febrero 10, 2025

Pot-pourri

 La niña Laideronette levanta las manitas huesudas. No lleva batuta ni falta que le hace. El público de la función se reduce a Ravel y d’Aulnoy, que asisten al concierto en cueros desde la recurrente cama con dosel. Aun así se respira el ambiente de los grandes estrenos. Algunos ruidos, cuchicheos y toses son arrastrados por una corriente de silencio. La expectación se va apelmazando mientras llega el momento de empezar. Integrado por no menos de cuarenta pagodas, el orfeón se dispone a lo largo de la alcoba un poco al buen tuntún, en filas escalonadas que van desde el suelo hasta lo alto de un escabel, elevándose sobre cajas de zapatos y banquetas de diferentes tamaños. Pueden parecer ridículos, pero quien haya asistido a los ensayos sabe de lo que son capaces. Un gesto enérgico de la niña inicia por fin el concierto y entonces, sin más, lo que era feo se vuelve hermoso. Laideronette nació, dice el coro, como nace este canto, calculadamente bella, princesita sonaja, bebé arcoiris, dientecito de ajo. Pronto, la maldad del hada Magotine mudó sus dones naturales y la castigó con una quirúrgica fealdad. Las vocecillas punzantes de las sopragodinas nos van revelando los detalles de la historia. Por debajo, una especie de discantus masculino salmodia un áspero frontispicio que sirve de sustrato armónico. Parece que son las manos de la niña fea las que irradian cada nota. D’Aulnoy y Ravel están emocionados. Su hijita adoptiva se está haciendo mayor. Por los poros juveniles resuena una rabia lúcida que derruye tabiques y techo como Jericó bajo un estrépito de trompetas. Años después, sigue el coro, quiso el destino que Laideronette se cruzase con un príncipe atrapado en una serpiente. La malvada Magotine le había hechizado como a ella. El amor ciego entre ambos va a ser la redención que les devuelva a su forma original. En medio de los escombros de la habitación crece rápida la hierba. El dosel de la cama se ramifica, abulta su tronco y, verdeando contra el cielo abierto, hace derramarse frutos rojos hasta donde alcanza la vista. El gorgojeo animal del orfeón pagoda ha esparcido la dulcísima esencia del paraíso y el selecto público son ahora Adán y Eva, padres en contorsión de la voluntad inventiva y el apetito pecaminoso. La crónica de Laideronette es la crónica del pueblo de los pagodas, que cuidaron de ella cuando su condena la obligó a tocar fondo, y también, por extensión, la de quienes les volvieron célebres mediante sus obras. Ravel y d’Aulnoy se felicitan por ello con caricias y besos, desnudos bajo el manzano, mientras la cantata continúa por excelsos derroteros, nos arrastra al infierno en su caída, suspira aislada dentro de sus propios paréntesis y saca pecho para triunfar en su ascenso. El príncipe serpiente se ha unido a la bacanal y besa a Laideronette enroscado en su cintura. La manzana de Eva alcanza la boca de Adán, que lame con la punta de su memoria aquellos murmullos ribeteados de asombro pentatónico. Comen todos del fruto porque comerlo es crear y crear es persistir en los vientres estériles del recuerdo y provocar emociones fuertes a las cabezas tiernas. Hacia el final, los nuevos habitantes del Edén acoplan sus jadeos a la respiración circular de los pagodas cantores, justo cuando la niña Laideronette se va a correr por primera vez en la boca del príncipe serpiente. Suenan bajo su agitada dirección los últimos tres acordes de novena, seis gemidos descendentes y el viento perpetuo pasando entre las doce ramas del Árbol de la Ciencia. Algunos ángeles miran desde lo alto de la tapia del jardín y se preguntan curiosos cuánto durará aquel locus amoenus. A continuación transcribimos algunas reflexiones de d’Aulnoy: Siempre he concebido la poesía como un complicado suflé. Todo debe estar perfectamente medido, batido, aireado y dispuesto para que suba en el horno y quede arriba. La novela, por contra, es como un potaje. Los ingredientes van en crudo al puchero, lo que tengamos a mano, nabos, legumbres mezcladas, manos de cerdo, acelgas, sin trabajar, sin miramiento, porque será el fuego del lector intrépido el que cargue la olla podrida de sustancia nutricia. No sé qué es feo o hermoso, ni dónde se deshace la sinceridad o en qué espuma flotan lo soez y lo vano, pero comprendo que mi voluntad es hacer que el canto de los pagodas derruya tu resistencia al paraíso y te arrastre hasta él. A continuación transcribimos asimismo algunos pensamientos de Ravel: Bajo el brillo de una breve sonatina hay un diabólico mecanismo de traviesa relojería en el que no cabe una nota que no esté dispuesta a alimentar con luz a las demás. Al otro lado se encuentra el sumidero generativo de la ópera, un caldero monumental donde los temas musicales se ponen al servicio del libreto, yuxtapuestos, seriados, con orquestaciones de oficio, una masa que solo podrá germinar de manera consistente atravesando oídos hambrientos. Ambas comprenden a su modo nirvana y sansara, formulan por igual belleza y desproporción. Recuerda que Apolo se sienta junto a Baco en la mesa de los dioses y desde tu posición de famélico mortal nunca puedes saber cuál de ellos está devorando el potaje y cuál degustando el suflé.

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