Cuando Barba Azul se topó con Erzsébet Báthory, se enamoraron sin remedio. Alejandra tenía entonces once años, once meses y once días. Pensó en comerse todas las galletas que había en el bote mientras leía Perrault, pero a última hora se vio gorda en el espejo. Por las venas de estos castillos, sentenció su abuela desde una fosa común al norte de los Cárpatos, corre la sangre como en un saludable deshielo, así que guárdate de los idus de marzo. Era habitual en Alejandra escuchar voces de muertos e interpretó con inocencia que no debía ir, oh, peregrina, a Roma. Una mañana de junio hizo de tripas corazón, lleno su vieja mochila con libros de Sartre y se embarcó en un transatlántico, pasaje de tercera, hacia París. Llevaba, eso sí, Cruz de Malta como para sobornar a todo el personal de la embajada argentina. En París escribió algunos poemas a la luz de velas verdes, folló con desconocidos en buhardillas, entre el humo y el jazz, leyó a la Duras sentada en una cafetería de la rue du Cherche-Midi, nada menos que la rue du Cherche-Midi, se ganó también algunos buenos amigos. Cuando regresó a Buenos Aires consumió más secobarbital de la cuenta durante años, hasta que un señor alto y con barba la quiso inútilmente con vida. En los deshielos de sangre todo es jaula para las almas dolientes, abuela. Donde hubo una muchacha hay un cadáver.
julio 08, 2023
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