febrero 18, 2025

Printemps, Ivonne

 La Bella durmiente canta una de Fourdrain mientras alguien le prepara otro pico de morfina. Anochece en Niza cuando amanece en Capri. Incluso en el Folies Bergère, la mezcla habitual con coca disipa a veces las neblinas de opio que celan la realidad de los cuentos de hadas. Aún faltan décadas para despertar y ya gasta unas venas como túneles alpinos y un tabique nasal que ríete tú de la Gran Muralla. El príncipe encantador la dejó en la estacada, o quizás será al revés y mucho más adelante. Hay algunas reseñas elocuentes al respecto bajando por las páginas de sociedad, para quien quiera hurgar en los pormenores. Los personajes telaraña como ella atraen hacia la muerte a las polillas. La mayoría son machos de tinte moreno y opulentas cabelleras que no sobreviven al letargo. En una de esas partidas de Quién es Quién descubrimos con regocijo que su nuevo amante no lleva gafas, usa sombrero y vino de ultramar. Desde que se fue, nunca más volvió, seguiré sus pasos, etc. Para que no haya dudas, el sueño estaba compuesto como una torre formada por capas sin fin que se alzaran y perdieran en el infinito. No puedo explicarme mejor. Un atrapasueños de este calibre igual te roba el tacto triste y sólido de tu madre muerta que te sisa una premonición difusa de la Arcadia olduvayense venidera. Crecían sobre el asfalto grandes prados de adormidera ondulante, ordeñados con la primera luna de otoño por miríadas de oompa-loompas. Así es la Bella durmiente, un desagüe de alcaloides y vanidades, un vórtice de enaguas y malhumor. No esperes encontrar más que insomnio en kilómetros a la redonda. 

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