Fui un chaval triste durante mi adolescencia hasta que pasaron cosas. Había olvidado el color de las flores de mi infancia, pero la música de extremoduro y 1/4 de Panoramix doble-gota me recordó a qué sabían las flores, las salvajes y contentas en el monte; esquivando el viento verde junto con la cabra y el diablo.
En el 97 nací con la cabeza que tengo ahora en medio de un concierto en Jerez. Nos quedaba corta la vida y sus posibilidades. Alguien me pasa una maceta de kalimotxo en el Enano Rojo de la calle Elvira, nos embriagamos y celebramos la torpeza cantando sus canciones, las voces rotas, el bruxismo, y el hecho de que en ese momento éramos invencibles; el escudo y la lanza son la guitarra y el poema.
Ahora mismo, mientras tipeo esto, siento un terrible pudor. Pero lo cierto es que aprendí mucha literatura elevándose sobre su hoguera, sobre la nuestra, en los descampados y el edificio abandonado dónde alguien dejó un pegaso de tizne en la pared bajo los efectos de un chute reciente de heroína.
11 de diciembre de 2025, a las 24 horas del suceso. Me falta el aire y no debería ser, otra muerte, otra forma nueva de no ser el mismo desde...
La voz crepitante que flota en el salón en una tarde que no sería reseñable sin la voz crepitante flotando; una burbuja que se expande tanto por fuera como por dentro, ¿es esto una promesa? ¿Es lo que estamos respirando?
No hay comentarios:
Publicar un comentario