marzo 28, 2025

Pato pisado y poni pisador

 El viejo Apuleyo, gran amigo, quiere organizar un ciclo sobre Shyamalan en el cineclub. Me ha invitado a participar, no sé en calidad de qué. Será para principios del año que viene, porque antes tiene programados Godard (sep), Jeunet (oct), Wilenski (nov) y el especial de Navidad sobre las bandas sonoras de Zimmer. En el cineclub hay film+charla cada jueves, normalmente cuatro metrajes que pueden ser cinco, según el mes. La concurrencia casi siempre es la misma, con ligeras variantes. Perrault y otros nueve o diez se van intercambiando. Nadie va a hacerse rico con la entrada. Además hay constantes problemas con madame d’Aulnoy, que suele armar bronca si aparece por la sala. Hace poco, cuando Cocteau, le montó un pollo a Walt Disney que lo dejó como la madre de Bambi. Apuleyo tuvo que dar por terminada la tertulia antes de hora. El núcleo duro del grupo cree que la mala baba que se gasta madame es porque sus éxitos en vida fueron irregulares y está muy resentida. De nuevo una conclusión patriarcal. Al hilo del suceso, sugerí que el resentimiento de la crítica hacia la obra puede ser una buena manera de enfocar el ciclo de Shyamalan, porque el tipo no merecía el trato que le dieron tras sus primeros triunfos. No hay que ser Menéndez Pidal para saber que a Apuleyo le fascinan los cuentos y que ha preparado una selección muy cuentista. Arrancará con The happening, me explica, el jardín de las hadas con extra de cabreo; después pretende proyectar The village, remedo de Caperucita y plato fuerte de la serie; también quería meter The visit en la tercera semana, que es Hänsel y Gretel, ahí no hay dudas; y cerraría con Old, una historia de encantamiento de nuevo cuño, pero atravesada de tropos feéricos. Estuvo barajando programar Knock at the cabin, desechada por evangelizante, o incluso colar Trap y estar a la última aunque no haya tenido tiempo aún de digerirla. Narrativamente Shyamalan cruza cientos de fronteras y eso le interesa más que las valoraciones posteriores. Nos interesa, de hecho. Tomábamos gintonics un viernes por la tarde en una terraza de Charlestone, del lado del Ashley, mientras charlábamos de literatura y cine. Yo me había declarado neutral años atrás en la guerra intestina entre los cuentos franceses y los cuentos germanos, si bien la estética del perdedor me obligaba a saltarme continuamente mi imparcialidad y tomar partido por el acervo débil. La cultura germana ha copado la tradición narrativa europea dejando a las fábulas gabachas en palpable desventaja. Otro gran trabajo de la crítica. Así que me pongo a la defensiva cuando Apuleyo, que me está beteando sobre la marcha una novela a priori afrancesada como esta, alega que mi texto se parece un poco a Los músicos de Bremen. Tenemos el asno de oro, las perras negras, el gato con botas y la lora Alejandra, pero el penúltimo señuelo musical no lo vimos venir. Nuestros oídos quieren atender a lo que cuentan los animales. A veces se trata de las alboradas de un gallo, un pato, un loro, pero también son galgos y podencos contándose sus gestas de caza, gatetes empingorotados recitando Virgilio y burros, mulas y palafrenes tratando de explicar la expansión acelerada del Universo primitivo a sus dueños y sus mozos de cuadra, y la reina de tal zoológico parlante podría haber sido María Antonieta, la mismísima Monica Vitti o la madre de Pulgarcito, pero acabaría siendo sin remedio Clotilde Barallobre de no ser porque el personaje ya estaba pillado, fíjense hasta donde llega la capacidad de análisis del gran Apuleyo. El inconsciente creativo, con música o sin música, se activa si los conejos se comen a los perros, actúa poniendo cascabeles a los camellos y jorobas a los gatos, funciona cuando una muchacha argentina despluma y decapita aves cantoras en alguna cocina clandestina entre Bremen y Ausburgo, aderezándolas con manteca y cosiéndolas con lino blanco. ¿Cuándo me ha supuesto un problema reciclar personajes ajenos? La música es el mapa, se dejó claro desde el principio, para avanzar a través de una historia de usurpación de la realidad, de incongruencias cuánticas, de ladrones, fantasmas y violencia, de lo que sea que esto vaya a morir, necesariamente de forma difusa y enigmática, entre volátiles ocurrencias dispuestas al montón, como si fuesen ideas asentadas en largos y sesudos párrafos, con la esperanza de que el lector encuentre por fin algo que no había leído antes. Justo a nuestro lado, en otra mesa de la terraza, me distrae una reunión de tardoadolescentes frikis. Conversan tan alto sobre Tolkien que me cuesta seguir el palique de mi amigo. Épica antigua, ironizo, no tanto por la edad, sino por la deformación católica, que en mi cabeza, sin embargo, se organiza de manera mucho menos solemne: en escena, Frodo Bolsón juguetea con el anillo y toma la decisión de tragárselo para mentir a todos y no tener que fundirlo en sus fuegos prístinos mientras Sam retiene a Gollum con un sermón emasculante sobre cuántos patos por hora hornean en cierta posada de Bree, cuánta manteca utilizan en el proceso y cuántos será capaz de comerse un hobbit estándar de una sentada. Et ustus fortiter. La entrada del ciclo vale seis euros, dice Apuleyo al tercer gintonic, estoy pensando subirla a seis cincuenta. Regreso de mi ensoñación. Barato, le aseguro, sigue siendo una ganga para lo mucho que se disfruta en este tipo de coloquios. El anciano recuerda que hace dos años, por ejemplo, montó uno muy sonado sobre la Revolución Francesa (se proyectaron obras de Delannoy, Jacquot, Coppola Jr., Ridley Scott) y fue espectacular el jugo que le sacaron los asistentes a tantos hombros reconciliados y tanta sangre. Sin embargo, cada jueves noche aparecía d’Aulnoy con una lista jacobina y sentenciaba a los presentes por cualquier motivo. Ya en esos días Apuleyo trató de razonar con ella, para que no espantara a la clientela, y ella le espetó ¿tenés algo que reprocharme?, y Apuleyo le insinuó que Laideronnette no es precisamente Elsa de Brabante, y ella se enfadó más todavía porque iba perdiendo todas las guerras. Desde la desembocadura del Ashley nos llega un olor intenso a podredumbre que se estrella contra la terraza con un ruido fofo. Un pie gigante se posa violentamente encima de la tarde cosida con hilo blanco. Tengo que ir un día a alguna sesión, antes de lo de Shyamalan, me refiero. Claro, vente el jueves que quieras, no te cobraré entrada. Los de la mesa de al lado siguen hablando ahora de los Nazgul, chiflados que antaño fueron hombres y hoy son música, melancólico alimento para los que vivimos de amor. A los nazgul nos gusta convertir asnos en ponis, perras en endecasílabos, gatos resbalando en tejados a dos aguas y lo que más rabia nos da, en general, es que las aves se coman nuestras migas de pan. Si por mí fuese, reflexiona Apuleyo, los únicos pájaros que deberían existir son los que están en escabeche. Música, animales y comida. Bien podría ser esta la conclusión si hubiese sido alguna vez el planteamiento. Te animas con Godard?, vamos a poner Pierrot le fou. Puede, pero me da miedo cruzarme otra vez con d’Aulnoy, en un capítulo le recriminé su tendencia al drama y se puso hecha una furia. Tranquilo, tengo portero nuevo, un tal Guillermo Carnero, que es una puta esfinge, la señora baronesa no entrará por esa puerta. Sonrío mirando al Ashley unos segundos. Pienso en la incoherencia del personaje, dulce Chloé raveliana y colérica madame cerval al mismo tiempo. Cuando se tope con Carnero, vive les barricades!, van a saltar chispas. Cavilo también sobre lo que me he desvivido estos dos años de escritura, sobre los proyectos que se desbaratan para que uno de ellos subsista y sobre la literatura como única ontología posible. No puedes entender a Shyamalan sin Lady in the water, aventuro, merece estar en el programa. Al oírme, los chicos de la mesa de al lado han guardado un silencio espantado, como si el heredero de Isildur hubiera cometido sacrilegio. La joven del agua?, balbucea incómodo Apuleyo. Sí, eso he dicho, también es un cuento, hasta la protagonista se llama Cuento. Y una mierda, me interrumpe enfadado, una mierda así de grande, ensanchando el espacio entre sus manos. Hasta los estetas más puros tienen prejuicios. El resentimiento hacia la obra siempre es algo que hacen los demás. Y pedimos de inmediato la cuenta, que se hace tarde. 

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