febrero 22, 2025

Perlocucionario

 Usurpemos por una página el altar de los lingüistas teóricos: los actos del habla son tres, como los del teatro decimonónico. Exposición, desarrollo, reexposición. Más o menos. El acto locutivo es la enunciación en sí, los temas propuestos. La carga que comporta detonará las acciones y justificará las omisiones. El acto ilocutivo es la intención del emisor que enuncia, sea explícita o tácita. Se comporta como el meollo de la cuestión, su sustento sistémico. Siempre se vuelve complejo discernir por qué uno manifiesta ciertas intimidades, a quién engaña si no es a sí mismo, qué se pretende obtener de los demás. Simplemente se piensa, se dice y listo. Por último, el acto perlocutivo, el más interesante, corresponde con la cristalización del enunciado en el receptor, la conversión de las palabras en una respuesta forzada de algún modo por la locución inicial. Y telón. Así acaba cada trocito de cháchara y así empieza el siguiente. Una cadena de sistemas emergentes con sus actos y sus agentes y sus discursos. Tras pronunciar o recibir palabras ya no eres el mismo. Todo va cambiando a golpe de verbos. Me pregunto si alguna de las oraciones de mi libelo te ha hecho levantarte a abrir la nevera, dar un brinco, sentir alegría o quedarte perplejo. Pensarás que esto no te ha cambiado la vida, por qué habría de hacerlo. En principio es solo un pastiche textual que huye de eventuales clasificaciones. Pero estamos en el último round y debes tomar decisiones de lector intrépido. Figuras, conceptos, carne, algas, antiguos, modernos. Es hora de quitarte el reloj, dejar la mente en blanco un instante y leer el siguiente capítulo. Te adelanto que Ravel y Papá Perrault crearán allí su propia sucesión obstinada de enunciados deliberados y acciones consecuentes. La comunicación es, a todas luces, predecible. Ahora bien, ojo, bastará una única novela-comedia-sonata para que de repente no seas quien eras antes. No importa lo que yo digo, sino lo que tú recibes. 

febrero 18, 2025

Printemps, Ivonne

 La Bella durmiente canta una de Fourdrain mientras alguien le prepara otro pico de morfina. Anochece en Niza cuando amanece en Capri. Incluso en el Folies Bergère, la mezcla habitual con coca disipa a veces las neblinas de opio que celan la realidad de los cuentos de hadas. Aún faltan décadas para despertar y ya gasta unas venas como túneles alpinos y un tabique nasal que ríete tú de la Gran Muralla. El príncipe encantador la dejó en la estacada, o quizás será al revés y mucho más adelante. Hay algunas reseñas elocuentes al respecto bajando por las páginas de sociedad, para quien quiera hurgar en los pormenores. Los personajes telaraña como ella atraen hacia la muerte a las polillas. La mayoría son machos de tinte moreno y opulentas cabelleras que no sobreviven al letargo. En una de esas partidas de Quién es Quién descubrimos con regocijo que su nuevo amante no lleva gafas, usa sombrero y vino de ultramar. Desde que se fue, nunca más volvió, seguiré sus pasos, etc. Para que no haya dudas, el sueño estaba compuesto como una torre formada por capas sin fin que se alzaran y perdieran en el infinito. No puedo explicarme mejor. Un atrapasueños de este calibre igual te roba el tacto triste y sólido de tu madre muerta que te sisa una premonición difusa de la Arcadia olduvayense venidera. Crecían sobre el asfalto grandes prados de adormidera ondulante, ordeñados con la primera luna de otoño por miríadas de oompa-loompas. Así es la Bella durmiente, un desagüe de alcaloides y vanidades, un vórtice de enaguas y malhumor. No esperes encontrar más que insomnio en kilómetros a la redonda. 

febrero 10, 2025

Pot-pourri

 La niña Laideronette levanta las manitas huesudas. No lleva batuta ni falta que le hace. El público de la función se reduce a Ravel y d’Aulnoy, que asisten al concierto en cueros desde la recurrente cama con dosel. Aun así se respira el ambiente de los grandes estrenos. Algunos ruidos, cuchicheos y toses son arrastrados por una corriente de silencio. La expectación se va apelmazando mientras llega el momento de empezar. Integrado por no menos de cuarenta pagodas, el orfeón se dispone a lo largo de la alcoba un poco al buen tuntún, en filas escalonadas que van desde el suelo hasta lo alto de un escabel, elevándose sobre cajas de zapatos y banquetas de diferentes tamaños. Pueden parecer ridículos, pero quien haya asistido a los ensayos sabe de lo que son capaces. Un gesto enérgico de la niña inicia por fin el concierto y entonces, sin más, lo que era feo se vuelve hermoso. Laideronette nació, dice el coro, como nace este canto, calculadamente bella, princesita sonaja, bebé arcoiris, dientecito de ajo. Pronto, la maldad del hada Magotine mudó sus dones naturales y la castigó con una quirúrgica fealdad. Las vocecillas punzantes de las sopragodinas nos van revelando los detalles de la historia. Por debajo, una especie de discantus masculino salmodia un áspero frontispicio que sirve de sustrato armónico. Parece que son las manos de la niña fea las que irradian cada nota. D’Aulnoy y Ravel están emocionados. Su hijita adoptiva se está haciendo mayor. Por los poros juveniles resuena una rabia lúcida que derruye tabiques y techo como Jericó bajo un estrépito de trompetas. Años después, sigue el coro, quiso el destino que Laideronette se cruzase con un príncipe atrapado en una serpiente. La malvada Magotine le había hechizado como a ella. El amor ciego entre ambos va a ser la redención que les devuelva a su forma original. En medio de los escombros de la habitación crece rápida la hierba. El dosel de la cama se ramifica, abulta su tronco y, verdeando contra el cielo abierto, hace derramarse frutos rojos hasta donde alcanza la vista. El gorgojeo animal del orfeón pagoda ha esparcido la dulcísima esencia del paraíso y el selecto público son ahora Adán y Eva, padres en contorsión de la voluntad inventiva y el apetito pecaminoso. La crónica de Laideronette es la crónica del pueblo de los pagodas, que cuidaron de ella cuando su condena la obligó a tocar fondo, y también, por extensión, la de quienes les volvieron célebres mediante sus obras. Ravel y d’Aulnoy se felicitan por ello con caricias y besos, desnudos bajo el manzano, mientras la cantata continúa por excelsos derroteros, nos arrastra al infierno en su caída, suspira aislada dentro de sus propios paréntesis y saca pecho para triunfar en su ascenso. El príncipe serpiente se ha unido a la bacanal y besa a Laideronette enroscado en su cintura. La manzana de Eva alcanza la boca de Adán, que lame con la punta de su memoria aquellos murmullos ribeteados de asombro pentatónico. Comen todos del fruto porque comerlo es crear y crear es persistir en los vientres estériles del recuerdo y provocar emociones fuertes a las cabezas tiernas. Hacia el final, los nuevos habitantes del Edén acoplan sus jadeos a la respiración circular de los pagodas cantores, justo cuando la niña Laideronette se va a correr por primera vez en la boca del príncipe serpiente. Suenan bajo su agitada dirección los últimos tres acordes de novena, seis gemidos descendentes y el viento perpetuo pasando entre las doce ramas del Árbol de la Ciencia. Algunos ángeles miran desde lo alto de la tapia del jardín y se preguntan curiosos cuánto durará aquel locus amoenus. A continuación transcribimos algunas reflexiones de d’Aulnoy: Siempre he concebido la poesía como un complicado suflé. Todo debe estar perfectamente medido, batido, aireado y dispuesto para que suba en el horno y quede arriba. La novela, por contra, es como un potaje. Los ingredientes van en crudo al puchero, lo que tengamos a mano, nabos, legumbres mezcladas, manos de cerdo, acelgas, sin trabajar, sin miramiento, porque será el fuego del lector intrépido el que cargue la olla podrida de sustancia nutricia. No sé qué es feo o hermoso, ni dónde se deshace la sinceridad o en qué espuma flotan lo soez y lo vano, pero comprendo que mi voluntad es hacer que el canto de los pagodas derruya tu resistencia al paraíso y te arrastre hasta él. A continuación transcribimos asimismo algunos pensamientos de Ravel: Bajo el brillo de una breve sonatina hay un diabólico mecanismo de traviesa relojería en el que no cabe una nota que no esté dispuesta a alimentar con luz a las demás. Al otro lado se encuentra el sumidero generativo de la ópera, un caldero monumental donde los temas musicales se ponen al servicio del libreto, yuxtapuestos, seriados, con orquestaciones de oficio, una masa que solo podrá germinar de manera consistente atravesando oídos hambrientos. Ambas comprenden a su modo nirvana y sansara, formulan por igual belleza y desproporción. Recuerda que Apolo se sienta junto a Baco en la mesa de los dioses y desde tu posición de famélico mortal nunca puedes saber cuál de ellos está devorando el potaje y cuál degustando el suflé.

febrero 01, 2025

Para unos amigos

La maldad es la bondad inconsciente de sí misma, dice con solemnidad el leñador al molinero, una afirmación, amigo mío, que merecería un desarrollo, sin duda, si no fuera porque los desarrollos no tienen cabida aquí precisamente porque aquí no tienen cabida los desarrollos. Suman aún catorce hijos entre ambos, mitad abandonados en el bosque, mitad desnutridos. Niños de sobra. El cielo de nubes de olla exprés se refleja, a través de los árboles, en los ojos tristes de los que se quedan. Además, responde displicente el molinero, conviene hacer notar que una gastronomía avanzada es indistinguible de la antropofagia, porque dime tú una cultura que no haya puesto en venta a sus retoños. Rebuscado, pero reconfortante, conviene el leñador, aquí paz y después gloria. Comprobamos una vez más que no hay dilemas morales para el indigente gastronómico. No hay digestión postraumática que valga. La culpa, si es que eso existe, se diluye en el tocino. Empachados como estamos de estéticas alimenticias y otras ornitologías, nos ceñiremos al examen culinario de una xilografía concreta de Doré, L’ogre le reçut aussi civilement que le peut un ogre, Hetzel, París, 1862, en la que deja claro que el rey comió esa noche bebés asados. Qué rey? Cualquier rey. El rey de la selva. El rey de amarillo. Elvis. Arturo. Luis XVI. Qué si no habrían de servir en un banquete de ogros? Acelgas? Entre las reses y los carneros condimentados con amplitud, junto al vino abundante decantado en un hermoso cristal veneciano, se erigen amontonados sobre una bandeja enorme cuatro enfants mi-cuits a los que solo les falta la manzana fuji en la boca. Que Ravel me perdone. El rey fue engañado una vez más y por extensión lo fueron las tragaderas de sus súbditos. Ah, ça ira, ça ira, ça ira! Debéis saber que el Ojáncanu había reservado mesa para cuatro en un tres estrellas michelin de Barcelona, a sabiendas de que se quedarían con hambre. Deseaba sofisticar su pantanosa existencia y empezaría por cuidar la dieta. Lo de la higiene, para más adelante. Al enterarse sus amigos, le advirtieron que nada de lo que fueran a comer allí se habría criado en libertad, ni podría albergar los sabores de antaño. En verdad, dijo el gigante Fafner, estamos orgullosos de tu nueva urbanidad y aceptaremos tu invitación, pero en otro sitio, queridísimo Ojáncanu, no malgastes tu oro en fruslerías tostadas a soplete y algas esferificadas. Para regresar a aquellas pitanzas horneadas de nuestra memoria, aseguró Bigfoot, te recomiendo reservar en el Club Polidor, donde te permiten llevar tu propia comida. Mucho más económico y suculento, sentenció Shrek, vayamos ahora mismo al bosque a hacer la compra. Adiós cordero de soja texturizada. Au revoir concentrados de cangurillo de corral. Ciao tartar gelificado de tiburón vaca con crema de paraguayo. Nada es lo que nos aseguran que parece. Su gozo civilizatorio en un pozo. Así no hay forma de materializar, qué futilidad, la nutrición del alma, con la ilusión que le hacía. Días después, el grupo de amigos aterriza en L.A. para disfrutar de su cena en el Polidor. Llevan cada uno una bolsa. Al entrar, varias mesas de vampiros se vuelven a mirarlos. Los ogros son como elefantes en cacharrería. Allí en el oeste se les conoce como tuercesecuoyas. El maître albino les da el alto nada más verlos. Tenían ustedes reserva? Por supuesto, a mi nombre. El maître le mira de arriba a abajo. Y usted quién es? El Ojáncanu. Tarda mucho en revisar la agenda, siempre con la nariz mirando al techo. Hay algún problema?, pregunta Fafner. Esos sacos se mueven, monsieurs. Son cuatro niños medio asfixiados, señala Bigfoot, los traemos listos para el bourguignon. Por eso lo llaman la tierna infancia, exclama Shrek. El maître cede por fin. Qué buena elección, monsieurs, acompáñenme. Y se ríen todos a carcajadas de camino a su mesa.

La cura narrativa

¿Cómo se consigue que te den el alta médica en un manicomio? La medicina farmacológica ha avanzado tanto que han creado una pastillita adec...