noviembre 17, 2025

[Historia de Winston] #4

Frente al Tren de Emergencia [Inc.] le hacen firmar todos los permisos digitales que autoriza a la empresa Tren de Emergencia [Inc.] a utilizar cada uno de los sistemas que transporta como organismo con el nombre de Winston Churchill para tanto el abastecimiento de energía del propio transporte como para estudios diversos.

¿Estudios diversos? [se interroga W.C.]. Y firma y se deja poner los biopuertos con unas tenazas perforadoras de hace quince años. Eran rojas, ahora están sucias. Parecen machas de grasa. Los operarios buscan el punto exacto, desvisten lo necesario a Winston. Tres en el brazo, uno en el dorso de la mano izquierda y le sacan la chaqueta, Winston suda, ha sido una mañana extraña. Tres perforaciones más en la espalda, los dedos del operario le palpan y W.C. siente la presión de una nueva instalación.

¡Pssssh!, el sonido sordo embutiéndose en la carne de Doble uve.

Según se informó esa mañana: tomó un zumo insípido, ni siquiera se duchó. La preparación de los pasajeros se hacía por sistemas, capacidad orgánica, masa y otros... la info iba siendo asequible según se firmaban las conformidades necesarias.

Esa mañana estuvo demasiado tiempo firmando conformidades:

Y/N?

Y

INCLUYENDO PERFIL EN EL PASAJE.

Y/N?

Y

Y/N?

Y

Una conformidad tras otra en lenguaje de programación reducido a nivel 4: afirmativo, afirmativo, afirmativo. Sólo un clap: afirmativo. Dadas todas las conformidades se conformó a que el desayuno de esa mañana no fuera insípido. Clap en la pulsera verde, y todo es calma. Todo va bien... Firmas. Le llevó más tiempo del que tenía para ducharse.

Y el proceso se repitió con cada documento frente al tren que lo llevaría a las granjas de trabajo manual y obtención de recursos.

Todo está especificado en alguna parte, se dice. Un operario lo acompaña hasta la puerta, Winston se mece un instante al cruzar la puerta y se encamina a la cápsula que le indican. Hay un operario que le perforará con agujas para que el trance sea lo más inmediato posible. Le ayudan a desvestirse y Winston se introduce en la cápsula de transporte llena de líquido de suspensión para el viaje. Era espeso, cree recordar, y estaba flotando en gris curativo cuando escucha a uno de los operarios: ¡A obtención de recursos, visto! Y se oyen varios ¡claps! Las pulseras es lo último que le retiran. Sin nano-atmósfera eran un suicidio orgánico. Entreabre los párpados y ve las siluetas grises de árboles negros que eran tragados por una oscuridad aun más ciega; los emborrona y se los traga, los distorsiona y los hace desaparecer como los trabajadores no cualificados con los manteles. Como ese truco que consiste en retirar la tela de la mesa dejando todas botellas y todos los platos y cubiertos en su sitio y en pie. Alrededor, todo el mundo está conectado y trabajando en los estudios. Las siluetas grises junto a la ventana se extienden por una loma de fractales orgánicos. El cableado que pende entre ellos desprende destellos azules y marrones eléctricos.

Winston cierra los ojos y se pone a trabajar.

En la mañana de trabajo que antecedió a la partida en el tren y de la que aún no hemos dicho nada Winston Churchill que se recordaba como Doble uve y se veía como W.C. comienza a tener a los tres segmentos de jornada necesidad de un clap de la pulsera número uno y tal vez de la tres para la espalda. No se los da, así que el sudor hace su aparición y W.C. teclea que teclea comienza a saborear un metal licuado parecido a la sangre, su saliva se espesa y las manos y la rodillas le tiemblan y Doble uve teclea con postura impasible pero comienza a cometer fallos y tiene que reescribir la mayoría de los códigos. El teclado del centro de trabajo era una máquina resplandeciente: blanca y curvilínea. Algo oblonga. Diminuta y atrayente. Los fluorescentes se reflectaban desde los paneles del cubil de conglomerado sin chapa. La atmósfera estaba sobre cargada para que la necesidad de contemplar algo hermoso por contraste fuese premiada químicamente por los nano ejecutores; eso se lo dijo Jonás en una de sus conversaciones. Sin los claps la trampa resultaba burda pero efectiva. Winston no vio más que una implementación de los tiempos de foco de atención en el trabajo. Pero nada más. Aunque vio como los escritores de código se sentían a disgusto con sus cafés en la cafetería. El sitio tenían cristaleras ahumadas enormes y sucias, el mobiliario era escaso e incómodo: taburetes que cojeaban y una mesa estrecha que surgía de la pared y a una altura extraña para la mayoría. Y las lamparas que arrojan su luz naranja-tristeza, lámparas de depresión en naranja de bajo consumo, un naranja tibio casi muerto.

Recordó también la resina en los árboles. Cuando era un niño le gustaba embadurnarse los dedos con la sangre pegajosa de los árboles.

Cuando era niño las cosas no eran viejas y turbias como ahora sino que todo brillaba como brilla ahora su terminal resplandeciente y blanco. Como brillaba todo cuando era pequeño y corría bajo la cúpula itinerante ¡podía respirar! y ahora el aire le es pesado, se convierte en un sobre esfuerzo de concentración; en una obligación a la que atender entre línea y línea de código.

El terminal ya no le parece encantador, le parece estúpido y le agrede. Entonces llega el picor. Un picor que le recorre la espalda y las axilas y el costado [que le comienza a doler con cada exhalación]. Piensa en los bichitos, los nano ejecutores entrando en su cuerpo con instrucciones de darle duro en la cabeza hasta que admita teclear horas hacinado en un local mal ventilado con cincuenta hombres más. Era verdad lo que le contó aquella anciana sobre la falta de aire. El terminal tiene un diodo que se ilumina en rojo con cada pulsación incorrecta de Winston Churchill. Doble Uve siente una arcada y: ROJO, ROJO, ROJO, ROJO, ROJO...

ACCEDIENDO A RECICLAJE PROFESIONAL.

USUARIO: winston churchill. MOTIVO: MÁS DE 35 ERRORES POR MINUTO.

Winston, mientras todos los hombres del vagón están conectados y trabajando en los estudios [tipean código]. W.C. saca la cabeza y mira alrededor, entonces se sumerge en el líquido y se queda suspendido en lo gris y curativo, acunado por un medio amablemente espeso.

La comodidad es una manta caliente de la que te arrancan sin avisar. Y se vuelve incómoda, y el frío que se derrama por la piel. Los pies arrugados sobre el suelo del vagón del Tren de Emergencia [Inc.] y resbalando. Se despertó helado. Le echaron una manta por encima y le limpiaron la cara. La espalda le dolía, una punción cruzada. Alguna herida producida durante la retirada de los cables de la mercancía del tren. Así los trataron. A los hombres nublados. Tenían las caras torcidas y exhaustas. La mayoría no recordaba quién era.

Winston no se recuerda, camina en fila llevado por los operarios del Tren de Emergencia [Inc.] cruzando una valla metálica y encaminándose hacia un edificio de ladrillo. Pero aunque Winston no se recuerde cuando pasan al interior del edificio y allí, en medio de una enorme galería los operarios los sitúan frente a unas celdas que se abren, hacen que entren y lo hacen con aguijones eléctricos en los costados. Ya no los tratan como a mercancía, ahora son ganado. Winston será de los que lo recuerden todo, pero ahora se enfrenta a un medio sin nano atmósfera de ningún tipo, tan sólo oxígeno, carbono y algún que otro gas. Doble uve pensándose un soldado capturado por una facción enemiga, se piensa como una mini serie que veía por intranet. Un serial de aventuras y fugas en la que los prisioneros no se veían afectados con el frío que él tenía. Las manos nunca les temblaban no tenían esa oquedad en el estómago ni las piernas se tensaban y se clavaban en el sitio de miedo. Nah, y se arrulló como pudo en la manta, ese no era yo. ¿Quién soy y qué hago aquí? es la siguiente incógnita que acude a una cabeza que comienza a doler. Despertar es duro. Despertar en prisión, tan sólo extraño y ajeno. Doble uve es una pelota de carne torpe sin las pulseras y la nano atmósfera. Es blando y fláccido en cada movimiento. Se sienta, torpe y asustadizo, sobre el jergón que hay en una tabla a media altura en la pared. Mira el par de cubos y la abertura junto a la mesa. Bajo ésta hay un taburete. Lo mira todo y es consciente de que no iba a ir a ninguna parte en mucho tiempo. Pero aún no sabe quién es. Sólo un preso. Como el resto de hombres y mujeres del tren. Se oye un lamento largo y hueco. El dolor, en la galería de sueño y recuperación de los campos de trabajo, padece una minusvalía junto con la memoria de los presos.

La cárcel se rige por una norma muy sencilla damas y caballeros: se acabaron las decisiones por su parte. Nosotros decidiremos por ustedes cuando dormir, cuando comer, cuando cagar, asearse o despertarse. ¿¡Está claro!? Malditas ovejas, se acabó el ocio cognitivo y se acabó la nano-ventaja orgánica. Sé que lo sienten, sé que sienten su carencia absoluta. Desamparo celular del que duele, ¿verdad Dollys?

Final de Winston Churchill, W.C. o Doble uve.


 

[Historia de W.C.] #3

Doble uve sale a la calle peatonal a las 9:00 h y se encamina al metro. Ya no le molesta el murmullo sincronizado de peatones y vehículos de guardias blindados, la adecuación de cada uno de sus pasos al resto de peatones. Ya no le molesta porque está recibiendo una descarga eléctrica en lugar del picor del fieltro irritando la piel a través del sudor... pequeños filamentos de tejido sintético que se meten en cada poro de la zona circundada y se clavan produciendo sudor y reacciones químicas y eléctricas; una descarga de incomodidad. Y acierta de casualidad a encaminarse a la boca de metro que le corresponde. La número 9. Camina con normalidad mientras suda algo más de lo permitido para un nivel cuatro. Doble uve, el hombre sin identidad, resuelve el camino con una pequeña tos que tenía ensayada desde hacía años y que pretende ser los suficientemente creíble como para que nadie le señale o para que ningún blindado le dispare por... ¿sedición?, se dice, Doble uve, el hombre sin redaños... y baja por la boca del metro apoyando la palma contra la pared derecha y dejando un impúdico reguero de sudor conforme baja; cada escalón como una pesada caída de material negro contra una muela mecánica, cada impacto con una reacción eléctrica en los tobillos y en las plantas de los pies de Doble uve. Los ojos como huevos, la cara más gris y más helada de toda Ciudad Occidente se tambalea sobre un cuerpo débil al borde del desfallecimiento. Un cuerpo que se encorva y retrocede medio millar de años evolutivos... la respiración claustrofóbica encerrada en unos pulmones de metal oxidado; el metro de Ciudad Occidente. Y aunque nadie dice nada, todos esperan a que le arresten o le disparen; y que lo hagan pronto. En el andén las cabezas se giran y los labios se fruncen agrios. Pero consigue entrar en su vagón, el número 4. Así de fácil, las puertas se abren y Doble uve, W.C., pasa dentro sin más.

Los fluorescentes ralentizan los movimientos de todos los ciudadanos activados del vagón 4. Los apellidos más comunes en Ciudad Occidente comenzaban por A o por B. Del Abbey al Buzz había trabajadores de diferente nivel que ocupaban los tres primeros vagones del metro hacia las oficinas de empleo activo. Las pantallas proyectan su luz anaranjada de bajo consumo y con anuncios de intranet que ya no llaman la atención de Doble uve, mareado se deja caer sobre una barra de sostén de cintura y se abraza con miedo a su cartera. El resto mira los anuncios, esa es la clave, piensa, la llave, el código que da entrada a su asco apelotonado, ahora, en el fondo del estómago. El tren cruza veloz dos estaciones: parada-descomprensión-comprensión, hermética-inercia.

Las luces entristecen a Doble uve que mira alrededor sin saber que todas las nucas están pendientes de él. Tristeza en la nucas... hay pena en cada pliegue de piel, se esconde bajo sí misma, piensa, pero se sabe que sigue ahí.

"La abuela, como la llama el resto, duerme al pequeño Winston con un cuento. Mi gente del exterior quedamos dentro de Ciudad Occidente como mano de obra para la instalación de la cúpula completa alrededor del muro que también construimos, le dice. Se ha utilizado todo el fungible que quedaba en el planeta para preservar la ciudad [un cuento para niños], del enorme vertedero que es el resto. Atolladero es de donde venimos y adonde iremos cuando la obra se finalice, lo sabemos. Lo arrulla en las mantas, y una mano suave le aparta el pelo de la cara. La anciana, ahora, susurra en la memoria de Winston: aunque los hombres occidentales creen que su ciudad se puede cruzar en línea recta, la gente de Atolladero, construimos su ciudad para que esto fuera imposible. Hicimos galerías de más y las conectamos entre ellas de forma aleatoria. Los esclavos construimos una ratonera para las mentes de los ciudadanos, sabemos, que nuestra estancia es temporal y que nos acabarán expulsando más allá del muro que construyó mi gente. Así que dejamos de seguir los planos al dedillo para dejaros un poco de confusión aquí dentro. Aunque sólo la perciban los que la cruzan de uno al otro extremo... las galerías no están bien oxigenadas... el aire es cada vez más espeso, ya lo verás, hijo, ji, ji, ji... Y el pequeño Winston se duerme. A la mañana siguiente un coche de blindados llega con su madre dentro y se lo llevan de allí, no hay disparos, no ve a la anciana... nadie sale a despedirse con el ajetreo de los blindados identificando a los trabajadores no cualificados".

«¡Qué ha sido eso!», murmura tan bajito que ni siquiera separa los labios.

Iba a ser un día de trabajo especialmente duro. Sin activaciones. Sin hipnosis. Sin posibilidad alguna de que finalice con éxito. Tristes... se piensa Doble uve. Ahora supura denso desde sus axilas y se recoge los brazos y toma postura de ciudadano activado y clava los ojos como huevos [ahora quebrados] en la pantalla anaranjada del vagón 4. Desde Cabin a Cuztom.

Todos reciben con interés la info detallada del día a día. La info detallada sobre cómo funciona el sistema de ocio cognitivo: las pulseras, la productividad y W.C. contiene un bostezo, y se le humedecen los ojos; el lacrimal de Winston despierta de la somnolencia sacando el óxido que flota en la nano-atmósfera. Las cabezas asienten... las alas de los sombreros suben y bajan en cada inflexión del texto emitido en luz naranja depresivo. Naranja apagado, urgente, naranja mátame de la manera más horrible que puedas, naranja dame comida, naranja tenue como órganos sexuales cercenados de raíz... naranja una muerte lenta. Naranja que no es naranja, piensa W.C.; es una orden directa.

Otra estación: indisciplina-frente-a la inercia-mátame, piensa.

La mano de Doble uve ya está toqueteando la pulsera de nivel cuatro, dame paz, dame ocio cognitivo, dame una excusa y me arrojaré a las vías en la próxima estación. Todas las nucas parpadean extrañadas por el extraño que finge ser uno de ellos, uno más de los ocupantes del vagón 4. Desde los Cabin a los Cuztom. Todos respiran la nano-atmósfera. Nadie tose. Clap, clap, clap, se escucha desde el ciudadano de traje gris, enfrente de otro ciudadano de traje gris. Nadie lleva pantalones negros; no es ilegal aunque sí irregular. Sólo un clap, se dice Doble uve. Y cuando está decidido: descompresión-alivio-llegada y huida.

Sin un sólo clap.

Winston huye a través de las puertas de la luz naranja depresión: la info de intranet siempre son las mismas líneas informativas sobre los mismos temas, al menos en el vagón 4. Mátame, piensa Doble uve: ahora llega lo peor.

Dame un clap.


***

 

[Historia de W.C.] #2

INICIO DE SESIÓN EN MODO PRIVADO:

NIVEL COGNITIVO: CUATRO

INICIANDO...

Jonás said: Ciudad Occidente sobrevive gracias a la colaboración de todos sus activos. Todos. Ya sé que lo sabe, Sr. Churchill... Ésa es la mejor parte de todo esto. Sí, me estoy haciendo de rogar...

Atienda.

La respuesta principal se encuentra en su muñeca. Sí. Las pulseras cognitivas no le hacen ningún bien, Sr Churchill. Le aturden casi todo el día y le dan lo que requiere [lo que requiere el Sistema, Winston, no usted] al final del día.

Pero la respuesta primera está en que la cúpula ya no es itinerante. La creación de una atmósfera delimitada durante las 24 horas en toda la ciudad, trajo consigo la posibilidad de incluir una cantidad considerable de nano-Lectores Stephenson bajo su absoluto control. Sí, el modelo espía definitivo de tamaño microscópico... Son respirables por el organismo humano y compatibles con él. La nano-vigilancia es absoluta... Usted no es más que un humano; no lo olvide.

FIN DEL MENSAJE INTRANET, SR. CHURCHILL. NO OLVIDE MANTENER SEGURA SU RED PRIVADA.

LA CIUDAD NO SE HACE RESPONSABLE DE LA INFORMACIÓN CONTENIDA EN LOS DISCOS DE ALMACÉN PERSONALES. LA CIUDAD ES BENIFICIARIA DEL PRINCIPIO DE IRRESPONSABILIDAD DE USUARIO. NO OLVIDE LIMPIAR SU BANDEJA DE MENSAJES.

¿DESEA AHORA COMPRAR UN PASAJE PARA EL TREN DE EMERGENCIA INC.?

Y/N

PULSE LA TECLA CORRESPONDIENTE EN SU QWERTY DE NAVEGACIÓN

Detectando modelo consola de navegación:

Detectado... Punk-o-rama [O.00] FIN DE LA SESIÓN DEL USUARIO

Comprar, comprar, comprar. Comprar era lo mejor de ser activado.

Lo peor eran los horarios inhumanos, la jornada intensiva de primer año: desde las 6:00 horas hasta las 18:00 horas, entre tiempo prestado y tiempo meritorio. El yogur sin sabor, el traje gris y la piel porosa y granulenta bajo los fluorescentes de bajo consumo, el calor de las calderas durante el falso invierno, el traje gris y el sombrero de fieltro picajoso... Y tener que estar en tensión desde que salía de la puerta de su casa, hasta que llegaba a su trabajo.

Respirar era duro en todas partes. Nadie sabía muy bien por qué, pero todos los niveles cognitivos UNO tenían una teoría al respecto.

Todos.

Pero lo que más tensaba al Sr. Churchill era tener que caminar siempre por el lado derecho de la acera, mantener la distancia con el ciudadano de delante y el de detrás, respetar los pasos de peatones con exactitud milimétrica y no pensar en nada que no fuera el trabajo, trabajo, trabajo... para comprar, comprar, comprar. Comprar ocio cognitivo.

ANUNCIO INFORMATIVO EN INTRANET PÚBLICA...


...INICIANDO:

LAS PULSERAS COGNITIVAS SON DISPOSITIVOS ADHERENTES QUE LE AYUDAN A AYUDARNOS A TODOS. SIENTA EL BRIO DEL OCCIDENTAL_PATROL niv. 1. AGUANTE LAS LARGAS JORNADAS DE PRIMER AÑO GRACIAS A SU EFECTO ESTIMULANTE Y OPTIMIZADOR DEL ENFOQUE LABORAL. CASI INDISPENSABLE PARA FACILITAR EL ASCENSO AL NIVEL DOS.

Su adhesión no garantiza al ciudadano el ascenso al nivel dos. El ciudadano debe esforzarse para alcanzar sus propias metas. DESDE Ciudad Occidente TAN SÓLO QUEREMOS AYUDARLE A QUE CONSIGA SUS PROPIAS METAS.

FIN DEL ANUNCIO. GRACIAS POR SU ATENCIÓN VOLUNTARIA. SU VOLUNTAD ES EL RECURSO MÁS PRECIADO DE CIUDAD OCCIDENTE. GRACIAS POR SU ESFUERZO, CIUDADANO. FIN DEL ANEXO PUBLICITARIO.

INICIO DE SESIÓN EN MODO PRIVADO:

NIVEL COGNITIVO: CUATRO

INICIANDO...

Jonás said: Lo peor de esas pulseras no son su precio. Sino que reactivan ciertas cualidades. Cómo decirlo, Winston... ciertas cualidades químicas humanas que desgraciadamente han sido capadas por el Sistema. Recuerde que usted lo respira, Winston, al Sistema..., lo tiene incluido en su organismo. Recuerde las extrañas dificultades respiratorias, recuerde qué es ser un humano...

Winston se deja caer sobre el respaldo de su silla de habitáculo y la madera cruje. La pantalla de su terminal [cedido por OCC.net], sigue parpadeando a 12.7 segmentos. Las tipos blancas sobre fondo negro, sin interfaz gráfico alguno, salpican el habitáculo de Winston. Mientras la duda aparece, pulsa [memoria gestual inducida] la cuarta pulsera de ocio cognitivo, en verde pastel, y el calor lo inunda como aquella tarde que corrió hasta más allá de los límites de Ciudad Occidente... Humano, se piensa a sí mismo Winston, un niño sudando bajo el sol, perdido, abrazado por la gente que salió al encuentro del pequeño y que le leyeron libros blandos sobre las trampas de la vieja ciencia.

Somnolencia. Es hora de dormir. Pero Winston quiere saber. Eso y no otra cosa lo hará ser engullido, lo... ¡La pantalla!, se dice.

Jonás said: No, Winston. Eso fue cuando usted era un ser humano, no una célula del macro-organismo... un sub-individuo. Un esclavo que firma para serlo, Winston. Eso es usted. La parte de un todo que lo contiene y que no puede ver. Porque eso es todo lo que usted sabe que es...

Winston_Churchill said: ¡¿Y qué coño hacemos hablando por este canal?!

Jonás said: Ha pulsado su pulsera de nivel cognitivo uno, ¿no es cierto? Es la adrenalina, por eso está enfadado y se siente inseguro. A usted nada de esto le preocupa. Está a punto de pagar un pasaje en el Tren de Emergencia [Inc.], ¿no es cierto? La única forma de salir de Ciudad Occidente, ¿verdad? A usted ya no le importa una Ciudad que no le llena de aire los pulmones... Pero debe saber que el Tren de Emergencia es una trampa.

Winston_Churchill said: No, no... Ese tren es la única forma de salir para los descontentos... para la gente como yo... Es, es lo único que pude encontrar en TODA la red.

Jonás said: En su red, dirá. Sus canales de información. Lo que ellos emiten y que usted recibe. Como las hormonas que estimulan las pulseras de ocio cognitivo. Esas pulseras son la única manera de sentir cosas, ¿verdad? Por eso trabajó tanto, por el ocio cognitivo, ¿no? Comprar, comprar, comprar... ¿cierto? Hay más canales de información, más soportes, ¿no sabe de lo que le hablo? Se encontró con ellos de niño y ellos le leyeron sus libros pre-datables de vieja ciencia. Aquella pieza arqueológica era lo único que tenían.

Winston_Churchill said: ¿Arqueo... qué?

Jonás said: Oh, olvidaba sus problemas. El libro enterrado y blando que le leyeron..., ¿mejor?... para que dejara de llorar porque estaba fuera de los límites, perdido, bajo el sol cancerígeno de Atolladero... Describía un mundo absurdo, casi como el de ahora, y gente que intentaba huir de él y que fracasaba con estrépito.

Winston_Churchill said: Sí, así fue. Me contaron la historia de la habitación 101... Pero eso son supersticiones de salvajes, vieja ciencia... Como... ¿cómo era aquello?..., como una religión, como eso de la religión.

Jonás said: ¿Usted cree? Porque yo me sé otra... Sé qué hay al otro lado de la línea de tren que piensa coger y sé que no es una extensión de tierra cultivable. ¿Sabe qué es un cultivo hidropónico? No, ¿verdad? Pues así se produce el alimento para Ciudad Occidente. No hay granjas ni nada que se le parezca, no hay un paraíso rural para inadaptados, no hay un trabajo duro bajo el sol; ni plantas ni tierra fresca. Tiene que saber lo que es, cómo se siente y cómo le han dicho que tiene que sentirse... ¿Me explico?. Si quiere seguir hablando, debe sacarse TODAS las pulseras de ocio cognitivo. Si no lo hace antes de coger el tren la sal podría cegarlo señor Churchill.

Winston_Churchill said: Claro, tampoco pasa nada por quitárselas.

O puede que sí. Winston se retira una a una las pulseras de silicona; una leve presión sobre el «clap» de abertura y ¡clap! se descuelgan y pierden su color. Una a una. Entonces las deja sobre el escritorio junto al terminal y no ocurre nada.

Nada, salvo que todo en su interior se remueve de maneras irreverentes con la costumbre de no sentir y lo siente todo, todo lo contenido y toda la experiencia humana bloqueada, todas las frustraciones reconducidas, toda la rabia contenida y todo el dolor y el miedo y la risa y eso; eso que la antigua ciencia llamaba «amor». Todo se revuelve y le mastica el estómago, el hígado y alguna que otra víscera de la que Winston ni siquiera tenía noticia; y todas están en su cerebro.

Ah-ah-ah —no lo grita, lo tartamudea— qué es esto...

Y llora como cuando era niño y esos resortes aún no se reconducían. Llora y aprieta las mandíbulas; se tensan hasta que un ácido comienza a deshacer los tendones... «¿Qué pasa?», se dice. «¿Por... qué me duele tanto? ¿Por qué me da igual? ¡¿Cómo se llama esto?!»

El movimiento de las piernas de Winston, que van hacia delante y hacia atrás, más a la izquierda, o se tensan o quedan flácidas o se rompen en un dolor intenso, no ayuda al cerebro recién despierto del joven W.C. que llora sobre el terminal. Las lágrimas quedan extrañadas y solitarias sobre el teclado blanco de polímeros de última remesa reciclada. Marca Punk-o-rama [O.00]... cristalinas pero abandonadas; el joven W.C. alcanza a teclear.

Winston_Churchill said: Por!?

Solloza con la cabeza descolgada, llora y ríe en el mismo instante que se siente ¿ridículo?. Siente que se comporta como un niño pequeño, de preescolar, como un sádico animal a punto de morder... el terminal no sale volando por la ventana porque todo es sustituido por miedo; un miedo atroz a ser descubierto por los blindados que lo descuartizarían con sus armas de munición ultra rápida; los mismos que estaban reventando las puertas de su departamento y disparando ya. ¿Ya? y W.C. llora y se ríe al mismo tiempo que sabe, en un momento preclaro, que sería lo mejor que le podría pasar [no es sólo el dolor; es mucho peor]: es todo. Son todas las sensaciones a la vez y ninguna llega a ser creíble, le empujan al llanto carcajeado. Bajan por su garganta y las suda entre los dientes apretados, a través de poros obstruidos por amor, rabia, dolor, odio y vergüenza... TODO.

Jonas said: Vuelva a colocarlas en su muñeca pero no presione un clap completo. Deje de usarlas y coja ese tren... hasta entonces... era necesario W.C., lo siento. A mí también me dolió, obvio.

Esa noche W.C. no duerme. Se balancea y se acuna en posición fetal. Se saca punta al cabello de retorcerlo con los dedos; usa el índice para hacer girar el mechón alrededor de sí mismo y usando la yema del pulgar como modelador auxiliar. Cuando amanece parece una rata de vertedero. Un erizo del Bajo Atolladero, Cuadrante Sur.

La ducha no se lleva nada por el desagüe; lo deja con más sed. El zumo le hace sentir seco. La comida le da sueño y el café del desayuno le hiela la piel.

Es raro; lo sabe y se siente extraño dentro de tanta piel.

Y debe ir a trabajar un día más. Un día más antes de coger el tren hacia los campos. Elige la chaqueta gris, sobre la camisa del mismo color y unos pantalones negros; se calza los zapatos de oficina y se pone sombrero de fieltro: gris con una franja marrón. Coge la cartera y sale hipnotizado por su nombre: «Doble uve», murmura, y cierra la puerta con la llave. Apenas sí es capaz de recordar con claridad que su nombre de ciudadano activado es: Winston Churchill y que su nombre de futuro deportado es W.C.


[Historia de W.C.]

ZERO: ellos quieren alejarse

Los ciudadanos activos de Ciudad Occidente que llegan a atravesar Atolladero, lo hacen llenos de hastío y para engrosar la mano de obra en Los Campos de Cultivo; para ello suben al Tren de Emergencias[Inc]. Pero ésa no es nuestra historia. Nuestra historia comienza con Winston Churchill...

Nah, demasiado pronto para seguir la infancia del pequeño Winston, para que volemos por encima de él mientras corretea por las calles exteriores del centro comercial de Ciudad Occidente. El pavimento deja de ser inmune a los yerbajos porque se está adentrando en las zonas De Medianías, dónde los obreros [activos, sí, pero sin cualificación meritoria] descansan las piernas al sol filtrado por la cúpula itinerante de Ray Ban & BAYER, sentados en butacas compradas en CARITATIVOS S.A. [Los almacenes para ti, los almacenes para cualificados De Medianía] mientras charlan de sus cosas, juegan con naipes viejos o saborean una cerveza MortaldeNestlé S.A.

Son para los pobres, sobre los que su madre le habló a Winston una tarde que pasearon bajo la cúpula itinerante —fueron desde el este y un rato hacia el oeste—. Luego volvieron en el tren subterráneo, aprovecharon una pausa de la lente filtradora en forma de fracción de cúpula, donde los paneles se iban insertando con el avance de las obras; dentaban ya un extremo y alargaban en rectangular desproporción el otro... y buscaron una boca de metro. Había una en cada cuadrícula de Ciudad Occidente que los medianías seguían construyendo para llegar a una cúpula estática y que protegiera a toda la ciudad, sólo se construía de noche obviamente. Los medianías eran de piel tostada y eran como gatos: se pasaban el día descansando en tumbonas, las protegían con láminas de la construcción. A Winston le explicaron en el colegio que la megalópolis estaba formada por un millón de cuadrículas, todas ellas dispuestas en un perfecto damero que daban cobijo a 46 millones de ciudadanos Occidentales, activos o en proceso de activación. Se desconocían los datos precisos; además, no son relevantes para nuestra historia.

Lo que sí es relevante es que el pequeño Winston aún está disfrutando de las carreras bajo la luz buena de la cúpula Ray Ban & BAYER. El pecho le sube y le baja mientras sus pies impactan contra el asfalto que comienza a ser grumoso y resbaladizo. "¡Una trampa!", piensa, y se detiene en seco cuando los ve. Ése, ese dato sí es relevante y no otro. El niño los ha visto. Retengan el dato en modo consciente mientras comienza nuestra historia...

Cuando el Sr. Churchill fue activado, la cúpula de Ray Ban & Bayer ya no era itinerante. El Sistema seguía perfeccionándose gracias a la colaboración de todos los ciudadanos activos; como el Sr Churchill —que como ya no es un crío, no disfruta de las carreras bajo la cúpula—. Ningún niño lo hace apenas. Las obras finalizaron y la cúpula ya no es itinerante; recuerden que el Sistema tiende a la Perfección y no al contrario. Recuerden este dato también.


***



septiembre 15, 2025

LECTURA MÁGICO-PARANOIDE EN LA CULTURA POP

                                                                

Traza mapas de loco de meme con hilos de lana roja que van de una foto de la letra de una canción a la transcripción de un diálogo de una película de los años setenta escrita por un iluminado; tira siete líneas más de lana roja, aunque algunas acaben en el vacío. Crea un mapa con todas esas respuestas ya que surgen de un anhelo que te pertenece de forma íntima, es aquí, en medio de un cut-up colectivo, dónde se acurruca la verdad, las respuestas, el futuro en el pasado y toda visión del presente. Aquí son accesibles. 

 

                                                                  II 

Un ábaco de matemáticas mágicas. Un lenguaje recién inventado que muere según se reducen las fiebres. Tienes el derecho de rellenar el vacío de la herida con sus consecuencias; RESPIRA. El tiempo no existe en esta esfera, la ira es el verdadero lenguaje del universo. Cuida tus palabras para que no sean expuestas en el tablón de corcho de un paranoico. No reces, redacta hechizos en un código poco conocido y súbelo a las redes, ofrece su descarga, envíalo a concursos literarios y mándalos como cartas de protesta a una jam de programación en SQL, erige altares digitales en forma de blog con una única entrada que promete palabras a borbotones, intoxica la cultura pop con tu basurero de internet, olvida poemas afortunados en los bolsillos de tu cantante predilecto, crea un alter-ego consciente de sí mismo, y dale tus mejores frases y tus horas de sueño. 

julio 30, 2025

SIN BRÚJULA NI MAPA

No os alejéis, Omelas es el sitio y tenemos que rescatarlo. No os vayáis aún, cede el espacio este ADVERSARIO porque se ha confiado; moscas en la cara mientras tipeo, saboreo, mientras respiramos el aire de lo inevitable. Me gusta el zumo natural y los ojos de esa pelirroja desde los que me veo sin ningún espanto. No es magia, no cómo crees que es porque nunca fue así. Mejorar el mundo por los que vienen... mientras te sabes muerto. 

D.D.D.

Don Barracuda puede ser cualquiera, es el señor nadie que se pasea por el jardín. Don Barracuda conoce sus nombres, está muerto, pero tiene una lista ejemplar de grano purulento de no moverse y donde se cría la Peste de la avaricia. Os va a matar ese mal olor. ¿No es muy loco tener un listado de cada grano en el silo? ¿No es acaso estúpido? 

D. Barracuda no quiere tanto. Quiere que lo salubre nos bañe. 

No es que los mutantes económicos sean más numerosos, e incluso suficientes, es que los mutantes económicos son todos los que importan. 

TODOS.

F for the Fakes.   

julio 07, 2025

UN VASO DE LIMONADA SIN AZÚCAR

Esta vez te lo voy a hacer suave, tanto que ni se pueda decir que ha sucedido.

Te hablo del asco profundo, el dolor de estómago y la magia. Tú sólo puedes remover más y más rápido tu café con leite. Muy en  el fondo de tus pupilas puedo intuir las explosiones de varios megatones. Estoy contento por el encuentro de tu intelecto incapaz de salir de "la caja" y mi esquizofrenia. Estoy contento por compartir cafés, tapas de tortilla, humos y gafas de sol. 

Dos cabezas, demasiadas pedradas. Dos cabezas y demasiadas pedradas. Demasiadas pedradas. Te dicen que seas empático; siempre que lo seas de niño o estés frente a una obra de ficción. El ejercicio de apestar voluntariamente. Me encierro a enumerar las heridas que nos dejaron aquellas tardes que compartimos sitio en cualquier terraza de cualquier cafetería. Hay árboles al este de nuestra mesa, esto va a doler, y apuro mi engrudo negro-euforia. Masa me decía que no se entendían la mayoría de mis mierdas, que parecían escritas desde mi ombligo, y sólo para mis pulmones. Yo le contestaba que me parecía bien [así me enseñó a afrontar las opiniones el abuelo]. 

¿Recuerdas cuando te llamaba CASA? Eres casa, te decía mientras lo hacíamos. No hay gran diferencia entre una casa y una cárcel, en serio, no la hay. Aquí dentro somos demasiadas formas de ver el asunto, demasiadas crisis proféticas y un ingreso por Urgencias Psiquiátricas de menos. Aquí dentro, cuando se abren las compuertas, no hay programa de predicción de mecánicas de fluidos que pueda prever por dónde coño irá el asunto. Sucede. Puede que sean los restos del naufragio en el que nos vimos envueltos en Madrid centro. Lo bueno de todo aquello es que me gané la gratitud de un indigente, le di un par de cigarrillos, me sonrió, llevaba los brazos descubiertos y empapados en gasolina. Eso era antes, ¿año 2008?, en aquellos días de escribir mientras una crisis me encerraba en mi habitación durante tres días completos, y terminaban con el paroxismo de un par de párrafos decentes frente a al ventana, el horror y la locura desaparecían después de consumir Zyprexa durante dos meses. 

Hay un vaso de limonada sin azúcar bajo la cama, bebo un poco cuando la echo en falta, me fuerzo a obedecer, a creer, a respirar, que el tabaco mata, pero lo hace tan jodidamente despacio que de ahí que sea un desperdicio de dinero. La verdadera putada es..., lo verdaderamente jodido... ES. Quiero decir que nos rodea, desde que el estado nos secuestra y lo llama ciudadanía. Desde que el resto es más subnormal que tú hasta las cejas de Risperidona. 

Imagino a Mark Fisher pensando: mira, que os follen. Y lo piensa justo antes de hacerlo. No sé, es como si la pedagogía te empujara al suicidio sí o sí. 

Organízate y lucha. Hay días en los que ni siquiera soy capaz de calzarme. Organízate. Deslízate. Piensa. Que no te cojan.

Levanto la vista y veo todas estas palabras. Ni putísima idea de qué ha pasado. ¿Acaso tú planeas tus fantasías antes de masturbarte? Yo tampoco. 

Una paja triste, de nada.      

marzo 28, 2025

Pato pisado y poni pisador

 El viejo Apuleyo, gran amigo, quiere organizar un ciclo sobre Shyamalan en el cineclub. Me ha invitado a participar, no sé en calidad de qué. Será para principios del año que viene, porque antes tiene programados Godard (sep), Jeunet (oct), Wilenski (nov) y el especial de Navidad sobre las bandas sonoras de Zimmer. En el cineclub hay film+charla cada jueves, normalmente cuatro metrajes que pueden ser cinco, según el mes. La concurrencia casi siempre es la misma, con ligeras variantes. Perrault y otros nueve o diez se van intercambiando. Nadie va a hacerse rico con la entrada. Además hay constantes problemas con madame d’Aulnoy, que suele armar bronca si aparece por la sala. Hace poco, cuando Cocteau, le montó un pollo a Walt Disney que lo dejó como la madre de Bambi. Apuleyo tuvo que dar por terminada la tertulia antes de hora. El núcleo duro del grupo cree que la mala baba que se gasta madame es porque sus éxitos en vida fueron irregulares y está muy resentida. De nuevo una conclusión patriarcal. Al hilo del suceso, sugerí que el resentimiento de la crítica hacia la obra puede ser una buena manera de enfocar el ciclo de Shyamalan, porque el tipo no merecía el trato que le dieron tras sus primeros triunfos. No hay que ser Menéndez Pidal para saber que a Apuleyo le fascinan los cuentos y que ha preparado una selección muy cuentista. Arrancará con The happening, me explica, el jardín de las hadas con extra de cabreo; después pretende proyectar The village, remedo de Caperucita y plato fuerte de la serie; también quería meter The visit en la tercera semana, que es Hänsel y Gretel, ahí no hay dudas; y cerraría con Old, una historia de encantamiento de nuevo cuño, pero atravesada de tropos feéricos. Estuvo barajando programar Knock at the cabin, desechada por evangelizante, o incluso colar Trap y estar a la última aunque no haya tenido tiempo aún de digerirla. Narrativamente Shyamalan cruza cientos de fronteras y eso le interesa más que las valoraciones posteriores. Nos interesa, de hecho. Tomábamos gintonics un viernes por la tarde en una terraza de Charlestone, del lado del Ashley, mientras charlábamos de literatura y cine. Yo me había declarado neutral años atrás en la guerra intestina entre los cuentos franceses y los cuentos germanos, si bien la estética del perdedor me obligaba a saltarme continuamente mi imparcialidad y tomar partido por el acervo débil. La cultura germana ha copado la tradición narrativa europea dejando a las fábulas gabachas en palpable desventaja. Otro gran trabajo de la crítica. Así que me pongo a la defensiva cuando Apuleyo, que me está beteando sobre la marcha una novela a priori afrancesada como esta, alega que mi texto se parece un poco a Los músicos de Bremen. Tenemos el asno de oro, las perras negras, el gato con botas y la lora Alejandra, pero el penúltimo señuelo musical no lo vimos venir. Nuestros oídos quieren atender a lo que cuentan los animales. A veces se trata de las alboradas de un gallo, un pato, un loro, pero también son galgos y podencos contándose sus gestas de caza, gatetes empingorotados recitando Virgilio y burros, mulas y palafrenes tratando de explicar la expansión acelerada del Universo primitivo a sus dueños y sus mozos de cuadra, y la reina de tal zoológico parlante podría haber sido María Antonieta, la mismísima Monica Vitti o la madre de Pulgarcito, pero acabaría siendo sin remedio Clotilde Barallobre de no ser porque el personaje ya estaba pillado, fíjense hasta donde llega la capacidad de análisis del gran Apuleyo. El inconsciente creativo, con música o sin música, se activa si los conejos se comen a los perros, actúa poniendo cascabeles a los camellos y jorobas a los gatos, funciona cuando una muchacha argentina despluma y decapita aves cantoras en alguna cocina clandestina entre Bremen y Ausburgo, aderezándolas con manteca y cosiéndolas con lino blanco. ¿Cuándo me ha supuesto un problema reciclar personajes ajenos? La música es el mapa, se dejó claro desde el principio, para avanzar a través de una historia de usurpación de la realidad, de incongruencias cuánticas, de ladrones, fantasmas y violencia, de lo que sea que esto vaya a morir, necesariamente de forma difusa y enigmática, entre volátiles ocurrencias dispuestas al montón, como si fuesen ideas asentadas en largos y sesudos párrafos, con la esperanza de que el lector encuentre por fin algo que no había leído antes. Justo a nuestro lado, en otra mesa de la terraza, me distrae una reunión de tardoadolescentes frikis. Conversan tan alto sobre Tolkien que me cuesta seguir el palique de mi amigo. Épica antigua, ironizo, no tanto por la edad, sino por la deformación católica, que en mi cabeza, sin embargo, se organiza de manera mucho menos solemne: en escena, Frodo Bolsón juguetea con el anillo y toma la decisión de tragárselo para mentir a todos y no tener que fundirlo en sus fuegos prístinos mientras Sam retiene a Gollum con un sermón emasculante sobre cuántos patos por hora hornean en cierta posada de Bree, cuánta manteca utilizan en el proceso y cuántos será capaz de comerse un hobbit estándar de una sentada. Et ustus fortiter. La entrada del ciclo vale seis euros, dice Apuleyo al tercer gintonic, estoy pensando subirla a seis cincuenta. Regreso de mi ensoñación. Barato, le aseguro, sigue siendo una ganga para lo mucho que se disfruta en este tipo de coloquios. El anciano recuerda que hace dos años, por ejemplo, montó uno muy sonado sobre la Revolución Francesa (se proyectaron obras de Delannoy, Jacquot, Coppola Jr., Ridley Scott) y fue espectacular el jugo que le sacaron los asistentes a tantos hombros reconciliados y tanta sangre. Sin embargo, cada jueves noche aparecía d’Aulnoy con una lista jacobina y sentenciaba a los presentes por cualquier motivo. Ya en esos días Apuleyo trató de razonar con ella, para que no espantara a la clientela, y ella le espetó ¿tenés algo que reprocharme?, y Apuleyo le insinuó que Laideronnette no es precisamente Elsa de Brabante, y ella se enfadó más todavía porque iba perdiendo todas las guerras. Desde la desembocadura del Ashley nos llega un olor intenso a podredumbre que se estrella contra la terraza con un ruido fofo. Un pie gigante se posa violentamente encima de la tarde cosida con hilo blanco. Tengo que ir un día a alguna sesión, antes de lo de Shyamalan, me refiero. Claro, vente el jueves que quieras, no te cobraré entrada. Los de la mesa de al lado siguen hablando ahora de los Nazgul, chiflados que antaño fueron hombres y hoy son música, melancólico alimento para los que vivimos de amor. A los nazgul nos gusta convertir asnos en ponis, perras en endecasílabos, gatos resbalando en tejados a dos aguas y lo que más rabia nos da, en general, es que las aves se coman nuestras migas de pan. Si por mí fuese, reflexiona Apuleyo, los únicos pájaros que deberían existir son los que están en escabeche. Música, animales y comida. Bien podría ser esta la conclusión si hubiese sido alguna vez el planteamiento. Te animas con Godard?, vamos a poner Pierrot le fou. Puede, pero me da miedo cruzarme otra vez con d’Aulnoy, en un capítulo le recriminé su tendencia al drama y se puso hecha una furia. Tranquilo, tengo portero nuevo, un tal Guillermo Carnero, que es una puta esfinge, la señora baronesa no entrará por esa puerta. Sonrío mirando al Ashley unos segundos. Pienso en la incoherencia del personaje, dulce Chloé raveliana y colérica madame cerval al mismo tiempo. Cuando se tope con Carnero, vive les barricades!, van a saltar chispas. Cavilo también sobre lo que me he desvivido estos dos años de escritura, sobre los proyectos que se desbaratan para que uno de ellos subsista y sobre la literatura como única ontología posible. No puedes entender a Shyamalan sin Lady in the water, aventuro, merece estar en el programa. Al oírme, los chicos de la mesa de al lado han guardado un silencio espantado, como si el heredero de Isildur hubiera cometido sacrilegio. La joven del agua?, balbucea incómodo Apuleyo. Sí, eso he dicho, también es un cuento, hasta la protagonista se llama Cuento. Y una mierda, me interrumpe enfadado, una mierda así de grande, ensanchando el espacio entre sus manos. Hasta los estetas más puros tienen prejuicios. El resentimiento hacia la obra siempre es algo que hacen los demás. Y pedimos de inmediato la cuenta, que se hace tarde. 

marzo 15, 2025

Prólogo, monólogo, odontólogo

Planteamiento, nudo, desenlace. El objetivo es romper este esquema. Se puede hacer, pero dependerá del psicoanalista. Una novela desmenuzándose a sí misma es un dragón feo. Todo texto tiende a ser Laideronnette, hombre elefante, la sustancia, una progresiva aceptación de la fealdad, aunque juren los estetas que el arte pretenda lo contrario. La direccionalidad patriarcal —el clásico empotramiento— obliga al receptor a entender la historia como el anuncio del matacucarachas. Los personajes nacen, crecen, se reproducen y mueren. Se preguntan algunas cosillas por el camino, cosillas que un buen autor tratará de no responder, pero lo que es el puente/flecha/marcomental está ahí y debemos cruzarlo\dispararla\asumirlo. Se puede romper. No invertir, ni desordenar. Digo volar, digo descuartizar. Un prólogo, monólogo, odontólogo. La novela sin héroe, sin lanza, sin conflicto, decía Santa Úrsula. La novela horizontal. Así que voy a cambiar casi todo lo que tenía previsto para el desenlace. Capítulo 93 de 100. Cambiar, a saber, la muerte Judas de Perrault, la muerte Auschwitz de Alejandra, la muerte Aida de Ravel y d’Aulnoy, la muerte a elegir del lector pasivo, la muerte Bonnie and Clyde de Vitti y Antonioni, la muerte y resurrección de Barba Azul y Báthory y, por último, la pequeña muerte de Laideronnette. En mi descargo señalaré que pensaba dejar vivo, al menos, a Guillermo Carnero. Tío, tú no eras un escritor-mapa, se queja mi paredro, con el trabajo estructurado de antemano? Sonaba de fondo Daphnis y Chloé, y al amanecer de la segunda suite, llegaron los pájaros y se comieron las balizas de regreso a la novela. Cuando Pulgarcito se pierde en el bosque, sueña con potajes. Este Ulises de pacotilla actúa nada más que como metáfora de las grandes épicas y, en consecuencia, de los grandes fracasos. Ajustaos la dentadura, que se enfría. El ama de llaves sospecha que Perrault guarda un cadáver en el sótano. Hemos dicho varias veces que esta mujer de imbécil tiene lo justo. Algo se cuece. El escritor baja allí y se esfuma durante horas. Desde que se enamoró de Barba Azul ella se ha vuelto muy suspicaz. Ya no se deja direccionar por el patriarcado en rincones random de la casa, aquí te pillo, y usaría cualquier excusa para denunciar a su violador y salir del infierno del vasallaje doméstico. Barba Azul, macho ultraempático y sóror con amplia experiencia en LO QUE NO HAY QUE HACER, la está ayudando muchísimo con la exploración. Se cuela por la ventana de la vivienda de su creador en busca de pistas que confirmen delitos de sangre o cualquier otra falta que dispense ante las autoridades a su amante de la servidumbre sin detrimento para su reputación. Hay que probar todas las puertas. Como siempre, el cogollo consiste en encontrar al loro de Humboldt, aunque la húngara y su novio aún no lo saben. Aparte de esta trama apenas principal, voy a dejar un reguero de microfábulas, esbozos y menciones activas. Marcel Duchamp y Marcel Proust fueron tanteados en los episodios 2 y 3, y defenestrados de inmediato sin piedad. Es lícito que sean renombrados ahora que no nos quedan dientes. Walter Elias Disney, buzo de lavabos, ha quedado como un idiota. Su colaboración se limitó a ser un negativo, una herramienta inútil si no vas a positivar. Añadí también aquella pieza aislada para Shéherezade, otra sobre Cartouche, Pinocho, Coltrane, Wilenski, además del carro de broches cinematográficos. En cuanto al tetrarca de Galilea diré que por aquel entonces estaba leyendo a Flaubert, Tres cuentos. Tampoco es excusa. Se colaron algunos violinistas cuando lo de Tzigane, mero aderezo para insuflar vida a mi extraño Ravel frugivorista. En fin, por difuso que se presente, es imposible no otorgar comienzo a una historia, pero sencillísimo escamotearos el final. La literatura funciona como una endodoncia. Al tacto, Barba Azul y Báthory han encontrado una fisura en una de las paredes del sótano de Perrault, apenas un rasguño. Tardarán semanas en descifrar el mecanismo de apertura. Tras la puerta secreta aparece ante ellos un túnel lóbrego, como boca desdentada, y al otro extremo, un resplandor de mazmorra, que ambos conocen bien, y unos lamentos animales. Se miran el uno al otro con alegría, porque la vida sigue y les sonríe. 

marzo 08, 2025

Paraísos terrestres

 Que Génesis viene de genital, o viceversa, es algo que siempre me ha rondado por la cabeza. Acababan de inaugurar el órgano nuevo en el Washington Irving. A las niñas nos hacían entonar a diario himnos que remedaban escenas grandilocuentes de Milton, oponían al pecado original, convenientemente revestido de lujuria, un sinfín de paraísos recobrables y nos generaban confusiones sicalípticas. Por eso más tarde, en clase de dibujo, mirábamos trabajar por las ventanas a los jardineros del parque contiguo y fantaseábamos en grupo obscenidades agrarias con mangos de azada. Esa saturación edénica ocupó mi preadolescencia y antes de que se me hincharan las tetas ya sabía que la expulsión en sí era la única razón de ser de cualquier paraíso. Sospecho que es nuestra voluntad de trascendencia la que trasplanta árboles de la ciencia en vergeles equivocados. Ahora que soy vieja y pago los aranceles del exceso juvenil, confesaré mi intención y deseo de ser expulsada del Elíseo a lo grande por un ángel jardinero como aquellos de mi infancia, musculado, sudoroso, bien dotado de cintura para abajo, porque una está mayor, pero también ávida de nuevos pastos y cultivos. Si me deja satisfecha durante el desahucio, regalaré al ángel ejecutor mi última obra, un gran lienzo previsto en acrílicos rosa, asquerosamente redentor, porque he pintado antes de Pollock, durante Pollock y después de Pollock y quiero que quede constancia en el otro barrio. Diréis que soy casquivana cuando jamás lo pensasteis ni por un segundo de él. El patriarcado del arte nunca descansa. Mi jardín personal fue lidiar con una carrera propia al mismo tiempo que acarreaba además con la suya como quien se debate entre el bien y el mal. Para él se crearon el cielo y la tierra y todo fue fácil. A mí me dejó encerrada por dentro en el Edén y fui su Eva cornuda que va a tener que encargarse sola de las labores del campo. Parecerá ingenuo, pero ni cuando murió asimilé lo que significaba socialmente que me la pegase con todas aquellas florecillas pizpiretas, fascinadas por la gloria del legendario action painter, qué grosería de apelativo. Se hacían pasar por amigas, traían cocaína y apple pies con demasiada mantequilla, intrigaban como condesas en una corte europea. Pollock, a escondidas, les aplicaba algo más que simple deontología de experto florista, tanto que le daba igual aire libre que invernadero, dalia que peonía, goteo que aspersión, mientras a mí las raíces se me iban muriendo hasta quedar marchita. El dios era demasiado humano. Y yo, el hazmerreír, lo sabía, cada secreto y cada escándalo, pero las criaturas de intramuros nunca asumimos que la divinidad es inevitablemente tóxica. Quise incluso por un momento haber chocado con él en aquel coche y que la insignificancia y la tierra sagradas nos sepultasen a ambos. Ese instante ha sido el peor de mi vida, el pensamiento en que he estado más lejos de mí misma. Tras el entierro fui una viuda ejemplar, a las biografías me remito. Defendí con uñas y dientes la memoria de mi marido de los latifundistas, las serpientes y el olvido. Logré que otras flores de especies más sofisticadas vinieran a comerme el coño. Tuve que arar Manhattan entero, sin duda no fue sencillo, y sembrar el mito del artista impulsivo para obtener una cosecha que se contaría por millones de dólares para cuando mataron a Kennedy. El MoMA y el Metropolitan me cortejaban en mi propio huerto. Sin mí solo se acordarían del legado del héroe cuatro nostálgicos del dripping. De nada, Jackson. De nada. Si la rosa no es de quien la planta, sino de quien la cuida, me pregunto si tu obra no es ahora mía. Convendrá que los críticos reflexionen del derecho de pernada en el arte, cuándo la obra es del autor o es del público o no es de nadie, que lo único digno de atesorar es el talento, y ni siquiera eso. Descalza de teorías he hollado siempre mi parcela, menos pomposa que Adán, por supuesto, aunque mucho más pragmática. No se me caen los anillos y tal vez por eso las heridas de mis manos siguen abiertas. Dicen los fantasmas que ahora su hobby ya no es tanto la floricultura, que también, sino dejar ciegos a los osos. Por su culpa hay miles de osos ciegos en el paraíso. Pues que le aproveche. Ni le perdono ni le dejo de perdonar. El ángel ejecutor que me espera en la cancela del jardín calza un falo flamígero de 7 cm de diámetro en la base. Un mango de azada del que Pollock diría con desprecio que no sirve para pintar. Pues así me iré del Edén, sin derramarle una lágrima.

marzo 01, 2025

Pitufos en la sombra

  Nuestras sombras son azules. Papá Perrault acaba su desayuno raspando un yogur griego con la cuchara, amontonando los restos viscosos pegados a las paredes del recipiente, rescatando en total menos de un tercio de suculenta cucharada. Deberíamos haber utilizado a Rossini como sátiro gastronómico, que en asuntos liricoculinarios hubiese dado mucho más juego que el francés. Nuestras sombras son azules. La luz del amanecer irrumpe apenas entre los espesos cortinajes. Ravel lleva un rato despierto. Besa con extrema delicadeza el cuello de madame d’Aulnoy hasta excitarla, sin despertar, visiblemente. A saber qué estará soñando. Ambos han perdido la cuenta abusiva del amor, por lo que el compositor ha decidido que hoy toca, por fin, abandonar la cama y pisar la calle. Qué calle? Cualquier calle. Nuestras sombras son azules. En la taberna me espera la cerveza, se relame Papá Perrault, la blanca, roja, tostada cerveza. Nuestras sombras son azules. El sol naciente, al principio, ciega a Ravel por unos segundos. Le alarga muchísimo la sombra. Nota la radiación en una piel que se estaba volviendo transparente, un sofoco tibio muy distinto del que le produce el cuerpo suntuoso de Madame d’Aulnoy, si bien estrechamente relacionado. Nuestras sombras son azules. Perrault baja al portal y solo tiene que girar la esquina de su calle para alcanzar la taberna. Qué calle? Cualquier calle. Con enorme sorpresa, encuentra que la taberna está aún cerrada. Es más pronto de lo que suponía. Calcula sus posibilidades. Esperar allí o ir al norte, hacia el Sena, donde habrá alguna abierta desde esas horas. Será por tabernas, blancas rojas tostadas non stop tabernas parisinas. La noche ha sido caliente, la primavera huele a escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines, aquello que en sus tiempos olía a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas se ha vuelto melindroso. Trescientos años son determinantes para reblandecer cualquier ciudad, vecinos incluidos. Nuestras sombras son azules. Ravel vaga rumbo al Sena en pos de una frutería madrugadora que le venda por el camino un par de kilos de manzanas de cuento para ir a comérselas con piel, rabo y semillas frente al edificio de la Bolsa. Su afición por las manzanas se confunde con su afición por las manzanas. Nuestras sombras son azules. Cerca de la Academia, Perrault encuentra un café abierto. Entra y pide cerveza. Se la bebe de un trago y pide otra. Se la bebe de un trago, pide otra. Se la bebe de un trago, otra. Lo que tú censuras como alcoholismo, lo califica él de protocolo base. Nuestras sombras son azules. Ravel cruza el río por el Pont des Arts. Después de zamparse las manzanas tiene retortijones. Una copita de digestivo le iría bien. Entra en un café cualquiera y quiere la providencia que se tope con un señor que cae al suelo tras el choque, bastante curda. Pero qué cojones haces tú aquí?, dice Ravel desde arriba. A ti qué te parece, Maurice?, anda, ayúdame a levantarme. Papá Perrault pesa una barbaridad y cuesta izarlo, casi tanto como luego mantenerlo en pie. La última persona del mundo a la que Ravel quería encontrarse. A ver cómo le explica lo de d’Aulnoy. Son las nueve de la mañana, Charles, y ya estás borrachísimo. Es porque estoy triste, bebo así desde que no vienes a verme. Eso será, dice irónico el músico. Claro que es eso, mantiene Perrault. He estado ocupado, Charles. Ocupado? Sí, estoy escribiendo una ópera. Y quién te ha hecho el libreto?, pensaba que cuando fueras a escribir una ópera contarías conmigo para el texto. Charles, tú ya estás muerto, sería un engorro trabajar contigo. Es verdad, nuestras sombras son azules. Ravel sujeta a Perrault y pasean por el Quai de Conti, a ver si le da el aire rabioso del Sena y se despeja. Sus sombras, algo más cortas que antes, reproducen los pasos inestables. El libreto es de Colette, explica el compositor, y va de un niño malote al que objetos de fantasía le van dando lecciones de vida y sustos de muerte. Una cursilada, vamos, reprocha Perrault. No más que Riquete el del Copete. También es verdad, contesta el viejo, pero en mis tiempos los textos olían a estiércol fresco, agua estancada, enfermedades infecciosas, nada de escaparates, rosas, jóvenes con libros y adoquines. Los tiempos han cambiado, dice Ravel, hubo dos grandes guerras europeas, de la segunda me han hablado, nuestras sombras son azules, pero la primera me la chupe conduciendo camiones que llevaban munición al frente y volvían con heridos. Pues te veo feliz, a pesar de la experiencia bélica, observa Perrault. Estoy como siempre. No, como siempre no, me juego un barril de cerveza a que te estás tirando a tu libretista. A quién, a Colette? Sí, te estás tirando a Colette. No, hombre, nuestras sombras son azules, pero mira, como estás muerto desde hace siglos te voy a decir la verdad, aunque te enfades. Por qué me iba a enfadar? Porque a la que me estoy tirando es a Madame d’Aulnoy y, si te soy sincero, te da mil patadas como escritora. A quién te estás tirando? A Madame d’Aulnoy. Nuestras sombras son azules, amigo mío, ríe a carcajadas, pero tus gustos sexuales son incoloros. Tú te tiras a tu ama de llaves, a la húngara, y nadie te juzga. Cómo sabes eso? Contactos con el narrador. Siempre supe que llegarías lejos, Maurice. Poco a poco, cruzando el río, han llegado a la Île de la Cité y se han sentado a descansar bajo la estatua de Carlomagno. Sus sombras se acortan como por desgaste. Entonces, Charles, no estás enfadado? No, por qué razón debería estarlo? Por tu enemistad manifiesta con d’Aulnoy. Esa enemistad está en tu cabeza, Maurice. En todo caso estará en la del narrador, digo. Nuestras sombras son azules y te puedes follar a quien quieras, faltaría más, nuestra relación no se verá afectada por nuestras respectivas braguetas, yo hago lo mismo por mi parte, aunque reconozco que últimamente estoy mosca con la húngara. No me digas. Sí, creo que me la está pegando. Con quién? Con uno de mis propios personajes, eso sí que me cabrea. No será Pulgarcito! No creo, por dios, aún es un niño, nuestras sombras son azules. Entonces cuál? Pues ni idea todavía. Y en qué lo has notado? Eso se sabe, Maurice, el catre exótico de antaño se ha vuelto tan melindroso como la ciudad. Trescientos años no pasan en balde, viejo. Ella lo niega, pero le he dado un ultimátum: va a tener que dejar a su amante, sea quien sea, si no quiere perder el trabajo de ama de llaves, en París hay amas de llaves a full, millones de amas de llaves. Aún así sospecho que has sido un poco duro, Charles, no tienes derecho de pernada sobre la servidumbre. Te recuerdo que vivo en el siglo XVII, diría que algo sí tengo. Vaya, es verdad, nuestras sombras son azules. Son azules. Azules. Caminan hacia el Hôtel de Ville. Parece que Papá Perrault está algo más despierto. Ravel, intrigado, insiste en el asunto de la húngara. Y de qué personajes sospechas? Pues de todos los príncipes, por supuesto, esos los primeros, pero también del lobo, del padre ausente de Cenicienta y hasta del gato con botas. Y Barba Azul? No creo, de todos es sabido que es un asesino en serie de mujeres, la húngara no es idiota. Entonces yo apostaría que te la pega con el padre de Cenicienta. Tú crees, Maurice? Claro, por eso está desaparecido del cuento. Lógico. Muy lógico. Suben lentamente hacia el Pompidou, dejando que el azar les indique el camino. Aún faltan un par de horas para que el mediodía devore sus sombras. Desde la oficina de correos se les ve cada vez más pequeños en la distancia. Con los ojos entrecerrados podréis llegar a advertir que han entrado, cómo no, en una taberna de la Rue de Beaubourg. Nuestras sombras son azules, Charles. Eso pienso yo, Maurice, eso mismo pienso yo. 

La cura narrativa

¿Cómo se consigue que te den el alta médica en un manicomio? La medicina farmacológica ha avanzado tanto que han creado una pastillita adec...