Nuestras sombras son azules. Papá Perrault acaba su desayuno raspando un yogur griego con la cuchara, amontonando los restos viscosos pegados a las paredes del recipiente, rescatando en total menos de un tercio de suculenta cucharada. Deberíamos haber utilizado a Rossini como sátiro gastronómico, que en asuntos liricoculinarios hubiese dado mucho más juego que el francés. Nuestras sombras son azules. La luz del amanecer irrumpe apenas entre los espesos cortinajes. Ravel lleva un rato despierto. Besa con extrema delicadeza el cuello de madame d’Aulnoy hasta excitarla, sin despertar, visiblemente. A saber qué estará soñando. Ambos han perdido la cuenta abusiva del amor, por lo que el compositor ha decidido que hoy toca, por fin, abandonar la cama y pisar la calle. Qué calle? Cualquier calle. Nuestras sombras son azules. En la taberna me espera la cerveza, se relame Papá Perrault, la blanca, roja, tostada cerveza. Nuestras sombras son azules. El sol naciente, al principio, ciega a Ravel por unos segundos. Le alarga muchísimo la sombra. Nota la radiación en una piel que se estaba volviendo transparente, un sofoco tibio muy distinto del que le produce el cuerpo suntuoso de Madame d’Aulnoy, si bien estrechamente relacionado. Nuestras sombras son azules. Perrault baja al portal y solo tiene que girar la esquina de su calle para alcanzar la taberna. Qué calle? Cualquier calle. Con enorme sorpresa, encuentra que la taberna está aún cerrada. Es más pronto de lo que suponía. Calcula sus posibilidades. Esperar allí o ir al norte, hacia el Sena, donde habrá alguna abierta desde esas horas. Será por tabernas, blancas rojas tostadas non stop tabernas parisinas. La noche ha sido caliente, la primavera huele a escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines, aquello que en sus tiempos olía a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas se ha vuelto melindroso. Trescientos años son determinantes para reblandecer cualquier ciudad, vecinos incluidos. Nuestras sombras son azules. Ravel vaga rumbo al Sena en pos de una frutería madrugadora que le venda por el camino un par de kilos de manzanas de cuento para ir a comérselas con piel, rabo y semillas frente al edificio de la Bolsa. Su afición por las manzanas se confunde con su afición por las manzanas. Nuestras sombras son azules. Cerca de la Academia, Perrault encuentra un café abierto. Entra y pide cerveza. Se la bebe de un trago y pide otra. Se la bebe de un trago, pide otra. Se la bebe de un trago, otra. Lo que tú censuras como alcoholismo, lo califica él de protocolo base. Nuestras sombras son azules. Ravel cruza el río por el Pont des Arts. Después de zamparse las manzanas tiene retortijones. Una copita de digestivo le iría bien. Entra en un café cualquiera y quiere la providencia que se tope con un señor que cae al suelo tras el choque, bastante curda. Pero qué cojones haces tú aquí?, dice Ravel desde arriba. A ti qué te parece, Maurice?, anda, ayúdame a levantarme. Papá Perrault pesa una barbaridad y cuesta izarlo, casi tanto como luego mantenerlo en pie. La última persona del mundo a la que Ravel quería encontrarse. A ver cómo le explica lo de d’Aulnoy. Son las nueve de la mañana, Charles, y ya estás borrachísimo. Es porque estoy triste, bebo así desde que no vienes a verme. Eso será, dice irónico el músico. Claro que es eso, mantiene Perrault. He estado ocupado, Charles. Ocupado? Sí, estoy escribiendo una ópera. Y quién te ha hecho el libreto?, pensaba que cuando fueras a escribir una ópera contarías conmigo para el texto. Charles, tú ya estás muerto, sería un engorro trabajar contigo. Es verdad, nuestras sombras son azules. Ravel sujeta a Perrault y pasean por el Quai de Conti, a ver si le da el aire rabioso del Sena y se despeja. Sus sombras, algo más cortas que antes, reproducen los pasos inestables. El libreto es de Colette, explica el compositor, y va de un niño malote al que objetos de fantasía le van dando lecciones de vida y sustos de muerte. Una cursilada, vamos, reprocha Perrault. No más que Riquete el del Copete. También es verdad, contesta el viejo, pero en mis tiempos los textos olían a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas, nada de escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines. Los tiempos han cambiado, dice Ravel, hubo dos grandes guerras europeas, de la segunda me han hablado, nuestras sombras son azules, pero la primera me la chupe conduciendo camiones que llevaban munición al frente y volvían con heridos. Pues te veo feliz, a pesar de la experiencia bélica, observa Perrault. Estoy como siempre. No, como siempre no, me juego un barril de cerveza a que te estás tirando a tu libretista. A quién, a Colette? Sí, te estás tirando a Colette. No, hombre, nuestras sombras son azules, pero mira, como estás muerto desde hace siglos te voy a decir la verdad, aunque te enfades. Por qué me iba a enfadar? Porque a la que me estoy tirando es a Madame d’Aulnoy y, si te soy sincero, te da mil patadas como escritora. A quién te estás tirando? A Madame d’Aulnoy. Nuestras sombras son azules, amigo mío, ríe a carcajadas, pero tus gustos sexuales son incoloros. Tú te tiras a tu ama de llaves, a la húngara, y nadie te juzga. Cómo sabes eso? Contactos con el narrador. Siempre supe que llegarías lejos, Maurice. Poco a poco, cruzando el río, han llegado a la Île de la Cité y se han sentado a descansar bajo la estatua de Carlomagno. Sus sombras se acortan como por desgaste. Entonces, Charles, no estás enfadado? No, por qué razón debería estarlo? Por tu enemistad manifiesta con d’Aulnoy. Esa enemistad está en tu cabeza, Maurice. En todo caso estará en la del narrador, digo. Nuestras sombras son azules y te puedes follar a quien quieras, faltaría más, nuestra relación no se verá afectada por nuestras respectivas braguetas, yo hago lo mismo por mi parte, aunque reconozco que últimamente estoy mosca con la húngara. No me digas. Sí, creo que me la está pegando. Con quién? Con uno de mis propios personajes, eso sí que me cabrea. No será Pulgarcito! No creo, por dios, aún es un niño, nuestras sombras son azules. Entonces cuál? Pues ni idea todavía. Y en qué lo has notado? Eso se sabe, Maurice, el catre exótico de antaño se ha vuelto tan melindroso como la ciudad. Trescientos años no pasan en balde, viejo. Ella lo niega, pero le he dado un ultimátum: va a tener que dejar a su amante, sea quien sea, si no quiere perder el trabajo de ama de llaves, en París hay amas de llaves a full, millones de amas de llaves. Aún así sospecho que has sido un poco duro, Charles, no tienes derecho de pernada sobre la servidumbre. Te recuerdo que vivo en el siglo XVII, diría que algo sí tengo. Vaya, es verdad, nuestras sombras son azules. Son azules. Azules. Caminan hacia el Hôtel de Ville. Parece que Papá Perrault está algo más despierto. Ravel, intrigado, insiste en el asunto de la húngara. Y de qué personajes sospechas? Pues de todos los príncipes, por supuesto, esos los primeros, pero también del lobo, del padre ausente de Cenicienta y hasta del gato con botas. Y Barba Azul? No creo, de todos es sabido que es un asesino en serie de mujeres, la húngara no es idiota. Entonces yo apostaría que te la pega con el padre de Cenicienta. Tú crees, Maurice? Claro, por eso está desaparecido del cuento. Lógico. Muy lógico. Suben lentamente hacia el Pompidou, dejando que el azar les indique el camino. Aún faltan un par de horas para que el mediodía devore sus sombras. Desde la oficina de correos se les ve cada vez más pequeños en la distancia. Con los ojos entrecerrados podréis llegar a advertir que han entrado, cómo no, en una taberna de la Rue de Beaubourg. Nuestras sombras son azules, Charles. Eso pienso yo, Maurice, eso mismo pienso yo.