Hay agua, hay una carretera con tráfico fluido, aún no son las ocho y el cielo está saturado de tonalidades naranja, el color se refleja en la superficie del agua moteada de culos de flamencos, por la ventanilla del coche entra el olor del mar, el agua está a los dos lados, circulan con prudencia, una cabezada a destiempo y directos a la laguna.
Hay tres hombres en silencio, hay golpes del viento queriendo entrar al coche por la ventanilla, un grupo de flamencos emprende el vuelo, el que conduce los señala y se ríe, los flamencos volando han sido una de las cosas más espectaculares que ha visto, el que va detrás duerme, a pesar del bramido del aire, el copiloto fuma y, en un descuido, la ceniza vuela y se dispersa por el interior del coche.
Hay medio sol en el horizonte, hay coches que vienen de frente, la mayoría lleva las luces puestas, pero el que conduce está despistado pensando en cómo los flamencos emprendieron el vuelo, el copiloto le dice que encienda las luces, a lo lejos se ven las montañas blancas de sal, comidas por las excavadoras, el que dormía detrás se despierta, lleva sin descansar casi tres días, como los otros. Cuando me toque conducir a mí, rezonga, ya me lo contáis.
Hay un desvío, hay unos pinos más allá de la carretera, el camino pasa cerca de las montañas blancas, paran el coche detrás de un muro discreto junto a una valla metálica, ahora podrán dormir al menos durante tres o cuatro horas, en el maletero se oyen golpes sordos que no son del viento, los pinos dan sus últimas sombras, el crepúsculo ha comenzado, el copiloto termina otro cigarro, los flamencos son increíbles, murmura el conductor aunque nadie le escucha.
Hay una pala, hay una cizalla debajo del asiento, pasada la medianoche bajan del coche, han podido descansar algo, no hay farolas cerca, el de detrás coge la cizalla y la pala, corta la tela metálica de la valla como quien trincha un tomate, camina hacia la montaña más cercana, el conductor alumbra con una luz muy tenue mientras abre el maletero, el copiloto mantiene en alto un taser trucado.
Hay un agujero en la montaña blanca, hay un tipo dentro que aún vivía hace un momento, una vez tapado el agujero casi no se nota, las excavadoras tardarán meses en llegar allí, para entonces el cuerpo del tipo estará seco, esperan un buen rato, regresan al coche, el que conducía ahora no conduce, le toca al que iba detrás, se van turnando como en una rueda.
Hay agua, hay la misma carretera, aún está el cielo negro, azul y sin luna, nunca había visto flamencos volando, insiste el que ahora va de copiloto, son bellísimos, dice, tardarán nueve horas en salir de España por donde entraron, el coche circula con prudencia, tampoco a la vuelta quieren llamar la atención, a la derecha empiezan a intuirse tonalidades malvas, el que ahora va detrás enciende otro cigarro.
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