vez que intentaba llamar a Pollock, garrapateando como Perrault en grandes lienzos, aparecía el espíritu de Goebbels y le cortaba el rollo. Se ponía muy terco rezongando del arte degenerado. Aun así, Krasner nunca desfallecía. Probó centenares de trucos, bloqueos, engaños y exorcismos, y allá que volvía el ministro de propaganda, haciéndole una especie de contraghosting. Tras mucho empeño y sin dar con el fantasma deseado, tuvo su segunda crisis, la más importante. Repasaba algunos apuntes de juventud cuando descubrió en ellos ciertos detalles que demostraban la incapacidad mediúmnica de Charles Perrault, origen de su propia extravagancia. Pollock tenía razón, su proceso creativo no era un constructo estético, sino mera superchería. Un fraude. La madre de la palingenesia abstracta sintió que desaparecía el suelo que pisaba y el grueso de su creación se despeñaba por la grieta. Estuvo en dique seco una temporada, bebiendo más de la cuenta y pintando con apatía. La paradoja es que cuanto más hundida estás en el problema, más cerca estás de la solución. Al pintar desde la mengua de fe, diluyendo la comunicación a pinceladas con el más allá, empezó a levantar, sin apenas advertirlo, un corpus pictórico sólido y palmario. Para su sorpresa firmó en aquellos días sus mejores cuadros. Conquistó rápidamente Nueva York y París con exposiciones individuales, la crítica se rindió a sus pies y dejó de ser, bueno, más o menos, la mujer espiritista de Pollock. La pintura convencional, a qué negarlo, se le daba mejor que la hermética. Un residuo de ocultismo pictórico, que se resistía a abandonarla, fue cultivado en la intimidad como una suerte de luto. Sería mucho después, a principios de los setenta, cuando ocurrió algo al margen de su descreída voluntad. Krasner trabajaba distraída en un mandala enorme de 2’10x3’40, con predominio de verdes y morados, cuando se le avino un trance imprevisto y fue a contactar con el sagrado fantasma de Bartók. Ya sabéis lo que nos encandilan en esta novela los disparates dialogados: Hola, Lee, qué estás pintando?, dijo el fantasma. Ah, hola, un cuadro. Sí, eso ya lo veo, pero qué representa? La himposibilidad de trascendencia comunicativa hinterdimensional, contestó Krasner. Vaya, qué hinteresante. Oye, tú no eres Joseph Goebbels. No, le hemos dado una paliza entre todos y tardará en venir. Y entonces quién eres? Soy Béla Bartók, el músico. Anda, el del Concierto para orquesta? Sí, ese. A veces me lo pongo en el tocadiscos, es muy sugerente para pintar. Gracias, Lee, reconozco que me salió un obrón. Oye, Béla, te voy preguntar lo que os pregunto siempre a los fantasmas. Venga, dispara. Has visto a mi marido allí, al otro lado? A quién? A Jackson Pollock. Uhm, el nombre no me suena, cómo era? Calvo, corpulento, fumaba mucho y pintaba con palitos. Buf, no sé, con esos datos podría ser cualquiera. Me harías el favor de buscarlo? Claro, faltaría más, hay que apoyar a las grupis. Ya no se dice grupis, Béla, se dice fans. Fans? Sí. Ok, intentaré averiguar lo que pueda y ya te digo. Me lo prometes? Te lo prometo. Avísame cuando tengas algo y te convoco. Y cómo te aviso? Pues no sé, mueve sillas, enciende y apaga las luces, posee un cuerpo, lo que hacéis los fantasmas para que os hagan casito. Yo no hago nunca nada de eso. Y qué haces entonces? Hago bailar a los osos. Vaya, no sé si eso… No tienes un oso, Lee? A ver, Béla, así de repente, como que no, pero debo tener un monito al fondo del armario, de cuando era niña. Una marioneta, como Pinocho? No, no, de peluche, blanquito, como el mono Amedio. Ok, ok, creo que servirá.
noviembre 30, 2024
Periplo del [meta]héroe
Monomito abajo solo hay sombríos intrarquetipos. Lo descubrí una mañana sin sol pero también sin nubes, una de esas mañanas anodinas como los matorrales de los bosques, la mañana en que dije mierda. Eché a andar apabullado por épicas seculares de excéntricos semidioses. No es real, no es real, me repetía. La realidad era mucho más prosaica e insuficiente. Estaba harto de salvar a mis semejantes y que cada gesto heroico no fuese sino una gota de agua fría en el océano caliente. En mis oídos resonaba la noticia de otras tantas redenciones insignificantes aplastadas bajo cúmulos de catástrofes. Era como intentar cazar un huracán, surcar los sueños, hacer bailar a las estrellas. Y me fui. Me fui sin más. Abandoné esperanza y coraje y me sentí renacido. El sacrificio que arrastraba se revirtió, para sorpresa de nadie, como quien desabrocha una cremallera o esgrime un insulto. Frente a la acción temeraria y el designio aciago de los hados, el héroe nunca es héroe hacia fuera, sino hacia dentro. La heroicidad solo pugna por quedarse en el pecho. El viejo sabio que fui se convirtió en joven inmaduro en lo más hondo de la fosa y estaba bien que así fuera. Tal vez la inocencia general pudiese salvar el mundo donde los tratados, las proezas y la ciencia habían fracasado. La epifanía patas arriba, el triunfo del ocultamiento. Aquel héroe talludo es hoy una esfinge campestre, una inacción catalizadora, un contemplarse el ombligo. Maté al padre, abracé mis impulsos, rechacé la disciplina. Cada día al revés hasta reiniciar el mundo. Y otra de esas mañanas áridas, invertido por completo el periplo, alcancé en efecto el umbral, pero desde el otro lado, y lo atravesé y volví a casa, a mi puta casa, a mi amniótica casa. Ahora eran otros los héroes inútiles y yo una nada caliente en la extinción. Si no hay aventura no hay interés, dicen con decisión los próceres. Y yo digo: salvar a la humanidad es mucho más fácil que distraer al reloj. Nadie puede ser héroe para nadie sin ser antes villano de sí mismo.
noviembre 23, 2024
Pido gracia para este pasaje
La idea fue de la Bella durmiente, aunque tampoco está claro. Lo raro es que a casi nadie le pareciese estúpida. A toro pasado resulta fácil darse cuenta de que lo de las caretas no hablaría demasiado bien de nosotros, porque hasta el tonto del ogro intuía que había una amplia componente de acoso laboral en lo que hacíamos, y aún así lo hicimos. Supongo que la perspectiva de perder de vista a Cenicienta nos alegró el día por encima de nuestras esperanzas. Ocurrió muy rápido. Pulgarcito apenas podía contener la risa. Y no es que la muchacha fuese mala gente, ni siquiera caía mal a la mayoría del equipo. Solo había ido a dar con la horma de su zapato y, puestos a elegir bando, el mundillo eligió team rueca, por supuesto, qué íbamos a hacer. El oropel atrae más que la ceniza. Ahora bien, una cosa es alegrarse de su marcha por lo bajini y otra muy distinta participar en aquella encerrona distópica, aquel carnaval psicótico, no sé cómo llamarlo, al que Cenicienta acudió confiada como ternera al matadero. En realidad no había nada que celebrar, los personajes entran y salen de las fantasías continuamente. Hoy eres un cuento barroco y mañana un remake del último enfant terrible del cine independiente. Ya cansa tanto zapatito de cristal y tanta calabaza maravillosa. Decidió por sí misma dejar esta novela, así que a princesa que huye, puente de plata. Fue la Bella durmiente, como digo, la que organizó la verbena homenaje, dolida, manifestó con pompa, por no haber tratado a la muchacha con más cortesía. Sería una fiesta sorpresa, habría caviar ruso y barra libre de Hendrick’s con pepino, que no se respire miseria. La plantilla al completo se apuntó, por supuesto. El gato con botas fue el encargado del cátering y Grisélida, hacendosa, de la decoración. Hasta ahí, todo correcto. Nos pareció que la Bella pretendía enmendar a última hora lo mal que se portó siempre con la sucia mosquita muerta. ¿Qué más nos daba a nosotros el motivo si lo que había montado era una techno rave hasta el amanecer? Una hora antes ya estábamos listos para sorprender a la homenajeada, corrían el champán, la perdiz escabechada y las manzanas fuji, pero no fue hasta menos cinco cuando la Bella durmiente repartió las caretas. En nuestra defensa diremos que no hubo tiempo material para calcular las consecuencias. Simplemente nos pareció divertido e inocente ir disfrazados de Cenicienta, pero como el que se pone una máscara de Guy Fawkes, eh, sin segunda intención ni nada. Entre los que con dos gintonics de más ya no distinguían las caras de cartón de las reales y los que guardaron silencio por inquina, nadie supo prever la tremenda hostia que íbamos a darle a una muchacha que venía con tan severas carencias afectivas de serie. Si hubo alguno sensato que se negó a cubrirse la jeta fue presionado por la manada y acabó por sucumbir a regañadientes. A las doce en punto, con la primera campanada, llegó la invitada principal. Imaginaos el número cuando abrió la puerta, su cara de espanto cuando se vio reflejada en nuestros rostros miméticos. Cientos de Cenicientas silenciosas miraban cómo la auténtica Cenicienta, aterrada, rompía a llorar, echaba a correr por donde había venido y abandonaba esta novela para siempre jamás con la última campanada. Todos vimos claramente cómo perdía un zapato de cristal en su huida. La Bella durmiente se quitó la careta y lo recogió. Tuvo los santos ovarios de asegurar que la idea se la había dado Caperucita, la única que no estaba allí para defenderse, qué casualidad, y que este rollo de las caretas siempre le pareció una maldad sin paliativos, un bulling arquetípico, una tortura despiadada, y que no entendía, nos señaló con el zapato, que nadie, ninguno de nosotros la hubiera avisado de que aquello era una idea estúpida.
noviembre 16, 2024
Personalidades en desorden
Vitti y Antonioni están tomando Tom Collins en un antro swinger de Niza, cerca del puerto. Fuman. Se sientan tête-à-tête en la semioscuridad y se besan apasionadamente sin descanso. En la barra hay una pareja que tal vez. La voz áspera de Vitti mezcla el italiano y el francés con soltura. Su sonrisa nunca deja de ser cáustica, como si supiera que a su alrededor cada elemento de la realidad es tan falso como en el cine. Fuma. A Antonioni aún no le hemos visto las manos, a saber dónde andarán. Es un tipo en apariencia serio, casi diríamos de figura triste, un espíritu definitivamente ausente. Sin embargo, se muestra afable en el trato y ameno en la conversación. Algo no concuerda. Fuman. Apuesto a que ninguno de los dos lleva ropa interior. Alehop! La puerta se abre y con el olor marino entra una pareja que viene de muy lejos. Él es un tipo grande, fuertote, barbudo. Su fisonomía se explicaría si un bisonte se volviese humano sin volverse humano del todo. A pesar del pelo mira con fervor a la mujer que le acompaña. Ella es una joven pálida que un día, por lo que sea, dejó de sonreír. Tiene rasgos del este, cabello tirando a claro, ojos un tanto oblicuos. Es menuda, pero camina con altivez nobiliaria. Fuman. Los dos. Se sientan en una mesa y piden vino. Son mucho más interesantes que la pareja de la barra. Será la novedad. Vitti y Antonioni cruzan unas palabras, se les van los ojos, terminan sus copas. Parecen turistas húngaros. Y eso por qué, Monica? Te digo que son húngaros. Fuma. Ella es perfecta, parece de porcelana, la has visto? Perfecta. Perfecta. Y él, te gusta? No es guapo. Fuma. No, no es guapo, pero tiene un no sé qué. Atracción húngara, ríe Antonioni. Zitto, scemo. El bisonte y la chica han empezado a sentirse observados. Se vigilan los cuatro de reojo. Vitti y Antonioni actúan como críos compulsivos. Attendete, amici! que la pareja de la barra está a punto de abalanzarse. Decisión tomada. Se cuelan por delante y saludan. Sois húngaros?, pregunta Vitti sentándose frente a ellos, tenéis que ser húngaros. Deja el tabaco en pleno centro de la mesa. Pues yo preferiría que no, dice riendo Antonioni, he apostado una botella de champán del caro. Michelangelo! La otra pareja se ha quedado un poco pasmada, ha sido una entrada triunfal, pasan unos segundos hasta que reaccionan. Yo soy de París, lo siento, dice el barbas, pero ella… Lo sabía!, estalla Vitti, graciosísima. Consigue que el hielo se rompa. Sí, bueno, empieza a contar la joven con una voz dulce, marcado acento del este, mi aldea siempre fue húngara, muy cerca de Bratislava, pero ahora creo que pertenece a Eslovaquia. Hace siglos que no voy. Maravilloso, voy pidiendo el champán. No venís mucho por aquí? No, dice el bisonte, es la primera vez que hacemos esto. Esto? Sí, lo del intercambio, me refería, nos da un poco de vergüenza. Ah, non parliamone più! Ahora estáis con nosotros, os ayudaremos. Yo soy Monica Vitti y este estirado es Antonioni. El director de cine? El mismo. Y tú eres la actriz. Ecco! Io sono! Besa al bisonte en la boca. Reparte tabaco. Te vimos en Desierto rojo. La chica besa a Antonioni en la mejilla afeitada. Hay cierta confusión de posiciones y bocas que desanuda la tensión. Buena peli. Sí, buena peli. Gracias. Pues cuando os digamos quienes somos nosotros lo vais a flipar aún más. Podríamos adivinarlo, dijo Antonioni divertido. Llega el champán. Brindan. Beben. Fuman. Venga, a ver… tú eres parisino… Auguste Rodin! No, y bebes, Vitti. Espera, interviene Antonioni, lo intento yo y si pierdo, bebemos los dos. A ver, a ver… París, eh?… Charles Aznavour! Risas. Joder, no, yo llevo barba. Bebéis. Beben. Me toca, dice la húngara, quién soy yo? Antonioni le coge la mano. Como queriendo leer en las líneas. A ver, a ver… Zsa Zsa Gabor! No, no. Te toca, Monica. Ah! Zsi Zsi Emperatrice! Estalla en una gran carcajada. Todos estallan. Qué ocurrencia! Beben, fuman y se tocan. Dadnos una pista. Bueno, diría que soy un personaje de ficción, asegura el barbas. Non mi dire! Vitti y Antonioni dan unos grititos de entusiasmo. A ver, a ver… Antonioni tuerce el gesto, piensa, piensa y resuelve: Grenouille! No me jodas! En serio? Ese era lampiño. No se te ocurre nada más? Antonioni levanta los hombros y pone cara de póquer. Vitti detiene las voces con las manos. Se concentra. No puedes ser el capitán Nemo. Frío, frío, asiente el bisonte. Tampoco creo que seas Jean Valjean. Frío. Eres Des Grieux? Uhm, te vas acercando en el tiempo. Se miden y brota, de repente, la complicidad. Antonioni y la húngara se han dado cuenta y sonríen, celosos. Más atrás? París, París… No tienes cara de ser un bufón de Molière, ni un príncipe de d'Aulnoy… Caliente, caliente… Nadie respira. Monica Vitti se ilumina: Eres el puto Barba Azul!!!, exclama triunfante. Se deja caer como una avalancha sobre el gran bisonte y casi se caen de espaldas con silla y todo. Se rehacen entre risas y caricias y, con la copa en la mano, Vitti brinda por los cuentos de viejas, por las esposas asesinadas, por el amor interracial. Beben, ríen y fuman sin medida. Te toca adivinar, Michelangelo, pide la única que sigue sin nombre. La muchacha parece que sonríe, como si se hubiese quitado una máscara o un peso de encima. Sí, sí, voy. Eres real o imaginaria?, pregunta el cineasta. Real, dice ella impaciente, tan real que hace algo más de cuatro siglos maté a 630 mujeres y niñas para bañarme en su sangre. La nuez de Antonioni sube y baja raspándole la garganta. Esa no la vieron venir. Hay, claro, un silencio embarazoso. Vitti se adelanta: Eres… la condesa… sangrienta… la Báthory… eres… la… Ambos se echan hacia atrás asustados. No hay brindis. La condesa se angustia. Ahora ya lo sabéis. No vi que os preocupase hace un minuto que mi acompañante se haya cargado a todas sus mujeres. Ya, pero tú fuiste real, Isabelita, mataste de verdad a esas niñas. Y qué?, responde por ella Barba Azul, cuántos como yo de reprobables existieron en la realidad y qué tardaréis vosotros en ser personajes de alguna novelette? Pensaba que habíamos derribado las últimas fronteras amatorias. Esto, sí, claro, pero es que tu chica mató físicamente a media Hungría, arguye Antonioni, y lo tuyo, barbas, se lo inventó un loro. Has dicho loro? He dicho loco. Loco. Caen como pesos muertos sobre las sillas. Pensaba que erais personas tolerantes, los dos, dice Barba Azul con serenidad; será prejuicio también, pero supusimos que las gentes del cine eran más abiertas. He de deciros que ya me he reformado, se excusa Báthory, ambos lo hemos hecho. Pagamos por nuestros crímenes. Ya no matamos gente. Antonioni y Vitti se miran un instante y asienten. Piden perdón y vuelven a acercarse a la mesa. Beben y fuman, aunque ya no ríen. La conversación se apaga. Se ha roto la magia y no saben si volverá. Si volviese habría personalidades en desorden, una gran encrucijada de amores exacerbados, sexo duro interdimensional, a saber qué más ocurrencias. Si por el contrario no volviese la magia, se despedirían, apenados. Barba Azul y Báthory caminarían hacia el puerto de Niza preguntándose si deberán también, en las escapadas de fin de semana, ocultar sus identidades para evitar el rechazo. Son gente normal, que trabaja, ama y se divierte, no delincuentes. Antes sí, de lo peorcito, es cierto. Pero ya no matan ni moscas, ya penaron sus crímenes. Él es autónomo y ella cuida a personas mayores. Pagan sus impuestos, saludan siempre a sus vecinos, tienen, como los demás, sus pequeños vicios. No se merecían esto. Por su parte, Vitti y Antonioni se quedarían charlando un rato en el bar. Conociéndolos, igual no le daban muchas vueltas al asunto y se tiraban a la pareja de la barra sin demasiado miramiento. Más tarde comerían pizza en la trattoria de algún conocido. Me dirás, lector, qué hacemos. Orgía o despedida? Vaya elección dejo en tus manos. Los cuatro elementos, Vitti, Barba Azul, Antonioni y Báthory miran al lector desde el antro swinger de Niza, cerca del puerto. Fuman. El deseo sigue ahí, junto a los prejuicios. Tal vez necesiten follar. Tal vez necesiten tiempo, fumarse tres paquetes, bailar un minueto. Tal vez, qué hacemos. Los dejamos ahí congelados para siempre. Qué no hacemos. Cuestionamos qué es ficción y qué es realidad. Rompemos otra vez el hielo. Acaso Antonioni y Vitti no son ficción ahora. Qué. Es el recuerdo una ficción. Lo es la Historia. Lo somos nosotros. Qué hacemos, lector, qué.
noviembre 02, 2024
Poesía triunfante
Al cabo de esta novelette está la poesía. El jueguecito del lenguaje y las ideas. La gran palabra. No quisiera que llegases al final y te encontrases un muro prosaico de rictus semánticos y tropos recurrentes. La apuesta es la más alta que puedo permitirme y no pienso perder la sonrisa cuando tires este libro por la ventana. Varios niños lo verán caer desde el parque y correrán a ver qué es. Leerán allí mismo sus primeras líneas [Hay que probar todas las puertas, se le revolvió el puto Barba Azul, con cajas destempladas] ateridos de preadolescencia, sumidos en lo prohibido. El más temerario se lo llevará escondido, para que sus padres no lo vean. De chavales nos tapaban la boca con diez cañones por banda, puede que con la sombra errante de Caín, incluso con ¡Paraíso perdido! Perdido por buscarte etc. Y estaba bien, pero no era del todo gran palabra. Si la manzana era el mundo, la rueca actuaba como órbita. Ya sé que es raro que manzana y rueca estén curvilíneamente relacionadas y que por esa razón crezcamos. Alcanzamos la juventud entre la fortuna y el suplicio. Con una vitalidad envenenada empezamos a caer y a fallar siempre en la caída. Tu ventana sigue abierta, lector. Abajo, por tu calle, camina una joven camarera con los pies destrozados, que vuelve a casa después de once largas horas de trabajo. Nuestro libro le caerá cerca y pensará que ha sido una suerte que no le cayese directamente en la cabeza. Lo recogerá, hojeará y seguirá andando con él bajo el brazo. A esa edad aparece la mano de Emmanuéle lo estuviera desabotonando, con la frente a la altura de tu plinto y si no te conozco, no he vivido. Muy resumido, porque ser joven es descender a los infiernos, perderse en los suburbios, buscar jardines feéricos. Y transcurre rapidísimo, che. La verdad sólida del poema tiene la virtud de hacerte perder la noción del espacio, del tiempo, del amor y de la música. Pronto pasará un señor en bicicleta, verá otro libro estrellarse contra la nieve embarrada, parará, mirará arriba sorprendido, lo pondrá en la cesta de la bici, volverá a mirar y seguirá su camino. A partir de ahí no hay que contradecir a los dioses, porque sabes de sobra que es una forma como otra cualquiera de asumirlos. La gran palabra ya estará dicha mil veces. Llegarán a deshora nuestras voces, tarde, siempre tarde, aunque míranos, aquí andamos, palabreando tanto y tanto y sin poder dejar de hacerlo. Barnett Newman dijo algo sobre los pájaros y no vamos, de facto, a desautorizarlo. Una señora con bufanda camina despacio. Da un puntapié a su libro caído sobre la acera, le cuesta una vida agacharse a recogerlo, pero le da ánimos llegar pronto a la residencia, habrá caldo, unas pastillas, con suerte dos o tres horas de lectura curiosa todavía, a su edad cuesta dormir, antes de caer rendida en la cama helada. Al cabo de esta novelette, de este arrabal de años y letras, debería hallarse, triunfante, insisto, la poesía, que es la menor de las ficciones y por ello la más justificada. Cuando la realidad da asco (marketing, plástico, fascio) y la ficción apesta (reguetón, memes, premios planote), dime tú cómo lo arreglamos si no es mediante una compacta poética de aliento. Al borde mismo de la fosa de las Marianas se escucha el lamento de Carnero, alto, húmedo y claro, clamando como el Bautista en el desierto: Hoy que la triste nave está al partir, con su espectacular monotonía, disposición convencional y materia vigente: ilustraciones que es sabio intercalar esa carcasa ocre es Helena. Incluso entrecortada, yuxtapuesta y sin sentido se aprecia con nitidez la gran palabra. La inmensa palabra. La enormísima palabra. Y yo me pregunto, os pregunto, quién cojones está escuchando allá abajo. Volvamos al principio. Al cabo de esta novelette estáis tú y mi sonrisa prosaica rictus tropo jueguecito. Por lo que sea, has decidido no tirarnos por la ventana y los niños, la camarera, el ciclista y la anciana se irán a la cama sin leer. Mañana alguien te preguntará que de qué iba este libro y tú dirás que no sabes explicarlo.
octubre 26, 2024
Psittacus erithacus
No os lo había contado hasta ahora, pero ya no puedo retrasarlo más. Como autor omnisciente que soy, he de deciros que Papá Perrault tenía un yaco africano encerrado en los sótanos de su caserón de París. No parece gran cosa a priori. Lo que cuentan de los loros, lo de la longevidad, lo de Humboldt y eso, es mayormente fantasía. Cualquiera puede tener un periquito canturreando en el balcón mientras escribe Barba Azul. No me refería a eso, sino a algo más gordo. Muy gordo. Esta vez va en serio. Lo digo. Allá va: Era el loro el que le dictaba al viejo Perrault los cuentos. ¿Cómo os quedáis, eh? El gato con botas lo redactó un pájaro. Y Cenicienta. Y Pulgarcito y lo demás. No un pájaro cualquiera, sino el loro más especial que existió jamás en Francia. Nadie, ni Ravel ni el ama de llaves, llegó a descubrir el secreto. Que Ravel, visitante esporádico y un poco a por uvas, no se enterase, diréis vale, pero es difícil tragarse que el ama de llaves haya bajado al sótano sin descubrir el paradero del animal, con rescate nocturno y entrega épica en refugio de aves. Pensaba que a estas alturas vuestra suspensión de incredulidad sería ya del tamaño de Córcega. Desde el sótano, amigos, es evidente, partía un túnel oculto por una puerta secreta, y más allá del túnel había un aviario subterráneo, insonorizado, terrorífico y tocho como la pirámide del Louvre. Por eso los gritos de auxilio del yaco no llegaban a oídos entrometidos. Solo Perrault conocía el acceso y solo él bajaba de noche a sonsacar al loro, mediante trozos de piña, papaya y paraguayo, las palabras exactas que todos conocéis de los libros, transcritas al dictado. Al principio el animal se resistía, pero el hambre aguza el ingenio. Y si la cosa al final se complicaba, Perrault ponía a trabajar sus instrumentos de tortura: largas agujas de coser, hierros candentes, ruedas de carro y comadrejas glotonas. Luego, con el legajo a rebosar, se iba a beber cerveza a una taberna y hacía como que escribía. El loro cautivo, que resultó ser una lora, se llamaba Alejandra.
octubre 19, 2024
Perfecto Reboiras
Si estuviésemos hechos solo de palabras. Si fuésemos verbo. Canciones lentas para los encuentros furtivos, verborreas para levantar imperios, susurros para establecerse en los bosques otoñales. Si lo fuéramos, oídme bien, guardaríamos una esperanza: no buscar, como la alquimia, sino ser la palabra que haga renacer el mundo. Al pie de ese cañón, buscando y buscando para los restos, están Ofterdingen, el de las perras negras, algunos de Flaubert, muchos poetas indecisos, la práctica totalidad de los héroes de epopeya y, por supuesto, don Perfecto Reboiras, taumaturgo boticario. ¿Se reconocían como personajes literarios? ¿Sabían ellos que su realidad estaba compuesta de palabras? ¿Lo sabemos nosotros? Qué empeño en husmearse por fuera cuando hay que abrirse en canal y escudriñar dentro. La carne es sustantiva. El alimento diario, adjetivo. Casa, barrio, país son complementos circunstanciales. Vives uniendo sonidos en sílabas, pero no mueres, porque no se muere cuando se está hecho de palabras, ni se olvidan de uno si está fabricado de recuerdos que, de pronto, vuelven a explicarse, bendecido por una lengua hábil, heraldo emplumado para las gatas blancas, los libros abiertos y este kit de supervivencia tan cerca de las últimas páginas. Porque quien dice renacer, dice sucumbir y, al segundo o tercer día, reordenarse. Quizás intuía ya don Perfecto, pues no era estúpido, que ser y buscar son la misma tarea. Pareciera continuamente que una manivela ontológica bien engrasada levantase con admirable fluidez un dique teleológico. Y bajo aquella ignorancia, aún hay quienes rastrean el Verbo Angular, la Clave de los Universos Imaginables, como si buscasen un caudal ignoto y concreto en las lejanas costas de los pagodas. Cuesta siete vidas asimilar que todas las voces por sí mismas son generativas, que cada una de ellas construye tanto lo cotidiano como cuanto deba existir de extraordinario e inadmisible. Algunos pretenden tropezar con un mampuesto dorado en lugar de aprender el oficio de los canteros. Una puta locura. Entretanto, Parnaso arriba, en el centro del maremágnum lingüístico, los dioses distraen sus días contándose unos a otros tal vez chistes verdes, rimando consonante o desguazando arquetipos, con mañas de albañil e ínfulas de rétor a un tiempo. Dioses que tienen nombres extrañísimos, Torrente Ballester, Madame d’Aulnoy, Guillermo Carnero, capricho de la tradición y la mitología. Dioses inaprensibles pues no fueron concebidos de sólidas palabras, sino en carne y luego en piedra y por eso resisten con cierta dificultad los continuos Apocalipsis que zarandean las tramas y los versos. Piensan algunos que ahí, escrito entre el hueso y el granito, está el fiat que desencadena la existencia literaria. En tanto las palabras subsistan todos viviremos en la tierra inverniza, dragones feos sumisos al mandamiento: «Huirás de la afasia como de la muerte». Porque sin duda es el olvido del lenguaje el mal que nos relega al polvo, al A4 de nuevo en blanco, a la conjetura cartesiana de que si nadie te lee, no existes. Yo te doto con la más perfecta fealdad, aunque una palabra tuya bastará para sanarme. Verbos de doble filo, diría don Perfecto. Como todos los verbos, sin excepción.
octubre 12, 2024
Pene de tigre
El affaire empezó mientras Ravel leía a Barnes. Canturreaba una melodía pentatónica, todavía blandita y sin forjar, cuando por la página 42 decidió ir a conocer en persona a madame d’Aulnoy. Desde Montfort cualquier mención de algo que esté más allá de Versalles suena a literatura. Aleluya. Se duchó, perfumó y dandificó en un periquete, saliendo a una tarde glacial de enero de 1691. Volvió de inmediato a por otro abrigo más gordo, porque no quería pillar una pulmonía. El coche de caballos le dejó cuando oscurecía en casa de la marquise de Castelnau, amiga en común, también escritora. Una vez allí observó que la tertulia bullía a pleno rendimiento. Fue recibido por la anfitriona y presentado como «un músico prometedor», dignidad a priori lisonjera que no supo muy bien si debía tomarse a mal, estando a punto, como estaba, de cumplir los treinta. Escorada hacia un rinconcito del salón, sentada en un confidente, reposaba Marie-Catherine d’Aulnoy, cuarentona, pesante y enérgica, contando chismes sobre Carlos II a unas niñas. Ravel saludó a los concurrentes. [Lenclos, Racine, Scudéry]. Departió un rato. [Sablière, Fontenelle, Sévigné]. Gesticuló intentando llamar su atención. [Cornuel, La Bruyère, Montespan]. Y nada. Fue ampliamente ignorado por la escritora, a pesar del esfuerzo. D’Aulnoy, que se había quedado sola, leía un tomo de La Fontaine. En su rostro soñador prorrumpían con total nitidez los desconchones del destierro. Ravel iba a abordarla cuando alguien le pidió que tocase algo de Couperin. Bien sûr, monsieur. A ver si así, pensó, madame me hace caso. Tomó asiento ante el teclado con los ojos clavados en ella, que lo mismo se asomaba a ratos por la ventana, se rascaba el escote o pensaba en asuntos de hadas. Una baronesa no se deja arrastrar con facilidad hasta espectáculos piromusicales improvisados por clavecinistas desconocidos, que una tiene una reputación, cualquier distracción antes de prestar oídos a otro juntateclas. Ravel interpretó un prélude y, al acabar, hubo un silencio de lo más incómodo. Se abalanzó sobre algunas danzas, para tratar de remontar el recital, forlana por aquí, rigodón por allá, las cuales fueron aplaudidas en grado desigual y más bien por compromiso. Demasiado raro, se escuchaba entre susurros, eso no es del organista Couperin, se cree que somos idiotas, qué atrevimiento. La voz de la marquise de Castelnau refrenó la indignación anunciando canapés de oca y a otra cosa. Madame d’Aulnoy, que hasta entonces, como dije, había ignorado fuerte al juntateclas, se fijó por fin en él, debido precisamente al revuelo. No era guapo, aunque sí le resultó armónicamente sugestivo. Acercándose por detrás le dijo al oído: toca usted como si bailara sobre la tumba de Couperin. Tendrá usted que concretar a cuál de los Couperin se refiere, madame d’Aulnoy, dijo el músico dándose la vuelta. Oiga, ya que usted, por lo que veo, me conoce a mí, permítame a mí conocerle a usted. Y le echó, sin más preámbulos, mano al paquete. Maurice Ravel, para servirla, alcanzó a decir él con voz de pito. Tanto gusto. Madame de Castelnau, que era joven pero no tonta, les hizo acompañar con discreción a una alcoba que ella misma había diseñado para favorecer al máximo los placeres de la cama. Alto dosel, unos almohadones enormes, vino champenoise puesto en nieve, mirillas desde la estancia contigua para los curiosos. Confirmamos que París es una gran bola de musgo, sábanas, pelos y abortos. Ravel apenas podía aguantarse el deseo. D’Aulnoy, amante avezada, lo levantó en vilo y lo precipitó encima de la gran cama. Quiero hacerte, declamó, lo que la pluma le hace al papel. Y le arrancó de un tirón los pantalones. Pues yo quiero hacerte, se animó él, lo que hacen el corno inglés y el piano hacia el final del segundo movimiento de mi Concierto en Sol. No fue tan poético como lo de la pluma y el papel, si bien, para compensar, el joven se coló bajo la falda de la baronesa su buen cuarto de hora. Desnudos por fin y en absoluto celo, follaron a la luz de las velas hasta que el día rompió y la marquise de Castelnau les mandó el desayuno a la alcoba. Se portó como un tigre, confesaría horas después madame d’Aulnoy a su joven amiga. ¡Vaya potencia!, exclamó la marquise. Sí, muy potente, ¡y qué espículas! ¿Eso qué es? Espinas, querida, espinitas juguetonas en el glande. Castelnau abrió unos ojos como platos. No había forma de que me la sacara, el tío, dijo con picardía d’Aulnoy; he disfrutado como una gata. Castelnau quiso conocer más detalles. Haremos algo mejor, iremos las dos a su casa, sin avisar, esta noche. Me han asegurado, apuntó Castelnau, entusiasmada por la idea, que le gustan las manzanas fuji. Pues tendrá que conformarse con manzanas autóctonas, rió d’Aulnoy apretándose la pechuga entre las manos. Y a la joven marquise se le hizo la boca agua.
octubre 05, 2024
Paradojas de Zenón
Íncipit. Los primeros son pasos breves, tanteadores. Introductorios. Tal vez circulares. Existía una idea difusa, seguramente generativa: señalar el contraste entre las fábulas primigenias (ya edulcoradas por Papá Perrault) y las versiones en almíbar posmoderno (oh, buzo de lavabos). Debían ser textos sin pretensiones, simples divertimentos expresivos, dislates simulacro del barroco. Si estilo francés, Pierrot et Colombine; si estilo alemán, Papageno und Papagena. Tenía entre manos, pues, un proyecto. Una cantidad creciente de objetos a los que dar forma. Les puse un techo contra el que chocar, un tope necesario. Seréis cien, les dije. ¡Otro hectoedro!, respondieron. Sí, dije rascándome la calva. Pues vaya. Ese proyecto es la tortuga. Una tortuga exponencial que se las pela. Con ella, el cajón de los bocetos, de repente, rebasó la centena. Yo soy Aquiles, mucho más lento componiendo. Cuando alcance las cien entradas, triunfante sobre París, la tortuga estará cruzando Poitiers. Cuando llegue escribiendo a Poitiers, si llego, ella estará tomando el sol en Donibane Lohizune. Las paradojas, las paradojas, las paradojas. Se ha demolido a menudo la narrativa, así que ya es hora de descombrar. En el bosque había una flecha, pero no se movía. Un poco más allá acampaba un ciego que comía uvas de dos en dos mientras tú callabas. Se interponía un totum revolutum de material informe, sometido a altas presiones. La flecha quieta atravesó dicha hojarasca, potaje, puzzle, magma, orgía y se clavó cuánticamente en los dos ojos del ciego a la vez, que como ya estaba ciego de antes, ni lo notó. Anduvo la mitad de la mitad de la mitad del camino que quedaba con la flecha clavada y jamás alcanzó su destino. A veces somos crónica y a veces chisme. Con tanta indeterminación corremos el riesgo de que este caldo en que te atreves a chapotear, como chapotea Homero en su ceguera, se convierta en una recopilación de desconexiones locas sobre asuntos feéricos. No obstante, Ravel, D’Aulnoy, Carnero y yo preferimos llamarlo hiponovela. Creo que aún no he usado el término. Una hiponovela rococontemporánea. Una densa resistencia literaria. Una carencia en sí. La tortuga vencerá a Aquiles si, y solo si, el ciego es atravesado por la flecha cuántica. Como siempre, eres tú, el leyente, quien le dará su razón y rumbo. Qué paradoja. Para derrotar a la tortuga hay que pararse, renunciar, comer raíces. No escribir de corrido. Eso nunca. También hay que leer y leer y leer, pero como leen los ciegos: el silencio del viento en los cerezos ateridos, el olor a bizcocho de un mar picado, el roce amarillo de las libélulas azules. Para matar la novela no basta matar la trama, el estilo, los personajes, la propia escritura. Estaría en blanco y seguiría siendo una novela. Que no escuchemos caer el grano de mijo significa precisamente que existe relato. Se necesita de un sacrificio que ni Patroclo ante los muros de Ilión. Un sacrificio que nadie, que sepamos, ha otorgado. Aquiles se pregunta a todas horas por el lugar que ocupa la tortuga, y el lugar se pregunta por qué Aquiles la persigue, y la tortuga se pregunta por el camino más recto hacia Poitiers. Eso es novela. La pregunta, el lugar, la pregunta, el lugar, otra pregunta, una pregunta en un lugar, pregunta, lugar lugar, lugar-pregunta y casi ninguna respuesta. Éxcipit. Los chicos quieren cargarse la literatura, cuando en realidad basta con que la literatura no les arrolle en su carrera. No veo en qué quedará tanta paradoja cuando Aquiles se coma con patatas a la tortuga.
septiembre 28, 2024
Postureo estético
Debido a la caótica gestación de esta cosa, estoy atendiendo poquísimo al personaje de Carnero. Menos de lo que yo querría. Sé que es importante en la nebulosa trama, aunque aún no ha llegado su momento y, estando como estamos al 70%, puede que nunca llegue. Acabo de convertir a Bartók en un fantasma. Perrault y Ravel son poco más que guiñoles literarios desde el principio. Madame d’Aulnoy, tal vez la figura más íntegra, que ha ido creciendo sin pausa en protagonismo, no llegará a romper. Los demás elementos son secundarios: Gershwin mendicante, Barba Azul y Erzsébet enamorados, los pagodas de vanguardia, el Pulgarcito épico, la guillotina y no recuerdo qué más, paja intelectualoide, cocaína imaginativa, pretextos de escritura. He perdido, es verdad, el punch venecianista que traía de serie con demasiada facilidad, como se pierde un imperio o la cartera. La propia estructura atómica de estas patrañas, una vez desestabilizado el núcleo, exige ir terminando pronto, antes de que colapse el sistema y nos pille debajo. Sospecho que es la sombra de Carnero la que me está tapando el sol. Y es que cada palabra es postureo vacuo, aquí en la página en blanco. Las manchas del papel brillan a la luz de algunas ocurrencias y, sin embargo, Carnero, antaño picajoso, ahora condesciende. Hay que someterlo pronto, me digo, como a los demás. Mi silueta autoral aparece y se recorta a contraluz por el hueco de unos libros robados de un polvoriento anaquel. Pretendo ser la Medusa que le amilane, pero Carnero, aún vivo, no se llega ni a incomodar, por mucho claroscuro y tiniebla que me arrogue. Examina estas mismas páginas, vivisección, análisis, consecuente diatriba. Carnero espartaco esteticista, Carnero el novisisísimo, Carnero y yo cadáveres sin rumbo y rosas. El gran poeta se impone sobre mi (supuesto) mausoleo de irreverencia y me impide descalabrarle como a los otros muertos. Ha sido un apóstol intocable, versos beatos, en su altísima hornacina. Es muy posible que no sea exigencia externa, sino mero autocontrol. Los hechos probados son que, en esta MI confusa letanía, no se me ha dado potestad para maltratarle, y no sé muy bien por qué.
septiembre 14, 2024
Poema 7
Hay 7 partituras manchadas de sangre en tu tumba. Hay 7 versos recordando, los engranajes edulcoran, y parece un tiempo menos malo. Hay un sacrificio hueco cuando me despierto [a la hora que sea], un montón de intentos contra el cristal. Las victorias son humillantes e insignificantes: una puerta gatera que rechina. Un timo en la cultura, dense todas por aludidas. Enajeno. Surco mi cráneo con los dedos y sin sentido alguno. Nos quedan un millar de cigarrillos por fumar y la piel arde fácil. Hay 7 cosas malas para rezar. Y está bien así.
marzo 23, 2024
Postrecito especial
Escucha, amiga, esta historia tan triste y tan real. Nuestra protagonista tiene tantos nombres que no podemos darle uno que sea apropiado. Ojalá un paradigma, un símbolo, Justicia/Castigo/Venganza, que no fuera ridículamente pretencioso. Hay que salirse por la tangente. En cualquier cadáver exquisito, el cadáver es El Cadáver, es decir, las partes se sacrifican sin apego por el todo, así que podríamos llamar Sinécdoque a nuestra heroína, y santas pascuas. ¿Qué tal? Ocurrente, doctor. Ah, la vendetta femminile, dulce, cabal y explosiva. Supongamos que Sinécdoque Zunz, residente en calle Liniers, recibe una carta. Una carta informando del suicidio de su padre. Este sufrió una tropelía y huyó y sus enemigos se fueron de rositas y nunca, nunca lo superó, el pobre. En primer lugar piensa ejecutar su revancha con la escritura y publicación de un libro, uno que narre prolijidades, trapos sucios y secretos ocultos, y llamarlo Merci pour ce moment. Sin embargo, le parece un escarmiento manido. Solo funciona con famosos, casi ninguna editorial querría respaldar la vida insulsa de un paria desconocido. Además, cuesta un porrón escribir. Escribir interesante. Sinécdoque Gallo, ahora ecuatoriana con visado de estudios en USA, necesita algo más concluyente y expeditivo para resarcirse, una reacción lucreciana, y en lugar de buscarse un marinero sueco y fugaz, encuentra a un exmarine llamado John Wayne Bobbit y se casa con él. El fuckin’ sueño americano. Los primeros días el matrimonio fue anglosajonamente puntual: risas, un hogar, adopción del apellido del esposo y centros comerciales. Pero al poco tiempo Sinécdoque Bobbit se da cuenta de que el tipo es un bala perdida. Igual lo de John Wayne debería haberla puesto sobre aviso. La desprecia, la engaña con otras, la golpea y viola. Un hijo de puta de manual. Como hiciera Grisélidis, asume estoicamente durante años el agravio matrimonial, que se le hace cada vez más cuesta arriba. En el último momento, cuando estalla, empapada en sangre de cerdo, atranca las puertas del gimnasio con sus poderes telequinésicos y provoca un incendio que abrasa a todos los asistentes al baile. Y es que a la hora de contar un batiburrillo y no acusar dispersión, el ensamblaje de piezas dispares se vuelve esencial, y por eso en las dos sesiones iniciales del posterior juicio, Sinécdoque Bachmeier estuvo en silencio como si fuera espectadora de un programa de entrevistas. El asesino de su hija de siete años, Klaus Grabowski, acusado también de violarla, reconoció una parte de los hechos, insinuó que había sido seducido por la víctima y detalló los pormenores del tormento. El tercer día de proceso, Sinécdoque consiguió colar una pipa en el juzgado y descerrajó ocho tiros a Grabowski, de los cuales siete impactaron en su espalda y el octavo en el ala derecha del águila de Weimar que había tallada en el frontal del estrado. Esa misma noche, cuando acabó el rodaje, Sinécdoque Salander pidió al catering un bocata de calamares.
marzo 16, 2024
Palabras que yo todavía no sé
Los loros, en nuestro imaginario colectivo, tienen solucionados los problemas del lenguaje. Porque hablan, obvio. Pero también debido a que poseen el otro ingrediente indispensable que a nosotros, ajetreados sapiens, nos falta. No es la inteligencia. Me refiero al tiempo. Sabido es que los loros son eternos y que cuando nosotros llegamos al mundo ya estaban aquí. Eso les permite aprender, valorar y, en última instancia, autorrealizarse sin límite. El loro de Von Humboldt, por ejemplo, aprendió una lengua muerta. Sobrevivió a sus dueños, extintos tras recurrentes luchas territoriales con los caribes, hasta convertirse en el último hablante de su idioma. Cuarenta años después se lo encontró Humboldt en tierras del Orinoco, fresco como una lechuga, repitiendo a chorro palabras y palabras en lengua atur. Sin problemas verbales. Ni renales. Un papagayo sanote. Los alemanes de esa época estaban muy preocupados por el lenguaje. Novalis se moría por encontrar palabras que aún no conocía. Goethe navegó en la fecundidad de la palabra. Hölderlin descubrió su simbiosis catártica con la poesía. Richter derivó las dificultades hacia un conflicto particular con sus propias ocurrencias. Y mientras, el hallazgo de Von Humboldt, pico, color y plumas, de vuelta de la vida, del mundo y de las formas lingüísticas del extrañamiento. Otro caso distinto fue el loro de Reboiras, ejemplar patrio, que guardaba en su interior toda la Historia detallada y crítica de Castroforte, desde la época de los marinos efesios y las pesquerías romanas. Era un aedo con alas. Así se refería, más o menos, en las leyendas locales. El loro en GTB es enigma filológico en sí mismo. Su dueño, que era boticario, es decir, alquimista, solo necesitaba descubrir la Palabra Secreta que disparase el mecanismo recitativo del pájaro y dictase de pe a pa la crónica completa de la ciudad. Otra vez la Palabra como piedra filosofal. El vicio de poetas y glotólogos. La búsqueda sin fin del Verbo exacto. Ayer hablando de pedos y hoy de loros. Qué incorrección. ¿Dónde estaba el pasaje de la sola palabra que te gustaba tanto? Magníficas aves, che. Antaño fueron dinosaurios chiquititos. Su evolución se dio en muy pocas generaciones. Cosas de la longevidad. Aprendes idiomas, descartas adjetivos, te mueres siempre tarde. Los loros tienen tiempo para conocer palabras, clasificarlas y elegir cuidadosamente las que van a usar. Su economía de medios es entendida por nosotros, animales incapaces per se, como una incapacidad animal. No, no. Los loros han seleccionado muy bien sus palabras, las que repiten, porque han tenido tiempo de meditar y resolver. Han descartado lo superfluo. Han alcanzado la perfección comunicativa. Está clarísimo que Flaubert mató al loro de Félicité para que no acabara dominando las palabras mejor que él.
marzo 09, 2024
Palanganato
Cambiando de tercio, hagamos un panegírico. Pongamos las cosas en su sitio, que si La saga/fuga de J.B. es mejor que el Quijote, se dice y punto. Una vez levantada la polémica, departamos de esa logia masónica rosacruz, femenina y suigéneris, que fue el Palanganato. Si la letra P regenta esta no obra, la invención quizá más feliz de don Gonzalo tenía que estar. Estar en un no lugar privilegiado, quizás un estante, voy improvisando, del cuarto de trabajo de papá Perrault. Cada vez que Ravel viene de visita y cierra la puerta tras de sí, la saga/fuga cae al suelo inevitablemente, como la razonable y por lo mismo loca Gramática de Andrés Bello. La retranca de Torrente Ballester era insuperable, pero ahí andamos, probando. Fue Lilaila, una de ellas, Barallobre seguro, quizás a fines del XVIII, la que trajo desde Austria el rito rosacruz a Pontevedra, que ya no engañamos a nadie con lo de Castroforte, ¿eh, Gonzalito? Cuando la Restauración, el juez fernandino de turno condenó a muerte a Lilaila por algo de una bandera premonárquica, a lo Mariana Pineda, aunque es evidente que lo que deseaban los próceres de la tardocontrarreforma era aniquilar los ritos masónicos mujeriles. Hasta aquí la ortodoxia. Resultó que la mártir aún tuvo tiempo de recibir la visita de su nieta Celinda, de doce años, en su celda y transmitirle punto por punto los fundamentos del conciliábulo de féminas. Pero. Nótese por su aislamiento una función adversativa de primera categoría. Pero. Donde Lilaila enunció palingenesia y metempsicosis, Celinda entendió palanganato y escopetástasis. Y bueno, durante el siglo XIX esta logia local fue un despropósito completo. La tía Celinda no es que hiciese lo que pudo con los mandamientos de la yaya, sino lo que le dio la imperial gana. Seguiría dando datos. Destripando, vamos. Sin embargo creo haber despertado curiosidad suficiente. Al menos entre los devoralibros más intrépidos. Ataos los machos, que esto del Palanganato debe tratarse como del uno por mil del total de lo que pasa en este don Quijote mejorado. GTB. Retranca. Palingenesia. Escopetástasis.
marzo 02, 2024
Precios, frecuencias y variedad de los servicios
Fueron marionetas y pagodas, pero podrían ser estorninos y lampreas. Al trenzador le bastan unos pocos mimbres para tejer la gran malla del arquetipo universal. El resto son o bien modas, o bien alardes. El viaje de retorno a ninguna parte necesita, se diría, de poco más que un viejo pescador y la superficie estentórea del mar. El amor, ya sea contingente, pansexual, puro y flamígero, autocrático, incluso abúlico, dependerá no obstante de precios, frecuencias y variedad de los servicios. Un vistazo a la luna llena a través de la niebla da para fundar una patria. Suele ser algo natural, como la decadencia. O confitado en aceite de venganza. El camino empieza, con héroe o sin él, porque al cabo de la obra alguien quiere tallar trochas en los bosques calcinados y liberar de encajes, quizá, a las guardianas del fuego de Vesta. Exigen su príncipe y su doppelgänger mendicante, la receta del bizcocho de la abuela, el olor mortal de la aldea arrasada por el aliento rojo del dragón. Solamente la triste estupidez, enemiga marmórea del arte, vuelve ancianos a los caminantes, los muda en cerriles del planteamiento, nudo, desenlace. Yuxtaposición, circunloquios, scherzos. Collage y cajas chinas. Metatexto. Paratexto. Contexto. Ultratexto. Pretexto. Cualquier rugosidad les viene grande. Cualquier guisante los desvela. Más allá de su cansancio perenne está Oulipo boca arriba, pero ellos son funcionarios de la censura. Podrían imaginarse a Marsias fallando un re bemol, pero acaban soñando con dios hecho hombre hecho monito rosado hecho bacilo de Koch, en aseada catábasis. El trenzador de hoy mira internet y es frugivorista. Trabaja diez horas en una oficina alienante a cambio de no llegar a fin de mes, por lo que confecciona unas pocas cestas que no van a tener asas ni orificio de entrada ni capacidad traslativa. No quiere distinguir su realidad, sino alternar con la vuestra. Desea empujar, tour de force, al caminante. Hay que irse acostumbrando. Amour fou, soft porn y derecho de retracto. Hace siete mil años un rapsoda se rebeló contra el poder, mató al padre ausente, amó como nadie jamás habría de amar, ironizó del narcisista con cilicio. Sin saberlo estaba inventando la literatura. El juego más inocente y el más peligroso, el juego de las palabras escritas y su lectura. Un pacto con el diablo disfrazado de temor de dios. La ouija del autoconocimiento. Será vuestra indómita disconformidad la que consiga hacer del trenzador de historias un pionero. Hace un siglo que se os invita a terminar la obra. Aunque en cada época el artisteo ha sido mitad puta, mitad santa, hoy se nos nota como nunca. When you call my name it’s like a little prayer. Si pensáis que no quedan arquetipos que fundir, es que no estamos a lo que estamos.
febrero 24, 2024
Pagodas y marionetas
La señora D’Aulnoy se acercó a la taquilla y pidió entradas para el pase de las 18:15. Una reposición del Cocteau de posguerra. Sin determinar. Le daba igual. Cocteau parecía un tipo interesante. Compró un combo de palomitas con coca-cola y añadió una bolsita de discos de regaliz rojo, de esos que estiras y estiras y están tan ricos. Al entrar se dejó acariciar por las candilejas. Subió por el pasillo lateral con diligencia. En la sala había cuatro gatos, los mininos habituales. Se puso cómoda en una butaca del fondo y el chaquetón fue a parar a la de al lado. Le gustaba quedarse atrás, no al final del todo, pero casi. Después, en el cinefórum, nunca deseaba tener demasiado protagonismo. Estaba dispuesta a no participar, que se conocía y acababa a la gresca con cualquiera. En la última fila había una pareja dándose el lote sin reparo. La señora D’Aulnoy no pudo evitar sentir un pellizco de envidia. Por delante tenía no más de seis cabezas repartidas por el campo visual. Le recordaban a aquellas figuritas chinas de porcelana que tenía en los anaqueles del salón su abuela, la de Poitiers. Pagodas, los llamaba. Extasiada por esa idea, se relajó. Arriba, la pantalla y su blancura se volvieron grisáceas cuando las luces se apagaron por tramos, lentamente. Los anuncios del movirécord también la distrajeron de sus obsesiones. Llevaba días rumiando el mito de Eros y Psique. Esperaba encontrarse una película bélica que por supuesto Cocteau no había hecho jamás, no sé, tipo Dunkerque de Nolan, para desconectar. No hubo suerte, claro, y en vez de aquella de la reina y el anarquista, que hubiera sido más sutil e interesante, pusieron La Belle et la Bête. Le pareció una peli demasiado teatral, demasiado peluche, demasiado ensimismada. Se maravilló, eso sí, de las estatuas y los brazos sirvientes sin cuerpo visible. Y del humo. El diabólico humo, señores, por el culo. Las similitudes con lo de Psique eran, sin duda, de primer orden. A esas alturas de la película cualquier historia parecía parte de la misma historia. Así que decidió dejarse llevar y darle más tarde una vuelta de tuerca al asunto y escribir quizá sobre marionetas arrasando una playa de pagodas. La parejita de la última fila seguía erre que erre en su confusión de manos y baba. La señora D’Aulnoy se giró varias veces en la oscuridad cuando el pellizco de envidia se le fue a colocar entre las piernas. La película acabó sin pena ni gloria. Tras los créditos, las candilejas se prendieron. Un hombre muy, muy viejo de la primera fila se levantó y dio las gracias en nombre de la organización y del propio Cocteau, que no había podido asistir. Iba vestido con una sábana. Empezó la charla, cómo no, mencionando El asno de oro. Hablaba con familiaridad de esta obra, origen de tantas otras, dijo. En ella estaban ya la magia, las hermanastras odiosas, la servidumbre invisible, el secreto asediado por la curiosidad. Al acabar su discurso, cedió la palabra a los demás asistentes. Del subsuelo salió la cabeza de papá Perrault, que había estado hasta entonces hundido en su butaca. Pidió permiso para hablar y centró su intervención en la contraposición existente entre la divinidad de Eros y la humillación de Bestia. Mencionó a Barba Azul, el cual sin ir más lejos también arrastraba su condena de maldad y colgaba esposas como quien desgarra ciervos. La distancia entre la belleza de Cupido y la fealdad del derivado moderno tenía algo freudiano que cabría analizar. También mencionó que Bella poseía a su vez aspectos de Antígona, de Grisélida, de mártir a merced de los tetrarcas. Una chica rubia de la tercera fila le dio la razón. Objetó, no obstante, que la invención naïf de Straparola-Villeneuve —así llamó al famoso relato, en tono despectivo— no alcanzaba su culminación hasta la aparición de la figura de King Kong, ya en el Hollywood años 30, la auténtica fiera que todos teníamos en mente. Acabó su intervención con un grito de pánico que no venía a cuento. Perrault estuvo de acuerdo, pues siquiera la terribilità de su Barba Azul podía compararse al contraste exquisito que se da entre la atrocidad inherente y la superprotección incomprendida del gran simio con respecto a la chica, atendiendo a una lectura social, es decir, en tanto sujeto marginado y atacado por la turba fascista. Walt Disney le arrebató la palabra entusiasmado para recordar que fue él, en el 91, quien hizo hincapié en esta dimensión y que si Bella, ahora y entonces, era una evidente metáfora de la Francia ocupada, no estaba tan claro que la Bestia simbolizase el nazismo, y para encarnar ese papel abominable tuvo que sacarse de la manga a Gastón y la caterva aldeana y ponerlos a perseguir judíos. Aquí la señora D’Aulnoy, bastante molesta con el comentario, se alzó en armas. Vamos a ver, buzo de lavabos, en 1991 tú estabas muerto y congelado, le escupió a la cara. Todos se giraron. Disney se quedó a cuadros. La chica rubia y el viejo de la toga apenas podían contener la risa. Ahora ya sabía este yanqui quien era la señora D’Aulnoy. Para calmar los ánimos, tomó la palabra un irlandés corpulento y barbudo, el cual llamó la atención del grupo en que estas fábulas trataban de desmentir con pragmatismo que la belleza exterior correspondía con un corazón puro, lo que las alejaba del original romano, piensen si no en los vampiros, esos aristócratas asesinos de modales exquisitos. Polidori, desde su butaca, asintió con vehemencia. El irlandés continuó su discurso, coherente al principio, pero acabó despotricando de John Darham, Anne Rice, Jack Palance y el Coppola que los parió a todos por haber convertido la pura maldad en un pastiche tardorromántico condenado a dar alas a esa ignominia familiar del crepúsculo y demás variantes. Polidori, entusiasmado, iba a decir algo, pero la desatada señora D’Aulnoy se adelantó: vamos a ver, almas de cántaro, ya está bien de obviar la figura esencial del mito, que no hacéis más que andaros por las ramas. No habéis mencionado a Venus ni una sola vez, porque, que yo sepa, en la Bella y la Bestia no hay más que un vago hechizo que pesa en exclusiva sobre el macho, pobrecito. Que tenga que recordaros que la mala del cuento es la putodiosa del amor, que dispara su maleficio venéreo exclusivamente a la mujer, que os habéis caído del guindo ahora y os creéis que se casó con Marte porque los que se pelean se desean. Esos castigos divinos son lo mollar del relato, junto a la venganza de Psique, y se modificaron con el tiempo porque el centro del universo tenía que ser el tío, el maromo, el gañán, el que a pesar del pelo ostenta la polla, y no, nunca, jamás la loca del coño, que aparece como una doña perfecta mojigata. Se hizo un silencio, esta vez sin risas. Los presentes la miraban como las estatuas de Cocteau. Alguno echaba humo. En mitad de esa incomodidad general, la pareja de la última fila aprovechó para bajar por el pasillo lateral, cogidos de la cintura, saludando entre dientes. Cayeron todos en la cuenta de que eran Vitti y Antonioni. Tenían que haberlo sospechado. El viejo de la sábana dio por terminado el cinefórum, si nadie tenía nada que añadir, y les convocó al siguiente ciclo, el mes próximo, que iría sobre el cine fantástico de Guillermo del Toro. D’Aulnoy masculló que eran marionetas de las opiniones dominantes y que ella prefería los pagodas de su abuela, que por lo menos estaban quietos y callados. Se puso el chaquetón y siguió a la parejita feliz fuera de la sala. Era casi de noche. Entró en el primer bar abierto que encontró a beberse un par de gintonics cargaditos. Dunkerque. Tenía que haberse quedado en casa y buscar en qué plataforma estaba Dunkerque.
febrero 17, 2024
Paredro
Está junto a mí, sobre mí, debajo. Sé quien es por el siglo que he tardado en conocerme, aunque apenas todavía le conozco. Es mi cuerpo, es otro cuerpo en este lugar, un alter ego sin nombre ni espejo en el que entrar y diluirse. Es él, sentado a mi derecha en el tren como yo tres filas atrás en el cine y somos cuatro hemisferios en total bregando contra sesenta y dos cabezas completas. Es el que pide altanero castillos sangrantes cuando solo me apetece zumo de naranja. Me pone más zancadillas que nadie por metro cuadrado, compra los libros que no voy nunca a leer, socializa en las animadas salas de los restaurantes mientras asisto a dichos almuerzos con desteñida desolación. Se aposenta de cara al mundo presente del mismo modo que yo me acomodo de espaldas a quintas dimensiones. Es mi autor, su papá Perrault, tu madre la oca. Alguien que echa paladas de sombra a la oscuridad, vaya ocurrencia tardogótica, Hulio. Tanta metaliteratura para esto. Hubiéramos preferido una tanda de ocurrencias ya plenamente pop: es el que maneja mi barca, es el que mece la cuna, es el guionista fantasma de Avatar, es la momia del loro de Barnes. El esclavo de mi propio torpe albedrío. Pared con pared, enemigo siamés, trastorno disociativo. También tengo referencias prerrománticas, para los muy nostálgicos, a saber, Novalis en la mina, Wollstonecraft vindicante, Polidori y su vampiro, incluso el mismo loro seco de antes, pero en el cuento de Flaubert. Una hermandad íntima del quiero y del no puedo. Vuestro confidente y portavoz. El otro, nadie, ninguno, nada. Para aceptar a tu sosias nabokovsiano necesitas aprender a leer, ya no entre líneas, que se presupone, sino entre almas, y eso, señores míos, huele a deus ex machina que tira para atrás.
febrero 10, 2024
Poesía al cuadrado
Hace algunas páginas abandonamos los cierres cinematográficos sin motivo aparente, como también dejamos de hablar de instrumentos de tortura. Rasgo número uno: los movimientos de este texto son por entero brownianos. Recomendamos pues al lector cinéfilo que regrese al regazo del rechoncho Hitchcock y a los sayones presentes que apliquen, siempre que fuera posible, la clemencia del retentum. Rasgo número dos: la piedad y la ternura de este libro serán siempre juzgados in absentia. Lo nuestro, pero no tanto lo nuestro, sino lo de ahora, es la revisión de los clásicos. Su mise en boite, su destrozo impío, su absorción rococontemporánea. Por eso encontraréis príncipes vueltos del revés como calcetines, gatos lenguaraces arrojados a los perros, pagodas de segundas vanguardias desfilando por las calles de París. Rasgo número tres: no se cimienta esta obra sobre estructuras burguesas, sino en lo que llamamos los lexiconautas dispersión de estilo. La niebla, el rompecabezas, las omisiones y el dislate son, en síntesis, la materia estética de estos escritos. Antepondremos la ocurrencia a la reflexión siempre que la reflexión no se anteponga a la ocurrencia. Rasgo número cuatro: la idea golpea a la poética, la poética corta al referente, el referente tapa la idea. No sabemos qué pinta Barba Azul rascándole la espalda a Erzsébet Báthory. Es inexplicable que hayamos mencionado a Drácula solo de pasada. No tenemos ni zorra de por qué a Ravel le gustan tanto las manzanas fuji. Y, por supuesto, jamás revelaremos la identidad secreta del ama de llaves de papá Perrault, información que podría hacer estallar una revolución en Francia. El juego ya lo era todo en Torrente Ballester y aquí, en esta escuela, somos muy obedientes. Rasgo número cinco: el compromiso para con el lector por parte del autor es de una sólida debilidad y quedará, de este modo, en las cuatro manos de ambos fijar los límites y redactar las cláusulas del pacto ficcional. Hay que terminar de imaginar, enlucir las fronteras apenas esbozadas, arrojarse desde el campanario, pensar mal, acertar, suponer y desdecirse, hay que sublimar las minucias, mitigar los hallazgos, ejecutar una poesía elevada al cuadrado que sirva de jergón a las lagunas de la trama. Rasgo número seis: los jirones y harapos de esta última no podrán ser en modo alguno motivo de reclamación por parte del lector, ni el autor estará obligado a resarcir a nadie por efecto o causa de dichas carencias. Como diría Umberto Eco, al ser este libro descomponible e intercambiable, carecerá por completo de interés y mataremos así al dragón. Esto último no lo dijo Eco, sino San Jorge. Rasgo número siete: cómprese usted un glosario de mitos griegos (y bíblicos, claro), porque no lo podemos evitar. Asterión es mi pastor, nada me falta. El objetivo, si es que hay alguno, es convertir las no mythologies to follow en mythologies de pleno derecho. Si D’Aulnoy hablase de perritos de aguas, los contrapondremos a la náutica de Aurora Luque. Si Madame de Beaumont escribe sobre los tres deseos, nosotros esparcimos trazas de Tilda Swinton en 3000 años esperándote. Si papá Perrault despacha casi con desdén lo que debió ser una complejísima probatura del diminuto zapato de cristal en los pies regordetes de cada hermanastra, el tratado noir dedicado a la tradición secular del uso de brodequins en Europa durante los siglos XV a XIX va a ser del tamaño de varias tesis doctorales. Rasgo número ocho: ningún exceso es suficiente. Nuestro texto es, en sí mismo, un espectro de Brocken. La deformidad y desproporción se atendrán, no obstante, a las normas euclidianas. Esta inequívoca incoherencia no es tal si tenemos en cuenta los trastornos obsesivos del autor, la cantidad ingente de correcciones, ubicación y supresión de comas, control exhaustivo de plagas de polisíndeton, retorcimiento, arruga y fundición de planteamientos, que en conjunto harían imposible llevar a término la opereta. Por eso se estructura, como viene siendo habitual, en cien lustrosos cañaverales de palabras, que podrían llegar a ser más que las canciones de Schubert si no ejercemos la violencia de la poda a sus ínfulas de acanto. Rasgo número nueve (last but not least): la música es lo que mueve este mundo. La música de las esferas activa los cielos. La música de la calderilla envilece a los hombres. La música de Ravel determina lo escrito. Si no te gusta la gran música estás a tiempo de irte a leer el próximo premio planote o el último serial de don Arturo. Y hasta aquí mis instrucciones. Vale.
febrero 06, 2024
Todo gratis, ¡to pa mí!
Las BiciMad volvieron a ser gratis durante unos meses, justamente un poco antes de que empezarán las elecciones de nuevo. Toda la gente, sobre todo las jóvenes, lo usaban mucho. Ya sea para ir al curro, ir a la compra, dar una vuelta con tus amigues, hacer carreras ilegales absurdas o dar una vuelta por el barrio porque quieres despejar la mente. Lo importante es que era gratis y se usaba mucho.
Cuando pasaron las elecciones volvieron a ser de pago, otra vez. Pero esta vez ya no tenía gracia, no podía ser que te dieran algo gratuito para después ponerlo de pago y encima más caro. Mucho más caro. Ahora la vuelta del curro sería más larga y tediosa. Esta vez la gente no empezó a hacer tik toks haciendo el meme de echar de menos las bicis, sino que las boicotearon. Si yo no puedo usarlas gratis, no va a poder usarlas nadie. Al principio cortaban los frenos, rompían los radios, quitaban el código QR o las quemaban, cada persona hacía cosas diferentes. Y todas ellas se empezaron a hacer virales por redes sociales para que pudieran coger ideas las demás.
El gobierno no sabía que hacer, no quería poner las bicis gratis, aunque ya era tarde. Empezaron las manifestaciones. Estas manifestaciones no las llevaba ningún sindicato ni partido, era gente normal hasta el coño de todo. La pancarta ponía "Esto pa mi. Esto pa ti. Esto pa todes" con este eslogan declaraban que todo lo que debía de ser gratis, iba a ser gratis. Las casas, la comida, el ocio... todo iba a ser gratis a partir de ahora.
La gente empezó a okupar casas, a robar en supermercados, a colarse en eventos de pago. Todo iba a ser gratis les gustase o no al gobierno. La diversión se hizo política por primera vez. No pedían pan, querían comer lo que les apeteciera. No pedían dignidad, el trabajo no dignifica. No pedían derechos, iban a crear los suyos propios con sus manos desnudas.
La diversión era el lema de toda esta revuelta, obviamente una diversión gratuita. ¿Y que les parecía divertido? Hacer disturbios. Los disturbios empezaron a normalizarse en todos los lugares de España, esto era imparable. Nadie puede parar la diversión. Cuando alguien quiere divertirse no habrá ni policía ni gobiernos que los puedan parar.
La única manera de parar esto no era poner gratis BiciMad, eso ya era secundario, exigían divertirse gratis. Lo que hicieron es pagar a muchos youtubers e influencers para crear un contenido nuevo hablando de diversión gratuita, pero fuera de la ilegalidad. Con el tiempo sofocaron la revuelta y ya quedaba poca gente queriendo hacer cosas ilegales, que fueron detenidos, incluso desaparecidos. Ahora lo que era divertido era lo que decían influencers o eventos que montaban, que eran financiados por el gobierno para parar todo. Vuelta a la normalidad. Vuelta al aburrimiento. No tardaría en estallar todo ya que la diversión era algo que nunca pararía, la diversión reventará este mundo.
febrero 03, 2024
Piña, papaya, paraguayo
Hay fruta. Mucha fruta. En los banquetes reales. En los trucos de las hadas. En las alacenas frugales. En los predios de los latifundios. El gato con botas gustaba más de la carnaza. Perdices, faisanes, liebres, hasta gorriones si andaban al descuido. Era un gato, pues, qué esperaban vuesas mercedes. Aún así, algunas veces le pillaron los chambelanes del marqués comiendo fresas con delectación de minino sediento. Lo de los ogros es harina de otro costal, porque no solo huyen por norma del frutero y abrazan sin reparo la chicha cruda, sino que además necesitan que el filete proceda, sí o sí, de un menor no tutelado, para no perder el paladar. Aquí los comefrutas somos todos primos de simio: príncipes, ancianas, leñadores, doncellas. Una reminiscencia arbórea, milenios de recolección aérea en el ADN. ¿A qué hijo de vecino no le complace una tajada de melón o un zumo de naranja? ¿Dónde fue a parar el placer clandestino de subir por las ramas a robar cerezas? Tampoco las hadas hacen ascos a los frutos sabrosos. La piña, la papaya y el paraguayo, entre sus favoritos. Y tienen que venir por avión, que los reinos de fantasía quedan lejos para los barcos, imposibles por carretera, y la fruta no conserva su tersura original y llega mustia a los ágapes. En realidad el comercio aéreo internacional de fruta lo gestionan emporios de hadas, con sede en ciertos áticos indeterminados entre la City y Kensington Park. En los almacenes de los aeropuertos se les tiene mucho respeto a las hadas de la fruta y nadie se atreve nunca a almorzarse ni un lichi aunque sus supervisores estén despistados. Os interesará saber también que a Papá Perrault le gustan las peras confitadas. Su ama de llaves las tiene muy dulces y jugosas, a pesar de estar fuera de temporada. Monsieur Ravel, por su parte, es un hooligan de las manzanas fuji. Ya le conocéis. No hay constancia de que el músico tuviese problema alguno con las peras, todo aquello son habladurías, pero sí es sabido y proverbial que Perrault no soporta las manzanas, por alguna fijación bíblica tal vez, y que por eso tiró de ruecas en sus cuentos. Algún crítico aburguesado, enemigo del autor, documentó en círculos oficiosos una famosa riña que mantuvieron Cenicienta y la Bella Durmiente por la sustracción e ingesta de un mango maduro. Ocurrió una tarde triste de noviembre, cuando las dos eran roomies en un castillo de los suburbios. Mientras Perrault, responsable legal, tomaba destilado de grosellas en una taberna del barrio, Bella se levantó hambrienta de una larga siesta y le robó el abultado manjar de la nevera a Cenicienta, que por culpa de la madrastra se había vuelto frugivorista a la fuerza. El viejo volvió tarde y borracho al castillo, cuando ambas ya se habían arrancado los ojos la una a la otra. También es digno de mención que tanto los pagodas como los oompa-loompas se alimentan exclusivamente de bananas.
enero 27, 2024
Préludes
El assez lent et trés espresif de 1913 es tragarse a Ravel entero. Minuto y medio para darse un atracón sin tener que tirar de almax, como con Dafnis y Cloe o Gaspard de la Nuit, que son platos contundentes. Esto es cuñita de pélardon, tomate trinchado y copazo de tinto. La sinopsis de la dieta mediterránea. Por el contrario, el arranque de Le Tombeau de Couperin resulta deliciosamente hipnótico, un dejarse caer por los salones de moda, devaneos de musas quizás algo obesas y nadar, nadar en un aperitivo entre el dulce y el salado, no sé, quizá un canapé de tomme con la mermelada de cerezas justa. Dicen las malas lenguas que Ravel destruyó en su juventud tantos preludios como fugas, por académicos, rígidos y reaccionarios. Y que comía manzanas fuji hasta el empacho. Pero las malas lenguas son como las buenas y mienten. No puedes dejar que las habladurías te atraviesen de nostalgia por escuchar cosas que nunca existieron más allá de unas tardes de trabajo y unos garabatos en la pauta. Qué insano. Juegos de agua (mimolette), el concierto en sol (livarot), la silueta de Don Quijote declamando versos a Dulcinea, palabras que serían las últimas (reblochon). ¿Acaso no es suficiente la realidad sin tener que echar mano de lo posible? ¿Es que queda algún fermento lácteo por redescubrir? Dejemos el sucio husmear por entre archivos inmaculados y cavas olorosas para los sabios tañedores y los gastrónomos anacoretas. Vivamos, mea Lesbia, aquello ya pertinentemente catalogado. La vida es un prélude a la inexistencia, un calentamiento para la danse macabre de los que nos precedieron, que será la nuestra, la de Ravel, la de Quijote y Cartouche, la de Pizarnik, Barba Azul y Báthory, el fin de los inocentes y de los culpables, el severo regreso a la nada. La vida es la exuberancia adolescente mirándose al espejo. El sabor amplio del chabichou. El clave bien temperado. Si alguien me preguntase qué es para mí la muerte, diría no escuchar más Ravel, pero la verdad es que lo que más me joderá, egoísta de mí, va a ser no volver a catar el queso.
enero 21, 2024
El padre invisible
La navidad es como ese poema de Bukowski en el que relata lo triste de la sonrisa de su madre, y ella le insiste: «sonríe, Henry, sonríe». Todo es más húmedo y frío en navidad cuando no tienes guantes. Acudes a las cenas y citas familiares con una sonrisa y es la sonrisa más triste que jamás han visto nunca. Y si no sonríes te preguntan: «¿por qué no sonríes? Si es época de sonreír».
A mí me revienta que haya una época de sonreír. Intento mantenerme firme, pero no puedo más que tiritar pensando en lo que viene. Solo hay una época del año en la que los gritos y la culpa se multiplican por cinco. Solo hay una época del año en la que siento miedo a parecerme a mis dobles: y agarro mi humanidad lo más fuerte que puedo, pero se me escapa, es que se me escapa...
Aún recuerdo ese día en el que el amigo invisible de mi tía se gastó el dinero del regalo en alcohol. Luego vinieron los berridos, las amenazas, los animales y todo el arca. Solucionó el tema más tarde comprando tres euros de golosinas. Los tres euros que necesitábamos para comprar la fruta, los robó de la cartera de mi madre y le dijo a mí tía: «toma, tu regalo».
Y todos contentos, y todos felices cantando villancicos. Y yo, con la cabeza gacha y mi sonrisa adolescente de empleada temporal de Pans&Company, entonaba un tímido canto frustrado de sirena anulada. Y supongo que parecía feliz también.
Beth Lázaro
enero 20, 2024
Produite et mise en boite
Esta reflexión/viaje/ceremonia también está enlatada. Procuraremos que el lector pasivo se sienta cómodo durante la visita, con su bata, su café con leche, su cara de dormir siempre poco, su pereza intrínseca. Produite et mise en boite. Envasada al natural. Comencemos. A principios del siglo XIX, Bryan Donkin abrió la primera fábrica de latas de conserva en un hangar cochambroso de Bermondsey. Cien años después, Gabriel Mourey invocó al espíritu del agreste Pan para escribir los versos de Psyché. Ocho meses más tarde, Claude Debussy se encontraba en un burdel de Argenteuil con una puta cantarina y pensó por primera vez el tema descendente de Siringa. Cuatro años y medio antes, Michel Fokine leyó por primera vez a Longo. Tras la Gran Guerra, Maurice Ravel orquestó en Fa mayor una tarantela que al piano estaba en Mi mayor. Dos décadas antes, un luthier de Huancayo fabricaba con sus manos encallecidas la que iba a ser su mejor zampoña. A tres semanas de la erupción del Vesubio, un tallista pompeyano esculpía bajo un techado de paja un fauno lascivo en piedra caliza. En 1866, el folletín El Nacional publicaba Las Geórgicas de Virgilio, en traducción de un tal Juan de Arona. Anteayer, tres miembros encapuchados de Acción Poética Conquense dejaban en un muro del Paseo de San Antonio la siguiente pintada: AL PAN, E-300 Y AL VINO, SULFITOS. Mucho antes de eso, Juan Varela blanqueó a los piratas sodomitas en nombre de la moral heteropatriarcal, mintiendo que secuestraron a Cloe (hembra) en vez de a Dafnis (macho). Décadas después, un escritor alto y con barba, amigo de Alejandra Pizarnik, escribió que solemos perdernos en cañaverales de palabras y cuanta razón tenía. Medio siglo más tarde de lo de Mourey, concretamente a las 16:27 del 2 de marzo de 1961, el artista conceptual Piero Manzoni se sentaba en un inodoro de Milán con el estómago algo revuelto por el atracón de polenta del mediodía.
enero 13, 2024
Palinuro
El día que Virgilio asumió el encargo, no pensaba que tendría que cargarse a nadie. Quería salvarlos a todos en la travesía, que ya bastante jodidos venían de sobrevivir al asedio de Troya y demás desastres de la guerra. No obstante, bisnes son bisnes, tuvo que hacer algunos cambios. El mantuano nunca olvidará la visita del dios de los mares, una noche queda, cual fantasma de los solsticios pasados. Estaba en camisón y gorro de dormir, comiendo fruta en su triclinium, cuando entró Neptuno sin llamar, vestido como un comerciante de navajas de afeitar, traje raído, sombrero chicago-años-veinte y un maletín esposado a la muñeca. Se sentó en una silla sin pedir tampoco permiso, con el ominoso maletín en el regazo, y fue al grano: Mira, Virgilio, hemos leído el borrador que remitiste y tenemos algunas dudas. ¿Dudas? Sí. ¿Qué dudas? Pues básicamente que no hay sangre. Tienes que matar a alguien. Hombre, ya los mató Homero a casi todos en la precuela, para qué voy yo a… El jefe quiere al menos un fiambre importante. El mercado manda. No puedes negarte, dijo Neptuno. ¿Pero el jefe no eras tú?, se rebeló Virgilio. Neptuno movió los ojos furtivamente un par de veces. No te salgas del tema, Virgi, queremos un cadáver. Voy a matar a Anquises. Ese no cuenta. Es viejo. Cárgate a uno más joven. Si no hay fiambre no hay pasta. Está bien, mataré a Eneas, que me cae mal. Neptuno alzó una voz de marejada. ¿Estás putoloco, Virgilio? No puedes matar al prota, que esto no es juego de tronos. ¿Cómo que el prota? Lo que oyes, Eneas será el prota. Y tamborileó impaciente con los dedos sobre el maletín. Virgilio iba a protestar, pero sintió un tifón recorrerle el espinazo. ¿Entonces a quién me cargo? Matas a Palinuro y no se hable más. ¡Palinuro es el piloto, Nep, sin él no fundarán Roma en la vida! Añade más barcos. ¿Cómo que más barcos?, ¿qué arreglo con eso? Así alguno llegará. Hubo un silencio. Mira, Virgi, si quieres estar en el candelero tienes que hacerme caso. El jefe quiere a Palinuro, ¿no?, pues tú se lo das. El cómo ya es cosa tuya. Tienes libertad. Pero… si…, balbuceó el guionista. Palinuro, Virgi, Palinuro, no seas plasta, atajó el dios caminando de repente hacia la puerta. Ah, y también queremos que metas a Escila y Caribdis. Es nuestra última palabra. Virgilio guardó otra vez silencio mientras lo miraba marcharse. Al final dijo: Oye, Nep, espera, ¿qué llevas en el maletín? Lo de siempre, contestó Neptuno sin girarse apenas, el tridente plegable, mi kit de escollos traicioneros y una bolsa de terribles tormentas marinas. Y se marchó con viento fresco. Virgilio tragó saliva. Se quedó, reclinado como estaba, mirando la puerta. Si el mejor piloto del Mediterráneo sucumbía, toda la narrativa se vendría abajo. Luego se reclinó más para quedar mirando al techo. Reflexionó hasta que unas lágrimas se le extraviaron de los ojos, mar a través, por las mejillas. Palinuro le caía bien, mejor que Eneas, el muy estirado. Sería durísimo reescribir toda la Pulinuriada. Y añadir naves. Joder, ¿cuántas? Tendría que cambiar hasta el título, nada más que por exigencia de Neptuno. Eneida sonaba fatal. Se durmió pensando que si quería cobrar ese guion iba a tener que afilar la olivetti y capear el temporal.
enero 06, 2024
Polenta
Madame d’Aulnoy también fumaba Apuleyos, uno tras otro, a su manera. Donde había una hermosa doncella eclipsando a Venus Murcia puso a Laideronnette. Se cepilló a los sirvientes etéreos y los cambió por pagodas de porcelana. Donde estuvo el dios Cupido, colocó un reptiliano embrujado. Y es que ese cuento del serpentino es como poco el reverso tenebroso de Eros y Psique, ya sabéis, lenitivo para quien desespera, talabarte acusador, será nieto de Marte cada hijo que paras. La vieja psicología pretende la luz sobre los amplios linajes del hombre, pero en lo más profundo de sí misma no ama al dios sino a la oscuridad, la noche oscura del alma, el memento buffandi de un listado de leguminosas, su apólogo o visión. Tenía anotado también algo sobre las hormigas, pero no recuerdo para qué. En compensación daremos cuenta de Venus Myrtea y sus querencias de suegra jardinera y arisca. Cuando la diosa se entera de que el alma castigada ha ostentado el metamor de su propio hijo, dispensa una orden de busca y captura, ofreciendo la recompensa habitual para con quien entregue a su nuera, esto es, un polvazo de alto standing con la divinidad requiriente. Aquí D’Aulnoy se marca otro de sus fantásticos trucos de magia, puede que por efecto del doble cero que se ha fumado o por influencia directa del nigromante de guardia: los trabajos venéreos que planeó Apuleyo para la esclava Psique acabaron siendo los locos castigos de la malvada Magotine. Legumbres, rocas, pastelitos de polenta, jarras sin fondo, un totum revolutum de malditismo surrealista, cosas de dioses y sus venganzas, travesuras de las hadas, cuentistas y su vanidad. Qué buen arroz con lo que había en la alacena, qué potaje sabroso con sus ingredientes en crudo. Acabo de recordar el porqué de las hormigas. Cuando trabajas para el hormiguero, has de acostumbrarte a la oscuridad.
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«(...) my name is Jorge Regula. I'm walking down the street. I love you. Let's go to sleep .» The Moldy Peaches. 'Jorge Regula...
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Cuando me fui del mundo debía tener 9 años. Lo siento. Desde entonces habito detrás de mi cuerpo, un poco a la izquierda, y algo más por enc...
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CAPÍTULO 0: MUERTE EN EL DESIERTO Año 1997. "¿Cómo hemos llegado a esto, Santo?", dice Jonás "Vacuna", el Santo se limit...