noviembre 17, 2025

[Historia de W.C.]

ZERO: ellos quieren alejarse

Los ciudadanos activos de Ciudad Occidente que llegan a atravesar Atolladero, lo hacen llenos de hastío y para engrosar la mano de obra en Los Campos de Cultivo; para ello suben al Tren de Emergencias[Inc]. Pero ésa no es nuestra historia. Nuestra historia comienza con Winston Churchill...

Nah, demasiado pronto para seguir la infancia del pequeño Winston, para que volemos por encima de él mientras corretea por las calles exteriores del centro comercial de Ciudad Occidente. El pavimento deja de ser inmune a los yerbajos porque se está adentrando en las zonas De Medianías, dónde los obreros [activos, sí, pero sin cualificación meritoria] descansan las piernas al sol filtrado por la cúpula itinerante de Ray Ban & BAYER, sentados en butacas compradas en CARITATIVOS S.A. [Los almacenes para ti, los almacenes para cualificados De Medianía] mientras charlan de sus cosas, juegan con naipes viejos o saborean una cerveza MortaldeNestlé S.A.

Son para los pobres, sobre los que su madre le habló a Winston una tarde que pasearon bajo la cúpula itinerante —fueron desde el este y un rato hacia el oeste—. Luego volvieron en el tren subterráneo, aprovecharon una pausa de la lente filtradora en forma de fracción de cúpula, donde los paneles se iban insertando con el avance de las obras; dentaban ya un extremo y alargaban en rectangular desproporción el otro... y buscaron una boca de metro. Había una en cada cuadrícula de Ciudad Occidente que los medianías seguían construyendo para llegar a una cúpula estática y que protegiera a toda la ciudad, sólo se construía de noche obviamente. Los medianías eran de piel tostada y eran como gatos: se pasaban el día descansando en tumbonas, las protegían con láminas de la construcción. A Winston le explicaron en el colegio que la megalópolis estaba formada por un millón de cuadrículas, todas ellas dispuestas en un perfecto damero que daban cobijo a 46 millones de ciudadanos Occidentales, activos o en proceso de activación. Se desconocían los datos precisos; además, no son relevantes para nuestra historia.

Lo que sí es relevante es que el pequeño Winston aún está disfrutando de las carreras bajo la luz buena de la cúpula Ray Ban & BAYER. El pecho le sube y le baja mientras sus pies impactan contra el asfalto que comienza a ser grumoso y resbaladizo. "¡Una trampa!", piensa, y se detiene en seco cuando los ve. Ése, ese dato sí es relevante y no otro. El niño los ha visto. Retengan el dato en modo consciente mientras comienza nuestra historia...

Cuando el Sr. Churchill fue activado, la cúpula de Ray Ban & Bayer ya no era itinerante. El Sistema seguía perfeccionándose gracias a la colaboración de todos los ciudadanos activos; como el Sr Churchill —que como ya no es un crío, no disfruta de las carreras bajo la cúpula—. Ningún niño lo hace apenas. Las obras finalizaron y la cúpula ya no es itinerante; recuerden que el Sistema tiende a la Perfección y no al contrario. Recuerden este dato también.


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septiembre 15, 2025

LECTURA MÁGICO-PARANOIDE EN LA CULTURA POP

                                                                

Traza mapas de loco de meme con hilos de lana roja que van de una foto de la letra de una canción a la transcripción de un diálogo de una película de los años setenta escrita por un iluminado; tira siete líneas más de lana roja, aunque algunas acaben en el vacío. Crea un mapa con todas esas respuestas ya que surgen de un anhelo que te pertenece de forma íntima, es aquí, en medio de un cut-up colectivo, dónde se acurruca la verdad, las respuestas, el futuro en el pasado y toda visión del presente. Aquí son accesibles. 

 

                                                                  II 

Un ábaco de matemáticas mágicas. Un lenguaje recién inventado que muere según se reducen las fiebres. Tienes el derecho de rellenar el vacío de la herida con sus consecuencias; RESPIRA. El tiempo no existe en esta esfera, la ira es el verdadero lenguaje del universo. Cuida tus palabras para que no sean expuestas en el tablón de corcho de un paranoico. No reces, redacta hechizos en un código poco conocido y súbelo a las redes, ofrece su descarga, envíalo a concursos literarios y mándalos como cartas de protesta a una jam de programación en SQL, erige altares digitales en forma de blog con una única entrada que promete palabras a borbotones, intoxica la cultura pop con tu basurero de internet, olvida poemas afortunados en los bolsillos de tu cantante predilecto, crea un alter-ego consciente de sí mismo, y dale tus mejores frases y tus horas de sueño. 

julio 30, 2025

SIN BRÚJULA NI MAPA

No os alejéis, Omelas es el sitio y tenemos que rescatarlo. No os vayáis aún, cede el espacio este ADVERSARIO porque se ha confiado; moscas en la cara mientras tipeo, saboreo, mientras respiramos el aire de lo inevitable. Me gusta el zumo natural y los ojos de esa pelirroja desde los que me veo sin ningún espanto. No es magia, no cómo crees que es porque nunca fue así. Mejorar el mundo por los que vienen... mientras te sabes muerto. 

D.D.D.

Don Barracuda puede ser cualquiera, es el señor nadie que se pasea por el jardín. Don Barracuda conoce sus nombres, está muerto, pero tiene una lista ejemplar de grano purulento de no moverse y donde se cría la Peste de la avaricia. Os va a matar ese mal olor. ¿No es muy loco tener un listado de cada grano en el silo? ¿No es acaso estúpido? 

D. Barracuda no quiere tanto. Quiere que lo salubre nos bañe. 

No es que los mutantes económicos sean más numerosos, e incluso suficientes, es que los mutantes económicos son todos los que importan. 

TODOS.

F for the Fakes.   

julio 07, 2025

UN VASO DE LIMONADA SIN AZÚCAR

Esta vez te lo voy a hacer suave, tanto que ni se pueda decir que ha sucedido.

Te hablo del asco profundo, el dolor de estómago y la magia. Tú sólo puedes remover más y más rápido tu café con leite. Muy en  el fondo de tus pupilas puedo intuir las explosiones de varios megatones. Estoy contento por el encuentro de tu intelecto incapaz de salir de "la caja" y mi esquizofrenia. Estoy contento por compartir cafés, tapas de tortilla, humos y gafas de sol. 

Dos cabezas, demasiadas pedradas. Dos cabezas y demasiadas pedradas. Demasiadas pedradas. Te dicen que seas empático; siempre que lo seas de niño o estés frente a una obra de ficción. El ejercicio de apestar voluntariamente. Me encierro a enumerar las heridas que nos dejaron aquellas tardes que compartimos sitio en cualquier terraza de cualquier cafetería. Hay árboles al este de nuestra mesa, esto va a doler, y apuro mi engrudo negro-euforia. Masa me decía que no se entendían la mayoría de mis mierdas, que parecían escritas desde mi ombligo, y sólo para mis pulmones. Yo le contestaba que me parecía bien [así me enseñó a afrontar las opiniones el abuelo]. 

¿Recuerdas cuando te llamaba CASA? Eres casa, te decía mientras lo hacíamos. No hay gran diferencia entre una casa y una cárcel, en serio, no la hay. Aquí dentro somos demasiadas formas de ver el asunto, demasiadas crisis proféticas y un ingreso por Urgencias Psiquiátricas de menos. Aquí dentro, cuando se abren las compuertas, no hay programa de predicción de mecánicas de fluidos que pueda prever por dónde coño irá el asunto. Sucede. Puede que sean los restos del naufragio en el que nos vimos envueltos en Madrid centro. Lo bueno de todo aquello es que me gané la gratitud de un indigente, le di un par de cigarrillos, me sonrió, llevaba los brazos descubiertos y empapados en gasolina. Eso era antes, ¿año 2008?, en aquellos días de escribir mientras una crisis me encerraba en mi habitación durante tres días completos, y terminaban con el paroxismo de un par de párrafos decentes frente a al ventana, el horror y la locura desaparecían después de consumir Zyprexa durante dos meses. 

Hay un vaso de limonada sin azúcar bajo la cama, bebo un poco cuando la echo en falta, me fuerzo a obedecer, a creer, a respirar, que el tabaco mata, pero lo hace tan jodidamente despacio que de ahí que sea un desperdicio de dinero. La verdadera putada es..., lo verdaderamente jodido... ES. Quiero decir que nos rodea, desde que el estado nos secuestra y lo llama ciudadanía. Desde que el resto es más subnormal que tú hasta las cejas de Risperidona. 

Imagino a Mark Fisher pensando: mira, que os follen. Y lo piensa justo antes de hacerlo. No sé, es como si la pedagogía te empujara al suicidio sí o sí. 

Organízate y lucha. Hay días en los que ni siquiera soy capaz de calzarme. Organízate. Deslízate. Piensa. Que no te cojan.

Levanto la vista y veo todas estas palabras. Ni putísima idea de qué ha pasado. ¿Acaso tú planeas tus fantasías antes de masturbarte? Yo tampoco. 

Una paja triste, de nada.      

marzo 28, 2025

Pato pisado y poni pisador

 El viejo Apuleyo, gran amigo, quiere organizar un ciclo sobre Shyamalan en el cineclub. Me ha invitado a participar, no sé en calidad de qué. Será para principios del año que viene, porque antes tiene programados Godard (sep), Jeunet (oct), Wilenski (nov) y el especial de Navidad sobre las bandas sonoras de Zimmer. En el cineclub hay film+charla cada jueves, normalmente cuatro metrajes que pueden ser cinco, según el mes. La concurrencia casi siempre es la misma, con ligeras variantes. Perrault y otros nueve o diez se van intercambiando. Nadie va a hacerse rico con la entrada. Además hay constantes problemas con madame d’Aulnoy, que suele armar bronca si aparece por la sala. Hace poco, cuando Cocteau, le montó un pollo a Walt Disney que lo dejó como la madre de Bambi. Apuleyo tuvo que dar por terminada la tertulia antes de hora. El núcleo duro del grupo cree que la mala baba que se gasta madame es porque sus éxitos en vida fueron irregulares y está muy resentida. De nuevo una conclusión patriarcal. Al hilo del suceso, sugerí que el resentimiento de la crítica hacia la obra puede ser una buena manera de enfocar el ciclo de Shyamalan, porque el tipo no merecía el trato que le dieron tras sus primeros triunfos. No hay que ser Menéndez Pidal para saber que a Apuleyo le fascinan los cuentos y que ha preparado una selección muy cuentista. Arrancará con The happening, me explica, el jardín de las hadas con extra de cabreo; después pretende proyectar The village, remedo de Caperucita y plato fuerte de la serie; también quería meter The visit en la tercera semana, que es Hänsel y Gretel, ahí no hay dudas; y cerraría con Old, una historia de encantamiento de nuevo cuño, pero atravesada de tropos feéricos. Estuvo barajando programar Knock at the cabin, desechada por evangelizante, o incluso colar Trap y estar a la última aunque no haya tenido tiempo aún de digerirla. Narrativamente Shyamalan cruza cientos de fronteras y eso le interesa más que las valoraciones posteriores. Nos interesa, de hecho. Tomábamos gintonics un viernes por la tarde en una terraza de Charlestone, del lado del Ashley, mientras charlábamos de literatura y cine. Yo me había declarado neutral años atrás en la guerra intestina entre los cuentos franceses y los cuentos germanos, si bien la estética del perdedor me obligaba a saltarme continuamente mi imparcialidad y tomar partido por el acervo débil. La cultura germana ha copado la tradición narrativa europea dejando a las fábulas gabachas en palpable desventaja. Otro gran trabajo de la crítica. Así que me pongo a la defensiva cuando Apuleyo, que me está beteando sobre la marcha una novela a priori afrancesada como esta, alega que mi texto se parece un poco a Los músicos de Bremen. Tenemos el asno de oro, las perras negras, el gato con botas y la lora Alejandra, pero el penúltimo señuelo musical no lo vimos venir. Nuestros oídos quieren atender a lo que cuentan los animales. A veces se trata de las alboradas de un gallo, un pato, un loro, pero también son galgos y podencos contándose sus gestas de caza, gatetes empingorotados recitando Virgilio y burros, mulas y palafrenes tratando de explicar la expansión acelerada del Universo primitivo a sus dueños y sus mozos de cuadra, y la reina de tal zoológico parlante podría haber sido María Antonieta, la mismísima Monica Vitti o la madre de Pulgarcito, pero acabaría siendo sin remedio Clotilde Barallobre de no ser porque el personaje ya estaba pillado, fíjense hasta donde llega la capacidad de análisis del gran Apuleyo. El inconsciente creativo, con música o sin música, se activa si los conejos se comen a los perros, actúa poniendo cascabeles a los camellos y jorobas a los gatos, funciona cuando una muchacha argentina despluma y decapita aves cantoras en alguna cocina clandestina entre Bremen y Ausburgo, aderezándolas con manteca y cosiéndolas con lino blanco. ¿Cuándo me ha supuesto un problema reciclar personajes ajenos? La música es el mapa, se dejó claro desde el principio, para avanzar a través de una historia de usurpación de la realidad, de incongruencias cuánticas, de ladrones, fantasmas y violencia, de lo que sea que esto vaya a morir, necesariamente de forma difusa y enigmática, entre volátiles ocurrencias dispuestas al montón, como si fuesen ideas asentadas en largos y sesudos párrafos, con la esperanza de que el lector encuentre por fin algo que no había leído antes. Justo a nuestro lado, en otra mesa de la terraza, me distrae una reunión de tardoadolescentes frikis. Conversan tan alto sobre Tolkien que me cuesta seguir el palique de mi amigo. Épica antigua, ironizo, no tanto por la edad, sino por la deformación católica, que en mi cabeza, sin embargo, se organiza de manera mucho menos solemne: en escena, Frodo Bolsón juguetea con el anillo y toma la decisión de tragárselo para mentir a todos y no tener que fundirlo en sus fuegos prístinos mientras Sam retiene a Gollum con un sermón emasculante sobre cuántos patos por hora hornean en cierta posada de Bree, cuánta manteca utilizan en el proceso y cuántos será capaz de comerse un hobbit estándar de una sentada. Et ustus fortiter. La entrada del ciclo vale seis euros, dice Apuleyo al tercer gintonic, estoy pensando subirla a seis cincuenta. Regreso de mi ensoñación. Barato, le aseguro, sigue siendo una ganga para lo mucho que se disfruta en este tipo de coloquios. El anciano recuerda que hace dos años, por ejemplo, montó uno muy sonado sobre la Revolución Francesa (se proyectaron obras de Delannoy, Jacquot, Coppola Jr., Ridley Scott) y fue espectacular el jugo que le sacaron los asistentes a tantos hombros reconciliados y tanta sangre. Sin embargo, cada jueves noche aparecía d’Aulnoy con una lista jacobina y sentenciaba a los presentes por cualquier motivo. Ya en esos días Apuleyo trató de razonar con ella, para que no espantara a la clientela, y ella le espetó ¿tenés algo que reprocharme?, y Apuleyo le insinuó que Laideronnette no es precisamente Elsa de Brabante, y ella se enfadó más todavía porque iba perdiendo todas las guerras. Desde la desembocadura del Ashley nos llega un olor intenso a podredumbre que se estrella contra la terraza con un ruido fofo. Un pie gigante se posa violentamente encima de la tarde cosida con hilo blanco. Tengo que ir un día a alguna sesión, antes de lo de Shyamalan, me refiero. Claro, vente el jueves que quieras, no te cobraré entrada. Los de la mesa de al lado siguen hablando ahora de los Nazgul, chiflados que antaño fueron hombres y hoy son música, melancólico alimento para los que vivimos de amor. A los nazgul nos gusta convertir asnos en ponis, perras en endecasílabos, gatos resbalando en tejados a dos aguas y lo que más rabia nos da, en general, es que las aves se coman nuestras migas de pan. Si por mí fuese, reflexiona Apuleyo, los únicos pájaros que deberían existir son los que están en escabeche. Música, animales y comida. Bien podría ser esta la conclusión si hubiese sido alguna vez el planteamiento. Te animas con Godard?, vamos a poner Pierrot le fou. Puede, pero me da miedo cruzarme otra vez con d’Aulnoy, en un capítulo le recriminé su tendencia al drama y se puso hecha una furia. Tranquilo, tengo portero nuevo, un tal Guillermo Carnero, que es una puta esfinge, la señora baronesa no entrará por esa puerta. Sonrío mirando al Ashley unos segundos. Pienso en la incoherencia del personaje, dulce Chloé raveliana y colérica madame cerval al mismo tiempo. Cuando se tope con Carnero, vive les barricades!, van a saltar chispas. Cavilo también sobre lo que me he desvivido estos dos años de escritura, sobre los proyectos que se desbaratan para que uno de ellos subsista y sobre la literatura como única ontología posible. No puedes entender a Shyamalan sin Lady in the water, aventuro, merece estar en el programa. Al oírme, los chicos de la mesa de al lado han guardado un silencio espantado, como si el heredero de Isildur hubiera cometido sacrilegio. La joven del agua?, balbucea incómodo Apuleyo. Sí, eso he dicho, también es un cuento, hasta la protagonista se llama Cuento. Y una mierda, me interrumpe enfadado, una mierda así de grande, ensanchando el espacio entre sus manos. Hasta los estetas más puros tienen prejuicios. El resentimiento hacia la obra siempre es algo que hacen los demás. Y pedimos de inmediato la cuenta, que se hace tarde. 

marzo 15, 2025

Prólogo, monólogo, odontólogo

Planteamiento, nudo, desenlace. El objetivo es romper este esquema. Se puede hacer, pero dependerá del psicoanalista. Una novela desmenuzándose a sí misma es un dragón feo. Todo texto tiende a ser Laideronnette, hombre elefante, la sustancia, una progresiva aceptación de la fealdad, aunque juren los estetas que el arte pretenda lo contrario. La direccionalidad patriarcal —el clásico empotramiento— obliga al receptor a entender la historia como el anuncio del matacucarachas. Los personajes nacen, crecen, se reproducen y mueren. Se preguntan algunas cosillas por el camino, cosillas que un buen autor tratará de no responder, pero lo que es el puente/flecha/marcomental está ahí y debemos cruzarlo\dispararla\asumirlo. Se puede romper. No invertir, ni desordenar. Digo volar, digo descuartizar. Un prólogo, monólogo, odontólogo. La novela sin héroe, sin lanza, sin conflicto, decía Santa Úrsula. La novela horizontal. Así que voy a cambiar casi todo lo que tenía previsto para el desenlace. Capítulo 93 de 100. Cambiar, a saber, la muerte Judas de Perrault, la muerte Auschwitz de Alejandra, la muerte Aida de Ravel y d’Aulnoy, la muerte a elegir del lector pasivo, la muerte Bonnie and Clyde de Vitti y Antonioni, la muerte y resurrección de Barba Azul y Báthory y, por último, la pequeña muerte de Laideronnette. En mi descargo señalaré que pensaba dejar vivo, al menos, a Guillermo Carnero. Tío, tú no eras un escritor-mapa, se queja mi paredro, con el trabajo estructurado de antemano? Sonaba de fondo Daphnis y Chloé, y al amanecer de la segunda suite, llegaron los pájaros y se comieron las balizas de regreso a la novela. Cuando Pulgarcito se pierde en el bosque, sueña con potajes. Este Ulises de pacotilla actúa nada más que como metáfora de las grandes épicas y, en consecuencia, de los grandes fracasos. Ajustaos la dentadura, que se enfría. El ama de llaves sospecha que Perrault guarda un cadáver en el sótano. Hemos dicho varias veces que esta mujer de imbécil tiene lo justo. Algo se cuece. El escritor baja allí y se esfuma durante horas. Desde que se enamoró de Barba Azul ella se ha vuelto muy suspicaz. Ya no se deja direccionar por el patriarcado en rincones random de la casa, aquí te pillo, y usaría cualquier excusa para denunciar a su violador y salir del infierno del vasallaje doméstico. Barba Azul, macho ultraempático y sóror con amplia experiencia en LO QUE NO HAY QUE HACER, la está ayudando muchísimo con la exploración. Se cuela por la ventana de la vivienda de su creador en busca de pistas que confirmen delitos de sangre o cualquier otra falta que dispense ante las autoridades a su amante de la servidumbre sin detrimento para su reputación. Hay que probar todas las puertas. Como siempre, el cogollo consiste en encontrar al loro de Humboldt, aunque la húngara y su novio aún no lo saben. Aparte de esta trama apenas principal, voy a dejar un reguero de microfábulas, esbozos y menciones activas. Marcel Duchamp y Marcel Proust fueron tanteados en los episodios 2 y 3, y defenestrados de inmediato sin piedad. Es lícito que sean renombrados ahora que no nos quedan dientes. Walter Elias Disney, buzo de lavabos, ha quedado como un idiota. Su colaboración se limitó a ser un negativo, una herramienta inútil si no vas a positivar. Añadí también aquella pieza aislada para Shéherezade, otra sobre Cartouche, Pinocho, Coltrane, Wilenski, además del carro de broches cinematográficos. En cuanto al tetrarca de Galilea diré que por aquel entonces estaba leyendo a Flaubert, Tres cuentos. Tampoco es excusa. Se colaron algunos violinistas cuando lo de Tzigane, mero aderezo para insuflar vida a mi extraño Ravel frugivorista. En fin, por difuso que se presente, es imposible no otorgar comienzo a una historia, pero sencillísimo escamotearos el final. La literatura funciona como una endodoncia. Al tacto, Barba Azul y Báthory han encontrado una fisura en una de las paredes del sótano de Perrault, apenas un rasguño. Tardarán semanas en descifrar el mecanismo de apertura. Tras la puerta secreta aparece ante ellos un túnel lóbrego, como boca desdentada, y al otro extremo, un resplandor de mazmorra, que ambos conocen bien, y unos lamentos animales. Se miran el uno al otro con alegría, porque la vida sigue y les sonríe. 

marzo 08, 2025

Paraísos terrestres

 Que Génesis viene de genital, o viceversa, es algo que siempre me ha rondado por la cabeza. Acababan de inaugurar el órgano nuevo en el Washington Irving. A las niñas nos hacían entonar a diario himnos que remedaban escenas grandilocuentes de Milton, oponían al pecado original, convenientemente revestido de lujuria, un sinfín de paraísos recobrables y nos generaban confusiones sicalípticas. Por eso más tarde, en clase de dibujo, mirábamos trabajar por las ventanas a los jardineros del parque contiguo y fantaseábamos en grupo obscenidades agrarias con mangos de azada. Esa saturación edénica ocupó mi preadolescencia y antes de que se me hincharan las tetas ya sabía que la expulsión en sí era la única razón de ser de cualquier paraíso. Sospecho que es nuestra voluntad de trascendencia la que trasplanta árboles de la ciencia en vergeles equivocados. Ahora que soy vieja y pago los aranceles del exceso juvenil, confesaré mi intención y deseo de ser expulsada del Elíseo a lo grande por un ángel jardinero como aquellos de mi infancia, musculado, sudoroso, bien dotado de cintura para abajo, porque una está mayor, pero también ávida de nuevos pastos y cultivos. Si me deja satisfecha durante el desahucio, regalaré al ángel ejecutor mi última obra, un gran lienzo previsto en acrílicos rosa, asquerosamente redentor, porque he pintado antes de Pollock, durante Pollock y después de Pollock y quiero que quede constancia en el otro barrio. Diréis que soy casquivana cuando jamás lo pensasteis ni por un segundo de él. El patriarcado del arte nunca descansa. Mi jardín personal fue lidiar con una carrera propia al mismo tiempo que acarreaba además con la suya como quien se debate entre el bien y el mal. Para él se crearon el cielo y la tierra y todo fue fácil. A mí me dejó encerrada por dentro en el Edén y fui su Eva cornuda que va a tener que encargarse sola de las labores del campo. Parecerá ingenuo, pero ni cuando murió asimilé lo que significaba socialmente que me la pegase con todas aquellas florecillas pizpiretas, fascinadas por la gloria del legendario action painter, qué grosería de apelativo. Se hacían pasar por amigas, traían cocaína y apple pies con demasiada mantequilla, intrigaban como condesas en una corte europea. Pollock, a escondidas, les aplicaba algo más que simple deontología de experto florista, tanto que le daba igual aire libre que invernadero, dalia que peonía, goteo que aspersión, mientras a mí las raíces se me iban muriendo hasta quedar marchita. El dios era demasiado humano. Y yo, el hazmerreír, lo sabía, cada secreto y cada escándalo, pero las criaturas de intramuros nunca asumimos que la divinidad es inevitablemente tóxica. Quise incluso por un momento haber chocado con él en aquel coche y que la insignificancia y la tierra sagradas nos sepultasen a ambos. Ese instante ha sido el peor de mi vida, el pensamiento en que he estado más lejos de mí misma. Tras el entierro fui una viuda ejemplar, a las biografías me remito. Defendí con uñas y dientes la memoria de mi marido de los latifundistas, las serpientes y el olvido. Logré que otras flores de especies más sofisticadas vinieran a comerme el coño. Tuve que arar Manhattan entero, sin duda no fue sencillo, y sembrar el mito del artista impulsivo para obtener una cosecha que se contaría por millones de dólares para cuando mataron a Kennedy. El MoMA y el Metropolitan me cortejaban en mi propio huerto. Sin mí solo se acordarían del legado del héroe cuatro nostálgicos del dripping. De nada, Jackson. De nada. Si la rosa no es de quien la planta, sino de quien la cuida, me pregunto si tu obra no es ahora mía. Convendrá que los críticos reflexionen del derecho de pernada en el arte, cuándo la obra es del autor o es del público o no es de nadie, que lo único digno de atesorar es el talento, y ni siquiera eso. Descalza de teorías he hollado siempre mi parcela, menos pomposa que Adán, por supuesto, aunque mucho más pragmática. No se me caen los anillos y tal vez por eso las heridas de mis manos siguen abiertas. Dicen los fantasmas que ahora su hobby ya no es tanto la floricultura, que también, sino dejar ciegos a los osos. Por su culpa hay miles de osos ciegos en el paraíso. Pues que le aproveche. Ni le perdono ni le dejo de perdonar. El ángel ejecutor que me espera en la cancela del jardín calza un falo flamígero de 7 cm de diámetro en la base. Un mango de azada del que Pollock diría con desprecio que no sirve para pintar. Pues así me iré del Edén, sin derramarle una lágrima.

marzo 01, 2025

Pitufos en la sombra

  Nuestras sombras son azules. Papá Perrault acaba su desayuno raspando un yogur griego con la cuchara, amontonando los restos viscosos pegados a las paredes del recipiente, rescatando en total menos de un tercio de suculenta cucharada. Deberíamos haber utilizado a Rossini como sátiro gastronómico, que en asuntos liricoculinarios hubiese dado mucho más juego que el francés. Nuestras sombras son azules. La luz del amanecer irrumpe apenas entre los espesos cortinajes. Ravel lleva un rato despierto. Besa con extrema delicadeza el cuello de madame d’Aulnoy hasta excitarla, sin despertar, visiblemente. A saber qué estará soñando. Ambos han perdido la cuenta abusiva del amor, por lo que el compositor ha decidido que hoy toca, por fin, abandonar la cama y pisar la calle. Qué calle? Cualquier calle. Nuestras sombras son azules. En la taberna me espera la cerveza, se relame Papá Perrault, la blanca, roja, tostada cerveza. Nuestras sombras son azules. El sol naciente, al principio, ciega a Ravel por unos segundos. Le alarga muchísimo la sombra. Nota la radiación en una piel que se estaba volviendo transparente, un sofoco tibio muy distinto del que le produce el cuerpo suntuoso de Madame d’Aulnoy, si bien estrechamente relacionado. Nuestras sombras son azules. Perrault baja al portal y solo tiene que girar la esquina de su calle para alcanzar la taberna. Qué calle? Cualquier calle. Con enorme sorpresa, encuentra que la taberna está aún cerrada. Es más pronto de lo que suponía. Calcula sus posibilidades. Esperar allí o ir al norte, hacia el Sena, donde habrá alguna abierta desde esas horas. Será por tabernas, blancas rojas tostadas non stop tabernas parisinas. La noche ha sido caliente, la primavera huele a escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines, aquello que en sus tiempos olía a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas se ha vuelto melindroso. Trescientos años son determinantes para reblandecer cualquier ciudad, vecinos incluidos. Nuestras sombras son azules. Ravel vaga rumbo al Sena en pos de una frutería madrugadora que le venda por el camino un par de kilos de manzanas de cuento para ir a comérselas con piel, rabo y semillas frente al edificio de la Bolsa. Su afición por las manzanas se confunde con su afición por las manzanas. Nuestras sombras son azules. Cerca de la Academia, Perrault encuentra un café abierto. Entra y pide cerveza. Se la bebe de un trago y pide otra. Se la bebe de un trago, pide otra. Se la bebe de un trago, otra. Lo que tú censuras como alcoholismo, lo califica él de protocolo base. Nuestras sombras son azules. Ravel cruza el río por el Pont des Arts. Después de zamparse las manzanas tiene retortijones. Una copita de digestivo le iría bien. Entra en un café cualquiera y quiere la providencia que se tope con un señor que cae al suelo tras el choque, bastante curda. Pero qué cojones haces tú aquí?, dice Ravel desde arriba. A ti qué te parece, Maurice?, anda, ayúdame a levantarme. Papá Perrault pesa una barbaridad y cuesta izarlo, casi tanto como luego mantenerlo en pie. La última persona del mundo a la que Ravel quería encontrarse. A ver cómo le explica lo de d’Aulnoy. Son las nueve de la mañana, Charles, y ya estás borrachísimo. Es porque estoy triste, bebo así desde que no vienes a verme. Eso será, dice irónico el músico. Claro que es eso, mantiene Perrault. He estado ocupado, Charles. Ocupado? Sí, estoy escribiendo una ópera. Y quién te ha hecho el libreto?, pensaba que cuando fueras a escribir una ópera contarías conmigo para el texto. Charles, tú ya estás muerto, sería un engorro trabajar contigo. Es verdad, nuestras sombras son azules. Ravel sujeta a Perrault y pasean por el Quai de Conti, a ver si le da el aire rabioso del Sena y se despeja. Sus sombras, algo más cortas que antes, reproducen los pasos inestables. El libreto es de Colette, explica el compositor, y va de un niño malote al que objetos de fantasía le van dando lecciones de vida y sustos de muerte. Una cursilada, vamos, reprocha Perrault. No más que Riquete el del Copete. También es verdad, contesta el viejo, pero en mis tiempos los textos olían a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas, nada de escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines. Los tiempos han cambiado, dice Ravel, hubo dos grandes guerras europeas, de la segunda me han hablado, nuestras sombras son azules, pero la primera me la chupe conduciendo camiones que llevaban munición al frente y volvían con heridos. Pues te veo feliz, a pesar de la experiencia bélica, observa Perrault. Estoy como siempre. No, como siempre no, me juego un barril de cerveza a que te estás tirando a tu libretista. A quién, a Colette? Sí, te estás tirando a Colette. No, hombre, nuestras sombras son azules, pero mira, como estás muerto desde hace siglos te voy a decir la verdad, aunque te enfades. Por qué me iba a enfadar? Porque a la que me estoy tirando es a Madame d’Aulnoy y, si te soy sincero, te da mil patadas como escritora. A quién te estás tirando? A Madame d’Aulnoy. Nuestras sombras son azules, amigo mío, ríe a carcajadas, pero tus gustos sexuales son incoloros. Tú te tiras a tu ama de llaves, a la húngara, y nadie te juzga. Cómo sabes eso? Contactos con el narrador. Siempre supe que llegarías lejos, Maurice. Poco a poco, cruzando el río, han llegado a la Île de la Cité y se han sentado a descansar bajo la estatua de Carlomagno. Sus sombras se acortan como por desgaste. Entonces, Charles, no estás enfadado? No, por qué razón debería estarlo? Por tu enemistad manifiesta con d’Aulnoy. Esa enemistad está en tu cabeza, Maurice. En todo caso estará en la del narrador, digo. Nuestras sombras son azules y te puedes follar a quien quieras, faltaría más, nuestra relación no se verá afectada por nuestras respectivas braguetas, yo hago lo mismo por mi parte, aunque reconozco que últimamente estoy mosca con la húngara. No me digas. Sí, creo que me la está pegando. Con quién? Con uno de mis propios personajes, eso sí que me cabrea. No será Pulgarcito! No creo, por dios, aún es un niño, nuestras sombras son azules. Entonces cuál? Pues ni idea todavía. Y en qué lo has notado? Eso se sabe, Maurice, el catre exótico de antaño se ha vuelto tan melindroso como la ciudad. Trescientos años no pasan en balde, viejo. Ella lo niega, pero le he dado un ultimátum: va a tener que dejar a su amante, sea quien sea, si no quiere perder el trabajo de ama de llaves, en París hay amas de llaves a full, millones de amas de llaves. Aún así sospecho que has sido un poco duro, Charles, no tienes derecho de pernada sobre la servidumbre. Te recuerdo que vivo en el siglo XVII, diría que algo sí tengo. Vaya, es verdad, nuestras sombras son azules. Son azules. Azules. Caminan hacia el Hôtel de Ville. Parece que Papá Perrault está algo más despierto. Ravel, intrigado, insiste en el asunto de la húngara. Y de qué personajes sospechas? Pues de todos los príncipes, por supuesto, esos los primeros, pero también del lobo, del padre ausente de Cenicienta y hasta del gato con botas. Y Barba Azul? No creo, de todos es sabido que es un asesino en serie de mujeres, la húngara no es idiota. Entonces yo apostaría que te la pega con el padre de Cenicienta. Tú crees, Maurice? Claro, por eso está desaparecido del cuento. Lógico. Muy lógico. Suben lentamente hacia el Pompidou, dejando que el azar les indique el camino. Aún faltan un par de horas para que el mediodía devore sus sombras. Desde la oficina de correos se les ve cada vez más pequeños en la distancia. Con los ojos entrecerrados podréis llegar a advertir que han entrado, cómo no, en una taberna de la Rue de Beaubourg. Nuestras sombras son azules, Charles. Eso pienso yo, Maurice, eso mismo pienso yo. 

febrero 22, 2025

Perlocucionario

 Usurpemos por una página el altar de los lingüistas teóricos: los actos del habla son tres, como los del teatro decimonónico. Exposición, desarrollo, reexposición. Más o menos. El acto locutivo es la enunciación en sí, los temas propuestos. La carga que comporta detonará las acciones y justificará las omisiones. El acto ilocutivo es la intención del emisor que enuncia, sea explícita o tácita. Se comporta como el meollo de la cuestión, su sustento sistémico. Siempre se vuelve complejo discernir por qué uno manifiesta ciertas intimidades, a quién engaña si no es a sí mismo, qué se pretende obtener de los demás. Simplemente se piensa, se dice y listo. Por último, el acto perlocutivo, el más interesante, corresponde con la cristalización del enunciado en el receptor, la conversión de las palabras en una respuesta forzada de algún modo por la locución inicial. Y telón. Así acaba cada trocito de cháchara y así empieza el siguiente. Una cadena de sistemas emergentes con sus actos y sus agentes y sus discursos. Tras pronunciar o recibir palabras ya no eres el mismo. Todo va cambiando a golpe de verbos. Me pregunto si alguna de las oraciones de mi libelo te ha hecho levantarte a abrir la nevera, dar un brinco, sentir alegría o quedarte perplejo. Pensarás que esto no te ha cambiado la vida, por qué habría de hacerlo. En principio es solo un pastiche textual que huye de eventuales clasificaciones. Pero estamos en el último round y debes tomar decisiones de lector intrépido. Figuras, conceptos, carne, algas, antiguos, modernos. Es hora de quitarte el reloj, dejar la mente en blanco un instante y leer el siguiente capítulo. Te adelanto que Ravel y Papá Perrault crearán allí su propia sucesión obstinada de enunciados deliberados y acciones consecuentes. La comunicación es, a todas luces, predecible. Ahora bien, ojo, bastará una única novela-comedia-sonata para que de repente no seas quien eras antes. No importa lo que yo digo, sino lo que tú recibes. 

febrero 18, 2025

Printemps, Ivonne

 La Bella durmiente canta una de Fourdrain mientras alguien le prepara otro pico de morfina. Anochece en Niza cuando amanece en Capri. Incluso en el Folies Bergère, la mezcla habitual con coca disipa a veces las neblinas de opio que celan la realidad de los cuentos de hadas. Aún faltan décadas para despertar y ya gasta unas venas como túneles alpinos y un tabique nasal que ríete tú de la Gran Muralla. El príncipe encantador la dejó en la estacada, o quizás será al revés y mucho más adelante. Hay algunas reseñas elocuentes al respecto bajando por las páginas de sociedad, para quien quiera hurgar en los pormenores. Los personajes telaraña como ella atraen hacia la muerte a las polillas. La mayoría son machos de tinte moreno y opulentas cabelleras que no sobreviven al letargo. En una de esas partidas de Quién es Quién descubrimos con regocijo que su nuevo amante no lleva gafas, usa sombrero y vino de ultramar. Desde que se fue, nunca más volvió, seguiré sus pasos, etc. Para que no haya dudas, el sueño estaba compuesto como una torre formada por capas sin fin que se alzaran y perdieran en el infinito. No puedo explicarme mejor. Un atrapasueños de este calibre igual te roba el tacto triste y sólido de tu madre muerta que te sisa una premonición difusa de la Arcadia olduvayense venidera. Crecían sobre el asfalto grandes prados de adormidera ondulante, ordeñados con la primera luna de otoño por miríadas de oompa-loompas. Así es la Bella durmiente, un desagüe de alcaloides y vanidades, un vórtice de enaguas y malhumor. No esperes encontrar más que insomnio en kilómetros a la redonda. 

febrero 10, 2025

Pot-pourri

 La niña Laideronette levanta las manitas huesudas. No lleva batuta ni falta que le hace. El público de la función se reduce a Ravel y d’Aulnoy, que asisten al concierto en cueros desde la recurrente cama con dosel. Aun así se respira el ambiente de los grandes estrenos. Algunos ruidos, cuchicheos y toses son arrastrados por una corriente de silencio. La expectación se va apelmazando mientras llega el momento de empezar. Integrado por no menos de cuarenta pagodas, el orfeón se dispone a lo largo de la alcoba un poco al buen tuntún, en filas escalonadas que van desde el suelo hasta lo alto de un escabel, elevándose sobre cajas de zapatos y banquetas de diferentes tamaños. Pueden parecer ridículos, pero quien haya asistido a los ensayos sabe de lo que son capaces. Un gesto enérgico de la niña inicia por fin el concierto y entonces, sin más, lo que era feo se vuelve hermoso. Laideronette nació, dice el coro, como nace este canto, calculadamente bella, princesita sonaja, bebé arcoiris, dientecito de ajo. Pronto, la maldad del hada Magotine mudó sus dones naturales y la castigó con una quirúrgica fealdad. Las vocecillas punzantes de las sopragodinas nos van revelando los detalles de la historia. Por debajo, una especie de discantus masculino salmodia un áspero frontispicio que sirve de sustrato armónico. Parece que son las manos de la niña fea las que irradian cada nota. D’Aulnoy y Ravel están emocionados. Su hijita adoptiva se está haciendo mayor. Por los poros juveniles resuena una rabia lúcida que derruye tabiques y techo como Jericó bajo un estrépito de trompetas. Años después, sigue el coro, quiso el destino que Laideronette se cruzase con un príncipe atrapado en una serpiente. La malvada Magotine le había hechizado como a ella. El amor ciego entre ambos va a ser la redención que les devuelva a su forma original. En medio de los escombros de la habitación crece rápida la hierba. El dosel de la cama se ramifica, abulta su tronco y, verdeando contra el cielo abierto, hace derramarse frutos rojos hasta donde alcanza la vista. El gorgojeo animal del orfeón pagoda ha esparcido la dulcísima esencia del paraíso y el selecto público son ahora Adán y Eva, padres en contorsión de la voluntad inventiva y el apetito pecaminoso. La crónica de Laideronette es la crónica del pueblo de los pagodas, que cuidaron de ella cuando su condena la obligó a tocar fondo, y también, por extensión, la de quienes les volvieron célebres mediante sus obras. Ravel y d’Aulnoy se felicitan por ello con caricias y besos, desnudos bajo el manzano, mientras la cantata continúa por excelsos derroteros, nos arrastra al infierno en su caída, suspira aislada dentro de sus propios paréntesis y saca pecho para triunfar en su ascenso. El príncipe serpiente se ha unido a la bacanal y besa a Laideronette enroscado en su cintura. La manzana de Eva alcanza la boca de Adán, que lame con la punta de su memoria aquellos murmullos ribeteados de asombro pentatónico. Comen todos del fruto porque comerlo es crear y crear es persistir en los vientres estériles del recuerdo y provocar emociones fuertes a las cabezas tiernas. Hacia el final, los nuevos habitantes del Edén acoplan sus jadeos a la respiración circular de los pagodas cantores, justo cuando la niña Laideronette se va a correr por primera vez en la boca del príncipe serpiente. Suenan bajo su agitada dirección los últimos tres acordes de novena, seis gemidos descendentes y el viento perpetuo pasando entre las doce ramas del Árbol de la Ciencia. Algunos ángeles miran desde lo alto de la tapia del jardín y se preguntan curiosos cuánto durará aquel locus amoenus. A continuación transcribimos algunas reflexiones de d’Aulnoy: Siempre he concebido la poesía como un complicado suflé. Todo debe estar perfectamente medido, batido, aireado y dispuesto para que suba en el horno y quede arriba. La novela, por contra, es como un potaje. Los ingredientes van en crudo al puchero, lo que tengamos a mano, nabos, legumbres mezcladas, manos de cerdo, acelgas, sin trabajar, sin miramiento, porque será el fuego del lector intrépido el que cargue la olla podrida de sustancia nutricia. No sé qué es feo o hermoso, ni dónde se deshace la sinceridad o en qué espuma flotan lo soez y lo vano, pero comprendo que mi voluntad es hacer que el canto de los pagodas derruya tu resistencia al paraíso y te arrastre hasta él. A continuación transcribimos asimismo algunos pensamientos de Ravel: Bajo el brillo de una breve sonatina hay un diabólico mecanismo de traviesa relojería en el que no cabe una nota que no esté dispuesta a alimentar con luz a las demás. Al otro lado se encuentra el sumidero generativo de la ópera, un caldero monumental donde los temas musicales se ponen al servicio del libreto, yuxtapuestos, seriados, con orquestaciones de oficio, una masa que solo podrá germinar de manera consistente atravesando oídos hambrientos. Ambas comprenden a su modo nirvana y sansara, formulan por igual belleza y desproporción. Recuerda que Apolo se sienta junto a Baco en la mesa de los dioses y desde tu posición de famélico mortal nunca puedes saber cuál de ellos está devorando el potaje y cuál degustando el suflé.

CIRCUS

  Chicos blancos haciendo vudú en el club de fumadores. Gente encarnada. Contactos gay. Hostales con dos camas por defecto. Hago planes par...