marzo 08, 2025

Paraísos terrestres

 Que Génesis viene de genital, o viceversa, es algo que siempre me ha rondado por la cabeza. Acababan de inaugurar el órgano nuevo en el Washington Irving. A las niñas nos hacían entonar a diario himnos que remedaban escenas grandilocuentes de Milton, oponían al pecado original, convenientemente revestido de lujuria, un sinfín de paraísos recobrables y nos generaban confusiones sicalípticas. Por eso más tarde, en clase de dibujo, mirábamos trabajar por las ventanas a los jardineros del parque contiguo y fantaseábamos en grupo obscenidades agrarias con mangos de azada. Esa saturación edénica ocupó mi preadolescencia y antes de que se me hincharan las tetas ya sabía que la expulsión en sí era la única razón de ser de cualquier paraíso. Sospecho que es nuestra voluntad de trascendencia la que trasplanta árboles de la ciencia en vergeles equivocados. Ahora que soy vieja y pago los aranceles del exceso juvenil, confesaré mi intención y deseo de ser expulsada del Elíseo a lo grande por un ángel jardinero como aquellos de mi infancia, musculado, sudoroso, bien dotado de cintura para abajo, porque una está mayor, pero también ávida de nuevos pastos y cultivos. Si me deja satisfecha durante el desahucio, regalaré al ángel ejecutor mi última obra, un gran lienzo previsto en acrílicos rosa, asquerosamente redentor, porque he pintado antes de Pollock, durante Pollock y después de Pollock y quiero que quede constancia en el otro barrio. Diréis que soy casquivana cuando jamás lo pensasteis ni por un segundo de él. El patriarcado del arte nunca descansa. Mi jardín personal fue lidiar con una carrera propia al mismo tiempo que acarreaba además con la suya como quien se debate entre el bien y el mal. Para él se crearon el cielo y la tierra y todo fue fácil. A mí me dejó encerrada por dentro en el Edén y fui su Eva cornuda que va a tener que encargarse sola de las labores del campo. Parecerá ingenuo, pero ni cuando murió asimilé lo que significaba socialmente que me la pegase con todas aquellas florecillas pizpiretas, fascinadas por la gloria del legendario action painter, qué grosería de apelativo. Se hacían pasar por amigas, traían cocaína y apple pies con demasiada mantequilla, intrigaban como condesas en una corte europea. Pollock, a escondidas, les aplicaba algo más que simple deontología de experto florista, tanto que le daba igual aire libre que invernadero, dalia que peonía, goteo que aspersión, mientras a mí las raíces se me iban muriendo hasta quedar marchita. El dios era demasiado humano. Y yo, el hazmerreír, lo sabía, cada secreto y cada escándalo, pero las criaturas de intramuros nunca asumimos que la divinidad es inevitablemente tóxica. Quise incluso por un momento haber chocado con él en aquel coche y que la insignificancia y la tierra sagradas nos sepultasen a ambos. Ese instante ha sido el peor de mi vida, el pensamiento en que he estado más lejos de mí misma. Tras el entierro fui una viuda ejemplar, a las biografías me remito. Defendí con uñas y dientes la memoria de mi marido de los latifundistas, las serpientes y el olvido. Logré que otras flores de especies más sofisticadas vinieran a comerme el coño. Tuve que arar Manhattan entero, sin duda no fue sencillo, y sembrar el mito del artista impulsivo para obtener una cosecha que se contaría por millones de dólares para cuando mataron a Kennedy. El MoMA y el Metropolitan me cortejaban en mi propio huerto. Sin mí solo se acordarían del legado del héroe cuatro nostálgicos del dripping. De nada, Jackson. De nada. Si la rosa no es de quien la planta, sino de quien la cuida, me pregunto si tu obra no es ahora mía. Convendrá que los críticos reflexionen del derecho de pernada en el arte, cuándo la obra es del autor o es del público o no es de nadie, que lo único digno de atesorar es el talento, y ni siquiera eso. Descalza de teorías he hollado siempre mi parcela, menos pomposa que Adán, por supuesto, aunque mucho más pragmática. No se me caen los anillos y tal vez por eso las heridas de mis manos siguen abiertas. Dicen los fantasmas que ahora su hobby ya no es tanto la floricultura, que también, sino dejar ciegos a los osos. Por su culpa hay miles de osos ciegos en el paraíso. Pues que le aproveche. Ni le perdono ni le dejo de perdonar. El ángel ejecutor que me espera en la cancela del jardín calza un falo flamígero de 7 cm de diámetro en la base. Un mango de azada del que Pollock diría con desprecio que no sirve para pintar. Pues así me iré del Edén, sin derramarle una lágrima.

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