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abril 23, 2026

Dame sal

 Primer post de CatBallou por estos lares. Don't believe the hype.


DAME SAL

Hacerse la distraída puede ser un arma de doble filo. A veces es útil para justificar cualquier desidia, y suele venir bien para saltarse el brócoli, escaparse de una bienvenida o zamparse como quien no quiere la cosa todos los azucarillos. Sin embargo, una distracción demasiado fingida o pretenciosa puede acabar francamente mal si se monta en una inercia, pues al segundo siguiente, a lo tonto, han pasado cinco años, seis trenes, un enjambre, y la sensación de no haber comprendido el significado de la elipsis temporal. Y tal.

Fue entonces cuando apareció Ana. Abreviatura de Anaclastifichineriastila, pero nadie la llamaba así, salvo su madre, que había elegido el nombre y jamás se había arrepentido, por mucho que diga algún canalla. Ana venía vestida con una chaqueta que parecía un collage de plástico de colores y calcetines imposibles que olían a goma quemada. Yo estaba sentada, mirando un libro que no leía, y ella empezó a olisquear la habitación como si fuese un detector de minas, pasando la nariz por la mesita, el suelo y finalmente por mí.

—¿Puedo ayudarte? —dije, porque eso es lo que se dice.

—Dame sal.

No me dijo “por favor, puedes darme un poco de sal que me hace falta para a mí que me importa”. No. Solo dijo: Dame sal. Y le di sal, claro, porque así se piden las cosas cuando realmente hace falta hablar. Sin rodeos molestos. Con olfato.

Al día siguiente volvió. Oliendo. Metiendo la nariz por cualquier hueco que le parecía interesante. Pasó la barra de metal de la estufa. Olisqueó mis libros. Metió la mano bajo mi axila. Yo la miré. “Así es ella”, pensé. “Así es el mundo”.

—Dame sal.

Y yo le di sal. Qué iba a hacer si no. Ella es mar, y necesita sal.

Luego vino el momento que una sabe que debería haber previsto: la entrepierna. Ana se inclinó y olisqueó. Yo retrocedí un instante, exponiendo un pensamiento racional: “No hay ilegalidad aquí, solo protocolo de vecindad extrema”. Pero cuando volvió a inclinarse, abrí el armario, saqué el insecticida y me rocié el cuerpo. Justificadamente. Se abre la puerta. Ana retrocede, confundida. Yo respiro.

Y volvió. Como el mes de octubre y todos esos meses tan empeñados en volver una y otra vez. Metiendo la nariz bajo mi axila, en la entrepierna, en mi culo gordo lleno de insecticida y misterio. Sus ojos eran mar abierto y su boca un barco que se hundía lentamente en el silencio.

—Dame sal.

Y yo le di sal. Siempre le daré sal a una mujer cuando lo pide con esa rotundidad de lo importante, sin la obsolescencia de lo ridículo y perifrástico. Con una cuchara llené un guante con sal gruesa y se lo di, haciéndole gestos claros de que debía ponérselo inmediatamente.

Ella se quedó en el pasillo un momento, inmóvil, como si evaluara mis decisiones. Yo me senté, oliendo a químico y a sal, y tomé el libro que no estaba leyendo. La vida se reduce a estos instantes: reflexiones necesarias sobre la vecina que huele demasiado y la sal que no es suficiente.

Al día siguiente volvió, porque cómo no volver cuando es imposible negar la existencia de puertas y pasillos, narices y mi mismísimo cuerpo. Más agresiva. Más olfativa. Más elástica y canina. Olisqueó mis entrañas, mis recuerdos, mis pelillos enroscados. Metió la nariz dentro de mis bragas. Afortunadamente, ya estaban impregnadas de manera adecuada en insecticida y jalea real.

—Dame sal.

Me encogí de hombros y pensé: esto es filosofía. Esto es ética. Esto es una prueba del sentido común enfrentándose sin miedo a la oscuridad. Es decir alto y claro cualquier cosa. Doy sal. No por amabilidad, ni por miedo, sino porque la necesidad es un código que no se discute. Me dejo oler. No por lujuria ni abandono, sino porque no tengo la menor idea de qué ocurriría si algún día dejáramos de olernos.

Cada visita de Ana se convierte en una especie de ritual. Se mueve como si obedeciera reglas que el ser humano ha perdido hace ya tiempo, a causa de la pompa y la gilipollez. Yo, mientras tanto, pienso, racionalizo, justifico y doy sal. Y el mundo sigue siendo un lugar donde el olor y la necesidad marcan la frontera de lo aceptable. Quien no sabe esto o es un canalla o nunca lo han olido.

No hay violencia, salvo la de los químicos. No hay amor, salvo la tolerancia. Y no hay historia, salvo la repetición: olfato, demanda, entrega, insecticida, puerta, respiro. Todo perfectamente reflexionado. Perfectamente absorbido. Sin distracciones.

Ana sigue siendo mar. Y yo, borde de la orilla, manteniendo el equilibrio con insecticida y sal. Y tal.

Por CatBallou

Dame sal

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