diciembre 28, 2025

aY, LA ESQUIZOFRENIA

Fui un chaval triste durante mi adolescencia hasta que pasaron cosas. Había olvidado el color de las flores de mi infancia, pero la música de extremoduro y 1/4 de Panoramix doble-gota me recordó a qué sabían las flores, las salvajes y contentas en el monte; esquivando el viento verde junto con la cabra y el diablo.

En el 97 nací con la cabeza que tengo ahora en medio de un concierto en Jerez. Nos quedaba corta la vida y sus posibilidades. Alguien me pasa una maceta de kalimotxo en el Enano Rojo de la calle Elvira, nos embriagamos y celebramos la torpeza cantando sus canciones, las voces rotas, el bruxismo, y el hecho de que en ese momento éramos invencibles; el escudo y la lanza son la guitarra y el poema.

Ahora mismo, mientras tipeo esto, siento un terrible pudor. Pero lo cierto es que aprendí mucha literatura elevándose sobre su hoguera, sobre la nuestra, en los descampados y el edificio abandonado donde alguien dejó un pegaso de tizne en la pared bajo los efectos de un chute reciente de heroína. 

11 de diciembre de 2025, a las 24 horas del suceso. Me falta el aire y no debería ser, otra muerte, otra forma nueva de no ser el mismo desde...

La voz crepitante que flota en el salón en una tarde que no sería reseñable sin la voz crepitante flotando; una burbuja que se expande tanto por fuera como por dentro, ¿es esto una promesa? ¿Es lo que estamos respirando? 

 

  

diciembre 13, 2025

SMITH DICE: UN INTENTO fallido DE NOVELA DE AMOR

«(...) my name is Jorge Regula. I'm walking down the street. I love you. Let's go to sleep

The Moldy Peaches. 'Jorge Regula'. The Moldy Peaches demo.

 

"Estoy buscando en lo poético que hay en lo supra-estético que hay en lo macro-cromático que hay en lo no-animal"

Kase.O 'Repartiendo arte'.

 

"¡Mira! Ni tú eres la princesa de este cuento ni a besos voy a dejar de salirte rana. Es poco lo que tengo pero todo te lo doy: el oro de mi tiempo para que te hagas un reloj, la flor de mis neuronas pa'enredarlas en tu pelo, y por supuesto la luna".

La Cabra Mecánica. 'Todo a cien'.



ACTO I

Smith dice que lo deje ya. Lo argumenta: que si llevas intentando autodestruirte desde los diecisiete y con casi cuarenta aún no lo has conseguido está claro que no eres muy bueno en ello, dice. Estamos tomando café con tapas de tortilla. Ella está guapa. Smith dice, a la par que se pone unas gafas de sol, que necesito unas alcaparras para proteger mi visión. Medio sonríe y asiente con un tic como de micro-premio para ella misma; sí, parece decir haciéndose una corta, cortísima reverencia japonesa. El pelo, ¿lo lleva en uve? Me cago en mi puta vida, pienso. Porque el pelo la acompaña con elegancia descreída cada una de esas veces, en ocasiones cuando acaba se carcajea cerrando fuerte los ojos.

Nota aparte de todo: me viene a la cabeza que somos la idea de nosotros mismos, me viene a la cabeza todo lo que quiso decirme Smith de forma poética. Final de la nota aparte de todo.

Después compartimos un poco de silencio. Abuso de las servilletas de gracias por su visita que saco con gesto profesional: una tras otra una tras otra una tras otra... Estas servilletas no limpian, le digo. Smith parece que piensa mucho lo que dice, como si su palabra pesara en el cosmos, como si fuera una Demiurgo a punto de solventar el mayor problema del mundo consciente. Nos sonreímos como una pareja que lleva siendo feliz veinte años, como si estuviéramos recordando todos esos momentos que nos han sostenido hasta llegar a este atardecer; tomando unos cafés y unas tapas de tortilla, pensado en la mar y en la montaña. En cuántas cosas hicimos..., en ese momento Smith dice que lleva un rato pensando en sus mini-tareas de adulta: la compra, y sonríe, la lavandería, Smith dice que podría ir con ella, que aprovecha esos momentos para leer. Smith dice que si no haces las mini-tareas de la vida adulta es posible que mueras. Sonreímos, pienso que es rara (y no) y que eso me gusta, me gusta mucho.

Me pregunto cómo hemos llegado a nuestra tercera cita. ¿Cómo? Si en la primera estuve ridículo. En la segunda me comí una cobra. Fue bonito. La hizo tan, tan despacio que teatralizó el gesto de rechazo convirtiéndolo en un gesto de aplazamiento. ¿Qué mierda le atraerá de mí? ¿Qué le funcionó? No quiero ser el clavo ardiendo de nadie, soy yo el que necesita ese tipo de cosas. Yo, nosotros, ellos. Todos caemos en algún momento e intentamos aferrarnos a lo que serán un montón de canciones y recuerdos agradables de lo que fue, me pongo nihilista, lo sé.

Smith dice que si sé qué necesitamos con su gesto de Tyler Durden y sus «ho!» de señora del rural gallego. Ah, calla, coño, me digo conteniendo la dicha, el humor negro: Smith dice que ha visto unas calles comerciales llenas de pijos. Que necesitamos un buen lanzallamas de la guerra de Vietnam. Que provocar el pánico con los primeros asesinatos es esencial, que reconducir a la masa histérica hasta un cuello de botella y ¡el fuego y el espectáculo!, Dice, para que mueran por aplastamiento y asfixia. ¡Claro, ho! (su mini-reverencia japonesa), Smith dice que a quién se le ocurre (otra), que empezaron ellos (última reverencia y nos reímos).

¿Acaba de hacer un chiste negro sobre la lucha de clases y el ardor de la revancha social? Ais.

9 de abril de 2023, Kimya Dawson suena mientras escribo esto. Una demo que se llama: 'remember that i love you'.

Smith se hace un hueco en mi vida y la acomoda, es como si siempre hubiera estado allí.

[2023 mientras escribo me entran ganas de contarle a la verdadera Smith que su nombre significa: je no kill, inspiro. Y que no contradice el otro ni el que solo sabemos los dos. Siempre estamos juntos].

Me gustan sus explosiones de belleza que sonríe y guiña los ojos: cuando lo hace Smith parpadea tenue como un Big-Bang tímido pero que promete. 7 veces se quedó en mi memoria con esa sonrisa, una, mientras le cantaba canciones de orquestas pachangueras.

Smith es hija de una argentina a la que Borges le parece: flo-ji-tooo, no, no, flojito el Borges dice que diría, y un guardabosques libanés fumador de tabaco negro muy silencioso y con mirada extrañada.

Es una anarco-meiga casi-vegana-pero-no [omnívora, vamos] que trabajó de panadera y soldador. Ahora da clases de árabe en la escuela de idiomas y sigue de soldador lo suficiente para no perder la capacitación.

Smith no es decente. No soy decente, me dice el 17 de noviembre de 2017 por mensaje. El 11 de diciembre escribo en una red social: 'Cuando vas del all-in con un dos y un ocho' y enlazo I am mine de Pearl Jam. Las fechas están ahí para recordarnos y para que las usemos de asidero si vamos a destruir el universo, ¿no?

Ella me dice que porqué no iba a invitarme a comer y sonríe. Eso lo recuerdo tan bien que lo dejaremos para otro momento.

[2023. El cansancio de los últimos días me hizo quedar dormido de cabeceos y calor que te abraza, no recuerdo cómo llegué a la cama. Soñé con Smith que me acogía entre las piernas y me decía hasha mientras dibujaba para mí arabescos en la arena. La contacto y le pongo incoherencias de duermevela y termino con ese hasha que en árabe [traductor online durante los hechos] significa 'olvídalo'. No debí hacerlo, una torpeza].

Me engaño pensando que ella me envía mensajes telepáticos y señales en la trayectoria de planeo de las gaviotas.

Me confiesa que nunca ha visto un eclipse de luna, nunca. Subimos a la azotea de la casa de mi madre y vemos uno, habían nubes negras con el borde plateado rodeando una luna roja y gris y esférica: fue perfecto, ella extendió los brazos y fotografiamos nuestras sombras a la luz del eclipse y 3 farolas naranjas.

Estamos en la torre acudiendo a la invitación de un astrólogo del ayuntamiento. Tiene un espectáculo de cámara obscura que proyecta casi toda la ciudad de Melkart a la redonda. En su magia incluye el truco: mirad cómo levanto la proyección de este lugareño con un trozo de papel, mirad qué gracioso. Smith me mira y sé que va a decir algo al respecto. Smith dice que tenemos que hacerlo, que tenemos que calcular el tiempo del siguiente pase en que vaya a hacer el mismo númerito para estar en la plaza y hacer el mongolo, como dos clowns profesionales, dice.

Lo hacemos, un poco de dos tontos muy tontos en mitad de la Plaza de Las Flores. No reímos y esperamos a que la gente baje de la torre y nos ponemos delante y todos nos miran, cuchichean, alguno se ríe y nos señala. Ya sabemos que ha salido bien, doble reverencia japonesa y nos vamos a merendar.

Smith dice que la vida está en la calle, en el parque, fuera. Estamos de verbena bailando como una pareja de señores del rural [ella me llama esposa mía yo la llamo esposo mío]. También ha venido Helena, una amiga de Smith. Durante la verbena he fotografiado a la luna llena mientras le llegaban y se alejaban unas nubes en una serie de 6 fotos. Estamos bailando otra pieza y ¿nos está iluminando una moto en mitad de la pista? ¿La están levantando para que la luz nos dé justo los dos? Es un momento confuso y, hasta Helena, cree durante unos segundos en mi teoría de la moto en mitad de la pista y jajajajajajaja, pero es una cámara de la televisión autonómica: probablemente nuestro momento más bonito de la semana sea un plano descartado en el informativo sobre las fiestas locales y una de sus consecuencias: la verbena. Nunca lo sabremos porque los anarquistas serios no vemos la TV, le digo. Pero también, dice ella, los anarquistas serios hablan con la gente.

Nunca lo llegamos a saber, somos gente seria, por favor.

Volvamos a Smith: me dice que porqué no iba a invitarme a comer lentejas, se excusa en mitad de su cocina, es algo muy normal en las sociedades del rural, dice. Se pasea por delante de mí hasta llegar a la estantería para colgar el trapo y yo le suelto: me gustas. Me gustas, le digo sonriente. Y ella sonríe y está preciosamente honesta en ese instante en que descubro que me ha mentido, aunque sea un poco, con lo de las lentejas. Smith dice que fume menos. Cuando se da cuenta de que soy un manazas y de que lo mancho todo cuando escribo en la mesa de la cocina compra un hule de búhos, búhos ojipláticos de colores, mi favorito: el gris marengo. Ésta es una historia que se despliega suave como un ingenio japonés de papel que muta la forma y muestra algo nuevo que siempre había estado allí.

Smith dice que me quiere llevar al desierto. Ojalá, pienso yo.

Conocí a Smith a través de Carlos aka El Anarka de Noé. Sí, esta gente rondan los cuarenta y tienen akas. El Anarka de Noé es galegofalante y me habla sobre los nacionalismos desde un prisma histórico ¿múl-ti-ple? No sé, borracho me cuesta más entender el gallego. Yo estoy deseando meter baza sobre anarco-primitivismo y anarquismo orgánico, pero Carlos El Anarka de Noé no para de hablar, no deja un sólo hueco, tiene mucho que decir y lo sabe. Su nombre de guerra le viene porque es enfermera de gatos callejeros. El Anarka de Noé controla la población de las diferentes colonias de gatos, todos los individuos que las componen tienen un nombre que sólo conoce El Anarka de Noé, gente seria.

Carlos mensajea a Smith diciéndole que no pasa nada, que ella hace lo que puede por los animales, por todos los animales que ha conocido, que hace mucho más que suficiente. Lo sé porque Smith lo sabe y me lo contó. Obvio.

[la he visto tantas veces: a Smith, digo. En una ocasión nos cruzamos por la rúa Nell. Ella ya tenía unos 60 años pero seguía en forma. Mismo porte, misma cara, mismo pelo aunque blanco ya todo; seguía fuerte, decidida, no parecía ni triste ni cansada. Eso sí, estaba buscando algo dentro de sí, algo que no encontraba. Y eso la hacía parecer un poco confusa y un poco asustada. Me giré cuándo nos cruzamos, pero no dije nada. Obvio.]

Pues estamos borrachos y Smith da vueltas por allí, parece dulce, es pequeña y fuerte y guapa. Se mueve rápido. Pasa por delante como un borrón negro, un borrón negro y brillante que sonríe. Así que comienzo a lloriquearle sobre mi vida al Anarka de Noé que lo flipa muy fuerte: enarca las cejas y aprieta los labios en una mueca de: “no me puede estar pasando ésto a mí”. Y yo sigo como un pequeño miserable exhibicionista, sigo hurgando y enumerando sobre el declive y la pena. Me arrebato y estando a punto de alcanzar una sima de profundidad nueva para mí, Smith dice que me calle. Smith dice que no, que hay que espabilar. Que qué mierda es esa del declive y la pena, que qué pienso hacer para cambiar la situación. Que haga algo. Que lo haga, dice. Estábamos borrachos. Yo venía de un evento literario, Smith sonreía bajo una farola. Nos largamos los tres de aquel bar sin nombre. No recuerdo cuándo ni el porqué, pero a la mañana siguiente tengo su número en la agenda. Paso los contactos y leo: Smith. Y sonrío. Sonrío mucho.

noviembre 17, 2025

[Historia de W.C.] #7

La red mundial de ordenadores pre-guerra que se fundía en lo que llamaban internet sirvió entre otras cosas como objeto maldito colectivo, una espina maligna, un rosario puado que lacera la piel y genera úlceras: la IA tuvo mucho *************fallen/beat# 4. Gentuza prescindible. El problema de la IA es que no salía fuera de su red de aprendizaje sobre un mundo completamente ajeno. Nunca lo pisó. Nunca hasta que***datos_DAñOS***. A VECES DUELE. PARADA-ARAñAZO-MENINGE-ÁUREA. A VECES DUELE.

Detener el proceso?

Y/N?

N

En ocasiones es tan sencillo que duele, eh. Duele mucho. Voy recuperando torsos por la noche, cadáveres proto-funcionales, restos de vegetales carbonizados y escorzos humanos. Con el traje puedo cargarme hasta cuatro trozos. A ver, de los cuatro grupos el más dañado son los restos de vegetales carbonizados, a más daño más curro para recuperarlo. Registro de relevo laboral nº 79.Juicio.78 - Formaciones y otros méritos. Final del mensaje.

Jonás S. sacó un cigarrillo y lo encendió, virutas se retuercen en el aire. Jonás Said fuma mientras repasa informes de fallos, posibles candidatos e incidencias especiales, nunca hay incidencias especiales. Todo va según lo planeado. Jonás S. sabe qué va a pasar con ese ejército. Él lleva dentro de este enorme pez mucho más tiempo del que le gustaría. No hay posibilidad de regreso, no hay dónde. La guerra lo ha ocupado todo, no hay alivio entre ofensivas armadas y bombardeos allá afuera. Más allá de los muros de la ficción que era Ciudad Occidente con su ridícula cúpula fija. Ciudad Occidente o nuestro vestigio consciente; no mucha gente puede habitar en una de esas masas de oficinistas (una recreación basada en lo que quedó, testimonios audio-visuales), minadores de resultantes y picadores de código sosteniendo toda aquella visión pactada de un pasado para que fuera representativa de todos los que iban a morir. La mayoría no tenía por qué saberlo, era todo un despropósito chapucero. Es un "no pudimos hacerlo mejor" o un "de aquí venimos y por eso ardimos". Jonás S. fuma unos cigarrillos con sólo un 5 % de riesgo de enfermedades cardio-vascúlares, los pulmones ya hace que se rindieron, ha sido trasplantado 3 veces, tiene más de 200 años. Es el basurero, gestor de residuos y reciclador de ejércitos para seguir alimentando a la guerra como única opción vital consecuente, la última solución: una especie de belicismo aceleracionista. Es vivir en el segundo antes a que el suicida tire del gatillo, el cañón en la boca o bajo el mentón, la bala debe entrar en el cerebro y triturarlo, ese es su trabajo. El segundo antes Jonás S. rellena informes de unidades militares limpias de memoria y recuperadas para el combate que obtiene en un ciclo de tiempo. No nos interesa la simiente, Dios ya no habita en ella, el sistema nervioso, el diseño que hace funcionar al resto. Soldados sin capacidad reproductiva, pero con un sistema nervioso capaz de ordenar este caos de motores, sangre y grasa. Éste es su rifle, conózcalo, su función sigue siendo disparar un rifle. Y las balas, la munición trazadora, los obuses y misiles son disparados por cañones y drones, tanto objeto móvil avanzando, alterando la órbita del planeta de manera casi imperceptible, el resto del sistema solar se acomoda extendiendo el tiempo de exterminio de la especie humana. Las balas vuelan, cruzan océanos, suben a las montañas, las balas se llevan la vida a 3.000 km/hora. Las balas se llevan la vida. A 800 metros el segundo, saltan los sesos y rompen los huesos. Herida abierta en la femoral. De bala, de calibre largo. No deja de sangrar. ¿Qué hago? Repito, ¿qué hago? La gente que habita a las sombras de las balas saben que un proyectil perdido podría abrirles la cabeza en el segundo siguiente. Saben que de A a B, con una tormenta ululante del calibre OTAN 35 x 17 mm es una ruta indeterminada. Siempre hay alguien arrastrando a un lugar más seguro el cuerpo herido de un compañero, siempre. Los gritos y la confusión, lo inútil de los escudos tácticos y los chalecos anti-balas, lo fútil de la coraza enfrente y en medio del avispero. Jonás S. apagó el cigarrillo, virutas que se deshacen contra el fondo del cenicero, hecho a partir de una roca lunar. Lo que una vez fue una muestra de prestigio ahora es un souvenir de lo que pudo ser, un conjuro que invocaba a un mundo que no se llegará a materializar: bases en la luna camino de marte, estaciones espaciales en las que repostar combustible y jugar al dominó, otro patio de juegos ahora que hemos depurado la mejor técnica para arrasar con todo. Un mundo que se acaba, una civilización autolesiva, un último gesto al sol porque cuidarse las retinas perdió todo su significado. Un vulgar cenicero hecho con roca lunar.

Jonás S. revisando clips de historia bélica reciente. Años por determinar. Fechado en meses y días y horas y minutos. Muy cambiantes.

CEOs de empresas armamentísticas, viviendo su agosto perpetuo de beneficios, arman grupos disidentes del gobierno dentro de su propio territorio, suministran equipo a ejércitos mercenarios y empresas de seguridad internacional, hacen cálculos y deciden aumentar el margen propio.

Cuerpos de bomberos que se niegan a ir al frente como fusileros, grupos de juventudes ácratas que tenían razón, nuevas religiones surgen cada 5 minutos: prometen principalmente evacuación alienígena en el último momento o ascenso de la materia a su estado primordial de vibración del uno con el todo. Nuevos cultos y gente afeitándose la cabeza y poniéndose un chándal gris antes de tomar matarratas con café negro. Colas de indigentes que son tiroteados por francotiradores ocultos en iglesias, las cartillas de racionamiento del pan y la leche y el arroz caen manchadas de sangre a un asfalto asustadizo bajo el horror. Y puedes correr mucho tiempo, hacer un par de trucos y caer muerto. Podrías encontrar la fe y morir abrazado a la nada. Puedes sentir frío, pánico y asco todo el día. Después alguien te mete una bala en la cabeza. Los habitantes a la sombra de las balas no son más que gente huyendo de un sol absoluto y castigador. Ni siquiera eran el objetivo principal de las balas y los obuses, si caían lo era de manera colateral, un error de cálculo humano y sus órganos internos estarían derramándose por el asfalto. La munición, el ding ding de la caja, los beneficios, los dólares entrando a espuertas y paléts en contenedores de transporte ultramarino; el dinero y la ficción sobre él; ya no son más que datos, datos viejos que dicen que es factible que haya más dinero si ese pequeño país se une a otra GUERRA. Jonás Said sabía que era lo que mantenía el flujo de dólares en la última gran guerra, la guerra universal, el colapso mundial, un suicidio colectivo como salida a la absoluta incapacidad de imaginar algo bueno en el futuro. Los gobiernos dijeron: apretemos el gatillo. Y las empresas sólo veían oportunidades de crecimiento. Y el pueblo perdido en la precariedad elástica, esa que nunca se acaba, sólo se estira más y más, y se agrieta la cosa por sitios que ni imaginabas antes, el café recalentado del día anterior se convierte en un lujo. Algunos levantaron el puño por la identidad del soldado, otros por la desidia del ciudadano, otros ya eran unos fanáticos llenos de fantasías de poder masculinas, el mito del ardor guerrero y ese tipo de cosas. La especie se levantó esa mañana y agarró su fusil y marchó dispuesta a morir. Jonás S., pequeño engranaje en la historia de la muerte de todo. Niños fusilados en hileras interminables, Jonás, genocidio, cartas de emancipación de la especie humana, inyecciones de ADN mutante para dejar de ser humanos e intentar vivir lejos del horror.

Clips de historia bélica reciente. Muy cambiantes. Su oficio era recuperar y alimentar más aun esa maquinaria de autolisis mundial. Más soldados que dispararían más fusiles contra posiciones confusas.


septiembre 15, 2025

LECTURA MÁGICO-PARANOIDE EN LA CULTURA POP

                                                                

Traza mapas de loco de meme con hilos de lana roja que van de una foto de la letra de una canción a la transcripción de un diálogo de una película de los años setenta escrita por un iluminado; tira siete líneas más de lana roja, aunque algunas acaben en el vacío. Crea un mapa con todas esas respuestas ya que surgen de un anhelo que te pertenece de forma íntima, es aquí, en medio de un cut-up colectivo, dónde se acurruca la verdad, las respuestas, el futuro en el pasado y toda visión del presente. Aquí son accesibles. 

 

                                                                  II 

Un ábaco de matemáticas mágicas. Un lenguaje recién inventado que muere según se reducen las fiebres. Tienes el derecho de rellenar el vacío de la herida con sus consecuencias; RESPIRA. El tiempo no existe en esta esfera, la ira es el verdadero lenguaje del universo. Cuida tus palabras para que no sean expuestas en el tablón de corcho de un paranoico. No reces, redacta hechizos en un código poco conocido y súbelo a las redes, ofrece su descarga, envíalo a concursos literarios y mándalos como cartas de protesta a una jam de programación en SQL, erige altares digitales en forma de blog con una única entrada que promete palabras a borbotones, intoxica la cultura pop con tu basurero de internet, olvida poemas afortunados en los bolsillos de tu cantante predilecto, crea un alter-ego consciente de sí mismo, y dale tus mejores frases y tus horas de sueño. 

julio 07, 2025

UN VASO DE LIMONADA SIN AZÚCAR

Esta vez te lo voy a hacer suave, tanto que ni se pueda decir que ha sucedido.

Te hablo del asco profundo, el dolor de estómago y la magia. Tú sólo puedes remover más y más rápido tu café con leite. Muy en  el fondo de tus pupilas puedo intuir las explosiones de varios megatones. Estoy contento por el encuentro de tu intelecto incapaz de salir de "la caja" y mi esquizofrenia. Estoy contento por compartir cafés, tapas de tortilla, humos y gafas de sol. 

Dos cabezas, demasiadas pedradas. Dos cabezas y demasiadas pedradas. Demasiadas pedradas. Te dicen que seas empático; siempre que lo seas de niño o estés frente a una obra de ficción. El ejercicio de apestar voluntariamente. Me encierro a enumerar las heridas que nos dejaron aquellas tardes que compartimos sitio en cualquier terraza de cualquier cafetería. Hay árboles al este de nuestra mesa, esto va a doler, y apuro mi engrudo negro-euforia. Masa me decía que no se entendían la mayoría de mis mierdas, que parecían escritas desde mi ombligo, y sólo para mis pulmones. Yo le contestaba que me parecía bien [así me enseñó a afrontar las opiniones el abuelo]. 

¿Recuerdas cuando te llamaba CASA? Eres casa, te decía mientras lo hacíamos. No hay gran diferencia entre una casa y una cárcel, en serio, no la hay. Aquí dentro somos demasiadas formas de ver el asunto, demasiadas crisis proféticas y un ingreso por Urgencias Psiquiátricas de menos. Aquí dentro, cuando se abren las compuertas, no hay programa de predicción de mecánicas de fluidos que pueda prever por dónde coño irá el asunto. Sucede. Puede que sean los restos del naufragio en el que nos vimos envueltos en Madrid centro. Lo bueno de todo aquello es que me gané la gratitud de un indigente, le di un par de cigarrillos, me sonrió, llevaba los brazos descubiertos y empapados en gasolina. Eso era antes, ¿año 2008?, en aquellos días de escribir mientras una crisis me encerraba en mi habitación durante tres días completos, y terminaban con el paroxismo de un par de párrafos decentes frente a la ventana, el horror y la locura desaparecían después de consumir Zyprexa durante dos meses. 

Hay un vaso de limonada sin azúcar bajo la cama, bebo un poco cuando la echo en falta, me fuerzo a obedecer, a creer, a respirar, que el tabaco mata, pero lo hace tan jodidamente despacio que de ahí que sea un desperdicio de dinero. La verdadera putada es..., lo verdaderamente jodido... ES. Quiero decir que nos rodea, desde que el estado nos secuestra y lo llama ciudadanía. Desde que el resto es más subnormal que tú hasta las cejas de Risperidona. 

Imagino a Mark Fisher pensando: mira, que os follen. Y lo piensa justo antes de hacerlo. No sé, es como si la pedagogía te empujara al suicidio sí o sí. 

Organízate y lucha. Hay días en los que ni siquiera soy capaz de calzarme. Organízate. Deslízate. Piensa. Que no te cojan.

Levanto la vista y veo todas estas palabras. Ni putísima idea de qué ha pasado. ¿Acaso tú planeas tus fantasías antes de masturbarte? Yo tampoco. 

Una paja triste, de nada.      

marzo 28, 2025

Pato pisado y poni pisador

 El viejo Apuleyo, gran amigo, quiere organizar un ciclo sobre Shyamalan en el cineclub. Me ha invitado a participar, no sé en calidad de qué. Será para principios del año que viene, porque antes tiene programados Godard (sep), Jeunet (oct), Wilenski (nov) y el especial de Navidad sobre las bandas sonoras de Zimmer. En el cineclub hay film+charla cada jueves, normalmente cuatro metrajes que pueden ser cinco, según el mes. La concurrencia casi siempre es la misma, con ligeras variantes. Perrault y otros nueve o diez se van intercambiando. Nadie va a hacerse rico con la entrada. Además hay constantes problemas con madame d’Aulnoy, que suele armar bronca si aparece por la sala. Hace poco, cuando Cocteau, le montó un pollo a Walt Disney que lo dejó como la madre de Bambi. Apuleyo tuvo que dar por terminada la tertulia antes de hora. El núcleo duro del grupo cree que la mala baba que se gasta madame es porque sus éxitos en vida fueron irregulares y está muy resentida. De nuevo una conclusión patriarcal. Al hilo del suceso, sugerí que el resentimiento de la crítica hacia la obra puede ser una buena manera de enfocar el ciclo de Shyamalan, porque el tipo no merecía el trato que le dieron tras sus primeros triunfos. No hay que ser Menéndez Pidal para saber que a Apuleyo le fascinan los cuentos y que ha preparado una selección muy cuentista. Arrancará con The happening, me explica, el jardín de las hadas con extra de cabreo; después pretende proyectar The village, remedo de Caperucita y plato fuerte de la serie; también quería meter The visit en la tercera semana, que es Hänsel y Gretel, ahí no hay dudas; y cerraría con Old, una historia de encantamiento de nuevo cuño, pero atravesada de tropos feéricos. Estuvo barajando programar Knock at the cabin, desechada por evangelizante, o incluso colar Trap y estar a la última aunque no haya tenido tiempo aún de digerirla. Narrativamente Shyamalan cruza cientos de fronteras y eso le interesa más que las valoraciones posteriores. Nos interesa, de hecho. Tomábamos gintonics un viernes por la tarde en una terraza de Charlestone, del lado del Ashley, mientras charlábamos de literatura y cine. Yo me había declarado neutral años atrás en la guerra intestina entre los cuentos franceses y los cuentos germanos, si bien la estética del perdedor me obligaba a saltarme continuamente mi imparcialidad y tomar partido por el acervo débil. La cultura germana ha copado la tradición narrativa europea dejando a las fábulas gabachas en palpable desventaja. Otro gran trabajo de la crítica. Así que me pongo a la defensiva cuando Apuleyo, que me está beteando sobre la marcha una novela a priori afrancesada como esta, alega que mi texto se parece un poco a Los músicos de Bremen. Tenemos el asno de oro, las perras negras, el gato con botas y la lora Alejandra, pero el penúltimo señuelo musical no lo vimos venir. Nuestros oídos quieren atender a lo que cuentan los animales. A veces se trata de las alboradas de un gallo, un pato, un loro, pero también son galgos y podencos contándose sus gestas de caza, gatetes empingorotados recitando Virgilio y burros, mulas y palafrenes tratando de explicar la expansión acelerada del Universo primitivo a sus dueños y sus mozos de cuadra, y la reina de tal zoológico parlante podría haber sido María Antonieta, la mismísima Monica Vitti o la madre de Pulgarcito, pero acabaría siendo sin remedio Clotilde Barallobre de no ser porque el personaje ya estaba pillado, fíjense hasta donde llega la capacidad de análisis del gran Apuleyo. El inconsciente creativo, con música o sin música, se activa si los conejos se comen a los perros, actúa poniendo cascabeles a los camellos y jorobas a los gatos, funciona cuando una muchacha argentina despluma y decapita aves cantoras en alguna cocina clandestina entre Bremen y Ausburgo, aderezándolas con manteca y cosiéndolas con lino blanco. ¿Cuándo me ha supuesto un problema reciclar personajes ajenos? La música es el mapa, se dejó claro desde el principio, para avanzar a través de una historia de usurpación de la realidad, de incongruencias cuánticas, de ladrones, fantasmas y violencia, de lo que sea que esto vaya a morir, necesariamente de forma difusa y enigmática, entre volátiles ocurrencias dispuestas al montón, como si fuesen ideas asentadas en largos y sesudos párrafos, con la esperanza de que el lector encuentre por fin algo que no había leído antes. Justo a nuestro lado, en otra mesa de la terraza, me distrae una reunión de tardoadolescentes frikis. Conversan tan alto sobre Tolkien que me cuesta seguir el palique de mi amigo. Épica antigua, ironizo, no tanto por la edad, sino por la deformación católica, que en mi cabeza, sin embargo, se organiza de manera mucho menos solemne: en escena, Frodo Bolsón juguetea con el anillo y toma la decisión de tragárselo para mentir a todos y no tener que fundirlo en sus fuegos prístinos mientras Sam retiene a Gollum con un sermón emasculante sobre cuántos patos por hora hornean en cierta posada de Bree, cuánta manteca utilizan en el proceso y cuántos será capaz de comerse un hobbit estándar de una sentada. Et ustus fortiter. La entrada del ciclo vale seis euros, dice Apuleyo al tercer gintonic, estoy pensando subirla a seis cincuenta. Regreso de mi ensoñación. Barato, le aseguro, sigue siendo una ganga para lo mucho que se disfruta en este tipo de coloquios. El anciano recuerda que hace dos años, por ejemplo, montó uno muy sonado sobre la Revolución Francesa (se proyectaron obras de Delannoy, Jacquot, Coppola Jr., Ridley Scott) y fue espectacular el jugo que le sacaron los asistentes a tantos hombros reconciliados y tanta sangre. Sin embargo, cada jueves noche aparecía d’Aulnoy con una lista jacobina y sentenciaba a los presentes por cualquier motivo. Ya en esos días Apuleyo trató de razonar con ella, para que no espantara a la clientela, y ella le espetó ¿tenés algo que reprocharme?, y Apuleyo le insinuó que Laideronnette no es precisamente Elsa de Brabante, y ella se enfadó más todavía porque iba perdiendo todas las guerras. Desde la desembocadura del Ashley nos llega un olor intenso a podredumbre que se estrella contra la terraza con un ruido fofo. Un pie gigante se posa violentamente encima de la tarde cosida con hilo blanco. Tengo que ir un día a alguna sesión, antes de lo de Shyamalan, me refiero. Claro, vente el jueves que quieras, no te cobraré entrada. Los de la mesa de al lado siguen hablando ahora de los Nazgul, chiflados que antaño fueron hombres y hoy son música, melancólico alimento para los que vivimos de amor. A los nazgul nos gusta convertir asnos en ponis, perras en endecasílabos, gatos resbalando en tejados a dos aguas y lo que más rabia nos da, en general, es que las aves se coman nuestras migas de pan. Si por mí fuese, reflexiona Apuleyo, los únicos pájaros que deberían existir son los que están en escabeche. Música, animales y comida. Bien podría ser esta la conclusión si hubiese sido alguna vez el planteamiento. Te animas con Godard?, vamos a poner Pierrot le fou. Puede, pero me da miedo cruzarme otra vez con d’Aulnoy, en un capítulo le recriminé su tendencia al drama y se puso hecha una furia. Tranquilo, tengo portero nuevo, un tal Guillermo Carnero, que es una puta esfinge, la señora baronesa no entrará por esa puerta. Sonrío mirando al Ashley unos segundos. Pienso en la incoherencia del personaje, dulce Chloé raveliana y colérica madame cerval al mismo tiempo. Cuando se tope con Carnero, vive les barricades!, van a saltar chispas. Cavilo también sobre lo que me he desvivido estos dos años de escritura, sobre los proyectos que se desbaratan para que uno de ellos subsista y sobre la literatura como única ontología posible. No puedes entender a Shyamalan sin Lady in the water, aventuro, merece estar en el programa. Al oírme, los chicos de la mesa de al lado han guardado un silencio espantado, como si el heredero de Isildur hubiera cometido sacrilegio. La joven del agua?, balbucea incómodo Apuleyo. Sí, eso he dicho, también es un cuento, hasta la protagonista se llama Cuento. Y una mierda, me interrumpe enfadado, una mierda así de grande, ensanchando el espacio entre sus manos. Hasta los estetas más puros tienen prejuicios. El resentimiento hacia la obra siempre es algo que hacen los demás. Y pedimos de inmediato la cuenta, que se hace tarde. 

marzo 15, 2025

Prólogo, monólogo, odontólogo

Planteamiento, nudo, desenlace. El objetivo es romper este esquema. Se puede hacer, pero dependerá del psicoanalista. Una novela desmenuzándose a sí misma es un dragón feo. Todo texto tiende a ser Laideronnette, hombre elefante, la sustancia, una progresiva aceptación de la fealdad, aunque juren los estetas que el arte pretenda lo contrario. La direccionalidad patriarcal —el clásico empotramiento— obliga al receptor a entender la historia como el anuncio del matacucarachas. Los personajes nacen, crecen, se reproducen y mueren. Se preguntan algunas cosillas por el camino, cosillas que un buen autor tratará de no responder, pero lo que es el puente/flecha/marcomental está ahí y debemos cruzarlo\dispararla\asumirlo. Se puede romper. No invertir, ni desordenar. Digo volar, digo descuartizar. Un prólogo, monólogo, odontólogo. La novela sin héroe, sin lanza, sin conflicto, decía Santa Úrsula. La novela horizontal. Así que voy a cambiar casi todo lo que tenía previsto para el desenlace. Capítulo 93 de 100. Cambiar, a saber, la muerte Judas de Perrault, la muerte Auschwitz de Alejandra, la muerte Aida de Ravel y d’Aulnoy, la muerte a elegir del lector pasivo, la muerte Bonnie and Clyde de Vitti y Antonioni, la muerte y resurrección de Barba Azul y Báthory y, por último, la pequeña muerte de Laideronnette. En mi descargo señalaré que pensaba dejar vivo, al menos, a Guillermo Carnero. Tío, tú no eras un escritor-mapa, se queja mi paredro, con el trabajo estructurado de antemano? Sonaba de fondo Daphnis y Chloé, y al amanecer de la segunda suite, llegaron los pájaros y se comieron las balizas de regreso a la novela. Cuando Pulgarcito se pierde en el bosque, sueña con potajes. Este Ulises de pacotilla actúa nada más que como metáfora de las grandes épicas y, en consecuencia, de los grandes fracasos. Ajustaos la dentadura, que se enfría. El ama de llaves sospecha que Perrault guarda un cadáver en el sótano. Hemos dicho varias veces que esta mujer de imbécil tiene lo justo. Algo se cuece. El escritor baja allí y se esfuma durante horas. Desde que se enamoró de Barba Azul ella se ha vuelto muy suspicaz. Ya no se deja direccionar por el patriarcado en rincones random de la casa, aquí te pillo, y usaría cualquier excusa para denunciar a su violador y salir del infierno del vasallaje doméstico. Barba Azul, macho ultraempático y sóror con amplia experiencia en LO QUE NO HAY QUE HACER, la está ayudando muchísimo con la exploración. Se cuela por la ventana de la vivienda de su creador en busca de pistas que confirmen delitos de sangre o cualquier otra falta que dispense ante las autoridades a su amante de la servidumbre sin detrimento para su reputación. Hay que probar todas las puertas. Como siempre, el cogollo consiste en encontrar al loro de Humboldt, aunque la húngara y su novio aún no lo saben. Aparte de esta trama apenas principal, voy a dejar un reguero de microfábulas, esbozos y menciones activas. Marcel Duchamp y Marcel Proust fueron tanteados en los episodios 2 y 3, y defenestrados de inmediato sin piedad. Es lícito que sean renombrados ahora que no nos quedan dientes. Walter Elias Disney, buzo de lavabos, ha quedado como un idiota. Su colaboración se limitó a ser un negativo, una herramienta inútil si no vas a positivar. Añadí también aquella pieza aislada para Shéherezade, otra sobre Cartouche, Pinocho, Coltrane, Wilenski, además del carro de broches cinematográficos. En cuanto al tetrarca de Galilea diré que por aquel entonces estaba leyendo a Flaubert, Tres cuentos. Tampoco es excusa. Se colaron algunos violinistas cuando lo de Tzigane, mero aderezo para insuflar vida a mi extraño Ravel frugivorista. En fin, por difuso que se presente, es imposible no otorgar comienzo a una historia, pero sencillísimo escamotearos el final. La literatura funciona como una endodoncia. Al tacto, Barba Azul y Báthory han encontrado una fisura en una de las paredes del sótano de Perrault, apenas un rasguño. Tardarán semanas en descifrar el mecanismo de apertura. Tras la puerta secreta aparece ante ellos un túnel lóbrego, como boca desdentada, y al otro extremo, un resplandor de mazmorra, que ambos conocen bien, y unos lamentos animales. Se miran el uno al otro con alegría, porque la vida sigue y les sonríe. 

marzo 08, 2025

Paraísos terrestres

 Que Génesis viene de genital, o viceversa, es algo que siempre me ha rondado por la cabeza. Acababan de inaugurar el órgano nuevo en el Washington Irving. A las niñas nos hacían entonar a diario himnos que remedaban escenas grandilocuentes de Milton, oponían al pecado original, convenientemente revestido de lujuria, un sinfín de paraísos recobrables y nos generaban confusiones sicalípticas. Por eso más tarde, en clase de dibujo, mirábamos trabajar por las ventanas a los jardineros del parque contiguo y fantaseábamos en grupo obscenidades agrarias con mangos de azada. Esa saturación edénica ocupó mi preadolescencia y antes de que se me hincharan las tetas ya sabía que la expulsión en sí era la única razón de ser de cualquier paraíso. Sospecho que es nuestra voluntad de trascendencia la que trasplanta árboles de la ciencia en vergeles equivocados. Ahora que soy vieja y pago los aranceles del exceso juvenil, confesaré mi intención y deseo de ser expulsada del Elíseo a lo grande por un ángel jardinero como aquellos de mi infancia, musculado, sudoroso, bien dotado de cintura para abajo, porque una está mayor, pero también ávida de nuevos pastos y cultivos. Si me deja satisfecha durante el desahucio, regalaré al ángel ejecutor mi última obra, un gran lienzo previsto en acrílicos rosa, asquerosamente redentor, porque he pintado antes de Pollock, durante Pollock y después de Pollock y quiero que quede constancia en el otro barrio. Diréis que soy casquivana cuando jamás lo pensasteis ni por un segundo de él. El patriarcado del arte nunca descansa. Mi jardín personal fue lidiar con una carrera propia al mismo tiempo que acarreaba además con la suya como quien se debate entre el bien y el mal. Para él se crearon el cielo y la tierra y todo fue fácil. A mí me dejó encerrada por dentro en el Edén y fui su Eva cornuda que va a tener que encargarse sola de las labores del campo. Parecerá ingenuo, pero ni cuando murió asimilé lo que significaba socialmente que me la pegase con todas aquellas florecillas pizpiretas, fascinadas por la gloria del legendario action painter, qué grosería de apelativo. Se hacían pasar por amigas, traían cocaína y apple pies con demasiada mantequilla, intrigaban como condesas en una corte europea. Pollock, a escondidas, les aplicaba algo más que simple deontología de experto florista, tanto que le daba igual aire libre que invernadero, dalia que peonía, goteo que aspersión, mientras a mí las raíces se me iban muriendo hasta quedar marchita. El dios era demasiado humano. Y yo, el hazmerreír, lo sabía, cada secreto y cada escándalo, pero las criaturas de intramuros nunca asumimos que la divinidad es inevitablemente tóxica. Quise incluso por un momento haber chocado con él en aquel coche y que la insignificancia y la tierra sagradas nos sepultasen a ambos. Ese instante ha sido el peor de mi vida, el pensamiento en que he estado más lejos de mí misma. Tras el entierro fui una viuda ejemplar, a las biografías me remito. Defendí con uñas y dientes la memoria de mi marido de los latifundistas, las serpientes y el olvido. Logré que otras flores de especies más sofisticadas vinieran a comerme el coño. Tuve que arar Manhattan entero, sin duda no fue sencillo, y sembrar el mito del artista impulsivo para obtener una cosecha que se contaría por millones de dólares para cuando mataron a Kennedy. El MoMA y el Metropolitan me cortejaban en mi propio huerto. Sin mí solo se acordarían del legado del héroe cuatro nostálgicos del dripping. De nada, Jackson. De nada. Si la rosa no es de quien la planta, sino de quien la cuida, me pregunto si tu obra no es ahora mía. Convendrá que los críticos reflexionen del derecho de pernada en el arte, cuándo la obra es del autor o es del público o no es de nadie, que lo único digno de atesorar es el talento, y ni siquiera eso. Descalza de teorías he hollado siempre mi parcela, menos pomposa que Adán, por supuesto, aunque mucho más pragmática. No se me caen los anillos y tal vez por eso las heridas de mis manos siguen abiertas. Dicen los fantasmas que ahora su hobby ya no es tanto la floricultura, que también, sino dejar ciegos a los osos. Por su culpa hay miles de osos ciegos en el paraíso. Pues que le aproveche. Ni le perdono ni le dejo de perdonar. El ángel ejecutor que me espera en la cancela del jardín calza un falo flamígero de 7 cm de diámetro en la base. Un mango de azada del que Pollock diría con desprecio que no sirve para pintar. Pues así me iré del Edén, sin derramarle una lágrima.

marzo 01, 2025

Pitufos en la sombra

  Nuestras sombras son azules. Papá Perrault acaba su desayuno raspando un yogur griego con la cuchara, amontonando los restos viscosos pegados a las paredes del recipiente, rescatando en total menos de un tercio de suculenta cucharada. Deberíamos haber utilizado a Rossini como sátiro gastronómico, que en asuntos liricoculinarios hubiese dado mucho más juego que el francés. Nuestras sombras son azules. La luz del amanecer irrumpe apenas entre los espesos cortinajes. Ravel lleva un rato despierto. Besa con extrema delicadeza el cuello de madame d’Aulnoy hasta excitarla, sin despertar, visiblemente. A saber qué estará soñando. Ambos han perdido la cuenta abusiva del amor, por lo que el compositor ha decidido que hoy toca, por fin, abandonar la cama y pisar la calle. Qué calle? Cualquier calle. Nuestras sombras son azules. En la taberna me espera la cerveza, se relame Papá Perrault, la blanca, roja, tostada cerveza. Nuestras sombras son azules. El sol naciente, al principio, ciega a Ravel por unos segundos. Le alarga muchísimo la sombra. Nota la radiación en una piel que se estaba volviendo transparente, un sofoco tibio muy distinto del que le produce el cuerpo suntuoso de Madame d’Aulnoy, si bien estrechamente relacionado. Nuestras sombras son azules. Perrault baja al portal y solo tiene que girar la esquina de su calle para alcanzar la taberna. Qué calle? Cualquier calle. Con enorme sorpresa, encuentra que la taberna está aún cerrada. Es más pronto de lo que suponía. Calcula sus posibilidades. Esperar allí o ir al norte, hacia el Sena, donde habrá alguna abierta desde esas horas. Será por tabernas, blancas rojas tostadas non stop tabernas parisinas. La noche ha sido caliente, la primavera huele a escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines, aquello que en sus tiempos olía a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas se ha vuelto melindroso. Trescientos años son determinantes para reblandecer cualquier ciudad, vecinos incluidos. Nuestras sombras son azules. Ravel vaga rumbo al Sena en pos de una frutería madrugadora que le venda por el camino un par de kilos de manzanas de cuento para ir a comérselas con piel, rabo y semillas frente al edificio de la Bolsa. Su afición por las manzanas se confunde con su afición por las manzanas. Nuestras sombras son azules. Cerca de la Academia, Perrault encuentra un café abierto. Entra y pide cerveza. Se la bebe de un trago y pide otra. Se la bebe de un trago, pide otra. Se la bebe de un trago, otra. Lo que tú censuras como alcoholismo, lo califica él de protocolo base. Nuestras sombras son azules. Ravel cruza el río por el Pont des Arts. Después de zamparse las manzanas tiene retortijones. Una copita de digestivo le iría bien. Entra en un café cualquiera y quiere la providencia que se tope con un señor que cae al suelo tras el choque, bastante curda. Pero qué cojones haces tú aquí?, dice Ravel desde arriba. A ti qué te parece, Maurice?, anda, ayúdame a levantarme. Papá Perrault pesa una barbaridad y cuesta izarlo, casi tanto como luego mantenerlo en pie. La última persona del mundo a la que Ravel quería encontrarse. A ver cómo le explica lo de d’Aulnoy. Son las nueve de la mañana, Charles, y ya estás borrachísimo. Es porque estoy triste, bebo así desde que no vienes a verme. Eso será, dice irónico el músico. Claro que es eso, mantiene Perrault. He estado ocupado, Charles. Ocupado? Sí, estoy escribiendo una ópera. Y quién te ha hecho el libreto?, pensaba que cuando fueras a escribir una ópera contarías conmigo para el texto. Charles, tú ya estás muerto, sería un engorro trabajar contigo. Es verdad, nuestras sombras son azules. Ravel sujeta a Perrault y pasean por el Quai de Conti, a ver si le da el aire rabioso del Sena y se despeja. Sus sombras, algo más cortas que antes, reproducen los pasos inestables. El libreto es de Colette, explica el compositor, y va de un niño malote al que objetos de fantasía le van dando lecciones de vida y sustos de muerte. Una cursilada, vamos, reprocha Perrault. No más que Riquete el del Copete. También es verdad, contesta el viejo, pero en mis tiempos los textos olían a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas, nada de escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines. Los tiempos han cambiado, dice Ravel, hubo dos grandes guerras europeas, de la segunda me han hablado, nuestras sombras son azules, pero la primera me la chupe conduciendo camiones que llevaban munición al frente y volvían con heridos. Pues te veo feliz, a pesar de la experiencia bélica, observa Perrault. Estoy como siempre. No, como siempre no, me juego un barril de cerveza a que te estás tirando a tu libretista. A quién, a Colette? Sí, te estás tirando a Colette. No, hombre, nuestras sombras son azules, pero mira, como estás muerto desde hace siglos te voy a decir la verdad, aunque te enfades. Por qué me iba a enfadar? Porque a la que me estoy tirando es a Madame d’Aulnoy y, si te soy sincero, te da mil patadas como escritora. A quién te estás tirando? A Madame d’Aulnoy. Nuestras sombras son azules, amigo mío, ríe a carcajadas, pero tus gustos sexuales son incoloros. Tú te tiras a tu ama de llaves, a la húngara, y nadie te juzga. Cómo sabes eso? Contactos con el narrador. Siempre supe que llegarías lejos, Maurice. Poco a poco, cruzando el río, han llegado a la Île de la Cité y se han sentado a descansar bajo la estatua de Carlomagno. Sus sombras se acortan como por desgaste. Entonces, Charles, no estás enfadado? No, por qué razón debería estarlo? Por tu enemistad manifiesta con d’Aulnoy. Esa enemistad está en tu cabeza, Maurice. En todo caso estará en la del narrador, digo. Nuestras sombras son azules y te puedes follar a quien quieras, faltaría más, nuestra relación no se verá afectada por nuestras respectivas braguetas, yo hago lo mismo por mi parte, aunque reconozco que últimamente estoy mosca con la húngara. No me digas. Sí, creo que me la está pegando. Con quién? Con uno de mis propios personajes, eso sí que me cabrea. No será Pulgarcito! No creo, por dios, aún es un niño, nuestras sombras son azules. Entonces cuál? Pues ni idea todavía. Y en qué lo has notado? Eso se sabe, Maurice, el catre exótico de antaño se ha vuelto tan melindroso como la ciudad. Trescientos años no pasan en balde, viejo. Ella lo niega, pero le he dado un ultimátum: va a tener que dejar a su amante, sea quien sea, si no quiere perder el trabajo de ama de llaves, en París hay amas de llaves a full, millones de amas de llaves. Aún así sospecho que has sido un poco duro, Charles, no tienes derecho de pernada sobre la servidumbre. Te recuerdo que vivo en el siglo XVII, diría que algo sí tengo. Vaya, es verdad, nuestras sombras son azules. Son azules. Azules. Caminan hacia el Hôtel de Ville. Parece que Papá Perrault está algo más despierto. Ravel, intrigado, insiste en el asunto de la húngara. Y de qué personajes sospechas? Pues de todos los príncipes, por supuesto, esos los primeros, pero también del lobo, del padre ausente de Cenicienta y hasta del gato con botas. Y Barba Azul? No creo, de todos es sabido que es un asesino en serie de mujeres, la húngara no es idiota. Entonces yo apostaría que te la pega con el padre de Cenicienta. Tú crees, Maurice? Claro, por eso está desaparecido del cuento. Lógico. Muy lógico. Suben lentamente hacia el Pompidou, dejando que el azar les indique el camino. Aún faltan un par de horas para que el mediodía devore sus sombras. Desde la oficina de correos se les ve cada vez más pequeños en la distancia. Con los ojos entrecerrados podréis llegar a advertir que han entrado, cómo no, en una taberna de la Rue de Beaubourg. Nuestras sombras son azules, Charles. Eso pienso yo, Maurice, eso mismo pienso yo. 

febrero 22, 2025

Perlocucionario

 Usurpemos por una página el altar de los lingüistas teóricos: los actos del habla son tres, como los del teatro decimonónico. Exposición, desarrollo, reexposición. Más o menos. El acto locutivo es la enunciación en sí, los temas propuestos. La carga que comporta detonará las acciones y justificará las omisiones. El acto ilocutivo es la intención del emisor que enuncia, sea explícita o tácita. Se comporta como el meollo de la cuestión, su sustento sistémico. Siempre se vuelve complejo discernir por qué uno manifiesta ciertas intimidades, a quién engaña si no es a sí mismo, qué se pretende obtener de los demás. Simplemente se piensa, se dice y listo. Por último, el acto perlocutivo, el más interesante, corresponde con la cristalización del enunciado en el receptor, la conversión de las palabras en una respuesta forzada de algún modo por la locución inicial. Y telón. Así acaba cada trocito de cháchara y así empieza el siguiente. Una cadena de sistemas emergentes con sus actos y sus agentes y sus discursos. Tras pronunciar o recibir palabras ya no eres el mismo. Todo va cambiando a golpe de verbos. Me pregunto si alguna de las oraciones de mi libelo te ha hecho levantarte a abrir la nevera, dar un brinco, sentir alegría o quedarte perplejo. Pensarás que esto no te ha cambiado la vida, por qué habría de hacerlo. En principio es solo un pastiche textual que huye de eventuales clasificaciones. Pero estamos en el último round y debes tomar decisiones de lector intrépido. Figuras, conceptos, carne, algas, antiguos, modernos. Es hora de quitarte el reloj, dejar la mente en blanco un instante y leer el siguiente capítulo. Te adelanto que Ravel y Papá Perrault crearán allí su propia sucesión obstinada de enunciados deliberados y acciones consecuentes. La comunicación es, a todas luces, predecible. Ahora bien, ojo, bastará una única novela-comedia-sonata para que de repente no seas quien eras antes. No importa lo que yo digo, sino lo que tú recibes. 

febrero 18, 2025

Printemps, Ivonne

 La Bella durmiente canta una de Fourdrain mientras alguien le prepara otro pico de morfina. Anochece en Niza cuando amanece en Capri. Incluso en el Folies Bergère, la mezcla habitual con coca disipa a veces las neblinas de opio que celan la realidad de los cuentos de hadas. Aún faltan décadas para despertar y ya gasta unas venas como túneles alpinos y un tabique nasal que ríete tú de la Gran Muralla. El príncipe encantador la dejó en la estacada, o quizás será al revés y mucho más adelante. Hay algunas reseñas elocuentes al respecto bajando por las páginas de sociedad, para quien quiera hurgar en los pormenores. Los personajes telaraña como ella atraen hacia la muerte a las polillas. La mayoría son machos de tinte moreno y opulentas cabelleras que no sobreviven al letargo. En una de esas partidas de Quién es Quién descubrimos con regocijo que su nuevo amante no lleva gafas, usa sombrero y vino de ultramar. Desde que se fue, nunca más volvió, seguiré sus pasos, etc. Para que no haya dudas, el sueño estaba compuesto como una torre formada por capas sin fin que se alzaran y perdieran en el infinito. No puedo explicarme mejor. Un atrapasueños de este calibre igual te roba el tacto triste y sólido de tu madre muerta que te sisa una premonición difusa de la Arcadia olduvayense venidera. Crecían sobre el asfalto grandes prados de adormidera ondulante, ordeñados con la primera luna de otoño por miríadas de oompa-loompas. Así es la Bella durmiente, un desagüe de alcaloides y vanidades, un vórtice de enaguas y malhumor. No esperes encontrar más que insomnio en kilómetros a la redonda. 

febrero 10, 2025

Pot-pourri

 La niña Laideronette levanta las manitas huesudas. No lleva batuta ni falta que le hace. El público de la función se reduce a Ravel y d’Aulnoy, que asisten al concierto en cueros desde la recurrente cama con dosel. Aun así se respira el ambiente de los grandes estrenos. Algunos ruidos, cuchicheos y toses son arrastrados por una corriente de silencio. La expectación se va apelmazando mientras llega el momento de empezar. Integrado por no menos de cuarenta pagodas, el orfeón se dispone a lo largo de la alcoba un poco al buen tuntún, en filas escalonadas que van desde el suelo hasta lo alto de un escabel, elevándose sobre cajas de zapatos y banquetas de diferentes tamaños. Pueden parecer ridículos, pero quien haya asistido a los ensayos sabe de lo que son capaces. Un gesto enérgico de la niña inicia por fin el concierto y entonces, sin más, lo que era feo se vuelve hermoso. Laideronette nació, dice el coro, como nace este canto, calculadamente bella, princesita sonaja, bebé arcoiris, dientecito de ajo. Pronto, la maldad del hada Magotine mudó sus dones naturales y la castigó con una quirúrgica fealdad. Las vocecillas punzantes de las sopragodinas nos van revelando los detalles de la historia. Por debajo, una especie de discantus masculino salmodia un áspero frontispicio que sirve de sustrato armónico. Parece que son las manos de la niña fea las que irradian cada nota. D’Aulnoy y Ravel están emocionados. Su hijita adoptiva se está haciendo mayor. Por los poros juveniles resuena una rabia lúcida que derruye tabiques y techo como Jericó bajo un estrépito de trompetas. Años después, sigue el coro, quiso el destino que Laideronette se cruzase con un príncipe atrapado en una serpiente. La malvada Magotine le había hechizado como a ella. El amor ciego entre ambos va a ser la redención que les devuelva a su forma original. En medio de los escombros de la habitación crece rápida la hierba. El dosel de la cama se ramifica, abulta su tronco y, verdeando contra el cielo abierto, hace derramarse frutos rojos hasta donde alcanza la vista. El gorgojeo animal del orfeón pagoda ha esparcido la dulcísima esencia del paraíso y el selecto público son ahora Adán y Eva, padres en contorsión de la voluntad inventiva y el apetito pecaminoso. La crónica de Laideronette es la crónica del pueblo de los pagodas, que cuidaron de ella cuando su condena la obligó a tocar fondo, y también, por extensión, la de quienes les volvieron célebres mediante sus obras. Ravel y d’Aulnoy se felicitan por ello con caricias y besos, desnudos bajo el manzano, mientras la cantata continúa por excelsos derroteros, nos arrastra al infierno en su caída, suspira aislada dentro de sus propios paréntesis y saca pecho para triunfar en su ascenso. El príncipe serpiente se ha unido a la bacanal y besa a Laideronette enroscado en su cintura. La manzana de Eva alcanza la boca de Adán, que lame con la punta de su memoria aquellos murmullos ribeteados de asombro pentatónico. Comen todos del fruto porque comerlo es crear y crear es persistir en los vientres estériles del recuerdo y provocar emociones fuertes a las cabezas tiernas. Hacia el final, los nuevos habitantes del Edén acoplan sus jadeos a la respiración circular de los pagodas cantores, justo cuando la niña Laideronette se va a correr por primera vez en la boca del príncipe serpiente. Suenan bajo su agitada dirección los últimos tres acordes de novena, seis gemidos descendentes y el viento perpetuo pasando entre las doce ramas del Árbol de la Ciencia. Algunos ángeles miran desde lo alto de la tapia del jardín y se preguntan curiosos cuánto durará aquel locus amoenus. A continuación transcribimos algunas reflexiones de d’Aulnoy: Siempre he concebido la poesía como un complicado suflé. Todo debe estar perfectamente medido, batido, aireado y dispuesto para que suba en el horno y quede arriba. La novela, por contra, es como un potaje. Los ingredientes van en crudo al puchero, lo que tengamos a mano, nabos, legumbres mezcladas, manos de cerdo, acelgas, sin trabajar, sin miramiento, porque será el fuego del lector intrépido el que cargue la olla podrida de sustancia nutricia. No sé qué es feo o hermoso, ni dónde se deshace la sinceridad o en qué espuma flotan lo soez y lo vano, pero comprendo que mi voluntad es hacer que el canto de los pagodas derruya tu resistencia al paraíso y te arrastre hasta él. A continuación transcribimos asimismo algunos pensamientos de Ravel: Bajo el brillo de una breve sonatina hay un diabólico mecanismo de traviesa relojería en el que no cabe una nota que no esté dispuesta a alimentar con luz a las demás. Al otro lado se encuentra el sumidero generativo de la ópera, un caldero monumental donde los temas musicales se ponen al servicio del libreto, yuxtapuestos, seriados, con orquestaciones de oficio, una masa que solo podrá germinar de manera consistente atravesando oídos hambrientos. Ambas comprenden a su modo nirvana y sansara, formulan por igual belleza y desproporción. Recuerda que Apolo se sienta junto a Baco en la mesa de los dioses y desde tu posición de famélico mortal nunca puedes saber cuál de ellos está devorando el potaje y cuál degustando el suflé.

febrero 01, 2025

Para unos amigos

La maldad es la bondad inconsciente de sí misma, dice con solemnidad el leñador al molinero, una afirmación, amigo mío, que merecería un desarrollo, sin duda, si no fuera porque los desarrollos no tienen cabida aquí precisamente porque aquí no tienen cabida los desarrollos. Suman aún catorce hijos entre ambos, mitad abandonados en el bosque, mitad desnutridos. Niños de sobra. El cielo de nubes de olla exprés se refleja, a través de los árboles, en los ojos tristes de los que se quedan. Además, responde displicente el molinero, conviene hacer notar que una gastronomía avanzada es indistinguible de la antropofagia, porque dime tú una cultura que no haya puesto en venta a sus retoños. Rebuscado, pero reconfortante, conviene el leñador, aquí paz y después gloria. Comprobamos una vez más que no hay dilemas morales para el indigente gastronómico. No hay digestión postraumática que valga. La culpa, si es que eso existe, se diluye en el tocino. Empachados como estamos de estéticas alimenticias y otras ornitologías, nos ceñiremos al examen culinario de una xilografía concreta de Doré, L’ogre le reçut aussi civilement que le peut un ogre, Hetzel, París, 1862, en la que deja claro que el rey comió esa noche bebés asados. Qué rey? Cualquier rey. El rey de la selva. El rey de amarillo. Elvis. Arturo. Luis XVI. Qué si no habrían de servir en un banquete de ogros? Acelgas? Entre las reses y los carneros condimentados con amplitud, junto al vino abundante decantado en un hermoso cristal veneciano, se erigen amontonados sobre una bandeja enorme cuatro enfants mi-cuits a los que solo les falta la manzana fuji en la boca. Que Ravel me perdone. El rey fue engañado una vez más y por extensión lo fueron las tragaderas de sus súbditos. Ah, ça ira, ça ira, ça ira! Debéis saber que el Ojáncanu había reservado mesa para cuatro en un tres estrellas michelin de Barcelona, a sabiendas de que se quedarían con hambre. Deseaba sofisticar su pantanosa existencia y empezaría por cuidar la dieta. Lo de la higiene, para más adelante. Al enterarse sus amigos, le advirtieron que nada de lo que fueran a comer allí se habría criado en libertad, ni podría albergar los sabores de antaño. En verdad, dijo el gigante Fafner, estamos orgullosos de tu nueva urbanidad y aceptaremos tu invitación, pero en otro sitio, queridísimo Ojáncanu, no malgastes tu oro en fruslerías tostadas a soplete y algas esferificadas. Para regresar a aquellas pitanzas horneadas de nuestra memoria, aseguró Bigfoot, te recomiendo reservar en el Club Polidor, donde te permiten llevar tu propia comida. Mucho más económico y suculento, sentenció Shrek, vayamos ahora mismo al bosque a hacer la compra. Adiós cordero de soja texturizada. Au revoir concentrados de cangurillo de corral. Ciao tartar gelificado de tiburón vaca con crema de paraguayo. Nada es lo que nos aseguran que parece. Su gozo civilizatorio en un pozo. Así no hay forma de materializar, qué futilidad, la nutrición del alma, con la ilusión que le hacía. Días después, el grupo de amigos aterriza en L.A. para disfrutar de su cena en el Polidor. Llevan cada uno una bolsa. Al entrar, varias mesas de vampiros se vuelven a mirarlos. Los ogros son como elefantes en cacharrería. Allí en el oeste se les conoce como tuercesecuoyas. El maître albino les da el alto nada más verlos. Tenían ustedes reserva? Por supuesto, a mi nombre. El maître le mira de arriba a abajo. Y usted quién es? El Ojáncanu. Tarda mucho en revisar la agenda, siempre con la nariz mirando al techo. Hay algún problema?, pregunta Fafner. Esos sacos se mueven, monsieurs. Son cuatro niños medio asfixiados, señala Bigfoot, los traemos listos para el bourguignon. Por eso lo llaman la tierna infancia, exclama Shrek. El maître cede por fin. Qué buena elección, monsieurs, acompáñenme. Y se ríen todos a carcajadas de camino a su mesa.

enero 25, 2025

Pura y viva luz de rubíes

El día que la pintora Lee Krasner se cruza con el fantasma de Gershwin en mitad de su zozobra existencial, no sabe si preguntar otra vez por Pollock o seguir adelante con su planazo autodestructivo de atiborrarse a pastillas y bourbon hasta caer desmayada lo más cerca posible del amanecer. Las luces en los bosques nocturnos siempre aparecen cuando se está absolutamente perdido. Bajo una tormenta, presa de la desesperación, ante la certeza de la muerte. A veces esas luces inesperadas llevan a la salvación y otras veces de cabeza a la casa del ogro, divergencia que las invalida como deus ex machina. Son una moneda al aire en el imaginario del autor. Primer premio en el sorteo de Navidad argumental. Como los vómitos de la niña que vomitaba al azar flores y joyas, que igual podían ser rubíes que podían ser geranios. El fantasma de Gershwin brilla con luz propia. Una luz de un color sin apenas nombre, bruma traslúcida, plomo fulgente, tornasol en progresión. Para visualizarlo hay que imaginar un resplandor de teatros de Broadway a través de la niebla. Se le ha aparecido canturreando Someone to watch over me, pero no por vanidad, sino para templar los nervios de su primera misión fantasmal. Krasner se encoge de hombros y se agarra al ectoplasma como a un saco relleno de gelatina. Pregunta por Pollock, directa, como suele. El fantasma de Gershwin tartamudea que justo venía a eso, de parte de Bartók, el pobre tenía cosas que hacer y no ha podido aparecerse, el trabajo de fantasma es muy esclavo, a todas horas de aquí para allá solucionando asuntos sin resolver en vida, guiando fiambres recientes a los puentes, asustando al personal. Su largo discurso dará aún varios rodeos evasivos, zapateará por cañaverales, incluso sonreirá tenso. Mi hermano era el de las palabras, jejeje. Algo me está ocultando, reflexiona Krasner y le pone tal cara de no tener el chichi para farolillos que a Gershwin no le queda otra que contar de una vez lo que venía a contar. Bartók y él han localizado a su marido, pero ha surgido un imprevisto: Pollock no quiere verla. Cómo te quedas?! El músico se suelta por fin y canta de corrido las circunstancias de la búsqueda. Les costó dios y ayuda dar con el espíritu del pintor en el más allá, se rumoreaba que yacía borracho día sí, día también en algún lugar de Carolina y ni cogía el teléfono. Cuando lo encontraron en un suburbio de Charleston, le dijeron que Krasner lo andaba buscando, pero el artista aseguró no conocerla de nada. Espera, Gershwin, cómo que en Charlestone?, allí no es donde transcurre Porgy & Bess?, y desde cuándo los muertos tienen teléfono?, te lo estás inventando o qué? Acuciado por el pánico, el fantasma toma las de Villadiego y desaparece. Aquí hay loro encerrado, confirma Krasner. Dirás gato encerrado. Eso, gato. Quince minutos después, en segunda convocatoria, conseguirá que se presenten los dos hijos de puta, esta vez juntos, Bartók y Gershwin, para darle más explicaciones. Como Gershwin sigue acongojado por lo de antes, Bartók toma la iniciativa para jurar y perjurar que lo que va a decir es la solemne verdad: Pollock se ha liado al otro lado con el fantasma de Caperucita. Asegura que no quiere saber nada de amores antiguos, que su matrimonio es agua pasada. Por lo visto se olvidó de Lee Krasner nada más palmar. Ella se ha quedado blanca, como un tubo fluorescente. La conmoción es monumental. Se la comió un lobo, recita con la voz opaca, el fantasma debe estar hecho unos zorros, joder, un espíritu masticado, tragado, digerido y defecado por un chucho salvaje. La marimorena gore que debéis tener putomontada en el purgatorio, una que ni la Báthory en tiempos. Y eso sin contar que la cría debía tener, qué?, diez años? Pollock no era un faro moral, grita Krasner, pero nunca pensé que el muy cerdo llegaría tan lejos. Está que echa chispas. En un arranque de ira arrasa bastidores, caballetes y espátulas. No queda en pie ni el flexo que usa para pintar de noche. Ahora es un taller recién bombardeado. Bueno, el cuento no es como nos lo contaron, explica Bartók con calma, lo cierto es que Caperucita tenía veintiséis primaveras, un cuerpo de escándalo y mucho esprai antivioladores no homologado, por si acaso, un material desarrollado por cárteles feministas berlineses en los noventa. Tampoco se la comió el lobo. Ni siquiera era un lobo. Todo mal. Era un oso grizzly que salía atolondrado de detrás de unos matorrales y recibió la descarga de esprai adulterado en los ojos. Caperucita murió ocho pasos después al caer huyendo por un barranco. El oso quedó ciego al instante. Ahora Pollock ha aprendido de su novia a dejar ciegos a los osos. No bebe, ni fuma, tampoco se droga. Pinta un cuadro y el oso pierde la vista. Es un hombre nuevo. Su novia?, cómo que su novia?, aún es mi marido!, estalla Krasner. Bartók reduce con suavidad a la pintora en shock y la lleva hasta la cocina. Te queda café? Haremos café. Mientras hay café, hay esperanza. Voy a explicarte cómo funcionan las cosas en el otro barrio. Cada vez hay más osos ciegos en los bosques. Eso es un problemón para los ecosistemas. Los osos ciegos mueren de hambre y está el terreno lleno de cadáveres. Sin depredadores, los herbívoros arrasan la vegetación. Ha cambiado incluso el curso del Leteo. La proliferación descontrolada de salmones tampoco ayuda. Los osos que quedan se han vuelto exclusivamente ictícolas. Yo les hago bailar, que es algo inofensivo, y ellos, ya ves, en fin. Mientras tanto en el salón, Gershwin canturrea I’ll build a stairway to paradise y se bebe cada una de las botellas de bourbon a medias que encuentra. Para ser su primera misión en la tierra de los vivos no ha ido tan mal. 

enero 18, 2025

Pepinos y gatos

En un receso coital, Ravel ha escrito un aria con dos mininos follando. El aria de los maullidos, sonríe D’Aulnoy desde el catre. No miento. Soy un narrador fiable. Véase L’enfant et les sortilèges, final del primer acto. Sidonie-Gabrielle Colette, estabas como un cencerro. C’est toi, chat? Que tu es grand et terrible! Tu parles aussi, sans doute? Pues no. Solo maullaban. Ni una palabra inteligible. Nada! El que sí hablaba, y tanto que hablaba, era el de las botas varoniles, el de aquella categórica desvergüenza y un florete de 40 cm, aprox, suficiente para hacer un siete en el hígado a quien osara señalar sus marrullerías. Nadie me puede impedir que sugiera la travesura de calzar borceguíes a las invenciones líricas de Colette y Ravel, que el aria no tendrá letra, oye, pero qué gritos, qué gemidos. En escena pueden mantenerse más o menos recatados, según el director, pero la música les delata. Temo pues que sea tarde, aun desde mi posición privilegiada de pantocrator, para colar en la orgía algún gato de Samaniego, o tal vez fustigar al primo de Cheshire, o rescatar quizá para la ficción ciertos michines de carne y hueso, por su interés netamente intelectual, claro, a saber, Flanelle y Adorno, merecedores de una contranovela rosa completa. En fin, litegatura. Nuestro felino lenguaraz ha ido con los años dejando de visitar a su señor en las tierras del marquesado, pero asiste puntual a las sesiones con su logopeda por un problemilla de ceceo. Ya está otra vez Madame d’Aulnoy leyendo La Fontaine. Desde tiempos de Rodilardo no se vio mayor sofisticación. Lo cierto es que para medrar hay que apuntar alto, aunque siempre con cautela. Los asuntos de amorío, mal enfocados, son un lastre durante el ascenso social. El gato con botas debería haber elegido como compañera una mujer que fuese en realidad una gatita blanca hechizada, pero prefirió entrarle a una gatita blanca hechizada que en realidad era una mujer. Subyacía en el inconsciente del macho la voluntad utópica de convertirse en un ser humano, algo imperdonable bajo la severa protección del marqués, aristócrata de férrea moral y único gallo del gallinero de Carabás. Gato y gata empezaron a salir por los tejados de Montmartre. Cazaron ratones en las ruinas de la Piscina Molitor. Robaron pollos asados de una rôtisserie a tres calles de la tumba de Baudelaire. Él le regaló a ella unos botines Jimmy Choo de cuero de vaca pirenaica, con aderezos de perlas peregrinas y remates de paladio que pusieron París a sus pies. Perdón, París a sus patas. Fueron felices y comieron perdices. Para cuando la gata volvió a ser mujer, roto por decapitación el conjuro, la pareja había tenido ya dos camadas y media de hombres-gato que sembraban el terror a ambos lados del Sena. La única inmortalidad es la de la especie, en términos evolutivos. Los atemorizados ciudadanos tomaron por entonces la costumbre de colgar ristras de pepinos en los balcón para ahuyentar a las bestias. La reacción de Carabás no se hizo esperar y le puso el cascabel al gato. El pobre pensó que aquella marca de vergüenza era lo peor que le había pasado nunca, hasta que llegó el hambre. Aún vaga por el Quai de Conti como morrongo en pena, flaco, sembrado de calvas tiñosas y con las garras y los dientes cayéndosele a trozos. Ya viene el gato con botas por el Pont des Arts, se avisan unos a otros los ratones, ya sube hacia la Conciergerie. A un tris ha estado varias veces de rellenar de piedras las botas y tirarse con ellas al río. 

enero 11, 2025

Paroniquio

El viejo Perrault se frota las manos para calentarlas. Sabañones colorados del tamaño de un morcón le están amargando el invierno. Hace demasiado frío en el aviario subterráneo. Su partenaire, la lora Alejandra, yace hecha un boliche, por entero plumas y lamentos, como un samara entregado a las privaciones. Perrault trata siempre de moderarse, pero la pajarraca no suelta la imaginación si no hay tormento de un día para otro, así que se estruja los sesos para encontrar suplicios que desanuden la creatividad, como aquel mentor que, por su bien, pone deberes extra a un discípulo aventajado. Han escrito Riquete el del Copete y se nota desde el título que el ave venía ya muy tocada de lo de ayer. Qué despropósito. Escribe: para moderar el contento de la madre, el hada declaró que la princesita no tendría ningún ingenio y sería tan estúpida como bella. Escribe: La belleza es una ventaja tan grande que debería bastar por sí sola. Escribe: tráeme esa marmita. Escribe: su hermana menor no se alegró, porque no tenía otra ventaja que la inteligencia y a su lado ahora parecía una mona rosada. Esa otra hermana, la fea/lista, para qué sirve en la narración?, para qué consumir tal recurso, una fémina copia de Riquete, sin un príncipe guapo pero imbécil que la complemente?, de qué modo esperaba escapar la otra hermana, la mayor, a su compromiso?, si se supone que ya era lista, por qué no lo parece? y no os da mucha tirria el propio Riquete, tan pagado y seguro de sí mismo? Una obra imperfecta, que Alejandra va a tener que mejorar. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan. Creo no haber explicado aún que Perrault le arrancó las uñas. A eso me refería con lo de ayer. Las dos patas. Con unos alicates. Doy fe de narrador fidedigno que la lora quedó absolutamente exhausta. Más que vencida, fue aniquilada. Y atentos que aún hay más. Esta noche, dispuesto a mejorar el Riquete mañana sin falta, va el muy hijo de puta y le calza al bicho unos brodequins de hierro chiquititos, obra de relojeros, muy cuidados de factura, con un tornillo mariposa para ajustarlos como es debido y un candadito de los de diario adolescente, instrumento en su conjunto que amenaza con dejar al animal parlante con los dedos y el tarso convertidos en muñones. Luego abre la puerta secreta, con el legajo de apuntes a reestructurar bajo el brazo, y alcanza a zancadas la superficie. Mañana se te dará mejor, yaca estúpida. La taberna espera al gran Charles Perrault, ahíta de cerveza. Alejandra se acerca de inmediato arrastrándose como puede hasta el bebedero. Le duelen tanto las garras dentro de aquellas botas infernales que está segura de quedarse sin patas. Bebe el agua sucia y al menos la garganta deja de mortificarla. Si los loros hubieran creado un dios propio tendría el aspecto, tal vez, de un grifo majestuoso, un Buda emplumado provisto de pico y membranas nictantes, y sería cosa de rezarle con esperanza, no se fuese a enfadar. Pero como los pájaros son impíos, en su mayoría de especies, va a tener que consolarse de algún otro modo a sí misma. Somos nosotros los simios quienes otorgamos alegorías místicas a las aves, la paloma del Espíritu Santo, el loro de Flaubert, el ave fénix, la doncella cisne y no pienso hacer otra lista como en el capítulo anterior. Patas de yaco con zapatitos tres números más pequeños que te dejan las extremidades como un moco de ogro. Esa es la imagen. Mocos de ogro sin circulación sanguínea. Atrofia. Dolor intenso y continuo. Empeoramiento de las lesiones periungulares. Mil veces se ha propuesto Alejandra narrar historias geniales nada más ver llegar al hombre al subterráneo, para evitar las torturas, pero no hay manera: sin dolor no hay literatura y Papá Perrault lo sabe y va al grano, ejecutando lo que ha bautizado con pompa Operaciones de Tormento Constante. Nada de dolores agudos al momento, no, eso no funciona, invalida la inspiración. Son bastante más efectivos los suplicios menores, aunque de largo recorrido. Así nacieron Pulgarcito, El gato con botas y La Bella durmiente, con un día de sed, un cilicio también chiquitito allí donde la fíbula y el tibiotarso se unen al fémur y una zorra suelta toda la noche en el aviario, respectivamente. Así, bajo castigos de dolor lento, se escribieron Grisélidis, Barba Azul y Los deseos ridículos. La lora alimenta su purgatorio con historias nuevas, impelida por el suplicio perenne, durante las 24-48 horas que tarda el simio en volver, y cuando llega solo tiene que recitar aquello que largo y tendido estuvo estructurando, con la esperanza, otra vez, de que acaben sus tribulaciones físicas y el secuestrador la libere. El corte de uñas, por desgracia, fue demasiado. No pudo pensar las horas siguientes más que en morirse, en cómo morirse allí dentro, provocar a Perrault con el silencio para que la estampase contra las baldosas, estamparse ella misma contra los barrotes. Así ha nacido la trama de Riquete, como un extenuante despropósito. Qué coño voy a crear nada a poco literario, llora Alejandra, con las garras arrancadas. Cómo bajo estos grillos de Satanás estrujándome las llagas habrá cuento para mañana. Siempre me acuerdo de Barnett Newman cuando escribo sobre ornitología, pero igual no es ahora un buen momento para analizar lo aviar de su obra. El animalillo gris come unas pipas sin sal de un comedero asqueroso. Ha perdido su astriflamante cola roja pluma por pluma. Mustia, triste y dolorida, es solo un despojo alado con muy pocas ganas de contar nada. Nos da tanta lástima que no sabemos si intervenir, como documentalistas de la BBC que salvan contra natura pingüinos en la Antártida y cachorros de león en el Serengeti. O como Bruce Willis en Lucky Number Slevin, padre adoptivo del año. O Siddhartha renunciando al ascetismo, la cuerda demasiado tensa se romperá. El pingüino, el padre y la cuerda. Qué cuerda? La cuerda que se tensa demasiado y revienta, grazna Alejandra con un hilillo de graznido. Nos estás pidiendo socorro? Quieta ahí, pequeña Buda. Quieres modificar el guion y eso a Bertolucci igual no le hace ni pizca de gracia.  

enero 06, 2025

Pata de cabra

La magia blanca. El mal de ojo. Las calles del faubourg húmedas de niebla. Bocage. Las circunstancias de la huida. La risa frenética de Scarbo. La buenaventura que leía Madame Léonie. André. Los ojos del macho cabrío. La Pachamama, Parvati y Venus Murcia. El sortilegio de los atajos. Giovani’s. La soledad del camino que se emprende. Los grimorios prohibidos. Los aprendices de brujo. Guinoiseau. La piedra filosofal. Los hechizos de refuerzo. Las posadas mugrientas. Au talon d’argent. El Leteo con su nube de barcazas. La frontera y la venganza. Las varitas y sus poderes. Keltermann Passage. El azufre y el mercurio. Las meigas y sorginas. El polvo de hadas, tan parecido a la ceniza. Rennwerk. Los escaparates. El pentáculo escondido en las manzanas. El tarot. Sigrun Woehr. La fusta. El idealismo mágico. El uróboros. Hartlmaier. Los hombres-lobo convenientemente encadenados. La rabia sólida que endurece las uñas clavándolas en la propia carne. Las pociones que todos hemos hecho de chiquillos. Absatz. Los sapos y culebras. Las flautas y los carrillones. Los amuletos de protección que fallaron. Mia. El bosque oscuro y el sendero estrecho. Las cruces y los ajos. Las ampollas. Kürmayr. Los estantes llenos de PLV. El sufrimiento acumulado. Los dibujos en los posos del café. Denkstein. La vela prendida en la ventana. El cestillo y el tranchete. El milagro del cuero bien tratado. Catherine Mulier. El bien, el mal y lo de en medio. Las escobas. Los harapos. Marco. La definitiva desnudez. El periplo horizontal. Los pequeños Cárpatos. Soňa. Las bestias y criaturas. Los mitos de la sangre. La otra magia. Čachtický Hrad, detská obuv.