Primer post de CatBallou por estos lares. Don't believe the hype.
DAME SAL
Hacerse la distraída puede ser un arma de doble
filo. A veces es útil para justificar cualquier desidia, y suele venir bien
para saltarse el brócoli, escaparse de una bienvenida o zamparse como quien no
quiere la cosa todos los azucarillos. Sin embargo, una distracción demasiado fingida o pretenciosa puede acabar francamente mal si se monta en una inercia, pues al segundo siguiente,
a lo tonto, han pasado cinco años, seis trenes, un enjambre, y la sensación de
no haber comprendido el significado de la elipsis temporal. Y tal.
Fue entonces cuando apareció Ana. Abreviatura de
Anaclastifichineriastila, pero nadie la llamaba así, salvo su madre, que había
elegido el nombre y jamás se había arrepentido, por mucho que diga algún
canalla. Ana venía vestida con una chaqueta que parecía un collage de plástico
de colores y calcetines imposibles que olían a goma quemada. Yo estaba sentada,
mirando un libro que no leía, y ella empezó a olisquear la habitación como si
fuese un detector de minas, pasando la nariz por la mesita, el suelo y
finalmente por mí.
—¿Puedo ayudarte? —dije, porque eso es lo que se
dice.
—Dame sal.
No me dijo “por favor, puedes darme un poco de sal
que me hace falta para a mí que me importa”. No. Solo dijo: Dame sal. Y le di
sal, claro, porque así se piden las cosas cuando realmente hace falta hablar.
Sin rodeos molestos. Con olfato.
Al día siguiente volvió. Oliendo. Metiendo la nariz
por cualquier hueco que le parecía interesante. Pasó la barra de metal de la
estufa. Olisqueó mis libros. Metió la mano bajo mi axila. Yo la miré. “Así es
ella”, pensé. “Así es el mundo”.
—Dame sal.
Y yo le di sal. Qué iba a hacer si no. Ella es mar,
y necesita sal.
Luego vino el momento que una sabe que debería haber
previsto: la entrepierna. Ana se inclinó y olisqueó. Yo retrocedí un instante,
exponiendo un pensamiento racional: “No hay ilegalidad aquí, solo protocolo de
vecindad extrema”. Pero cuando volvió a inclinarse, abrí el armario, saqué el
insecticida y me rocié el cuerpo. Justificadamente. Se abre la puerta. Ana
retrocede, confundida. Yo respiro.
Y volvió. Como el mes de octubre y todos esos meses
tan empeñados en volver una y otra vez. Metiendo la nariz bajo mi axila, en la
entrepierna, en mi culo gordo lleno de insecticida y misterio. Sus ojos eran
mar abierto y su boca un barco que se hundía lentamente en el silencio.
—Dame sal.
Y yo le di sal. Siempre le daré sal a una mujer cuando
lo pide con esa rotundidad de lo importante, sin la obsolescencia de lo
ridículo y perifrástico. Con una cuchara llené un guante con sal gruesa y se lo
di, haciéndole gestos claros de que debía ponérselo inmediatamente.
Ella se quedó en el pasillo un momento, inmóvil,
como si evaluara mis decisiones. Yo me senté, oliendo a químico y a sal, y tomé
el libro que no estaba leyendo. La vida se reduce a estos instantes:
reflexiones necesarias sobre la vecina que huele demasiado y la sal que no es
suficiente.
Al día siguiente volvió, porque cómo no volver
cuando es imposible negar la existencia de puertas y pasillos, narices y mi
mismísimo cuerpo. Más agresiva. Más olfativa. Más elástica y canina. Olisqueó
mis entrañas, mis recuerdos, mis pelillos enroscados. Metió la nariz dentro de
mis bragas. Afortunadamente, ya estaban impregnadas de manera adecuada en
insecticida y jalea real.
—Dame sal.
Me encogí de hombros y pensé: esto es filosofía.
Esto es ética. Esto es una prueba del sentido común enfrentándose sin miedo a
la oscuridad. Es decir alto y claro cualquier cosa. Doy sal. No por amabilidad,
ni por miedo, sino porque la necesidad es un código que no se discute. Me dejo
oler. No por lujuria ni abandono, sino porque no tengo la menor idea de qué
ocurriría si algún día dejáramos de olernos.
Cada visita de Ana se convierte en una especie de
ritual. Se mueve como si obedeciera reglas que el ser humano ha perdido hace ya
tiempo, a causa de la pompa y la gilipollez. Yo, mientras tanto, pienso,
racionalizo, justifico y doy sal. Y el mundo sigue siendo un lugar donde el
olor y la necesidad marcan la frontera de lo aceptable. Quien no sabe esto o es
un canalla o nunca lo han olido.
No hay violencia, salvo la de los químicos. No hay
amor, salvo la tolerancia. Y no hay historia, salvo la repetición: olfato,
demanda, entrega, insecticida, puerta, respiro. Todo perfectamente
reflexionado. Perfectamente absorbido. Sin distracciones.
Ana sigue siendo mar. Y yo, borde de la orilla,
manteniendo el equilibrio con insecticida y sal. Y tal.
Por
CatBallou
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