abril 24, 2026

Montañas blancas

Hay agua, hay una carretera con tráfico fluido, aún no son las ocho y el cielo está saturado de tonalidades naranja, el color se refleja en la superficie del agua moteada de culos de flamencos, por la ventanilla del coche entra el olor del mar, el agua está a los dos lados, circulan con prudencia, una cabezada a destiempo y directos a la laguna. 

Hay tres hombres en silencio, hay golpes del viento queriendo entrar al coche por la ventanilla, un grupo de flamencos emprende el vuelo, el que conduce los señala y se ríe, los flamencos volando han sido una de las cosas más espectaculares que ha visto, el que va detrás duerme, a pesar del bramido del aire, el copiloto fuma y, en un descuido, la ceniza vuela y se dispersa por el interior del coche. 

Hay medio sol en el horizonte, hay coches que vienen de frente, la mayoría lleva las luces puestas, pero el que conduce está despistado pensando en cómo los flamencos emprendieron el vuelo, el copiloto le dice que encienda las luces, a lo lejos se ven las montañas blancas de sal, comidas por las excavadoras, el que dormía detrás se despierta, lleva sin descansar casi tres días, como los otros. Cuando me toque conducir a mí, rezonga, ya me lo contáis. 

Hay un desvío, hay unos pinos más allá de la carretera, el camino pasa cerca de las montañas blancas, paran el coche detrás de un muro discreto junto a una valla metálica, ahora podrán dormir al menos durante tres o cuatro horas, en el maletero se oyen golpes sordos que no son del viento, los pinos dan sus últimas sombras, el crepúsculo ha comenzado, el copiloto termina otro cigarro, los flamencos son increíbles, murmura el conductor aunque nadie le escucha. 

Hay una pala, hay una cizalla debajo del asiento, pasada la medianoche bajan del coche, han podido descansar algo, no hay farolas cerca, el de detrás coge la cizalla y la pala, corta la tela metálica de la valla como quien trincha un tomate, camina hacia la montaña más cercana, el conductor alumbra con una luz muy tenue mientras abre el maletero, el copiloto mantiene en alto un taser trucado. 

Hay un agujero en la montaña blanca, hay un tipo dentro que aún vivía hace un momento, una vez tapado el agujero casi no se nota, las excavadoras tardarán meses en llegar allí, para entonces el cuerpo del tipo estará seco, esperan un buen rato, regresan al coche, el que conducía ahora no conduce, le toca al que iba detrás, se van turnando como en una rueda. 

Hay agua, hay la misma carretera, aún está el cielo negro, azul y sin luna, nunca había visto flamencos volando, insiste el que ahora va de copiloto, son bellísimos, dice, tardarán nueve horas en salir de España por donde entraron, el coche circula con prudencia, tampoco a la vuelta quieren llamar la atención, a la derecha empiezan a intuirse tonalidades malvas, el que ahora va detrás enciende otro cigarro.  

abril 23, 2026

Dame sal

 Primer post de CatBallou por estos lares. Don't believe the hype.


DAME SAL

Hacerse la distraída puede ser un arma de doble filo. A veces es útil para justificar cualquier desidia, y suele venir bien para saltarse el brócoli, escaparse de una bienvenida o zamparse como quien no quiere la cosa todos los azucarillos. Sin embargo, una distracción demasiado fingida o pretenciosa puede acabar francamente mal si se monta en una inercia, pues al segundo siguiente, a lo tonto, han pasado cinco años, seis trenes, un enjambre, y la sensación de no haber comprendido el significado de la elipsis temporal. Y tal.

Fue entonces cuando apareció Ana. Abreviatura de Anaclastifichineriastila, pero nadie la llamaba así, salvo su madre, que había elegido el nombre y jamás se había arrepentido, por mucho que diga algún canalla. Ana venía vestida con una chaqueta que parecía un collage de plástico de colores y calcetines imposibles que olían a goma quemada. Yo estaba sentada, mirando un libro que no leía, y ella empezó a olisquear la habitación como si fuese un detector de minas, pasando la nariz por la mesita, el suelo y finalmente por mí.

—¿Puedo ayudarte? —dije, porque eso es lo que se dice.

—Dame sal.

No me dijo “por favor, puedes darme un poco de sal que me hace falta para a mí que me importa”. No. Solo dijo: Dame sal. Y le di sal, claro, porque así se piden las cosas cuando realmente hace falta hablar. Sin rodeos molestos. Con olfato.

Al día siguiente volvió. Oliendo. Metiendo la nariz por cualquier hueco que le parecía interesante. Pasó la barra de metal de la estufa. Olisqueó mis libros. Metió la mano bajo mi axila. Yo la miré. “Así es ella”, pensé. “Así es el mundo”.

—Dame sal.

Y yo le di sal. Qué iba a hacer si no. Ella es mar, y necesita sal.

Luego vino el momento que una sabe que debería haber previsto: la entrepierna. Ana se inclinó y olisqueó. Yo retrocedí un instante, exponiendo un pensamiento racional: “No hay ilegalidad aquí, solo protocolo de vecindad extrema”. Pero cuando volvió a inclinarse, abrí el armario, saqué el insecticida y me rocié el cuerpo. Justificadamente. Se abre la puerta. Ana retrocede, confundida. Yo respiro.

Y volvió. Como el mes de octubre y todos esos meses tan empeñados en volver una y otra vez. Metiendo la nariz bajo mi axila, en la entrepierna, en mi culo gordo lleno de insecticida y misterio. Sus ojos eran mar abierto y su boca un barco que se hundía lentamente en el silencio.

—Dame sal.

Y yo le di sal. Siempre le daré sal a una mujer cuando lo pide con esa rotundidad de lo importante, sin la obsolescencia de lo ridículo y perifrástico. Con una cuchara llené un guante con sal gruesa y se lo di, haciéndole gestos claros de que debía ponérselo inmediatamente.

Ella se quedó en el pasillo un momento, inmóvil, como si evaluara mis decisiones. Yo me senté, oliendo a químico y a sal, y tomé el libro que no estaba leyendo. La vida se reduce a estos instantes: reflexiones necesarias sobre la vecina que huele demasiado y la sal que no es suficiente.

Al día siguiente volvió, porque cómo no volver cuando es imposible negar la existencia de puertas y pasillos, narices y mi mismísimo cuerpo. Más agresiva. Más olfativa. Más elástica y canina. Olisqueó mis entrañas, mis recuerdos, mis pelillos enroscados. Metió la nariz dentro de mis bragas. Afortunadamente, ya estaban impregnadas de manera adecuada en insecticida y jalea real.

—Dame sal.

Me encogí de hombros y pensé: esto es filosofía. Esto es ética. Esto es una prueba del sentido común enfrentándose sin miedo a la oscuridad. Es decir alto y claro cualquier cosa. Doy sal. No por amabilidad, ni por miedo, sino porque la necesidad es un código que no se discute. Me dejo oler. No por lujuria ni abandono, sino porque no tengo la menor idea de qué ocurriría si algún día dejáramos de olernos.

Cada visita de Ana se convierte en una especie de ritual. Se mueve como si obedeciera reglas que el ser humano ha perdido hace ya tiempo, a causa de la pompa y la gilipollez. Yo, mientras tanto, pienso, racionalizo, justifico y doy sal. Y el mundo sigue siendo un lugar donde el olor y la necesidad marcan la frontera de lo aceptable. Quien no sabe esto o es un canalla o nunca lo han olido.

No hay violencia, salvo la de los químicos. No hay amor, salvo la tolerancia. Y no hay historia, salvo la repetición: olfato, demanda, entrega, insecticida, puerta, respiro. Todo perfectamente reflexionado. Perfectamente absorbido. Sin distracciones.

Ana sigue siendo mar. Y yo, borde de la orilla, manteniendo el equilibrio con insecticida y sal. Y tal.

Por CatBallou

abril 22, 2026

COMO BUEN NOVATO

La Chica Liquid. Pienso en ella o es ella la que se mete en mi cabeza. En realidad es tu cabeza la que me ha metido, escribe para mí desde un futuro indeterminado. Ya hace que conspiró con el Gordo Ed, y todos lo saben. Aquello fue como una bola de nieve sucia estrellada en la cara. La Chica Liquid, ya sabéis, entonces no, pero algún día sí; le ofrecerá la medicina de las palabras a tu hijo durante una clase de literatura. La Chica Liquid había heredado un baúl de la bruja, estaba lleno de maravillas: desde juguetes oscuros para hacer fotografías antiguas a hechizos ocultos en unas cuerdas que pueden dejar estelas de enormes burbujas de jabón. Entre esos juguetes había una grabadora ochentera a pilas y que grababa en cinta de cassettes. Un baúl de la bruja. Cómo no.

La Chica Liquid tiene el pelo corto y rubio, ojos y nariz de leona, es líquida, fluye entre palabras y posos de té. La Chica Liquid es la misma persona que su abuela, todo el mundo en su familia lo lleva con naturalidad.

El sol sale y con el mapa de canciones desplegado es más fácil seguir los ríos y esquivar las cordilleras. Todo lleva ahí demasiado tiempo: 2 copas, (1 bastos), 7 oros, (1 espadas), 3 copas, (1 copas). Siempre estuvieron ahí junto con firmas, criptogramas y bromas varias.

Cuando llegamos a Madriz el mago dice “ya estamos en casa”.

¿Cuántas rayas de speed hay que meterse para triplicar un sábado? Menos de lo que parece. El loco se da terapia a sí mismo, suena la voz del hombre en el papel de EL LOCO y la voz de mujer 2 en el papel de NAZARETH (Mejor psicóloga (autoproclamada) de Ciudad Dormitorio).

INT. MESA ACRISTALADA DE TERAPIA. DIA.

NAZARETH (Inquisitiva): ¿Me cuentas esa historia de R. A. P., El dios del rap?

EL LOCO (Ojos de pez muerto): Verás, Nazareth, eso fue hace unos veinte años. Seguramente durante una época de insomnio severo. La mente se me derramaba por ahí, eran demasiados chorros de mercurio. Sólo te hablaré de mí y de su mano derecha. Estamos en su coche, días + noches febriles y el mejor hachís del mundo. Total, que estoy soltando versos, su mano derecha sostiene un móvil (la máquina plana reproduce una base además de grabarlo todo) y yo señalo el techo del coche y le grito a Dios que ya no me hace falta. Una rima se me escapa porque traigo manchas en la chaqueta, me las sacudo mientras suelto las palabras. Aunque sólo veamos su mano derecha podemos deducir que es ella la que me canta los titirimundis a la vez que graba todas esas palabras que nos atraviesan; no son cuchillos son los fantasmas de todo lo bueno que está vivo, y no para de gritarnos cosas, joder. Nos brillan los ojos a ambos; es la primera ignición de un enorme fuego del que no voy a salir en 20 años. El calor me mantiene vivo y el humo vela todas las caras.

NAZARETH: ¿Eso es todo lo que recuerdas de la trama del Dios del R.A.P.? ¿Un par de líneas oníricas a la penumbra de un coche con guirnaldas de vapores de THC de un lado al otro del techo? Sabes que soy la mejor, lo sabes.

EL LOCO: ¿Esto? Nah, esto no es más que el 13 %. Después amanece y todo parece quemarse.

FINAL DE LA ESCENA DE AUTO-TERAPIA DEL LOCO

 

abril 19, 2026

Santos y vacunas

CAPÍTULO 0: MUERTE EN EL DESIERTO Año 1997.

"¿Cómo hemos llegado a esto, Santo?", dice Jonás "Vacuna", el Santo se limita a sonreír y a teclear un poema de carretera en su máquina de escribir...

Apunta como puede y el policía marroquí dispara su arma reglamentaria al coche de los fugitivos (es un hombre sin nombre, sin rostro en medio de la noche del desierto): los fogonazos revelan sus rasgos bereberes. El Sargento Rachid vuelve a disparar a los fugitivos, lo que parecía un descapotable, las nubes se han apartado de la luna, no es más que otro desvencijado BMW, pero sin carrocería superior que está recibiendo impactos de la 9mm del Sargento ojos claros.

Una bala acierta en la rueda trasera izquierda del BMW y el coche derrapa levantando arena, haciéndose un hueco, y espantando toda la vida oculta bajo la arena, el coche se detiene.



FIN

 

 

 

CAPÍTULO 1: EL SANTO CON LA MÁQUINA DE ESCRIBIR

 

    El Santo Menw-Po se pasea por los distritos comerciales de Bangkok con una máquina de escribir fijada al torso a través de arneses. La porta como si fuese un acordeón. En la mano izquierda siempre lleva una campana nepalí de bronce; la heredó de un monje budista que llamaba al rezo con ella. La sacude arriba y abajo, delante de los turistas y soldados, y les acerca una taza de hojalata. A veces caen monedas o algún billete violáceo...

Como cada mañana, su rutina matutina lleva al Santo a pasear entre la multitud. Esquiva a los ejecutivos y los bici-taxis, se interna en el bullicio humeante de puestos de comida callejeros. Va sacudiendo la campana de bronce frente a sus ojos y acercando la taza al estómago de cada hombre que se cruza... se acerca a unas mesas de bar y se detiene frente a un turista occidental, lo acosa con tañidos mientras mira en otra dirección (el tipo es barrigudo, pálido, ésa clase de varón de mediana edad que viaja solo desde occidente).

Menw-Po no siempre fue Santo, pero cuando terminó de leer aquel artículo en una vieja revista americana, decidió salvar el alma de Joe Gould completando su labor. E ingenuamente se dispuso a escribir una "Historia Oral Americana", aunque fuera desde Bangkok.

medicamentirosos

sigo sentado a esa mesa hexagonal, ellos creen que tengo algo bueno o necesario que decir. no lo tengo tan claro yo. elevo la vista hasta la...