febrero 01, 2025

Para unos amigos

La maldad es la bondad inconsciente de sí misma, dice con solemnidad el leñador al molinero, una afirmación, amigo mío, que merecería un desarrollo, sin duda, si no fuera porque los desarrollos no tienen cabida aquí precisamente porque aquí no tienen cabida los desarrollos. Suman aún catorce hijos entre ambos, mitad abandonados en el bosque, mitad desnutridos. Niños de sobra. El cielo de nubes de olla exprés se refleja, a través de los árboles, en los ojos tristes de los que se quedan. Además, responde displicente el molinero, conviene hacer notar que una gastronomía avanzada es indistinguible de la antropofagia, porque dime tú una cultura que no haya puesto en venta a sus retoños. Rebuscado, pero reconfortante, conviene el leñador, aquí paz y después gloria. Comprobamos una vez más que no hay dilemas morales para el indigente gastronómico. No hay digestión postraumática que valga. La culpa, si es que eso existe, se diluye en el tocino. Empachados como estamos de estéticas alimenticias y otras ornitologías, nos ceñiremos al examen culinario de una xilografía concreta de Doré, L’ogre le reçut aussi civilement que le peut un ogre, Hetzel, París, 1862, en la que deja claro que el rey comió esa noche bebés asados. Qué rey? Cualquier rey. El rey de la selva. El rey de amarillo. Elvis. Arturo. Luis XVI. Qué si no habrían de servir en un banquete de ogros? Acelgas? Entre las reses y los carneros condimentados con amplitud, junto al vino abundante decantado en un hermoso cristal veneciano, se erigen amontonados sobre una bandeja enorme cuatro enfants mi-cuits a los que solo les falta la manzana fuji en la boca. Que Ravel me perdone. El rey fue engañado una vez más y por extensión lo fueron las tragaderas de sus súbditos. Ah, ça ira, ça ira, ça ira! Debéis saber que el Ojáncanu había reservado mesa para cuatro en un tres estrellas michelin de Barcelona, a sabiendas de que se quedarían con hambre. Deseaba sofisticar su pantanosa existencia y empezaría por cuidar la dieta. Lo de la higiene, para más adelante. Al enterarse sus amigos, le advirtieron que nada de lo que fueran a comer allí se habría criado en libertad, ni podría albergar los sabores de antaño. En verdad, dijo el gigante Fafner, estamos orgullosos de tu nueva urbanidad y aceptaremos tu invitación, pero en otro sitio, queridísimo Ojáncanu, no malgastes tu oro en fruslerías tostadas a soplete y algas esferificadas. Para regresar a aquellas pitanzas horneadas de nuestra memoria, aseguró Bigfoot, te recomiendo reservar en el Club Polidor, donde te permiten llevar tu propia comida. Mucho más económico y suculento, sentenció Shrek, vayamos ahora mismo al bosque a hacer la compra. Adiós cordero de soja texturizada. Au revoir concentrados de cangurillo de corral. Ciao tartar gelificado de tiburón vaca con crema de paraguayo. Nada es lo que nos aseguran que parece. Su gozo civilizatorio en un pozo. Así no hay forma de materializar, qué futilidad, la nutrición del alma, con la ilusión que le hacía. Días después, el grupo de amigos aterriza en L.A. para disfrutar de su cena en el Polidor. Llevan cada uno una bolsa. Al entrar, varias mesas de vampiros se vuelven a mirarlos. Los ogros son como elefantes en cacharrería. Allí en el oeste se les conoce como tuercesecuoyas. El maître albino les da el alto nada más verlos. Tenían ustedes reserva? Por supuesto, a mi nombre. El maître le mira de arriba a abajo. Y usted quién es? El Ojáncanu. Tarda mucho en revisar la agenda, siempre con la nariz mirando al techo. Hay algún problema?, pregunta Fafner. Esos sacos se mueven, monsieurs. Son cuatro niños medio asfixiados, señala Bigfoot, los traemos listos para el bourguignon. Por eso lo llaman la tierna infancia, exclama Shrek. El maître cede por fin. Qué buena elección, monsieurs, acompáñenme. Y se ríen todos a carcajadas de camino a su mesa.

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